El artículo de Piti Hurtado con el que te sentirás identificado si has estado en un Campus de Baloncesto…

Agosto 2, 2016

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“La felicidad es un Campus de Baloncesto”

Es un sentimiento temporal, que dura poco, apenas días. Los que pasas en el Campus y los que lo alargas con las posteriores quedadas. Actualmente lo chavales son capaces de mantener la llama mínimamente encendida con grupos de ‘güasap’ de 50, 60, 70 participantes que de un año a otro se retroalimentan hasta el siguiente campus.

Hay muchas líneas diferentes, campus de grandes jugadores donde la emoción es enorme cuando te toca jugar un K.O. con tu ídolo, campus urbanos donde solo pasas la mañana, campus rurales perdidos en la montaña que solo observando el escenario ya te parece que una cabra puede completar el ejercicio del “11”, campus donde la programación técnica es lo más importante para la mejora del jugador, campus playeros, campus de verano. Pero en todos puede crearse la magia, porque hasta el más exigente en volumen de horas de entrenamiento, tiene horas para crear un grupo humano irrepetible, para generar una química entre chicos y chicas llegados de sitios muy diferentes, para alcanzar un sentimiento de pertenencia que te protege, que te reconforta, que te alivia.

La llegada con la bolsa de deporte a la Residencia, al albergue, al hotel. Los nervios de saber con quién te ha tocado en la habitación (tu madre ya se encargó de pedir por mail que te pusieran con todos los que conocías, aunque con la boca chica decía que ibas allí para conocer a nuevos amigos…) Las miradas de reojo en el primer entrenamiento, ese que los entrenadores mal llamamos “de nivel”. Como si en una hora y media pudiéramos saber a ciencia cierta cómo juegan, cómo compiten. El monitor jovencito que se hace el amiguete de los Juniors “buenos” pero que a los del cadete “c” no les pasa ni una. Las reuniones técnicas de los entrenadores, eternas, con continuos parones por las bromas, siempre alguno tratando de acortarla a ver si cae una copita en el descanso del guerrero. Pastillas para la afonía, Campus sin fisio donde hay menos lesionadas, selfies a todas horas.

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¿Un entrenador pasa todo el Campus con un grupo o hacemos estaciones? Carreras furtivas por el pasillo de las chicas con el corazón que se sale del pecho y la luz de la linterna del monitor de guardia detrás de mí.

Jugadores imitando movimientos de Curry y grabándolo con el móvil para concursar y ganar. Equipos de liguilla llamados como franquicias NBA. No verás a los protagonistas de los Campus hablar del contrato de Mike Conley, les importa un pimiento. Quieren jugar, el juego es el protagonista, nadie habla de la sanción de Draymond Green, quieren tirar a canasta. Baloncesto puro. Quieren mejorar, quieren sumar un nuevo fundamento de técnica. No es salarial, sino que el límite que tienen es la fatiga. Se duerme poco. Se juega y se ríe por la noche. Sobre todo las primeras. Gana el que menos duerme, dormir es de cobardes y de manirrotos, hay que apurar todos los minutos de esta edición.

Entre tanta sensación agradable, esos dos o tres niños que se quieren ir los primeros días. Que les duele la barriga, que quieren hablar con su madre fuera de la hora de llamadas, ese padre que quiere que aguante pero que se le rompe el corazón y termina agarrando el coche en mitad de la semana. Esa chica que se lesiona una semana antes de empezar el Campus y que se le cae el alma al suelo, no es lo mismo que te lo cuenten por mensajes, ni verlo en el Instagram.

Si algo me cautiva en un campus de baloncesto en verano es la luz. La propia de la estación que hace brillar mejores fotografías, mejores vídeos. Y la luz que irradian los participantes, pieles morenas o su reverso, larguiruchos blancos como un folio que no sienten pudor si a su equipo le toca quitarse la camiseta para jugar el 4×4 contínuo (o si lo sienten, pero cuando se pone la bola en juego, no piensan en su aspecto de radiografía).

Y los últimos días, cuando la vergüenza está ya en el cajón de objetos perdidos y a la hora de la piscina las chicas cadetes se animan a hacer zumba con la monitora. Dos juniors arrítmicos las siguen tratando de estar a la altura, pero hoy todo se graba. Esto irá al vídeo de la clausura, fijo. El baile del cuadrado, ese vídeo “Lip Dub” curradísimo, liga interna nocturna, el grito de guerra, la última noche donde los monitores y los horarios se relajan. Tantas las emociones, de los 11 años a los 17 todo esto es mucho y poder verlos como sienten es muy chulo. Cuando pasas de los 40 y estás en medio de una dinámica como esta, hay un momento en el que te sientes un poco licántropo, porque parece que estás absorbiendo energía, buen rollo, inocencia, tierna picardía, desenfado y libertad.

Si has asistido a una fiesta final de campus habrás contemplado la exaltación seca de la amistad, sobrios pero embriagados de las experiencias vividas.

Si has asistido a una clausura de un campus que ha funcionado, habrás visto lagrimones en los adolescentes, sonrisas radiantes en los de minibasket, caras de cansancio en monitores y padres que están contentos, que preguntan, que quieren saber, pero no pueden entenderlo, solo escuchan que sus hijos quieren volver al año siguiente, por no decirles que les gustaría quedarse a vivir en un campus de verano.

El verano es un campus, la felicidad temporal es un campus, el basket es un campus de verano.