Llull corona un equipo de época. Crónica del Real Madrid-Valencia Basket (97-95)

febrero 20, 2017

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Pasó desapercibido. Pero a menos de tres minutos para la conclusión de la final copera, con el duelo efervescente (87-85) y reclamando héroes entre Real Madrid y Valencia Basket, un jugador abandonó mentalmente la cancha y entró en una cabina telefónica. Una que sólo parece conocer él. Allí se enfundó un traje ajustado y rubricado por una capa roja. Allí acabó moralmente esa final. Allí la conquistó Sergio Llull, cerrando después la cuarta Copa del Rey consecutiva para un Real Madrid interminable al que un Valencia Basket gigantesco puso en jaque (97-95).

Llull (22 puntos y elegido MVP del torneo por segunda vez en su carrera) acostumbra a hervir en los momentos que separan a los grandes jugadores de los legendarios. Lo hizo de nuevo. Anotó ocho puntos (con dos triples) en 57 segundos que llevaron el electrónico a un 95-87 con sólo minuto y medio por jugar. Pese a ello Valencia Basket, un permanente homenaje de cinco hombres a su lema de ‘Cultura del esfuerzo’, dispuso del último tiro. Nueve décimas que hubieran dado la vuelta a una situación casi imposible. Fue el colofón a una Copa agónica que corona al dominador de toda una era y al hombre que mejor representa su esencia sobre el parqué.

Antes sucedieron muchas cosas. Fue un duelo bello y de poder a poder. Anthony Randolph, la guinda del pastel merengue, comenzó la final apestando a NBA. Letal de cara al aro, sobrado de elegancia y con su equipo buscándole, cerró el primer cuarto con 10 puntos y 16 de valoración. Más allá de esas cifras, la sensación que desprendía era superioridad ante cualquier tipo de marca. Porque Randolph (20 puntos) une tamaño, poder atlético y técnica individual como para asolar defensas por rutina.

Pero no lo haría con Valencia Basket. De hecho nada asolaría al Valencia Basket esta tarde de domingo en Vitoria, donde dejó un ejercicio de resistencia conmovedor. Los de Pedro Martínez fueron valientes hasta el extremo en su plan, porque de no haber salido ese guión no se habría producido allí sólo una derrota sino una con estruendo. El cuadro taronja apostó buena parte de su éxito al rebote ofensivo. ¿Por qué era arriesgado?

Siendo el Real Madrid un equipo dominante en transición, si la apuesta salía mal el contraataque había despedazado al Valencia Basket sin opción a réplica. Si el bloque de Pablo Laso rebotea y puede correr, se vuelve casi marciano en panorama FIBA. Pero la esperanza valenciana era dejar sin identidad a su rival, castigar el rebote, sembrar dudas en la zona y evitar la transición. Para ello mandó dos e incluso tres jugadores a buscar cada balón en aro ajeno tras cada tiro. Como si no hubiese un mañana. Como si cada balón fuese una victoria.

Porque lo era.

Valencia Basket capturó 19 rebotes en aro rival, más que los defensivos logrados por el Real Madrid (16). Con ello detuvo la estampida del ritmo, obligó al cinco contra cinco en estático y tuteó al ‘ogro’ a través de un gran cuidado del balón en ataque y solidaridad, con un mar de ayudas, en la defensa. Lo pudo hacer también porque Bojan Dubljevic observó a Randolph y no quiso ser menos. El montenegrino ofreció un recital antológico de cómo un interior puede perforar sistemas, por buenos que sean, con su dominio en poste bajo.

Dubljevic fue un libro abierto, un manual del interior. Recibía en la parte izquierda del ataque y bailaba con sus pies antes de soltar el gancho. O fintaba con el cuerpo para alejar al defensor y buscar la tabla. O se abría para amenazar de fuera.  O continuaba acciones de bloqueo directo sin posible oposición. Porque el talento en trance difícilmente la tiene. Anotó 28 puntos (11/16 en tiros de campo) y fue siempre el faro a seguir de los suyos.

El Real Madrid, acostumbrado a finales y gestiones complicadas, no se descompuso pese a la sangría en el rebote. Su rotación, profunda y plagada de recursos, respondió en el segundo cuarto, manejando rentas cortas. Más tarde aparecería Gustavo Ayón, el tercer interior que dejó huella en la final, para dejar un clínic en ambos lados de la pista durante el tercer cuarto. La aparición de herramientas para castigar fue constante, desde Taylor sobre el base rival a Draper para continuar su labor. Desde Reyes para tratar de solventar la sangría en el rebote a Maciulis para oxigenar las alas. Pero Valencia Basket seguía ahí.

Lo estuvo al descanso (47-45), lo estuvo tras treinta minutos (74-71) y posiblemente lo hubiese estado de haberse jugado veinte períodos más. Porque al momento cumbre de Carroll se le opuso la fiebre competitiva de San Emeterio. A la lucidez de Doncic leyendo el pick&roll se le opuso el nivel defensivo de Sastre. A la actividad atrás de Hunter, la de Oriola atacando el rebote de ataque. A cada arma madridista, una respuesta. Por inercia. Así fue incluso tras el arreón final de Llull en el tramo decisivo, cuando lejos de perder los nervios el equipo de Pedro Martínez siguió creyendo. Tomó buenas decisiones, buscó buenos tiros y llevó el partido a un sólo tiro de diferencia con menos de un segundo por jugar. La perfecta muestra de hasta qué punto compitió.

Valencia Basket atacó la zona de forma caníbal, produjo 50 puntos desde ahí. Perdió sólo 8 balones en cuarenta minutos. Tuvo a su hombre más resolutivo anotando sin parar. Hizo todo lo posible para ganar. Y sin embargo, pese a firmar un partido mayúsculo, no lo logró. No pudo emular el éxito del ’98, cuando Nacho Rodilla dirigió la nave taronja hacia la gloria. Si bien no lograrlo es amargo, el modo en el que se intentó debe alimentar su orgullo. Tampoco lo que había enfrente en Vitoria era un equipo simplemente ganador. El Real Madrid llegó a otro escalón y representa ya un capítulo aparte. Uno que le señala como un conjunto que marca toda una era.

Plagado de talento, de líderes que conocen y aceptan sus roles (Nocioni volvió a cerrar el partido con un +7 en pista en sólo 4 minutos), de estrellas del máximo nivel que conviven y comparten un estilo que nace de su banquillo y que acerca al aficionado al deporte de la canasta. Por su dinamismo, por su capacidad de transmitir. Acerca el baloncesto como experiencia para los sentidos. Lo suyo es a menudo ganar como consecuencia de disfrutar. El mejor camino posible.

Un equipo que corona Sergio Llull, el hombre que mejor radiografía ese estilo, nivel y hambre. Un jugador ya de leyenda. El hombre que devora el clutch… y un pedazo de NBA en Europa.