‘El cielo de Pesic no tiene memoria’. Crónica del Real Madrid-FC Barcelona Lassa (90-92)

febrero 18, 2018

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El Barça llegó a la Copa sin memoria. Sin acordarse en absoluto de qué había sucedido todos los meses anteriores, plagados de frustración y desencanto. Svetislav Pesic convenció a sus hombres de que el reinicio era posible, que sólo importaba el presente y el placer de recorrer el camino paso a paso, detalle a detalle. Y el Barça, que se presentó en Gran Canaria buscándose a sí mismo, salió de la isla campeón (90-92). Quince años después, Pesic volvió a conquistar un torneo que Navarro ha levantado ya en siete ocasiones.

La quinta corona consecutiva que buscaba el Real Madrid quedó en intento. Los de Pablo Laso estuvieron cómodos, y no plenamente, sólo los primeros nueve minutos de encuentro (21-13). Los veinte siguientes (31-52) perdieron la final y los últimos diez estuvieron a punto de lograr una hazaña, algo que pudo consumar Fabien Causeur con un triple final desde la esquina (para ganar) y que más tarde Jeffery Taylor (con un palmeo para forzar la prórroga) tampoco pudo cerrar. El Real Madrid, que estaba quince puntos abajo al término del tercer cuarto, tuvo efectivamente balón para ganar. Su carácter irreductible acarició algo heroico.

Antes el Barça trabajó su triunfo. Y lo trabajó bien.

Todas las jugadas no valen lo mismo durante un encuentro. Ejemplos hay cientos y esta final dejó uno más, en forma de punto de inflexión. Con el Real Madrid mandando de inicio y el duelo atascado en ataque (21-13), con las defensas controlando los sistemas de ataque, Rudy Fernández afrontó el que iba a ser su segundo mate en contraataque del partido. Podía poner a su equipo diez arriba y sin embargo no sucedió. Adam Hanga apareció de la nada para poner un tapón agónico que más que una jugada era un mensaje: el Barça estaba vivo e iba a competir.

De aquel instante generó el Barça una montaña de confianza. Con Ante Tomic produciendo en poste bajo y dos factores de banquillo de gigantesco valor, como Pau Ribas y Pierre Oriola, el cuadro de Pesic comenzó a cerrar vías de anotación de su rival, maniatar el rebote y reducir el partido a una partida de ajedrez que, sin caos de por medio, le resultaba beneficiosa.

Al descanso (34-40) sólo Thompkins (8 puntos) y Doncic (9, todos desde el tiro libre) pasaban de los tres puntos en los blancos. Con un 10/33 en tiros y un 2/10 triples, más siete pérdidas, el escenario de anestesia estaba servido. El Barça había remado desde atrás, manteniendo un alto nivel de contacto que penalizó al principio (Doncic fue mucho a la línea de personal) pero sacó réditos después. Sus ayudas fueron buenas y la pintura se cerró, nublando el ataque de un Real Madrid sin buenas sensaciones. Ni desequilibrio ni circulación.

Ni siquiera entonces había llegado el mejor Barça. Lo hizo después, justo tras la reanudación, donde soltó un latigazo (1-11 de parcial), con Heurtel y Ribas juntos en pista, que mandó a la lona al Real Madrid. Las faltas blaugranas comenzaron a acumularse, sus hombres importantes se cargaban pero el marcador se estiraba. El Barça castigó el rebote de ataque sin titubeos (13 capturas ofensivas, por 13 defensivas del Real Madrid), consciente de que si evitaba la primera oleada de transiciones podría controlar el ritmo.

Otro partido: riesgo madridista y final de infarto

Laso no lo veía claro y decidió arriesgar. Cambió por completo su estructura de partido. Prescindió del tamaño, apostó por un formato con cinco hombres abiertos en ataque y sólo Thompkins protegiendo el aro, con Doncic de falso cuatro. La idea era acabar con la anestesia y meter adrenalina. Pero el Real Madrid interpretó mal de inicio la idea, preso de precipitación en ataque y sufriendo en emparejamientos cerca del aro atrás. Los blancos quisieron remontar toda la desventaja en dos minutos, sin ser conscientes de que el partido aún era largo. El Barça, en silencio, aprovechaba cada detalle y acariciaba el título tras treinta minutos (52-67).

No estaba todo dicho. Los últimos diez minutos se mantuvo el baloncesto pequeño, agresivo y dinámico de Laso, pero ahora mucho mejor interpretado. Rudy Fernández lideró desde el ejemplo, insaciable en líneas de pase, Jaycee Carroll entró en combustión, aumentando su amenaza hasta el subconsciente del rival; y entonces sí el Real Madrid comenzó a creer, entonces sí fue consciente de que era posible. Estuvo muy cerca de consumarlo.

Thomas Heurtel, de nuevo ángel y demonio, tan brillante por momentos como inseguro en otros, tuvo problemas para evitar las pérdidas, a lo que se unió que la defensa sobre Ribas (12 pérdidas entre ambos) se llevó al máximo riesgo. El Barça sintió miedo sobre su propio bote, con tantas manos y pies rápidos en el perímetro rival, y comenzó a mostrar síntomas de fragilidad. Se le hacía largo el partido. A apenas 52 segundos notaba la victoria muy erca (82-90), pero 51 más tarde tuvo un tiro para perder la final. Fue la paradoja de su último cuarto, de lo efímero de su control ante la estampida que venía. El caos del Real Madrid no perdió la esperanza jamás y Causeur tuvo un triple para la historia de la Copa. El Barça resistió y venció.

Antes de debutar en la Copa ese Barça se miró al espejo y no supo quién era. Un cúmulo de desilusiones, habría podido pensar. Fue justamente el mayor éxito de Pesic, que llevaba menos de una semana en el cargo: hacer olvidar el fracaso a su equipo. Porque matizó detalles pero sobre todo convenció a su equipo de que su fuerza era mayúscula. Y su candidatura plena. Que nada de lo anterior importaba llegados a este punto.

Y ese Barça, el Barça sin memoria de Pesic, pulsó el botón de reinicio y acabó tocando el cielo.