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Raza blanca, tiradores, por Antoni Daimiel

mayo 15, 2017

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Publicado el 24 de junio de 2014

Durante el siglo XX nace la noción de antropología académica ligada a las teorías evolucionistas. En esta concepción toma vigor el concepto de raza al que se le vinculan determinados atributos físicos, psíquicos y culturales. Este debate determinista quedó superado ya hace mucho tiempo pero dentro del baloncesto queda esa muletilla montesiana de raza blanca, tirador, que le adosamos a cualquier jugador con esa tonalidad de piel que destaca por su habilidad por el lanzamiento exterior, su equilibrio y destreza para reducir el baloncesto al mero cálculo de fuerzas y distancias entre él, el balón y el aro. En esta final de la Liga Endesa tenemos a dos representantes principales de este club: Jaycee Carroll y Brad Oleson, dos miembros más de una saga interminable de jugadores que cumplen con los requisitos imprescindibles e inobjetables. Por mucho que Wesley Snipes le recordara a Woody Harrelson que “los blancos no la saben meter”, la historia del baloncesto le contradice. La huída del hábitat de la zona ante la superioridad física del jugador de raza negra especializó al blanco en una suerte del juego que no exigía fajarse ni salir despedido/dolorido tras choque contra esa condición muscular superior que convertía en hostil el ecosistema próximo a la canasta. La memoria en un momento nos serviría decenas de ejemplos.

¿Hay alguna justificación histórica para esta especialización? Según John Christgau sí. En 1999 escribió el libro Los orígenes del tiro en suspensión: ocho hombres que cambiaron la historia del baloncesto. En esa lista aparecían Dave Minor, Joe Fulks, Belus Van Smawley, Kenny Saylors, Bud Palmer, John “Mouse” Gonzales y Myer Skoog. Este último era apodado como el blanquito, “whitey”, por su color de piel, pero lo aún más llamativo para darle una justificación teórica a la frase de Montes es que los otros siete protagonistas de la obra son blancos. No hay una teoría unánime sobre quién fue el primero en desarrollar el tiro que vendría a sustituir el lanzamiento a dos manos o a cuchara, como lo hemos conocido popularmente. Entre todos esos candidatos se esconde el Dick Fosbury del baloncesto. Christgau tiene su propia versión de los hechos y coloca a Kenny Saylors como el padre del tiro en suspensión después de que en el verano de 1934 ensayara una forma de lanzar a canasta en la granja que su familia tenía en el estado de Wyoming (el mismo en el que, por cierto, nació Jaycee Carroll). Saylors fue uno de los integrantes de la primera plantilla de Denver Nuggets y cuando finalizó su carrera profesional decidió convertirse en guía de pesca en Alaska (lugar de nacimiento de Brad Oleson). “¿Fui yo el inventor del tiro en suspensión? Cómo podría saberlo, quizá el propio Naismith ya lo intentó un par de veces cuando inventó el baloncesto”, contestó una vez durante una entrevista. De ser cierta la tesis de Christgau, el tiro suspensión cumpliría estos días 80 años. A lo largo de su historia algunos de sus grandes especialistas también comparten un rasgo en común: un cesto de fruta, un tablero viejo, una granja y mucho tiempo por delante para perfeccionar sus habilidades; Larry Bird fue el último gran ejemplo de esta vertiente rústica. El escritor también tiene una teoría para darle una explicación a esta coincidencia puesto que en estas zonas del país las estrictas reglas de convivencia y la severidad religiosa convertían al baloncesto en una de las pocas áreas en la que los jóvenes podían experimentar, evadirse, lidiar con la osadía e innovar. Así que también el tiro en suspensión tendría una explicación sociológica.

De esos ocho pioneros o patriarcas han ido surgiendo una lista interminable de miembros de este club a lo largo y ancho de todo el mundo. Chris Mullin, Jeff Hornacek, Steve Kerr, John Paxson, Mark Price, Legler, Kapono, Nowitzki y Kyle Korver son algunos de los nombres destacados de esta saga. La web Bleacher Report, en una de sus listas, enumera a los que considera 20 mejores tiradores de la historia de la NBA y el club “raza blanca, tirador” es mayoría, aunque los primeros puestos estén ocupados por Reggie Miller y Ray Allen. Es complicado quedarse con uno sólo, pero a la pregunta de quién ha podido ser el mejor tirador de la historia del baloncesto Oscar Schmidt cuenta con una presencia y un acaparado de papeletas muy importante.

El debate, sin embargo, no acaba aquí. Hace tres años, el New York Times publicó un reportaje titulado “En busca del primer tiro en suspensión”, El autor, Bill Pennington, cuenta la historia de un partido del año 1931 en el que John Miller Cooper describió una jugada de esta manera: “Mis pies abandonaron la superficie de la pista para hacer un movimiento libre y natural. Sabía que había descubierto algo”. El hijo de Cooper contaba al periodista que cuando el entrenador vio semejante lanzamiento le cambió, le sentó en el banquillo y le ordenó que jamás repitiera semejante coreografía.

El último protagonista en esta historia sobre el origen del tiro en suspensión también es otro blanco de nombre Paul Arizin. Para lo más puristas, se trata del hombre que creó el lanzamiento tal como lo conocemos hoy en día y sirve para seguir encadenando coincidencias hasta llegar a España. Arizin fue jugador de los Philadelphia Warriors, el mismo equipo que eligió en el draft a Wayne Brabender.

Con el ex jugador del Real Madrid se inicia en mi memoria la versión de este tipo de jugador estadounidense en escenarios de nuestro baloncesto. Mecánica perfecta, envidiable, y un potente salto vertical fueron dos ingredientes perfectos para convertir a Brabender en exponente aventajado del raza blanca, tirador. Pero junto a Brabender hay que recordar a jugadores como Walter Szczerbiak, Brian Jackson, Craig Dikema, Mark Simpson, Jeff Lamp, Conner Henry, Mike Schlegel, Dan Palombizio, Leo Rautins, los Toolson, etc…

Los tiempos han cambiado y desde ese punto de la memoria Carroll parece demasiado nervioso y Oleson gasta demasiadas energías en defensa para poder honrar cien por cien al club de “raza blanca, tirador”. Serán los nuevos tiempos, que dan lugar a nuevos pobladores de la misma tribu.