‘Eslovenia dibuja una cumbre’. Crónica del España-Eslovenia, por Andrés Monje

septiembre 14, 2017

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Una obra maestra de nombre Eslovenia asoló la primera semifinal del Eurobasket. Lo hizo a costa de España, vigente reina del torneo y dominadora absoluta del baloncesto continental la última década, a la que abrasó desde el inicio con un baloncesto fluido, dinámico y pleno de acierto que brilló en ambos lados de la pista (72-92). Fue una sinfonía para la que no hubo respuesta.

Fue quizás la mayor sensación de impotencia que esta España, la de Pau Gasol, haya conocido nunca. La padeció ante un equipo que comanda Goran Dragic, en el mejor y más maduro momento de su carrera (15 puntos), y la secunda un jugador de 18 años cuyo nombre será imposible olvidar. Luka Doncic, que coqueteó (11 puntos, 12 rebotes y 8 asistencias) con el que hubiera sido el tercer triple-doble de la historia en un Eurobasket, asistió a su bautismo oficial como icono de una nueva era.

Ya de principio Eslovenia controló el duelo. Igor Kokoskov, magistral todo el campeonato, rajó la defensa española atacando mediante su primer pick&roll, en la línea de tres, donde puso a Dragic y Doncic con balón, bloqueados por el durísimo Vidmar, para perforar una y otra vez un sistema que no encontró respuesta. Los manejadores eslovenos hallaron hombres abiertos en el lado débil del ataque y llovieron triples, uno tras otro. Casi todos ellos fueron buenos tiros.

No fue el único problema. A España le costó defender pero también atacar. Produciendo siempre en poste bajo, donde los Gasol tenían superioridad física, no pudo hacerlo muy a menudo. Las ayudas fueron precisas y a tiempo, el acordeón de rotaciones perfecto de forma que España fue abusando del recurso fácil, el triple, a medida que su ansiedad se elevó. Acabó siendo su perdición (7/27 final en triples).

Eslovenia vivió en trance de lanzamiento, especialmente de tres, toda la primera parte. Anotó 6/8 el primer cuarto y acumulaba 10/15 al descanso. Pero la mayoría fueron tiros abiertos producto de buenas circulaciones tras sistemas simples. A menudo del mortífero pick&roll donde Dragic, uno de los mejores penetradores del mundo, estuvo acompañando por el prodigio de cuyo nombre será imposible olvidarse. Lo vieron fácil, lo ejecutaron perfecto. Eslovenia sólo perdió ocho veces el balón en cuarenta minutos y produjo una cantidad salvaje de lanzamientos liberados.

España encontró refugio en el banquillo, donde Joan Sastre volvió a dar oxígeno atrás mientras Sergio Rodríguez y Willy Hernangómez lo daban en ataque. Inferior, se agarró a su eternidad en forma de oficio, llegando a competir al descanso un partido que no era suyo (45-49). Por el camino Prepelic, de profesión microondas (13 puntos), y Randolph, en uno de sus grandes días (15 puntos), no paraban de maximizar cada ventaja de la que disponían. España sufrió en estático y apenas pudo hacerse fuerte en el rebote, que le habría permitido cambiar el ritmo. Eslovenia conseguía buenos tiros, a menudo los aprovechaba y cuando no mostraba una transición defensiva de élite.

Ni siquiera necesitaba un as en la manga, Eslovenia parecía jugar ya con todas las cartas.

Sin respiro, sin opción

Un arreón de inicio en el tercer cuarto disparó la renta a diez puntos (45-55). Ya no pudo bajarse por parte del cuadro de Scariolo, que cayó en la trampa del triple en un día sin acierto, viendo que cada balón interior debía ser sacado siempre fuera ante las ayudas. El bucle era infinito e infernal. España encontró poco a los Gasol y cuando lo hizo estos no estuvieron acertados. Se fueron apagando ante el torrente energético que tenía enfrente.

Un 2+1 de Vidmar, excelente batallando ante los Gasol, elevó a dieciséis la ventaja aún en el tercer cuarto (52-68). Fue la misma con la que se entró al último, que sirvió sobre todo para alargar la agonía de la reina que fue y prolongar el orgullo de la nueva aspirante a serlo. Eslovenia no bajó el pistón y cerró el duelo con veinte puntos de diferencia y firmando el peor final para una España que aún el domingo luchará por el bronce.

Ese mismo día Eslovenia lo hará por el oro. Lo hará encabezada por un dragón ya veterano, en su plenitud, y por un niño de 18 años para el que el juego ya entre adultos y en la máxima esfera parece resultar, incluso tan pronto, demasiado sencillo. De entre todas la mayor virtud imaginable. Eslovenia se midió a España y tanto quería derrotarla que durante cuarenta minutos acabó convirtiéndose en ella, castigándola con el mismo padecer con el que ella ha sometido durante toda una década a todo opositor que encontró delante.

La impotencia de medirse a un baloncesto de otro nivel.