El inmortal, por Andrés Monje

Abril 1, 2017

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Artículo publicado el 17 de mayo de 2015

Hay ocasiones en las que no importan los años, las canas o la pesadez de las piernas. En las que no guarda valor el historial de enfermería, todos las cimas alcanzadas o la entidad de cada nuevo desafío. Hay ocasiones en las que de verdad ninguno de esos elementos resulta diferencial.

Basta un corazón. Pero no uno cualquiera, tiene que ser infinito.

Andrés Marcelo Nocioni llegó a Madrid el pasado verano con un deseo, un sentimiento inabordable que le hacía mirar el cetro continental con los ojos del que nunca consiguió nada. Él, oro olímpico y plata mundial. Él, icono en su país, adorado en Europa y con años de NBA a su espalda.

Pero qué iba a hacer el Chapu si el hambre, el fuego del espíritu, en su caso no se apaga.

El Real Madrid, un ‘coco’ en el continente, acudió a un veterano de 35 años para que, llegado el momento, aportase el factor intangible que ningún otro conoce como él. Uno que no se puede entrenar, aprender, casi ni comprar. Uno que parte de la genética.

Nocioni dijo sí pero su misión no quedó en la palabra. Se tradujo en hechos. Porque Nocioni fue el Chapu. El que arroja su alma sobre el rectángulo. El de energía infinita, muelles en las piernas e intensidad sofocante. Ése al que llamar cuando hay problemas que no sabes solucionar, ése al que confias tu espalda, tu ilusión, incluso hasta tu vida.

Llegó la cita y no se necesitó ni un segundo para conocer la respuesta. Porque cuando Nocioni pisó el parqué en semifinales prendió una llama en el ambiente. Su mirada encogía el alma. Había llegado ahí para ganar y no concebía como posible cualquier otra cosa.

Lo incendió todo con la mejor de sus cualidades, la capacidad de hacer a su equipo creer, al adversario temer y al aficionado sentir. Nocioni fue decisivo ante el Fenerbahçe de Obradovic, elevando el lenguaje corporal de los suyos, recordando que para ganar no basta con brillar. Muchas veces lo necesario es justamente la capacidad de sobrevivir.

De supervivencia pocos sabían más que Olympiacos, rival en la final. Pero fatídicamente para los griegos, maestros de la batalla física y mental, uno de esos pocos elegidos estaba en el bando de enfrente. Nocioni volvió a ser todo aquello que la mente puede imaginar pero la razón no puede entender. De nuevo su fuego en los ojos se encontraba un punto por encima del resto. Como si mirase de reojo el trofeo en cada jugada.

Su equipo, con él como bandera, se impuso. Lejos de rechazar el envite físico, lo aceptó y salió triunfador. Cómo no lograrlo si contaba con el hambre del Chapu liderando una pléyade de guerreros. Porque gladiadores era justo lo que su equipo necesitaba. Y justo lo que él ofreció.

El argentino ha sido principal factor de influencia de un conjunto rey de Europa veinte años después. Punto distintivo de un equipo abonado al brillo pero que entendió que para ser eterno no basta con saber disfrutar. Sobre todo hay que saber sufrir.

Ganó el MVP, sí, pero no lo hizo por sus números. Con él nunca fue lo crucial. Fue reconocido por su alma en cada acción, como un deseo infinito de perpetuar su legado, por su impacto frontal en un deporte que él sigue considerando como un juego y, aún más allá, como una fuente de oxígeno. Porque competir y ganar no son hábitos sino fuente de salud vital.

Por eso Nocioni un 17 de mayo de 2015 pasó a ser mucho más que un jugador, un ganador o un líder.

Porque el Chapu fue sobre todo su espíritu. Su alma y corazón.

Y eso es inmortal.