Curry antes de Curry, por Andrés Monje

septiembre 17, 2017

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Publicado el 9 de diciembre de 2015

Sus manos son rápidas y su mente imprevisible, como si se hubiese formado en una escuela de magia. Aún se mueve agitado, con pasos cortos y numerosos, cual goteo extenuante. Jamás dejó su pupila de estar afilada, de mostrarse clínica. No importa qué haya podido observar. Y ha sido mucho a estas alturas.

Con él toda cuestión analítica, en cualquier espacio y tiempo, sigue resolviéndose de un modo simple: entrar en contacto con el esférico. Eso basta. Porque todo pasa entonces a ser emotivo, como si el balón fuese un hijo y no hubiese margen más que para la expectativa.

A Juan Carlos Navarro nunca se pretendió entenderle. No hizo falta. No mientras sea posible disfrutarle.

Estos días que la hipnosis cruza rauda el Atlántico y queda atrapada por la apariencia frágil de un ángel que está revolucionando el baloncesto, estos días en los que todo, absolutamente todo, parece posible cuando Stephen Curry se adentra en el rectángulo, sirven para devolver el juego a su origen. Y de paso para recordar que en la belleza, en la forma de conmover, sigue hallándose lo bendito del baloncesto.

Así mientras el prodigio de los Warriors rinde tributo al deporte, agarrándolo a la mística con un nivel por momentos irreal que genera estupefacción general, guarda sentido vincular su efecto al de aquel que, aunque en otro contexto bien distinto, bajo el mismo método alcanzó también las dos cumbres soñadas. Fondo y forma. Victoria y encanto.

El porqué es muy sencillo. Se alternan hoy, casi de la mano, el asombro con Curry y el tributo a Bryant, el primor de uno y la melancolía del otro. Sucede que ambos estremecen incluso al aficionado ajeno –no ya al neutro ni al partidario-, por diferente motivo y en diferente grado. No es necesario bucear mucho para encontrar la causa. Porque quizás no exista una de mayor peso.

El reconocimiento al héroe. El mimo a la historia.

Cuidar a la leyenda como muestra de respeto, valorar la omnipotencia mientras ocurre y no olvidar la que ya tuvo lugar definen un modo de actuar agradecido. Y más que agradecido, justo. Es por ello que ya volviendo a cruzar el Atlántico, esta vez en sentido inverso, es conveniente cuestionar si seremos conscientes no ya hoy, sino algún día, de que los mitos de aquí también se marcharán.

Y que de ningún modo pueden hacerlo en silencio.

Foto: Getty

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Por ello a la necesidad de recordar lo valioso de Raül López, como punto álgido creativo de toda una generación, se sucede la misma de considerar que Juan Carlos Navarro ha representado quizás el Everest del don baloncestístico FIBA este siglo, el mayor grado de instinto visto en un exterior y una figura icónica a la hora de aproximarse al baloncesto entendido como juego. Que al final, por mucho vicio competitivo que exista, es precisamente lo que sigue siendo.

El concepto acuñado en su momento para definir el esplendor de Allen Iverson, el de mejor jugador visto “libra por libra”, tiene en Navarro un caso especular, sólo que en universo europeo. Todo culmen del español fue antagónico al tamaño, promoviendo el dominio  desde su coordinación ojo-mano, el desarrollo del range, la secuencia irreflexiva de tiro y su capacidad para detonar escenarios a su antojo. Por cierto todo ello compartido, hasta el fondo, con el chico de Akron que hoy, y desde el otro lado del océano, lleva toda virtud técnica a terreno desconocido.

La genialidad en Navarro nunca fue constante. No lo fue porque de serlo habría contradicho su propio sentido. Y es que el genio no está, aparece. Su cumbre no persiste, no permanece inmóvil, sino que irrumpe para causar su efecto. Y así, casi de un modo orgulloso, es él mismo quién decide dónde, cuándo y cómo. Como si saliese de la lámpara mágica por pura voluntad.

Se corre igualmente el riesgo de encerrar al de Sant Feliu en un frasco numérico, ahogado entre títulos, récords y reconocimientos de toda índole. Que los hay a decenas. Y sin embargo lo esencial, lo realmente diferencial, viene a ser guardar los momentos. Guardar el robo de balón al CSKA que cerró la semifinal de Euroliga de 2003, guardar su momentum en París para la segunda corona en 2010, guardar su tercer cuarto ante Macedonia en 2011.

Guardar detalles. Muchos detalles. Su tiro en carrera, su amago corporal con el bote, su step-back, su suspensión. Guardar todo lo posible y mantenerlo a salvo, en una vitrina intocable pero a la vista. Hacerlo porque pasar a la memoria es tan valioso como pasar a la historia. Y con jugadores como él lo es directamente mucho más.

Ser consciente de su valor hoy supone la posibilidad de aprovechar el momento. Mientras sucede, sea más o menos. Porque la leyenda no sólo lo es al retirarse, representa ese mismo caso ya en activo. Y así toda la carrera de Navarro tiene el añadido del paladar exquisito que convierte el baloncesto en un juego. Que abraza el fuego competitivo con la transmisión de emociones.

Durante una entrevista concedida a Euroliga (2014), él mismo reconocía con naturalidad la suerte de ser quién era. “Es lo máximo, que hagas lo que te gusta y logres que la gente se lo pase bien. No hay otra cosa. Somos privilegiados, no se puede pedir más”. Teniendo él tan claro su propio valor, ¿sucede lo mismo al contrario? ¿se conoce realmente el significado histórico de Navarro?

Es posible que se obvie que existió un Curry antes de Curry. No literalmente, claro. Sino como concepto. Lo es, como recordar que Maravich abrió en canal lo creativo aún mucho antes. Al final todos ellos son diversos rostros de un mismo camino: el auge de la virtud de transmitir energía con su acción. Es justamente ese su nexo.

Ser distintos pero al mismo tiempo simbolizar algo idéntico. Tener un nivel de impacto diferente, incluso abrazando el trance, pero compartir lo vertebral, preservar virgen el espíritu del juego y ligarlo a la máxima esfera competitiva. Ser capaz de convertir el baloncesto en una fábrica de emociones. De devolverlo a su raíz.

Porque el juego pertenece al jugador. Y más allá, al artista. Sea de donde sea, compita donde compita. Por eso Maravich abrió una época, por eso Curry -como cumbre del concepto- es tan necesario.

Y por eso Navarro, en otro universo, en otro escenario, siempre lo ha sido.