Estadística Avanzada

Baloncesto y estadística avanzada: Mitos y utilidades, por Andrés Monje

marzo 18, 2017

¿Lo compartes?

El baloncesto sigue siendo un juego simple. La misma maravilla que inventó el profesor James Naismith en 1891. Pero como si en algo es especialista el ser humano es en complicar las cosas, el deporte de la canasta no ha resultado excepción. Su esencia sigue siendo exactamente la misma, encestar el balón en la canasta. Simplemente ahora podemos fijarnos en muchas más cosas. Y, como mentes inquietas que somos, justamente eso hacemos.

A lo largo de los años y a medida que el profesionalismo ha ido quemando etapas, el seguimiento de este deporte se ha servido de muchos factores para aumentar el nivel de detalle y, en consecuencia, el volumen de análisis a todos los niveles. El campo de observación ha crecido exponencialmente y eso supone que existen muchos más focos a valorar, dando un peso crucial en ello a la estadística.

Porque si algo está revolucionando el mundo del baloncesto sobre todo a partir del comienzo de siglo es precisamente el nivel de análisis estadístico. Ahora se analiza prácticamente todo. Y con todo uno se refiere a todo lo que se pueda imaginar. Cualquier cosa que sea susceptible de deparar un mensaje mínimamente útil a un nivel profesional será objeto de estudio. Y si no también. Por si acaso.

Esto, como todo, tiene sus puntos positivos y sus puntos negativos. Entre los primeros, el principal es que ahora se pueden extraer conclusiones sólidas de prácticamente cualquier detalle en cancha. Se muestra, se hace más visible, qué tipo de factores deben ser trabajados con mayor énfasis para un equipo o jugador. Entre los segundos, sin duda el más reseñable es que existe tal cantidad de datos que filtrar de forma óptima sigue siendo el factor diferencial. No es sencillo interpretar y entender tan salvaje dosis de números.

Sin obviar, por supuesto, el que sigue (y seguirá) siendo el elemento principal. Que al final el juego se edifica a partir de un factor azaroso que representa al mismo tiempo su razón de ser. Es decir, por mucho que intuyamos que por probabilidad algo puede suceder, nunca tendremos la certeza de que así será. Y ahí, precisamente, radica buena parte de la magia del baloncesto en particular y del deporte en general. El carácter imprevisible de lo que sucede.

Sin embargo, como el nivel de análisis se ha desatado sí resulta interesante, y de hecho muy útil, saber diferenciar aspectos del juego que pueden llevarnos a tener una idea más ajustada a la realidad de qué sucede sobre una cancha de baloncesto y, a la vez, desmentir algunos mitos que originan las estadísticas simples.

Algunos de los principales puntos serán detallados a continuación.

El ritmo de juego

En inglés pace. Es un detalle clave para aproximarse a todo lo demás. El ritmo de dos equipos influye de forma activa en todas las decisiones que tomen y afecta a la forma de interpretar sus índices ofensivos y defensivos, entender su productividad. De ese modo, será muy valioso conocer cuántas posesiones emplean por partido para juzgar con mayor certeza. Cuántas jugadas desarrollan durante esos 48 minutos (40 si hablamos de baloncesto FIBA) que nos absorben.

No puede aislarse el factor ritmo de lo que ocurre en cancha por un motivo simple. Ejerce como contexto a la cantidad de situaciones que tienen lugar. Que algo suceda más veces no lo hace necesariamente más productivo. Que algo suceda menos, no lo hace menos útil. El baloncesto es un juego de posesiones y obviar el ritmo sería sesgar por completo todo posible análisis.

Los porcentajes de tiro

El valor del acierto en tiros de campo, tal y como lo conocíamos, ha pasado a la historia. O ha evolucionado, como se prefiera asumir. Ahora se valora el porcentaje efectivo (eFG%) de esos lanzamientos, que considera al mismo tiempo los tiros de campo y triples mediante una fórmula que incluye ya el valor extra (un punto más) del tiro de tres.

¿Para qué esto? La razón es sencilla. Este eFG aproxima con mayor fidelidad los puntos producidos por lanzamiento. Es decir, la efectividad pura. Porque no es lo mismo lograr un 4/10 en tiros de campo siendo todos los aciertos de dos, que un 4/10 en tiros de campo siendo todos los aciertos de tres. Para hacerse una idea, en el primer caso el porcentaje efectivo es de un 40%, en el segundo asciende al 60%. Hay mucha diferencia. Y es que no puede considerarse de la misma forma una canasta de dos que una de tres, algo que no diferencia el porcentaje de tiro simple. Los porcentajes consideran productividad del lanzamiento y para ello resulta básico ajustar.

Igualmente, existe una extensión de este eFG, aún más detallada, denominada porcentaje verdadero (TS%). Este registro incluye, además de los lanzamientos de dos y de tres puntos, los tiros libres. ¿Por qué? Hay situaciones ofensivas en las que el jugador no llega a disponer de un tiro de campo porque es capaz de forzar dos tiros libres. Esta fórmula lo refleja y, por tanto, premia a aquellos jugadores que son capaces de visitar con frecuencia la línea de personal (y ejecutar con acierto).

Así, estos dos índices llevan más allá el análisis del acierto colectivo e individual. Son capaces de aproximarse más a cuántos puntos genera un equipo (o un jugador) por cada lanzamiento. Y de esto se concluyen dos aspectos vinculados al análisis habitual de la estadística simple.

El primero, que no son los puntos el único criterio susceptible de análisis al ver cuánto anota de forma simple un jugador, ya que no es lo mismo meter 30 puntos lanzando 30 veces… que anotar 25 haciéndolo 15. Esas quince posesiones de diferencia son cruciales. Y el segundo, que no tiene por qué ser el jugador con mejor porcentaje el mejor tirador, ya que en el tiro influyen diferentes factores decisivos como la distancia o el tipo de defensa.

Alrededor de esto último, es común ver que las listas de mayor porcentaje de tiro simple están plagadas, en sus puestos punteros, de jugadores interiores. Al final la cercanía al aro suele aumentar el porcentaje, pero de nuevo tener un mayor porcentaje no significa necesariamente ser mejor tirador. Cuesta imaginar a DeAndre Jordan como mejor tirador que Stephen Curry, por mucho que su porcentaje de tiros de campo sea superior.

Otro aspecto relevante es la consideración de mejor ataque y mejor defensa, a menudo vinculada únicamente a la cantidad de puntos anotados. Ese hecho resulta excesivamente simple, insuficiente para el juego de hoy.

El mito del mejor ataque y la mejor defensa

¿Es realmente el mejor ataque el que más puntos mete? ¿Y la mejor defensa la que menos puntos recibe? Bienvenidos a la Eficiencia. Aquí llega uno de los cambios de escenario más importantes. Existen muchas situaciones en las que se insiste en que un equipo posee el mejor ataque por ser el que más puntos anota por partido, o al mismo tiempo la mejor defensa por tratarse del que menos recibe.

Y esto no es exactamente cierto. ¿Por qué? Para explicarlo conviene saludar de nuevo al ritmo, factor presentado anteriormente. Tomaremos como ejemplo la defensa. La estimación de cómo de buena es realmente una defensa no debe centrarse en cuántos puntos recibe un equipo por partido, ya que el ritmo es un factor que afecta decisivamente a esa cifra. Sí, decisivamente.

Es decir, imaginemos que el rival de un Equipo A tiene 110 posesiones por partido y le mete 110 puntos. Y por otro lado imaginemos que el rival de un Equipo B usa 90 posesiones y le anota 105 puntos. Está claro que recibe menos puntos el Equipo B, pero igualmente se aprecia que concede más puntos por posesión. Es decir, su Eficiencia Defensiva es peor.

Como el nivel de posesiones empleadas varía de un partido a otro, para observar el rendimiento defensivo resulta esencial entender que lo prioritario es la productividad. Cuantos puntos se anota/se permite por posesión.

Esta Eficiencia (creada por Dean Oliver) es una fórmula más compleja, que considera muchos elementos para acabar resolviendo cuántos puntos anota (o recibe) un equipo por cada 100 posesiones, siendo ese 100 un factor común. La utilidad de esto se aprecia en que lógicamente si un equipo juega a un ritmo muy elevado, podrá anotar o recibir más puntos, pero eso no supone que obligatoriamente le haga ser un mejor equipo atacando o defendiendo.

La productividad ofensiva depende de cuántos puntos sea capaz de generar un equipo por cada posesión de la que dispone. Y, al mismo tiempo, la defensiva muestra cuántos puntos recibe un conjunto por cada posesión que le atacan. Es el modo más real de ver cómo de bueno (o malo) es un ataque. O una defensa.

El contexto siempre importa. Reducir que un ataque es mejor que otro sin considerar el ritmo en ese análisis es obviar de forma flagrante que el baloncesto es, al final, un juego de posesiones y productividad.

El rebote

Guarda cierta relación con lo expuesto en la Eficiencia. Aquí el ritmo no interviene pero en su lugar aparecen las posibilidades totales de rebote. Gráficamente, no es lo mismo para un equipo capturar 30 rebotes sobre 90, que coger 30 rebotes sobre 45. “Al final es coger los mismos rebotes”, podrá pensar alguno. Y así es, pero la diferencia existe en que en el primer caso el rival captura 60 y en el segundo sólo 15. Y eso sí que no es lo mismo. Por ahí se descubre la diferencia.

¿Cómo saber qué efectividad tiene un equipo en el siempre importante factor reboteador? Pues valorando qué porcentaje de capturas consigue en cada aro. Por ejemplo, cuando un equipo defiende se mirará su rebote defensivo. ¿Cómo? Si se producen 30 opciones de rebote en ese aro y el equipo captura 20 de ellas, su porcentaje de rebote defensivo (DRB%) será de un 66.7%. Y por tanto el porcentaje de rebote ofensivo (ORB%) del rival será un 33.3%.

Esto se analiza igualmente para casos individuales. Es decir, no por el hecho de capturar 10 rebotes un jugador y otro 8 significa que el primero sea necesariamente mejor reboteador. Influyen más factores como los minutos que puedan estar ambos en cancha o los rebotes a los que hayan tenido opción. El porcentaje de rebote -que cuenta a su vez con categorías especiales- busca esclarecer cuántas capturas sobre el total captura un equipo o un jugador. Es decir, su efectividad real.

Las pérdidas de balón

Al igual que con la Eficiencia, el volumen de pérdidas debe asociarse al ritmo. Debe llevar de la mano un contexto. No suponen 10 pérdidas en un partido lo mismo si empleas 90 posesiones que 110, básicamente porque en el primer caso el efecto es mucho más nocivo, el volumen es sustancialmente mayor. Igualmente, para valorar su impacto real las pérdidas se vinculan a cuántos puntos genera el rival a partir de ellas. No todas las pérdidas de balón generan el mismo castigo.

El nivel de balones perdidos se valora de acuerdo a 100 posesiones, para establecer un porcentaje que se ajuste lo máximo posible a la fiabilidad de un equipo con el balón. El ritmo de juego, por tanto, vuelve a ser un factor crucial para considerar este aspecto.

El volumen de pérdidas es un aspecto considerado esencial a la hora de competir. Dean Oliver lo englobó dentro de los ‘cuatro factores’ básicos del baloncesto, ideados para resaltar elementos decisivos para alcanzar la victoria. Así, controlar lanzamiento (eFG), rebote, pérdidas y tiros libres, siempre considerados por volumen y no por datos simples, son esos cuatro elementos prioritarios para los cuerpos técnicos. Todos ellos en diferentes proporciones.

El uso ofensivo

En el territorio individual, el uso (USG%) representa el volumen de posesiones que un jugador ‘gasta’ dentro de un equipo. Por gastar se entienden todas las que acaban con lanzamiento suyo (ya sea de campo o desde la línea de personal) o pérdida de balón. Es decir, el uso determina qué grado de peso ofensivo abarca un jugador a la hora ejecutar posesiones de su equipo.

Este índice descubre por tanto a aquellos jugadores que más situaciones ofensivas acaparan sobre el total. Siempre considerando el nivel de finalización, no tanto de generar opciones para los compañeros. En este último caso, existen igualmente índices que consideran el impacto de un perfil sobre las canastas logradas de su equipo (como el porcentaje de asistencias sobre el total, por ejemplo).

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Todos estos conceptos se pueden observar en múltiples páginas que siguen el baloncesto estadounidense. Comenzando de hecho por la oficial de la NBA, un banco de datos extraordinario, siguiendo por otras de referencia como ‘Basketball Reference’ y llegando a otras muchas más especializadas en aspectos concretos del juego.

A día de hoy se maneja una gigantesca cantidad de estadísticas avanzadas. Las enunciadas suponen simplemente la punta del iceberg, lo más básico y esencial a la hora de acercarse al baloncesto de una forma lo más real posible, considerando los datos que se extraen de él.

En cierto modo ayudan a poner una lupa sobre el número y ver realmente qué significa. Es decir, tienen como función darle un contexto a muchas cifras (puntos, rebotes, pérdidas) que valoradas por si mismas pueden dar lugar a confusión.

Este tipo de análisis ha de ser, por supuesto, utilizado con cierto sentido. Su utilidad es innegable pero igualmente resulta insuficiente para llegar a todos los rincones del juego, esencialmente al campo de la sensación, clave para disfrutar de la experiencia en plenitud.

Por otro lado, lo que en Estados Unidos toma forma de fiebre, con máxima aplicación en la super élite competititiva, no es aún mas que un cosquilleo en Europa. Las grandes competiciones del baloncesto FIBA permanecen ancladas en la estadística clásica, obviando prácticamente la totalidad de análisis numéricos avanzados y, por tanto, permaneciendo ajenos a su monstruosa utilidad e impacto. El fenómeno en Europa es sólo un embrión. Uno que, por su propio bien, no debe tardar en desarrollarse.

Renunciar a hacerlo sería aceptar, impasible, quedarse definitivamente atrás en un deporte que nunca dejó de evolucionar.

Originalmente publicado el 15-03-2015