‘Sangre de reyes’. Crónica del Real Madrid-Fenerbahçe, por Andrés Monje

mayo 20, 2018

¿Lo compartes?

El Real Madrid conquistó en Belgrado su décima Copa de Europa. Lo hizo batiendo al Fenerbahçe de Zeljko Obradovic por 85-80, un duelo que solventó con supremacía defensiva y un inquebrantable oficio competitivo. Lo hizo rubricando una Final Four impecable en la que tumbó consecutivamente a dos ogros que, a su paso, lo parecieron menos. Lo hizo cerrando un año durísimo en la gestión de plantilla, a causa de las lesiones. Contra todo, lo hizo. Si acaso la virtud definitiva, sobrevivir a cuanto acontezca y de paso apagar a cada rival, hacer parecerle siempre peor por el efecto de sus fortalezas.

Como el baloncesto es un deporte maravillosamente impredecible, a Fabien Causeur, excepcional en la final y especialmente resolutivo en el tercer cuarto, le esquivó la gloria de forma amarga en un tramo clave. El francés falló dos tiros libres con tres puntos de renta (81-78) y la opción de que los turcos jugasen para empatar en la última acción del duelo (18 segundos por jugar). Podía cerrar el triunfo y no lo logró. Sin embargo tras el segundo error apareció Trey Thompkins, emergiendo de la nada, para con un palmeo sellar un título muy trabajado antes. Porque un instante lo cambia todo.

El Real Madrid se midió a un gigante defensivo. Un equipo con tamaño, piernas y actitud, versátil posicionalmente e inteligente en su planteamiento, para colmo acelerado por la perpetua voz de Obradovic desde la banca, el ganador más incansable de toda esta era. Pero tal fue la dimensión del equipo de Laso que le hizo doblar la rodilla subiendo la apuesta. Porque si en semifinales se asfixió la estampida del CSKA, en la final se batalló cuerpo a cuerpo, en juego posicional y con infinitos ajustes mediante, ante un Fenerbahçe nacido para vencer desde atrás. Esta vez no lo hizo.

Solo Nicolo Melli (28 puntos y 6 rebotes) despuntó a lo grande por los turcos. Fue un ajuste enormemente complejo para los madridistas, ya que actuando como cinco sacaba al interior de la zona y castigaba continuamente en acciones de pick&pop. El italiano fue una mina desde que en el segundo cuarto anotó 11 puntos casi seguidos en apenas 3:30 de reloj, para sofocar por si solo la primera racha de furia del equipo de Laso (25-17, min.12). Melli igualó el partido y desde entonces sería una tortura.

Fue Luka Doncic, tocado por los dioses y que culminó su temporada europea ganando también el MVP de la Final Four, el que inició la marcha, ante el titubeo del resto. La edad de Doncic miente a todas luces, lo único valioso con él es ya asumir con naturalidad su meteórica irrupción, aceptando que el baloncesto continental parió un nuevo genio, ante el que solo cabe disfrutar. El esloveno anotó los seis primeros del Real Madrid, ante un cuadro turco que quería imponer su ritmo físico. Tampoco lo hizo.

Los madridistas se engancharon pronto atrás, hasta alcanzar efervescencia en las piernas, inteligencia y corazón de Sergio Llull y Rudy Fernández, inmensos en la primera parte. Por lo que hicieron y por cómo transmitieron al lograrlo. El baloncesto muchas veces entiende de ciclos emocionales en los partidos y fueron ambos, la pareja balear, la que marcó la pauta y convenció al Real Madrid de que dominar era posible incluso en la batalla defensiva.

Con Vesely frustrado por las faltas personales primero y desconectado después, solo la acción del turco Ahmet Duverioglu molestaba de verdad de inicio. Pero este también se cargó de faltas y permitió respirar al Real Madrid, con una rotación enfrente menos exuberante y más cómoda para vivir, sobre todo en el rebote. Desde entonces el duelo de guerrillas fue total, con el ajedrez de Laso apuntando a Sloukas con Taylor y a Muhammad con Llull, mientras Obradovic pedía más nivel físico atrás en un segundo cuarto que se cerró con breve renta (38-40) del vigente campeón. Sin brillo, oficio. Oficio al cuadrado.

DEFENSA CELESTIAL

El tercer cuarto decantó la balanza. Porque si en América son los Warriors quienes viven del destrozo tras la reanudación, en Europa el guiño fue blanco. Un período que el Real Madrid solventó con una defensa dominante, sin perder un solo balón, con pleno foco en el rebote y encontrando inspiración exterior. La tuvo un Causeur oportuno (12 puntos en el tercer parcial y soberbio atrás), culminando un cuarto fulminante. Ahí el partido comenzó a guardarse en el zurrón.

Ese período mágico se cerró con ocho puntos (63-55), pero su efecto duró algunos minutos más. Concretamente hasta que con el Fenerbahçe a cinco puntos, Vesely cometió una antideportiva que dio aire a un Real Madrid que habiendo perdido varias marchas ofensivas nunca dejó de brillar atrás. Su Final Four fue, a decir verdad, un bellísimo episodio defensivo ante dos conjuntos plagados de recursos. Como un homenaje a su capacidad de sobrevivir y reciclarse durante todo el curso.

El Real Madrid se fue diez arriba (71-61) y tocaba la Euroliga, la tocaba a pesar de Melli, que continuaba creando desajustes desde el poste alto, amenazando el tiro y castigando el tamaño. Un tamaño que, no obstante, encontró respuesta en Walter Tavares, muy sólido en el otro aro, tanto creando segundas oportunidades como leyendo los bloqueos a los pequeños de su equipo y tomando decisiones. El caboverdiano tuvo excelentes minutos que ayudaron a resistir. Porque el último cuarto fue de total resistencia.

Fenerbahçe, con Muhammad tapado, Sloukas desconectado y Datome intrascedente, se agarró a Wanamaker y el coloso italiano para sobrevivir. Llegó a asustar, poniéndose a tres puntos en el tramo final, interminable para el Real Madrid con Llull y Doncic eliminados por faltas. Hasta que el palmeo de Thompkins apareció, nada parecía seguro. Sí en apariencia en las mentes de los chicos de Laso, que resolvieron la final, ante Obradovic, con una pasmosa claridad de ideas y oficio al competir.

El Real Madrid es rey de Europa. Diez veces rey. Como si su sangre hubiese olvidado que el camino hacia Belgrado fue durísimo, plagado de espinas y obstáculos que saltar. Como si su sangre, en realidad, solo entendiese de competir al extremo y grabar su nombre en la gloria.

La décima llegó a golpe defensivo, maravillosa paradoja para un equipo que también aprendió a disfrutar dominando atrás.