Antología del pase y el universo Ben Simmons, por Andrés Monje

abril 15, 2018

¿Lo compartes?

Ante lo diferente caben dos respuestas: el rechazo o la curiosidad. El repudio a lo que aún no se conoce o el interés por entenderlo. El baloncesto, a pesar de encontrarse cada vez más poblado de distintos, en su caso de alienígenas que unen lo físico con lo técnico atropellando a su paso toda lógica, no resulta excepción.

El aterrizaje de un nuevo marciano en la NBA ha generado una situación fascinante. Sucede porque por un lado el recién llegado representa absoluta modernidad y por el otro parece combatirla, porque apuntando a icono parece dispuesto a serlo, por ahora, sólo bajo sus reglas. Y sucede porque mientras se aguarda la explosión de la supernova tiene lugar la tensa calma de siempre en estos casos.

Ese momento en el que intuyes, aunque aún no puedas explicar, que lo que tienes delante es verdaderamente especial.

– “Eres raro”
– “Lo siento”
– “No, era un cumplido”

(Donnie Darko, 2001)

El lanzamiento es la herramienta vertebral del juego, no la única pero sí al menos la que más condiciona lo que sucede alrededor. Es la bomba atómica sobre el rectángulo. Nada aterra más a una defensa hoy en día que medirse a jugadores que de forma consistente anotan triples tras bote desde ocho o nueve metros. Y no simplemente porque puedan hacerlo sino por todo lo que esa capacidad genera de forma indirecta. Como juego de espacios y ángulos que es, el baloncesto se nutre de agigantar lo primero y mejorar lo segundo.

Esa secuencia, el triple tras bote, representa la forma más sofisticada de castigo, la que mayor pánico crea, aquella que ha desembocado de hecho en la evolución de un concepto que modifica por completo el juego: la gravedad. Es decir la cantidad de espacio que condiciona un determinado jugador para toda la defensa rival.

Vamos a explicarlo.

Hasta la aparición del triple, incluso hasta su etapa de explosión, el aro y sus inmediaciones servían como epicentro absoluto de lo competitivo. Podría decirse que la gravedad del juego acercaba cuerpos al hierro, a modo de imán, porque allí se marcaban las mayores diferencias. El gran objetivo, lo primordial, era por tanto controlar –de un modo u otro- lo que acontecía en la pintura. Y el espacio libre se generaba fuera. Ese espacio exterior a decir verdad importaba menos, básicamente porque la amenaza de dominio a partir de él era muy inferior.

Hoy es diferente. El auge del tiro de tres ha variado no sólo la forma de interpretar los ataques, mucho más sujetos a concepciones analíticas que buscan la mayor productividad posible, sino que ha creado nuevas situaciones en las que el espacio libre se va generando dentro, en zonas intermedias e incluso cerca del aro. Es decir, justamente al contrario de lo que ocurría con anterioridad. El motivo es sencillo, la amenaza de triple se ha incrementado de tal forma, a través del cada vez más común perfeccionamiento del lanzamiento más complicado que existe (el triple tras bote), que ante ello la defensa maneja dos opciones: ajustar o morir. Y normalmente prefiere la primera.

Desde el momento en el que (al menos) un atacante puede anotar asiduamente ese tipo de tiros, incluso varios pasos por detrás de la línea de tres, el juego cambia. La defensa está obligada, porque obligar es la palabra, a evitar en lo posible ese lanzamiento, que aporta un 50% más de puntuación que cualquier otro dentro de la línea. Eso se traduce en alejar cuerpos de la zona (los mismos que antes acercabas) y, como consecuencia, modificar lo hasta ahora dominante. Las rutinas pasan a ser otras, el juego en cierto modo también.

Como acción principal del baloncesto, el tiro es la que genera siempre mayor gravedad. Si te mides a una fuerza en poste bajo, juntas más cuerpos de tu defensa sobre él para que pueda maniobrar peor; si te mides a un tirador letal tras bote, envías como solución esos cuerpos mucho más lejos del aro. En ese sentido, sabiendo que la cantidad (y calidad) de los tiradores tiende a elevarse, la forma de jugar varía necesariamente. Y más allá de filias y fobias, libres en cada época, se trata de un proceso natural.

Bote y pase, las dos situaciones que completan la ‘triple amenaza’, el ‘ABC’ del fundamento ofensivo, son facetas destinadas a proyectar el lanzamiento, la principal. Por un lado el dominio del bote facilita el desequilibrio individual y permite ganar espacio para un mejor lanzamiento (propio o de un compañero). Por el otro, el dominio del pase ayuda a producir el desequilibrio colectivo y crear, de forma más eficiente, escenarios en los que un jugador quede libre, con mejores opciones de lanzar. Bote y pase son, de ese modo, dos potenciadores del tiro.

Resulta por tanto paradójico que, en plena era del lanzamiento exterior, donde el triple es el rey (el volumen de intentos crece año tras año), pueda aparecer un perfil que prescindiendo de ese tiro prácticamente en su totalidad aspire a adueñarse también de las secuencias ofensivas. Y que de hecho lo haga nada más llegar. Esa paradoja es en realidad un jugador generacional.

Y su nombre es Ben Simmons.

A Simmons (1996, 2.08 de altura) se le entiende desde cualquier prisma salvo el del tiro. Es una forma irónica de caminar por esta época burlándose de sus formas mientras se aspira, a la vez, a dominar su fondo. El australiano representa todo aquello con lo que un jugador de nueva era sueña, eso sí aislado del aspecto del juego que precisamente más ayuda a propulsar todo lo demás.

Mapa de calor de Simmons, en la era del triple (Fuente: NBA Savant)

El estigma, en realidad, es aceptado de inicio incluso por él mismo, que rechaza todo artificio a la hora de intentar lanzamientos fuera de su zona de confort. No los hace, no parece hacerle falta. Simmons engloba todos los demás aspectos vitales del juego moderno (tamaño, fuerza y explosividad en lo físico; total abanico posicional y absoluta versatilidad defensiva en lo táctico; e inteligencia y fundamentos técnicos para interpretar el juego a gran velocidad, aplicables a las dos anteriores), destacando uno de entre todos ellos. Especialmente uno, que le convierte en diferente a todo lo demás.

A todo lo demás visto antes.

Simmons es un prodigio del pase, tanto en lo relativo a visión de pista como en manejo de registros (todos) y ejecución del mismo. Pero no queda ahí. Lo une, -y aquí lo diferencial-, a su altura (levanta 208 centímetros del suelo) y a unas facultades físicas monstruosas. Porque es ligar su deliciosa sensibilidad con el pase a esos otros dos factores lo que genera el verdadero poder en su caso. El molde sin antecedente.

Superdotados de lo creativo ha habido siempre. Con mayor riqueza en el puesto de uno, de Cousy a Nash, pasando por Maravich, Magic, Stockton o Kidd, muestras de una lista mucho mayor; pero igualmente en otras posiciones, con ejemplos de mucho más tamaño, como Bird, James, Kukoc, Sabonis, Jabbar o Walton. La diferencia de Simmons radica en unir capacidades para producir ventajas desde el pase con un envoltorio diferente, marcado por altura y despliegue atlético.

Uno de esos aspectos, el tamaño, hacía por ejemplo de Magic algo diferente a los demás. Porque Magic estaba en 2.06, con lo que además de toda su baraja podía producir desequilibrios en poste bajo y ante cualquier tipo de par que se le arrojase. Magic era una mina del mismatch. Contaba Jason Kidd, segundo en la lista histórica de asistencias, que siempre envidió la altura del prodigio de los Lakers especialmente por un motivo: le permitía alcanzar ángulos de pase que él ni siquiera podía soñar. La altura es un elemento que proyecta el pase. El poder físico, entendido como la velocidad a la que se mueve de forma coordinada ese tamaño, también.

Más allá del tiro, es el nexo bote-pase el que debe asociarse a la altura y poder atlético para buscar el siguiente paso en el baloncesto. Ya comienza a hacerlo, cada vez aparecen jugadores más grandes y versátiles, capaces de asumir múltiples funciones con un tamaño mayor. Porque es eso lo que abre por completo el abanico posicional y genera nuevos escenarios. Y es precisamente ese cóctel el que muestra mejor que nadie el australiano. Así, de igual modo que Giannis Antetokounmpo representa un desafío al propio juego por cómo une tamaño y poder atlético, ejerciendo como generador, es fácilmente apreciable la relevancia de Draymond Green en un equipo histórico como los Warriors, por cómo aglutina funciones de cinco en defensa mientras compatibiliza la misión creativa lanzando y dirigiendo la transición o en estático.

Simmons es menos exuberante en lo atlético que Antetokounmpo pero mucho más preparado desde un punto de vista de fundamentos en pase y bote. Y del mismo modo es capaz de replicar las funciones de Green en transición, capturando el rebote e iniciándola por sí mismo a toda velocidad y con pulcritud en la toma de decisiones… siendo mucho más grande y potente.

Viene a repetir, el jugador de los Sixers, el molde de LeBron James, con menor energía al embestir pero más altura y manejo del timing en su movimiento. Viene a representar, dicho de otro modo, un escenario por completo nuevo. Un molde diferente que permite que su asombrosa capacidad creativa dibuje el futuro.

El futuro, en ese sentido, es él.

El pase como ciencia y como arte

La acción de compartir el balón es la que mejor define el instinto primario de Simmons. Es esa su razón de ser y la característica que le convierte en generador primario en cualquier contexto, modificando llamativamente la estructura clásica de las posiciones. Estas posiciones en realidad ya dejaron de existir, camufladas en un juego que vive de las funciones que los jugadores ocupan en la pista, indistintamente a su tamaño. De ese modo John Wall puede ser tan base como James Harden, LeBron James, Ben Simmons o Nikola Jokic. Porque todos ellos, según el contexto, lo son.

Volviendo al instinto, a la hora de explicar cómo Simmons resulta un perfil diferencial en lo relativo al pase resulta necesario acercarse a la naturaleza de esa misma acción. Es decir, adentrarse en sus tipologías y variedades, aquello que en realidad convierte al pase en un elemento indispensable para el juego.

A la hora de aproximarse a esas distintas aplicaciones del pase, conviene distinguir sus dos principales puestas en escena, planteadas de acuerdo a su finalidad, es decir qué busca ese pase: alimentar un desequilibrio o romper por completo una línea. Todos los pases tienen un sentido, pero ese sentido no es siempre el mismo.

El primero de los tipos de pase es el que podría llamarse horizontal o de orden. Señala aquellas acciones que buscan generar el tiro más sencillo posible a través de secuencias donde el desequilibrio se va agrandando poco a poco. Un pase horizontal no tiene como deseo llegar rápido al lanzamiento sino generar un desorden defensivo que acabe accediendo al más cómodo imaginable.

Esta forma prescinde más del bote y requiere muchos jugadores interpretando la secuencia en el mismo plano, es decir con el mismo deseo de compartir el balón de forma sucesiva y rápida. Por ello es más compleja de ejecutar colectivamente, porque necesita de creatividad y desequilibrio sostenido por parte de varios hombres. El motivo es simple, en bastantes momentos de la secuencia se puede acceder al lanzamiento… pero la idea primaria es acabar prescindiendo de él para acabar encontrando uno aún mejor.

Ese pase de orden engloba, a su vez, otro tipo que podría definirse como el pase de seguridad. Una acción que no produce un desequilibrio pero sí genera dos escenarios: el primero, reduce el riego de pérdida, un aspecto crucial en el juego moderno, donde la transición rival es mortal; el segundo, gana tiempo para que el movimiento de hombres sin balón puedan producir un pase con mayor finalidad de desequilibrio después.

Ahondando en esto último es habitual, por ejemplo, contemplar cómo un balón metido a poste bajo vuelve a ser sacado fuera de inmediato con el simple deseo de que ese hombre en poste bajo gane mejor la posición cerca del aro. O del mismo modo ver cómo un compañero puede dar un pase a un segundo simplemente porque ese segundo hombre tiene mejor ángulo para pasar a un tercero.

La segunda tipología es la de aquellos pases que podrían llamarse verticales o creativos. Aquí el propósito es batir líneas de un modo mucho más directo. El intervalo de tiempo es menor y el riesgo mayor, elevándose asimismo el elemento visual. Este tipo de jugadas suelen ser mucho más espectaculares, impredecibles y con mayor grado de imaginación de por medio.

El pase vertical no necesita de secuencias trabajadas ni compañeros involucrados, salvo obviamente el receptor, circunstancia que permite al creador llevar su don al máximo nivel, ya que la situación le presenta desafíos complejos que a menudo le seduce afrontar: un mar de cuerpos delante con un espacio reducido para hacer llegar el balón al compañero bajo canasta, un pase picado de muchos metros que requiere acomodar el cuerpo para buscar el mejor ángulo o incluso un pase de espaldas a un jugador que corta y necesita un timing y velocidad muy concretas.

Al respecto de estas tipologías, es necesario reseñar dos puntos. El primero, que no resultan exclusivas. Son de hecho compatibles. Así, que un determinado jugador domine mejor el registro del pase horizontal no impide que pueda tener pases verticales, o viceversa. En otras palabras, ni John Stockton ni Chris Paul, dos claros exponentes del dominio del juego horizontal, manejaron únicamente esa forma de buscar la ventaja. Del mismo modo que Magic Johnson o Steve Nash, dos genios del pase vertical, basaron su carrera en dar pases complejos todo el tiempo. Puede haber, y de hecho hay en todos los casos, predilección por una forma de pasar (al final una forma de interpretar el juego), pero no restricción.

El segundo punto es que las diferencias en las tipologías no conllevan necesariamente mayor o menor nivel del pasador. Es decir, no por el hecho de ser el pase vertical más agresivo significa que aquel que se sirva mucho más de él es mejor pasador. De nuevo, las tipologías son simplemente las formas que los jugadores tienen de aplicar su talento como generadores. Que Jayson Williams resultase un fuera de serie en lo relativo al pase vertical representa únicamente eso, no que –por ejemplo- resultase mejor pasador que Jason Kidd. El pase vertical es más complejo en lo individual pero de igual modo el pase horizontal ha llevado a jugadores (y equipos) a la cima. Saludos a los Spurs de 2014.

Este tipo de diferencias son apreciables por supuesto en todos los tipos de baloncesto. Un ejemplo simple, llevado al territorio nacional, expone a José Manuel Calderón como un soberbio pasador de orden, cuidando al milímetro el destino y reduciendo el riesgo, en contraposición con el instinto y capacidad de improvisación de Ricky Rubio o Sergio Rodríguez, mucho más cómodos en registros verticales. Siendo todos ellos capaces de intercambiar esos registros, cada uno tiene su personalidad propia a la hora de pasar.

Una excelente muestra de variedad la ha representado por ejemplo Manu Ginobili. Integrado en la obra de los Spurs, sobre cuya cumbre reposaba una de las mejores obras corales de la historia y, al mismo tiempo, poseedor de un instinto desorbitado para el ‘pase final’. Siendo su picado directamente pieza de museo:

El caso Simmons

Lo extraordinario con Simmons es su control de ambas tipologías con sólo 21 años… poniendo de relieve de nuevo que su tamaño y condiciones atléticas proyectan ese don pasador. Porque es su perfil el que eleva la virtud. La Liga no ha conocido un jugador con esa mezcla de altura, potencia física y sensibilidad con el pase. Y desde ahí es desde donde mejor se explica su valor, así como lo inédito de asistir a su ‘nacimiento’.

El australiano prefiere la verticalidad como registro. En el fondo todo lo imaginativo, pese a la madurez que expone a la hora de jugar, que acompaña con elegancia en su forma de botar y moverse por la cancha. Porque a menudo simplemente la forma de moverse y botar el balón ofrece información sobre aquel que lo hace. Simmons genera apoyándose en su marcada ambidextría (resuelve por igual acciones con ambas manos), un elemento que por cierto también le permite vulnerar la lógica en el aire a la hora de finalizar, es decir es capaz de cambiar la mano natural de finalización guardando equilibrio en el aire y atacando el aro desde cualquier posición. Un recurso complejo que ejecuta con asombrosa naturalidad.

En lo relativo al pase, la comparativa más inmediata que acude a la mente viendo a Simmons en acción es la de LeBron James. Y no únicamente por el dominio del proyectil al lado débil que muestran ambos, seña de identidad:

La capacidad creativa de James, que de algún modo sigue encontrándose subestimada pese a ser uno de los mayores generadores de juego (en cuanto a volumen y recursos) de todos los tiempos, se fundamenta sobre todo en dos poderes llevados al extremo: su interpretación del espacio libre cuando absorbe dobles marcas en (es decir, el timing de pase), y la facultad de explotar situaciones de transición en casi cualquier contexto. James es capaz de generar superioridades con el pase casi por inercia.

Ambos aspectos son compartidos por el aprendiz, cuyo impacto destaca aún más por la forma en la que prescinde de todo lanzamiento en suspensión. Y destaca por el hecho de que ni siquiera sabiendo ya el rival que no tirará, que dividirá la zona buscando el desequilibrio para buscar al compañero libre, consigue reducirlo como quisiera, consecuencia de lo complejo de defender a un ‘grande’ con ese bote y explosividad. Destaca porque sin mostrar especial interés por lo anotador, ha cerrado su año de novato promediando 16 puntos por partido con porcentajes cercanos al 55% de acierto en tiros de campo.

Porque, en definitiva, su presencia se deja notar de forma salvaje sin apenas haber ofrecido pistas sobre agresividad ofensiva.

Y si la hay, si realmente existe (tiro mediante), no habría respuesta.

A la hora de asistir, promueve lo productivo: triple o bajo el aro (Fuente: NBA Savant)

Simmons es el segundo jugador en la historia que cierra su año de estreno con promedios superiores a los 15 puntos, 8 rebotes y 8 asistencias por partido, siendo el único antecedente el logrado por Oscar Robertson hace 57 años. En otros tiempos y otro baloncesto. Pero el mar de datos que arroja su aterrizaje, como promediar un triple-doble durante la racha de 16 victorias seguidas de Philadelphia (primer jugador en lograrlo en la historia), difícilmente acertaría a explicar en solitario su impacto.

Tampoco su versatilidad defensiva, que le permite absorber todo tipo de marcas rivales (del uno al cinco, según los casos). Ni siquiera la implantación de una potentísima cultura del pase en los Sixers, orquestada por Brett Brown pero sólo posible bajo el contagio al que induce Simmons en pista. Philadelphia ha cerrado el curso como el primer equipo (no llamado Golden State Warriors) que promedia 27 asistencias por partido en las últimas dos décadas. Es apenas el inicio.

Para Simmons también lo es. Sin embargo nada acierta a describirle mejor que su naturalidad desde el pase. Que su dominio, en fondo y forma, de la circulación de balón y la producción para el resto. Así servirle al lado hombres con cierta capacidad atlética y amenaza exterior, circunstancia esencial para el desarrollo del proyecto en Philadelphia, representa lo equivalente a invitar a Mozart a tocar el piano.

El abanico de opciones es infinito.

Alimentando la continuación del interior de espaldas:

Iniciando la acción con la izquierda, abriendo opciones yendo al centro y lanzando el pase picado al corte del compañero:

El picado, de extrema dificultad, le resulta natural:

En transición es un tren. Con el tamaño de un interior, el manejo de balón de un guard y un talento creativo innato:

Un caso anómalo, inédito. Por desarrollar y para disfrutar:

Simmons nace estos días, alentando el resurgimiento de los Sixers, mientras la Liga observa una maravillosa camada de jóvenes hambrientos de dejar huella, no pocos ni escasadamente preparados. A menudo lo buscan desde la anotación y lo perimetral. Es lo común en esta era. Pero también desde los moldes imposibles hechos posibilidad, casos de Davis o Antetokounmpo. Casi personajes de cómic llamados a gobernar el juego.

Entre ambos mundos, entre lo común y lo extraordinario, asoma la rareza, la extravagancia del generador 2.0. El de tamaño explosivo y renuncia al tiro. El de zancada elegante. El que cubre todo atrás y al que le obsesiona compartir delante.

Entre ambos mundos, a decir verdad, todo un universo de posibilidades. Ese mismo que comienza a revelar Ben Simmons.