Gordon Hayward

Descifrando a Gordon Hayward, por Andrés Monje

mayo 6, 2017

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Poco tiene que ver a menudo el nacimiento real con el momento en el que uno aflora de veras a ojos del mundo, de igual modo que la vida no puede medirse tanto por años vividos como por huellas dejadas durante el trayecto. Pero en su caso, en el de Gordon Daniel Hayward, ambos orígenes acontecieron en paralelo en el calendario. Sólo que con veinte años mediando entre ellos.

Hayward nació el mes de marzo de 1990. Sería una señal, porque marzo es justamente el momento del año reservado a la leyenda universitaria. En baloncesto es la fecha en la que todo, incluso lo inimaginable, puede llegar a suceder. Su bautizo mediático llegaría también ese mes… dos décadas más tarde.

El día 27 (de marzo de 2010) la universidad de Butler rubricaba un mes de antología venciendo a Kansas (56-63) en la final regional, ganándose un billete a la Final Four de la NCAA en 2010. Aquel duelo Hayward anotó 22 puntos y capturó 9 rebotes –ambas cifras tope del encuentro-. Allí quedaría su primera pisada para la historia.

La inesperada Butler, entrenada entonces por un tipo de 33 años llamado Brad Stevens, llegó a la final a cuatro en estado de posesión y pensando únicamente en ganar el torneo, algo a todas luces fuera de la lógica y en realidad de cualquier expectativa. Porque Butler en aquella Final Four era Colón descubriendo América o Armstrong llegando a la luna. Algo inaudito. Una historia de cuento para un equipo predestinado a la felicidad simplemente por haber llegado con vida a ese punto del calendario. Ganar ni siquiera debía haber aparecido como obsesión. Ganar de hecho parecía una quimera para cualquiera.

Cualquiera salvo ellos.

Hayward anotaría 19 puntos y se haría con otros 9 rebotes en la semifinal del ‘Gran Baile’ ante Michigan State, citando a su universidad con la utopía el 5 de abril de 2010. Allí, en la final del torneo, esperaba Duke, el conjunto de Mike Krzyzewski, listo para asumir el papel de villano que trata de impedir el éxito del que ya se había convertido en equipo de todos, un grupo encabezado por un incipiente prodigio en los banquillos y que tenía al niño de América sobre la pista. Butler era el anónimo que conquista Hollywood, resultaba imposible resistirse a su hechizo.

El desenlace de aquella final sería tan vibrante como cruel, con Hayward errando un tiro de media cancha y sobre la bocina que habría dado la victoria a Butler. De película. Hayward falló aquel lanzamiento que millones de underdogs de toda índole lanzaron junto a él desde sus casas. Aquel tiro fue un desafío a la cordura que rebotó en la tabla y el aro acabó escupiendo. Aquella suspensión evitó el encuentro frontal con la gloria. Lo que no pudo impedir sin embargo fue el abrazo de aquel equipo con la eternidad.

Aquel ‘no triple’ de Hayward pasaría a ser pura épica en la historia del baloncesto.

El mundo supo entonces quién era Gordon Hayward. Pero cabe preguntarse si es consciente hoy, siete años más tarde, de en quién se ha convertido. Porque resulta paradójico que en la era de los flashes y las estrellas, donde todo reconocimiento parece caber e incluso promoverse, no todas esas luces puedan gozar de justa gratitud. Y bien vale acercarse a su ejemplo para demostrarlo.

Quién quieres ser

“¿Es esto todo lo que quieres? Dime, ¿con esto te resulta suficiente?”

Dennis LindseyGeneral Manager de los Utah Jazz, le pronunció esas palabras a Hayward, en presencia de Quin Snyder, técnico de la franquicia, el 14 de abril del año pasado. Un día después del cierre de la temporada. Hayward había completado la mejor campaña de su vida, promediando 19.7 puntos, 5 rebotes y 3.7 asistencias en un equipo que ganó 40 partidos de fase regular, su mejor cifra en tres años aunque insuficiente para llegar a la fase final.

Aquellas palabras no suponían un reproche al jugador, todo lo contrario. Eran un mordisco al orgullo. Una invitación a subir un peldaño más y demostrar qué clase de nivel podía alcanzar.

“Fue un desafío para salir de la zona de confort, para convertirme en alguien mejor”, reconocería Hayward más tarde al Salt Lake City Tribune. El mensaje de Lindsey consiguió lo que pretendía y se clavó en las entrañas de su destinatario. A raíz de él, el jugador rompería su rutina anual y no se marcharía a Indianápolis –su tierra natal- en verano, se quedaría en Utah para seguir un programa de trabajo tan salvaje como minucioso que le llevaría definitivamente al estrellato.

Hayward, que por entonces se convirtió en padre por segunda vez, daría incluso negativa a la selección de Estados Unidos, que le ofreció una tentadora plaza en el equipo olímpico que debía acudir a Río. “Fue una combinación de cosas. Por un lado ser padre de nuevo… quería estar con Robyn [su mujer]. Por el otro sentía de verdad que el verano era clave para mí, una oportunidad para mejorar realmente mi juego. Los Juegos eran algo increíble pero no quería pasar dos meses sin ser capaz de trabajar. Por eso dije que no”.

Previamente a aquella negativa el jugador ya había diseñado un exhaustivo plan junto a Johnnie Bryant, asistente de los Jazz. Uno en el que además acabó involucrado Isaiah Wright, preparador físico de la franquicia. Entre todos se marcó un calendario plagado de barbarie, porque sólo así Hayward podría cumplir todos los objetivos. Que a la vista eran incluso demasiados tratándose de un solo verano.

Porque se pretendía trabajar el movimiento de pies, la capacidad de maniobrar con contacto y el manejo de balón con la mano izquierda. Pero también la coordinación ojo-mano y el equilibrio en las suspensiones. Todo ello bañado por un intensivo programa físico que buscaba aumentar la explosividad y fuerza, haciendo más potente tanto tren inferior como superior, ya que Hayward quería ganar volumen. Todos aquellos objetivos a la vez.

Era una locura. Faltaban días. Y en realidad faltaban horas dentro de cada día.

Así, según contaron los preparadores posteriormente en diarios locales, fue el propio jugador el que llevó la presión al límite. Porque si bien las sesiones estaban inicialmente previstas para arrancar a las ocho de la mañana, Hayward las adelantó otra hora. Y de pasó alargó la de salida. “Estaría harto de llegar pronto a casa” –bromeaba Bryant-. “Es un competidor y se ve en cada cosa que trabaja. Lo que hicimos fue sentarnos y valorar qué tipo de áreas de su juego necesitaba mejorar. Fuimos muy honestos en todo momento y él también. Siempre estuvo ansioso por aprender, hambriento por mejorar”, explicaba al Tribune.

“Analizamos muchísimo vídeo, qué formas me podían resultar mejores para anotar, qué tipo de trabajo de pies podíamos hacer, cómo usar el contacto con el rival a mi favor y sacar más tiros libres… una vez fijamos todos los objetivos, fuimos con todo a por ello”, confesaba Hayward.

La infinidad de ejercicios de pista, con y sin balón, con cientos de repeticiones, se completaban con varias horas de gimnasio y acabaron contando, además, con prácticas alternativas. Había tramos de trabajo en piscina y cada viernes Hayward se ponía a disposición de un entrenador de boxeo, con el que específicamente buscaba aumentar sus reflejos, agilidad, velocidad de manos y movimiento de pies. Nada quedaría al azar.

Posteriormente se reclamó la presencia del serbio Igor Kokoskov, también asistente de Utah y que trabajó individualmente junto a Steve Nash en Phoenix –además de ser parte del equipo técnico de Larry Brown en los Pistons campeones de 2004-, para determinados ejercicios técnicos, especialmente de resolución con la izquierda. Y el cóctel encontró su guinda con la visita de Hayward a Los Angeles para trabajar su juego de media distancia junto a Kobe Bryant, que accedió gustoso a la –por entonces secreta- petición del jugador de los Jazz.

Hayward acudió a Newport Beach y compartió tres días de sesiones con el ya retirado Kobe, que meses antes había puesto fin a su carrera metiéndole sesenta puntos a Utah su última noche como profesional. “Ya le respetaba muchísimo pero tras ver de primera mano su ética de trabajo… lo hice aún más. Su intensidad y pasión por el baloncesto son algo realmente inspirador. Sólo puedo estar agradecido de que invirtiese parte de su tiempo en ayudarme a mejorar”, señalaba.

En quién te has convertido

El resultado no se hizo esperar. Hayward iba a iniciar la nueva campaña, la del primer asalto real y armado de los Jazz a los playoffs del Oeste, mucho más poderoso en lo físico y preparado en lo técnico. Su baraja de recursos se había agrandado en la forma y perfeccionado en el fondo. Hayward estaba listo para ser un perfil de primer orden en la NBA.

Foto: Ezra Shaw/Getty Images Foto: Ezra Shaw/Getty Images

Es el tipo de jugador que siempre quiere defender al mejor rival, que no se preocupa por él mismo sino por el equipo. Siempre por el equipo. Ahí ves qué clase de competidor es”, comentaba Snyder al Desert News, antes de ofrecer un sintético pero soberbio repaso al catálogo de su jugador.

“Su consistencia y eficiencia han mejorado muchísimo. Pasando el balón, reboteando… se ha convertido en un gran defensor. No se comenta demasiado pero ha dado un paso adelante en todo eso y en su rendimiento tomando responsabilidad en los finales de partidos, en ambos lados de la pista. Siempre ha sido un buen tirador pero ahora anota de muchas otras formas”, apuntaba Snyder y recogía Jack McGruder en Fanrag Sports.

Snyder ha sido (y es) otra de las claves en la evolución del alero, especialmente desde dos aspectos: el emocional y el que afecta a las funciones creativas en cancha. El primero es sencillo, el caso de Hayward expone a plena luz el tipo de estrella que no parece creerse su propia condición. Es una estrella solidaria por exceso. Un convencido de lo grupal. Y quizás nada refleje mejor esa situación que la anécdota que describía Zach Lowe varios meses atrás, que tenía al chico de Indianápolis como protagonista.

En ella se remontaba al verano de 2014, momento en el que Hayward participó en un campus de entrenamiento con la selección, que tenía lugar en Las Vegas. Durante las sesiones se podía ver a Kevin Durant, LeBron James y Stephen Curry, entre otros, picándose mutuamente e interactuando sin parar. Hayward no lo hacía, no participaba en ello. Hasta el punto de que, según contaba Lowe, Jason Smeathers y Rob Blackwell, técnicos que habían trabajado con él tiempo atrás en Indiana, le preguntaron tras un entrenamiento si realmente se sentía cómodo allí, cuál era el motivo de que no entrara en el juego mental de las otras estrellas y se integrase en aquella dinámica.

“Ellos no me hablarían, no me seguirían el juego”. Hayward no se veía a sí mismo en el mismo rango de los demás y como tal se comportaba. Como el nuevo, simplemente como un invitado, obviando que precisamente su presencia había sido solicitada por el grupo de técnicos, plagado de ilustres. Así su falta de autoestima, vista en su timidez, sólo encontraba cierto sostén en la compañía de Klay Thompson, otro carácter peculiar e introvertido con el que había coincidido en 2009 durante su etapa formativa, y en la de Chandler Parsons, justamente el caso opuesto de personalidad y con el que resultaba casi imposible no empatizar. Ambos fueron sus dos pilares en aquella experiencia.

Snyder ha trabajado en cambiar esa percepción propia del jugador. Y una de las formas de hacerlo lleva directamente al segundo aspecto clave: el manejo del balón y la toma de decisiones. El técnico de Utah, que aprendió de Mike Krzyzewski durante su etapa como jugador en Duke, donde ejerció como base y jugó tres Final Four de la NCAA, entendió desde el principio que aumentar el peso ofensivo de Hayward en lo creativo acabaría dotándole de mayor confianza y capacidad de mando, lo que repercutiría en más facilidad para proyectar más tarde el resto de sus virtudes.

Hayward llegó a la NBA como un gran tirador, un prototipo de fino estilista en las alas que vivía de unir su inteligencia con una maravillosa suspensión. Pero progresivamente ese perfil ha ido modelándose hacia un jugador total. Uno capaz de ejercer como Point-Forward (alero con plenas funciones como generador) a tiempo completo, algo que sucedió primero por necesidad (los Jazz no contaban con bases de garantías previamente a la llegada de George Hill) y más tarde por capacidad.

A la hora de explicar el grado de versatilidad ofensiva y nivel de la versión actual de Hayward resulta útil aproximarse al concepto de percentil estadístico. ¿Qué significa? Partiendo de un conjunto de datos, el percentil es valor que indica el porcentaje de esos datos que son iguales o menores al valor tomado. Es decir, la posición de ese dato con respecto a la muestra total.

Dicho de otro modo, un dato con percentil del 90% supone que el 90% de los datos de una muestra son iguales o inferiores a ese dato. Así, en una muestra con datos positivos, cuanto mayor sea ese percentil mayor es la virtud, porque más alta es la posición de ese dato dentro de la muestra.

El nexo de Snyder con la capacidad de trabajo de Hayward ha llevado al jugador a la élite en la creación desde el pick&roll. Siendo el segundo mejor alero NBA esta temporada en productividad en ese tipo de situaciones, únicamente tras Kawhi Leonard, y noveno mejor jugador global, tal y como se aprecia en la tabla a continuación, cuyos datos han sido extraídos del archivo estadístico de NBA.

  • Situaciones de pick&roll del hombre con balón: top 10 NBA para jugadores con al menos 4 posesiones/partido

El dato de productividad es logrado, a su vez, con un volumen de pérdidas de sólo el 11% sobre el total de acciones, una cifra inferior a la totalidad de ese top 10 a excepción de Lillard y Leonard. Pero la excelencia no se reduce sólo a ese apartado. Hayward se encuentra en la esfera más alta de la NBA también en lo relativo a rendimiento en situaciones de transición, cortes a canasta y lanzamientos tras aprovecharse de un bloqueo.

  • Situaciones de transición: top 5 NBA para jugadores con al menos 2 posesiones/partido

  • Situaciones de corte a canasta: top 5 NBA para jugadores con al menos 1.3 posesiones/partido

  • Situaciones de tiro tras bloqueo: top 5 NBA para jugadores con al menos 2 posesiones/partido

En todas las categorías citadas su percentil es superior al 80%, algo que también sucede en situaciones de lanzamientos tras bote, donde su 84% está a la altura de jugadores del calibre de Kyrie Irving y Paul George, así como no lejos del dato de Klay Thompson. Ese es justamente el nivel alcanzado por Hayward desde un punto de vista de posibilidades y productividad ofensiva. Es parte notoria de la élite de la Liga.

Al mismo tiempo, defensivamente Hayward ha sido capaz de bajar los porcentajes del hombre que defendía más de un 3% este curso como media, mostrándose siempre implicado en las ayudas defensivas, las rotaciones e incluso situaciones de transición para reducir contraataques del rival. Su tamaño (2.03 metros), progreso atlético e inteligencia a la hora de leer acciones ajenas hace de él también un más que óptimo defensor. Una pieza valiosa en el sistema de Utah, uno de los tres más efectivos del universo NBA esta campaña, sólo tras Spurs y Warriors.

Es decir su acción en ambos lados de la pista ha llegado a un nivel lo suficientemente alto como para derribar la barrera de la discreción, la etiqueta de jugador bajo el radar.  Hayward es demasiado bueno como para no ser valorado en consecuencia, hecho que le ha servido para ser reconocido como ‘All-Star’ por primera vez en su carrera. Una distinción merecida no sólo como jugador icónico del proyecto de los Jazz, parte pujante en el Oeste, sino también como parte de asumir su llegada al escalafón de estrella NBA. Algo ya real para un prototipo que auna tan bien las bondades del nuevo juego: poder atlético, despliegue perimetral y versatilidad táctica.

Los Jazz siguen siendo un equipo de marcado carácter solidario, ritmo muy lento y predilección por lo destructivo, esto es por el dominio desde lo defensivo, circunstancias que alimentan el hecho de que sea complejo sobresalir desde un punto de vista individual dentro de un grupo que promueve justamente el orden y control colectivo. Así, de entre todos los equipos que compiten aún en playoffs, Utah es el único que no tiene a su principal arma ofensiva por encima del 28% de uso ofensivo (volumen de acciones que un jugador finaliza en ataque).

El nivel y productividad de Hayward podrían elevarle por encima de esa cifra, y seguramente provocar repetidamente actuaciones de mucho más impacto mediático, pero Utah desarrolla a su modo –el coral- una estrella de la Liga que ya desempeña justamente ese papel. Además, una de las características que mejor definen al jugador es su capacidad de asumir, según el momento, diferentes funciones -ya sean primarias o secundarias- que hagan a su equipo mejor. Y esa virtud, en perfiles de tanto nivel, guarda doble valor.

Porque si la estrella es útil, la estrella que sabe cuándo vestirse como tal y cuándo tomar otro papel, lo es aún mucho más. Hayward es capaz de meter treinta puntos una noche y pasar a tener un rol de complemento la siguiente, si el plan de partido de su equipo así lo requiere.

El proyecto de Utah aparece robusto, casi radiante, por su estructura más visible, que forman por tres pilares: el primero, contar con uno de los técnicos con mayor capacidad de la nueva hornada; el segundo, la identidad que este ha sabido crear en el colectivo; y el tercero, el grupo de talentos jóvenes que van desarrollándose en ella, entre los que destacan Rudy Gobert como ancla defensiva y el propio Hayward en el perímetro. Es un proyecto que, reforzado este año con experiencia en posiciones clave (George Hill, Joe Johnson y Boris Diaw son muy valiosos en la rotación) alcanza además estos días reconocimiento por parte del universo mediático, que ha visto cómo el equipo superaba las 50 victorias en fase regular y superaba una ronda de fase final por primera vez en seis años.

Enfrente los Golden State Warriors, la mayor unión de talento bruto que haya visto la Liga en medio siglo, amenazan el futuro a corto plazo de los Jazz, cuya experiencia actual en estos playoffs bien podría asemejarse a la que el propio Hayward experimentó con Butler hace siete años. Un escenario en el que nadie apuesta porque sean capaces de dar un paso más. Es una serie tan fascinante, por el choque de estilos, como en apariencia desigual.

Sin embargo es el futuro a medio plazo, más allá de qué suceda este mes de mayo, lo que realmente puede generar un punto de inflexión. Lo es porque en verano Gordon Hayward saldrá al mercado, a la agencia libre, previsiblemente no ejecutando la opción de su contrato que le permitiría renovar por un año más. Los 17 millones de esa cláusula representan un montante muy por debajo del valor de mercado un jugador que puede aspirar a un monstruoso acuerdo multianual.

Los Jazz pudieron retener a Hayward hace tres años, cuando su situación contractual era de agente libre restringido. Igualaron la oferta de Charlotte (63 millones en 4 años) y le mantuvieron en plantilla. Pero este verano la situación será diferente, con el jugador pudiendo elegir por primera vez en su carrera dónde desea jugar. Y con numerosos cantos de sirena tentando su salida de Utah.

No cabe duda que la franquicia irá con todo hacia la continuidad del que se ha convertido en eje primordial del proyecto. De acuerdo al convenio salarial y sin reconocimiento en alguno de los All-NBA Teams, la franquicia podría ofrecerle unos 180 millones de dólares en cinco años, prácticamente cincuenta más de lo que podrían ofrecerle en cualquier otro sitio (por cuatro temporadas). Pero en este punto de su carrera, y especialmente manejando cifras económicas tan elevadas por defecto, el factor competitivo también se antoja crucial.

En ese horizonte, el de la lucha por el anillo, podrían emerger los Boston Celtics como alternativa. No sólo por la presencia de Stevens, que ya dirigió al jugador en su periplo universitario, sino por su ascensión a la élite competitiva NBA, la posibilidad de darle un contrato máximo y cómo de idílica parece resultar la estructura para sus características. Los Celtics necesitan un perfil como Hayward. Pero no más de lo que lo necesitan los Jazz, que buscan aspirar justamente a ese estatus competitivo.

Será el verano, más allá del bonito viaje que experimenta el núcleo de Utah esta fase final, un momento que defina el futuro a medio plazo no sólo de la franquicia sino del jugador que, por derecho propio, se ha ganado encabezar un proyecto. Porque si bien es cierto que el dominio autoritario de franquicias se reduce al selecto abanico de marcianos que pueblan el juego hoy día, la experiencia ha demostrado que para conquistar la gloria, esa en forma de anillo, un equipo necesita varios pilares de primer nivel. Que, en otras palabras, nadie puede ganar solo y las estrellas que aceptan roles de impacto más limitado resultan decisivas a la hora de alcanzar el título.

Gordon Hayward se ha convertido en alguien lo suficientemente brillante como para no ser ignorado nunca más. Como para ser, de hecho, reconocido como lo que ya es con 27 años, apenas adentrándose en la plenitud de su carrera: uno de los jugadores más sólidos y eficientes del planeta. Una estrella a todas luces. Un digno candidato para coliderar un proyecto cuya aspiración final sea el título. Es ese su escalón.

Porque una vez nacido a ojos del mundo, el siguiente paso cumplido por Hayward está siendo ser reconocido. Quedando aún pendiente el más fascinante de todos, aquel que todos aspiran a lograr. Y si bien el camino es complejo, él ya conoce la única forma posible de llegar a completarlo.

No existe vuelta atrás ni posibles miradas hacia otro lado. Gordon Hayward ha llegado.

Y lo ha hecho para quedarse.

Hayward