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Joel Embiid: El hijo de Krypton, por Andrés Monje

junio 20, 2017

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Publicado el 5 de diciembre de 2016

Pueden valer igual, pero en la vida no todos los segundos significan lo mismo. Hay segundos que tal cual suceden se olvidan, sin dejar huella alguna; segundos que se paladean como si pudiesen extender su duración; y segundos que incluso llegan a trascender el tiempo en el que tienen lugar. De estos últimos hay pocos, muy pocos, pero tienen la particularidad de que cuando llegan jamás se marchan. Se graban a fuego en la memoria. Porque en ocasiones incluso se encargan de dar sentido a toda una vida.

“Era un contraataque. El base hizo un pase pero ese pase no fue bueno, se iba muy arriba… sin embargo él capturó el balón, lo bajó, se giró y resolvió por el lado opuesto al que transcurría la jugada, ante defensores que protegían el aro”. Se hizo el silencio. “Llevaba jugando a baloncesto seis meses. Una persona normal no hace algo así”.

A estas alturas Luc Richard Mbah a Moute -hoy parte relevante del éxito de Los Angeles Clippers- ha contado esa misma secuencia muchas veces. Y las que quedan. Sucedió en julio de 2011, en Yaoundé (Camerún), durante la segunda edición del campus de baloncesto que lleva su nombre.

Ese campus nació como una iniciativa comprometida con sus orígenes y su comunidad, una en la que los sueños, para cumplirse, están obligados a volar mucho más alto. El protagonista de aquella acción, por completo irreflexiva, se llamaba Joel y tenía entonces 17 años. Ni siquiera practicaba baloncesto de forma habitual, había sido invitado al campus debido a su gran estatura.

Lo más extraordinario de aquel joven era su coordinación. Algo hipnótico. Movía 207 centímetros, sin un gramo de grasa y endebles a la vista, sin aparente dificultad. Era extremadamente fluido, ágil, explosivo, casi felino para su tamaño. Combatía su evidente falta de peso con una velocidad de reacción asombrosa, especialmente con los pies, como si lo suyo fuera deslizarse en lugar de correr.

Si bien su despliegue atlético partía de la genética también había sido educado a través de una formación multidisciplinar. Del mismo modo que el procedimiento de entrenamiento balcánico alimenta el trabajo base del cuerpo, sin especialización durante las primeras etapas de desarrollo de los niños e incluso cuando arrancan su pubertad, Joel había practicado diferentes deportes colectivos en su niñez. Había desarrollado, seguramente sin saberlo, virtudes de todos ellos.

Durante su adolescencia el fútbol en Camerún lo contagiaba todo, más aún tras la gloriosa etapa de Samuel Eto’o en el FC Barcelona; el balonmano venía de herencia (su padre, coronel en el ejército, fue profesional) pero el voleibol, el preferido por el núcleo familiar, acabaría siendo protagonista. Era un cóctel notorio. Así, alejado de movimientos asociados a un solo deporte, el chico partía de un control de su cuerpo muy por encima de la media, tanto en tren inferior como superior. Es justamente el propósito de esa tipología formativa, no crear especialistas precoces sino atletas globales. Generar un mayor poder físico de base sobre el cual poder modular después, ya con la fluidez y coordinación por bandera.

Aquellos cuatro días de julio –la duración del campus- Mbah a Moute quedó asombrado con Joel, hasta tal punto que le invitó a otro campus que se celebraría unas semanas más tarde en Johannesburgo (Sudáfrica). Tras él se confirmarían todas las expectativas, ya no habría vuelta atrás. El jugador NBA charló con Thomas Embiid, padre del joven, para abrir de par en par las ventanas de su futuro. Joel tenía que ir a Estados Unidos a jugar a baloncesto. Y tenía que suceder ya. La decisión en principio no cuajó en la familia, algo reticente tanto al monstruoso salto como al propio baloncesto.

Pero finalmente ocurrió.

El camino no sería sencillo. El chico aterrizó en Florida para jugar High School en Montverde Academy, el mismo escenario en el que Mbah a Moute se formó previamente a su salto universitario. Pero Joel lo hizo hablando poco inglés y prácticamente sin saber jugar a baloncesto de forma organizada, más allá de poseer unas condiciones fascinantes y haber devorado sin descanso un DVD con jugadas de Hakeem Olajuwon. “Es como si bailase jugando, a veces yo incluso cuando voy por la calle muevo los hombros… pero lo suyo es otra cosa, no he visto nada igual”, bromeaba ante CSN hace varios años. La conexión rítmica unía ya al aprendiz con la leyenda. Al Joel jugador en realidad se le intuía todo… pero con ese todo justamente por aprender. Era un embrión. “Todo lo que me aconsejaron al llegar a Florida fue ‘trabaja, trabaja, tú sólo trabaja’. Les hice caso y comencé a mejorar”.

Sin ver apenas cancha, el año siguiente, segundo de instituto para él pero último del ciclo, cambió de equipo. Una conversación de Mbah a Moute con el técnico de The Rock School en Gainesville, Justin Harden, cerró aquel traslado. El motivo de la llamada en realidad era simple, él mismo servía como aval. Porque incluso sin tener que cambiar de estado (Florida) Embiid no había atraído foco alguno. A aquel joven espigado aún no le conocía prácticamente nadie.

Sería por poco tiempo.

Foto: Stacy Revere/Getty Images

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Norm Roberts, gran conocedor de los talentos de la zona, había iniciado su carrera como asistente de Bill Self en Kansas, parte de la aristocracia de la primera división universitaria. Según reflejaba Wall Street Journal en 2014, Roberts convenció a su técnico para ir a ver a Joel en varias sesiones y así comprobar, de primera mano, qué tipo de potencial guardaba, si podría interesar de cara a su aventura NCAA. Con una visita bastaría. Self no soltó una sola palabra mientras veía a Embiid, únicamente al terminar le confesó a su asistente su primera –y definitiva- impresión.

“Ese chico puede ser número uno del Draft”.

Joel acabó en Kansas. Estaría un solo año y acompañado de uno de los grandes proyectos del panorama universitario, un prototipo de alero total llamado Andrew Wiggins. El canadiense, un diamante ya casi global, absorbía toda la atención mediática. Pero Embiid estaba llegando. De hecho en apenas un pestañeo confirmaría que su irrupción ya estaba allí.

Incluso sufriendo una fractura por estrés en la espalda en el mes de marzo y viéndose limitado a sólo 28 partidos durante su único año universitario, su figura se expandía sin límites gracias a un instinto fuera de lo común. “Desde una perspectiva de talento estaba muy por delante del resto de hombres grandes. Cuando le vimos nunca pensamos que fuese un proyecto”, apuntaba Roberts. Algo que corroboraba Mbah a Moute en aquellas fechas. “Podría jugar ya en la NBA”. El desarrollo de Embiid, físicamente otro debido al monstruoso trabajo de gimnasio y técnicamente proyectando su don para jugar, era meteórico. “Es el mejor jugador del país”, apuntaba Fred Hoiberg (hoy entrenador de los Bulls) tras sufrirle con Iowa State aquel año (2014).

Embiid había roto el cascarón. Era imparable.

Hasta que todo se esfumó.

Tinieblas

El 20 de junio de 2014 el jugador fue intervenido de una fractura del hueso navicular en su pie derecho. Una lesión especialmente compleja en jugadores de su tamaño. La baja sería larga, estimada inicialmente en unos seis meses. Pero ni siquiera la noticia y las posibles dudas sobre la completa recuperación impedirían que apenas seis días más tarde fuese elegido como número tres del Draft (por Philadelphia), un sorteo en el que su hasta entonces compañero Wiggins resultaría seleccionado en primera posición. Sin embargo, pese al relativo éxito del Draft, allí comenzaría una etapa oscura para Embiid, extremadamente oscura. Una que de hecho pudo derrumbarlo todo.

El africano se perdería al completo su curso de estreno (2014-15). Pero esa noticia no sería la más dramática. Ni remotamente, además. El 16 de octubre su hermano pequeño, Arthur (de 13 años), fallecía en Camerún después de que un camión, fuera de control, se estrellase contra su escuela. Joel, una persona muy religiosa, tenía una relación extremadamente cercana con su hermano, especialmente un enorme apego espiritual. Pero llevaba sin verle desde que se marchó a Estados Unidos tres años antes.

El golpe anímico fue devastador.

Al conocer el suceso Sam Hinkie, por entonces General Manager de la franquicia, fue de inmediato al lugar en el que residía Embiid en Philadelphia. Ya no se separó de él. Allí estaban también Brett Brown, técnico de los Sixers, y Mbah a Moute, aquella campaña jugador en Philadelphia. Hinkie llegó a viajar (junto a Mbah a Moute) a Camerún para el funeral, acompañando en todo momento a Embiid. Ambos, directivo y compañero, sabían de la importancia de respaldar no ya al jugador sino especialmente a la persona. No se trataba de apoyar a un profesional de la franquicia sino esencialmente de evitar la caída moral de un joven de veinte años que acababa de perder a su hermano de trece.

No era sólo deporte, era un acto de humanidad.

Foto: Mitchell Leff/Getty Images

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Tras lo sucedido a Joel le costó mucho establecer una rutina sana que hiciese progresar su rehabilitación. “Era un vampiro”, le confesaba a Lee Jenkins en Sports Illustrated, debido a sus continuos desajustes con el sueño. Vivía de noche, aunque sin poder salir, entregándose a videojuegos y redes sociales. El jugador experimentaba una situación compleja, por supuesto no podía entrenar ni realizar secuencias en pista pero al mismo tiempo Philadelphia quería implicarle al máximo en la dinámica de equipo. “Me hacían viajar todo el tiempo, iba a cada entrenamiento aunque no podía entrenar, acudía a cada reunión. Estaba siempre allí sentado, no hacíamos más que perder partidos y yo no podía hacer nada. Fue lo peor”, explicaba.

La situación llegó a afectar otras rutinas básicas en la salud de Embiid, más allá del sueño. Sus hábitos alimenticios también se descontrolaron, trascendió su fervor por los ‘Shirley Temples’ -cócteles sin alcohol- y los Sixers llegaron a supervisar milimétricamente su dieta con el fin de que pudiera comer sano y evitara pedidos permanentes de comida rápida. En realidad evitar que abrazase rutinas que en paralelo ponían en riesgo su futuro como deportista de élite.

El ‘proceso’, la práctica de la franquicia que mantenía su plan a largo plazo sacrificando por completo el baremo competitivo en el corto, silenciosamente pendía de un hilo. Mientras Philadelphia perdía partidos sin parar (sólo ganaron dieciocho ese año, tras ganar diecinueve el anterior), Embiid –el gran pilar del proyecto- vivía una situación durísima en lo personal, alejado de su familia, sin poder competir y poniendo a prueba de forma salvaje su madurez. Estaban sucediendo demasiadas cosas y estaban sucediendo demasiado rápido.

Aquellos meses de caos derivarían en otro mazazo, ya que en junio de 2015, un año después de ser operado del hueso navicular de su pie derecho, el jugador volvería a fracturarse ese mismo hueso. Le esperaría una segunda temporada también de baja. Otro horizonte teñido de negro.

Iban a ser dos años sin jugar. Dos para alguien que había comenzado a hacerlo a los dieciséis.

Ese momento representaría un punto de inflexión para Embiid. Podría hundir definitivamente su carrera, aún sin haber podido debutar en la NBA y con la opinión pública asociando cada vez más su caso al de Greg Oden, uno de los últimos juguetes rotos en el baloncesto mundial. O no. O podría levantarse y renacer. Podría plantar allí la semilla del profesional que era capaz de llegar a ser.

Esto último fue lo que sucedió.

La franquicia se volcó con el jugador y éste respondió. Esta vez al máximo. Se cambió y modernizó el cuerpo médico del organigrama al mismo tiempo que se estableció un régimen minucioso en las dietas, hábitos de sueño y programas de recuperación de Embiid. El africano llegó a viajar en varias ocasiones a Qatar, según adelantó el Inquirer de Philadelphia, para ser tratado en la clínica Aspetar, de vanguardia a nivel mundial tanto en lo relativo a lo puramente físico como a psicólogos, nutricionistas y cualquier área susceptible de evolucionar para un deportista de máximo nivel. Todo se normalizó, todo mejoró.

Fueron meses de trabajo en silencio para él, en paralelo acompañados por otro sangrante saco de derrotas (72) para la franquicia e incluso la confirmación de la salida de Hinkie, el gran valedor de Embiid en los Sixers. El 24 de julio de este año, meses después de que se hiciera pública la noticia de la marcha de Hinkie de Philadelphia, el africano le dedicaba un post en su cuenta de Instagram, que posteriormente sería editado. En él se leía inicialmente ‘THE GOAT #HeDiedForOurSins #TrustTheProcess’ (‘El más grande de siempre’ #MurióPorNuestrosPecados #CreeElProceso).

Embiid no había olvidado a Hinkie, no ya por su apuesta por él en el Draft, el inicio real de una nueva etapa, sino especialmente por su trato personal y apoyo durante una fase realmente complicada de su vida. Así el ‘proceso’ que gestó Hinkie y pareció esfumarse con la llegada de los Colangelo a la franquicia fue absorbido de forma natural por el camerunés, a modo de herencia. Embiid es presentado estos días en Philadelphia con el apodo de ‘The Process’, uno que él mismo proclama. Y lejos de lo casual la circunstancia esconde un velado homenaje a la figura de Hinkie.

Después de avanzar reseñablemente en su estado físico durante ese segundo año y con su estreno en cancha ya en un horizonte tangible, Embiid dedicó el verano de 2016 a su puesta a punto. Una mucho más afinada. Compartió un mes completo de rutinas con Drew Hanlen, uno de los más brillantes preparadores del país. Por fin tocaba cancha.

La clave fue ir incrementando gradualmente la exigencia. Fuimos paso a paso, desde comenzar a trotar, hacer tramos cortos de velocidad, acompañarlos después de movimientos defensivos, más tarde de defensores reales… todo fue monitorizado. Todo para mejorar su agilidad, movimiento de pies y sensibilidad con el juego. Los Sixers hicieron un gran trabajo con el plan, lo controlaron todo”, explicó el propio Hanlen.

El alumbramiento esperaba.

La luz

Más de 800 días después de que Philadelphia le seleccionase en el Draft, Embiid debutó en partido oficial. El camerunés nació a ojos de la Liga el pasado 27 de octubre. Salió en el cinco inicial. A los 27 segundos de partido intentó (y falló) su primer lanzamiento, paradójicamente un tiro de tres –“estaba muy nervioso”, confesaría después-, pero acabó dejando 20 puntos, 7 rebotes y 2 tapones en sólo 22 minutos de acción ante los Thunder, con la grada enloquecida y dedicándole permanentes gritos de ‘MVP’ a la menor ocasión. El motivo era muy simple: los allí presentes estaban comprobando que Embiid era real.

Iba a ser mucho más que eso.

Si piensas cómo ha empezado… es ridículo. Va a reventar el récord de uso ofensivo en la Liga”, bromeaba Brett Brown, técnico de profesión y maestro de vocación. “Le ves en los entrenamientos, antes no podía machacar… y ahora hay detalles… movimientos de Shaq, ganchos, mates. Ahora su cabeza está bien, antes eso fue todo un desafío”, valoraba.

El mismo Brown confesaba en verano, en una entrevista a CSN, que su principal deseo era edificar toda la defensa sobre Embiid. “Lo aprendí en mi primer año –en San Antonio-. La defensa nacía de Duncan y Robinson. Eso permitía a los defensores de perímetro ser más agresivos, más físicos. Podían hacerlo porque si se veían superados sabían qué protección tenían detrás”.

Para la consumación de ese objetivo queda aún largo camino pero el camerunés cerró su primer mes en la Liga como la tercera presencia más efectiva de toda la NBA bajando porcentajes rivales cerca del aro. El 42% al que limita a los adversarios en la zona restringida sólo expone por delante a Rudy Gobert y Hassan Whiteside, dos de los principales candidatos a ‘Defensor del Año’. Con él en pista los Sixers presentan el mejor ratio defensivo de toda la NBA (98 puntos recibidos por 100 posesiones). Sin él, pasan a tener el peor (más de 110). Como inicio, y tras dos años sin competir, un impacto así resulta realmente aterrador.

Siempre que está en pista Embiid vive bajo un control permanente, que adquiere síntomas incluso de patología. Como si fuese un cristal al que en cualquier momento podría pisotear una manada de bisontes. Todo se vigila y por supuesto los minutos de acción se programan bajo lupa. El pívot comenzó el curso con un máximo de 24 por encuentro (ahora elevados a 28), evitando tramos superiores a seis minutos de forma consecutiva y sin participar (ni siquiera viajar) en back-to-backs (encuentros en noches consecutivas). Toda precaución parece poca.

“Es difícil explicarle a un chico de 22 años que lleva dos años sin jugar… que no puede jugar. Pero lo hacemos para protegerle, pensando en el largo plazo. En el suyo y en el de la franquicia”, apuntaba Bryan Colangelo, nuevo General Manager de los Sixers. Pese a la lógica del movimiento, el que sufre cada noche los aspavientos y desesperación de Embiid siempre es Billy Lange, el asistente encargado de informar al jugador sobre cuándo llega a los límites. Y recordarle por qué no puede excederlos. No es tarea fácil, él suplica volver a pista.

Su presencia en ella, incluso por goteo, resulta fascinante. Los Sixers, una de las plantillas más limitadas de la Liga y todavía sin Ben Simmons –lesionado-, notan en 13 puntos (por 100 posesiones) la diferencia según él esté o no en cancha, abismalmente el mejor dato del equipo y un registro que dibuja una dependencia masiva de un recién llegado.

En realidad no lo parece.

Fuente: NBA Stats

Fuente: NBA Stats

Embiid ofrece sus primeros pasos como profesional sugiriendo no ya un aval para el proyecto de Philadelphia sino incluso en el fondo un punto de inflexión para la Liga. Su caso integra la reducida pero impactante nómina de interiores que convierten cada noche el rectángulo en un desfile de dos rombos.

El baloncesto más perimetral de la historia, aquel en el que tiro de tres, versatilidad y despliegue físico se unen en un cóctel sin precedentes, presenta al mismo tiempo a los interiores llamados a gobernar ese mismo juego. Sí, gobernarlo. Porque existe en todos ellos un detalle diferencial y que sirve para presentar el fenómeno en ciernes: no lo harán únicamente desde la pintura, su peso en el juego abarcará todo el espacio que ese mismo juego requiera de ellos. Los nuevos interiores ya no son únicamente interiores.

Desde la versión más plástica e imaginable de martillo que se contempla en Anthony Davis, a la total depuración técnica y del matiz de Karl-Anthony Towns, pasando por el alucinógeno combo altura-fluidez-rango y ejecución de tiro de Kristaps Porzingis y hasta llegar a la figura de Embiid, el más claro nexo entre pasado, presente y futuro que regala el baloncesto. Todos ellos forman la primera plana del interior moderno, el que no responde a zonas sino a impacto, el que abandona rutinas clásicas viéndose capaz de desarrollarlas todas. Los nuevos pívots producen de cara al aro, en muchas ocasiones incluso sobre bote, amplían la pista y su tamaño comienza a tener influencia desde fuera a dentro. Los nuevos pívots lo proyectan todo.

Son los futuros amos del baloncesto.

En la Liga existen perfiles por completo abrazados al futuro (Giannis Antetokounmpo) coexistiendo con verdaderos adelantados a su era (LeBron James, Russell Westbrook). Los hay incluso ligados mentalmente al pasado, caso de DeMar DeRozan y su uso del midrange. Pero no existe ninguno que sea capaz de unir toda época en un solo molde. Ninguno salvo Embiid.

Su altura (aparentemente dos pulgadas mayor del 2.13 oficial), volumen e influencia cerca del aro recuerdan a la fiebre de los grandes cincos del pasado. Pero su adaptación, incluso en pañales, a la exigencia de defensa perimetral y dualidad de formatos (tanto de uno como de dos interiores) de la NBA actual permite integrarle en la presente década; y, más allá, su coordinación, naturalidad y variedad de recursos ante el pace&space le imaginan en la cima de la siguiente. Es un tributo al pasado vestido de futuro.

Embiid es un germen de un nuevo Olajuwon. Uno que aguanta asignaciones a seis metros del aro en un lado de la cancha y después mete triples en el otro. Es tamaño dominante en poste bajo, por velocidad de pies y sensibilidad de tiro, pero al mismo tiempo es un desequilibrio jugando de cara y a siete metros del hierro, capaz de botar y fintar como si hubiese sido vacunado con severas dosis del arte perimetral. Como si en la manga escondiese no ya el as sino la propia baraja completa. Su registro (defensivo y ofensivo) tiende a infinito.

Lo llamativo es que no ha conocido esa formación que parece poseer. Todo parte de un instinto desmedido para el juego y un molde atlético que lo proyecta. Si Olajuwon, uno de los mejores pívots de siempre, comenzó a jugar a baloncesto a los quince años, Embiid lo hizo a los dieciséis. Pero mientras el primero estuvo cuatro años formándose a nivel universitario, madurando su talento, el segundo permaneció sólo uno y reducido a 28 partidos, como previa a dos años prácticamente parado. A Embiid no le ha dado tiempo a aprender, a bañar de experiencia su potencial, su presencia es dominante por inercia y tal escenario es el que mejor resume su dimensión.

Ni siquiera es uno entre un millón. Ni entre diez ni cien. Su caso va mucho más allá.

“He pasado por mucho durante los últimos tres años, sobre todo la pérdida de mi hermano. Ha sido muy duro. Así que ahora que estoy sobre la cancha sólo quiero disfrutar cada momento. Todavía estoy tratando de descubrir las cosas, a veces me siento un poco perdido pero me quiero divertir”, le apuntaba a David Aldridge recientemente. Embiid está descubriendo lo fascinante del universo NBA mientras el universo al completo asiste atónito a su irrupción.

Sólo así se explica su monstruoso dato de uso ofensivo (volumen de jugadas que un perfil finaliza con tiro de campo, tiros libres o pérdida), cercano al 40%, desde el inicio abonado al top 5 NBA y viendo de cerca al de Russell Westbrook. Sólo así se encuentra motivo a que pida el balón en cada acción, que sus ansias por agradar al resto gobiernen sus actos (precipitando a menudo su toma de decisiones) y que su sonrisa contagie todo mientras lo intenta. Y si falla, sonríe y lo vuelve a intentar. Por mucho drama que la vida le haya obligado a lidiar, por mucho que acumule dentro, el fondo de Embiid sigue asemejándose al de un niño. Y como tal todo lo que desea es divertirse.

Traducido a pista, devora el juego.

Por eso quizás su dominio parece aún más intimidatorio. Porque ni siquiera parece estar cerca de su pleno foco mental, ni mucho menos del techo de su arsenal de recursos. Su influencia en pista resulta asombrosa y podría considerarse que acaba de llegar. De hecho así es. Su caso muestra a la Liga el nacimiento de un alienígena que parece predestinado a la supremacía. Uno cuyas condiciones le convierten en alguien verdaderamente único. Uno con un solo posible punto de fuga, justamente en ese aspecto que con tanto mimo se está cuidando: su físico.

Es la capacidad de aclimatarse a la jungla NBA, a la erupción de partidos, viajes y esfuerzos prolongados sin descanso durante (en el más exigente de los casos) ocho meses, el único factor que dibuja un interrogante, una potencial fragilidad, en él. Una kryptonita. La única vía posible para pensar que es humano y no un personaje de ficción que vino de otro mundo a dominar este juego. Todo lo demás, absolutamente todo, ya lo tiene. Y (lo mejor) en buena medida todo aún por desarrollar.

Ya no es preciso esperar más, sólo abrir bien los ojos y contemplar. El futuro ha llegado.

Y el futuro es de Joel Embiid. El hijo de Krypton.

Foto: Mitchell Leff/Getty Images

Foto: Mitchell Leff/Getty Images

Fuentes: Sporting News, CSN, Philadelphia Inquirer, Wall Street Journal, Sports Illustrated, Bleacher Report, NBA, NBA Stats.