Cómo el modelo de los Rockets está transformando la NBA moderna

Julio 24, 2017

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“En una Liga en la que tienes a treinta equipos compitiendo por un solo premio… debes conseguir diferenciarte de algún modo. Nosotros elegimos la analítica”.

En el año 2009 la ESPN charlaba con Daryl Morey, General Manager de los Houston Rockets, buscando adentrarse en la mente del tipo que promovía un seísmo en el modo de entender la NBA moderna. Aquella revolución, ya iniciada, tenía en su figura el máximo exponente y por tanto principal foco de atención.

Meses antes el New York Times había encomendado a Howard Beck, uno de sus periodistas de referencia, hablar con Morey. Por el mismo motivo. Pura curiosidad por acercarse al nuevo modelo con el fin de asimilar sus efectos. “Es sencillo, normalmente los seres humanos tomamos decisiones mucho mejores cuando disponemos de más información para tomarlas”, explicaba.

Durante su vida Morey, un apasionado de la estadística aplicada a la tecnología, se había sumergido en el deporte especialmente a través de Bill James, considerado padre del movimiento sabermetrics a raíz de su influencia en los Oakland Athletics, de la liga americana de béisbol. Prácticamente el origen del fenómeno ‘Moneyball’ a gran escala. Esa pasión le descubrió la utilidad que el análisis estadístico, llevado a su grado más exhaustivo, podía tener en el ámbito profesional del deporte. “Sus libros fueron realmente inspiradores para mí, sobre todo a la hora de plantearte objetivos y saber después cómo llegar hasta ellos. Tanto en el deporte como en la vida”, confesaba a un diario local de Houston en 2007.

El poder de la lógica numérica respaldaba no sólo sus argumentos sino todo el fenómeno que acontecía en paralelo tras su llegada a Texas. Porque los Rockets transformaban la organización, toda su estructura de trabajo, buscando alcanzar plena productividad, justamente uno de los conceptos más decisivos del modelo. No importa tanto qué suceda como hasta qué punto eso resulta de verdad eficiente.

Ese movimiento analítico no representaba únicamente un abrazo masivo a los números. Lo que realmente suponía era la alteración de la metodología empleada durante toda una vida. El sabermetrics no consistía sólo en manejar una gran cantidad de datos. Un dato por sí mismo, aislado de contexto, no encuentra valor. Lo relevante es ser capaz de localizar de entre todos ellos los correctos para después contextualizarlos, explicarlos y aplicarlos. Era, en otras palabras, una puerta a otra dimensión del juego.

La Liga contemplaba aquello con el grado de expectación del que observa a un mortal frotar incesantemente una lámpara. Es decir con la eterna duda de si aquello haría realmente aparecer de ahí a un genio.

Aquel escenario de poder para Morey se había gestado antes. En abril de 2006 Leslie Alexander, propietario de los Rockets, le ofreció un puesto al lado de Carroll Dawson, entonces General Manager, con el propósito de familiarizarle con un rol que trece meses después pasaría a ser suyo en solitario. Fue una especie de fase de aclimatación al cargo. “Cuando contraté a Daryl buscaba alguien que fuera capaz de ver a los jugadores de un modo distinto al tradicional”, revelaba Alexander según recoge el libro ‘The Undoing Project: A friendship that changed our minds’ (Michael Lewis, 2016).

Foto: Bill Baptist/NBAE via Getty Images

Foto: Bill Baptist/NBAE via Getty Images

Ese mismo año (2006) Morey cofundó, junto a Jessica Gelman, la MIT Sloan Sports Analytics Conference. Entonces una llamada a la vanguardia, hoy una cita ineludible dentro del sector. La idea de ambos era crear un ciclo de conferencias, de carácter anual, en el que poder discutir la relevancia del movimiento sabermetrics en todo el deporte profesional, así como exponer todas sus posibles aplicaciones futuras.

Once años después el ciclo atraviesa el mejor momento de su historia, asentado como uno de los eventos más importantes del calendario y acumulando habituales presencias ilustres como las de Adam Silver, Bob Myers, RC Buford, Mark Cuban o Jackie McMullan, entre otras muchas personalidades que colaboran. “A nuestra primera conferencia asistieron 175 personas. Hoy ese número se supera simplemente contando las personas que tendrán voz en las conferencias”, reseñaba Gelman en la edición del pasado año. La undécima, que se celebrará en menos de un mes (3-4 de marzo, en Boston), volverá a ser un punto ineludible del movimiento analítico. En cierto modo una ‘Superbowl’ del sabermetrics de la que formarán parte reputados profesionales de pista como Shane Battier y Sue Bird, de la gerencia como David Griffin o del periodismo como Zach Lowe.

El único bagaje profesional, asociado a NBA, que poseía Morey al llegar a Houston era el trabajo que había desempeñado en los Celtics como vicepresidente de operaciones e información. Tres años bajo la supervisión de Danny Ainge. Y si bien sus funciones iniciales se alejaban de lo que sucedía en pista, el instinto le acabaría acercando a esa posición. “Es fantástico a la hora de mezclar el scout tradicional, las impresiones visuales y la tecnología más avanzada para realizar análisis cuantitativos”, explicaba Chris Wallace, hoy General Manager de los Grizzlies y que entonces trabajó junto a Morey en Boston.

El impacto producido por la llegada de Morey al puesto de General Manager fue, como era de esperar, muy considerable. Su metodología era por completo diferente a lo anteriormente conocido y requería de elementos plenamente novedosos en el planteamiento diario. Los Rockets iban a construir nuevos caminos con el fin de cambiar su forma de actuar en todos los registros imaginables, haciendo especial hincapié en los procesos de selección de jugadores y (más progresivamente) las pautas a seguir en pista. Nada escaparía al azar.

“De un box-score tradicional diría que sólo un 20% de la información resulta útil considerando el tipo de material que puedes ser capaz de obtener por otras vías. Es el motivo por el que tenemos a ‘nuestra armada’ por todos sitios recopilando los datos que queremos”. Eran palabras de Morey… hace una década. Iba años luz por delante del resto. Él puso en marcha un grupo humano destinado a recopilar todo tipo de datos sobre jugadores con respeto al tracking (seguimiento en pista), muchos de los cuales no se habían obtenido hasta la fecha. Y ni siquiera se trataba sólo de baloncesto, ese ‘ejército’ obtenía información incluso sobre patrones de conducta de las personas. La información era (es y será) poder.

Realmente todo aquello evidenciaba otro universo en el plano del análisis.

El conocimiento supone predicción. El conocimiento es algo que incrementa tu habilidad para predecir lo que viene. Todo lo que haces es intentar predecir el fenómeno de un modo adecuado, la mayoría de la gente lo hace en sus vidas de forma subconsciente”, exponía a su llegada. Morey implantó en los Rockets su propio modelo estadístico, uno basado en la proyección de rendimientos y medición de productividad. La estadística clásica estaba a punto de morir. Ellos lo sabían y actuaban.

La estadística avanzada estaba lista para gobernar.

El modelo teórico

Ese imperio destinado al análisis ha tenido también una cara puramente deportiva, relacionada con lo que sucede en pista y que puede explicarse desde dos escenarios. El primero de ellos es la identificación de la productividad sobre una cancha de baloncesto, porque si bien el deporte de la canasta funciona a través de elementos que escapan al control total al mismo tiempo resulta imprescindible conocer cómo se puede limitar ese grado de azar a la mínima expresión. Se necesitaba saber de qué formas debía comportarse un equipo en pista para acercarse a su versión más efectiva posible. Al menos de un modo teórico.

Los Rockets dispusieron de un equipo afiliado en la Liga de Desarrollo a partir de la temporada 2009-10, uno que fue convirtiéndose en fuente bruta de experimentos, una especie de laboratorio sobre el que extraer conclusiones. El suceso fue fantásticamente detallado en Grantland por Jason Schwartz (2014) y acercaba un campo de pruebas que hacía de valores como el ritmo y los usos de las distintas zonas de tiro auténticos diamantes, ya que por sí mismos condicionaban enormemente la productividad. Pasarían a ser epicentros del juego futuro.

Los Rio Grande Valley Vipers -nombre del conjunto afiliado- experimentaban ritmos frenéticos (108 posesiones) y lanzando una cantidad alucinógena de triples (45 por partido) ya hace tres años, reduciendo casi a cero el uso de los tiros menos eficientes (la media distancia) y buscando la forma de proyectar todos aquellos que sí lo son (tiros libres, lanzamientos debajo del aro y tiros de tres). Sus partidos se convertían en secuencias robóticas, programadas casi por defecto, que permitían a Houston trazar las líneas del futuro.

Así sería.

Desde un punto de vista analítico se construyó un sistema ofensivo teórico que proponía altos índices de productividad. La anotación estaba ligada a la efectividad de los tiros, los rebotes al volumen de oportunidades disponibles para capturarlos, las pérdidas al modo en el que eran castigadas. Y así hasta el infinito. Todo aquello explicable debía tener una explicación. El grado de azar, que siempre existe en el juego, debía mantenerse bajo mínimos.

Fuente: NBA Stats Fuente: NBA Stats

Ahora bien,  el segundo escenario requerido era el que debía convertir todo aquello en realidad. Para iniciar esa segunda parte hubo que esperar al verano de 2012, momento en el que los Houston Rockets se hicieron con James Harden, procedente de los Oklahoma City Thunder. Un proyecto reluciente y joven que aquel verano pisó las Finales para, ya sin él, no regresar.

¿Por qué era Harden decisivo a la hora de seguir desarrollando el modelo en Houston?

Uno de los puntos vertebrales de la estructura se encuentra en la existencia de jugadores que puedan absorber altos índices de volumen manteniendo la productividad. Dicho de otro modo, jugadores de los que abusar de un modo cuantitativo sin que se resienta dramáticamente el nivel cualitativo. Un papel complejo reservado a la más absoluta élite. Ese tipo, en ese caso, iba a ser James Harden.

Harden venía siendo un generador secundario en unos Thunder radiantes pero escondía un potencial muy elevado. Tenía capacidad de llegar a la máxima dimensión individual si se le concedían las condiciones adecuadas. Y en Houston, aparte de un contrato máximo multianual, querían servirle precisamente esas condiciones.

A la hora de construir un equipo de élite suelen existir dos grandes tendencias en el juego moderno. La primera orbita en torno a una idea solidaria, coral y casi hasta romántica, abanderada por la dinastía de Gregg Popovich en los San Antonio Spurs y por ejemplo trasladada, casi como imagen especular, a los Hawks de Mike Budenholzer. En esos sistemas las jerarquías funcionan de un modo mucho más horizontal que vertical, es decir los diferentes roles se agrupan en un escenario relativamente común. Así por ejemplo Tim Duncan no rebasó en toda su carrera el 30% de uso ofensivo (volumen de jugadas que un jugador ‘gasta’ en ataque), cuando en cualquier otro contexto superarlo habría sido justamente lo normal. Son contextos de equilibrio.

La segunda tendencia se entrega mucho más a la diferenciación en las jerarquías y suele necesitar de una presencia muy dominante cuyo rendimiento soporte todo lo demás. Esa demanda de un jugador que, sea cual sea su perfil, absorba mucho volumen de juego (Bryant en los Lakers, James en los Cavs) convierte al resto de componentes del sistema en perfiles mucho más concretos. Es el reino del especialista. Los roles se marcan en mayor medida y el uso del líder se dispara. Así la mejor versión de los Rockets exige de Harden, y prácticamente por necesidad, un uso ofensivo superior al 30%. Son contextos de supremacía.

La llegada de Harden permite a Houston comenzar a trazar un plan de juego que funcione a partir de la acción de su estrella y, como consecuencia, definir más y mejor qué tipo de complementos necesitará a su lado para optimizar el rendimiento colectivo. Houston ya entendía cuál iba a ser el rumbo de la Liga, un escenario en el que ritmo, espacio y versatilidad iban a ir de la mano. La realidad lo ha acabado demostrando: se juega cada vez más rápido, se tira cada vez más de tres y el fenómeno aposicional dibuja el futuro. Quedaba por tanto completar el puzzle.

Fuente: NBA Stats El uso medio del triple se sigue disparando en la Liga (Fuente: NBA Stats)

Un genio con contexto

La etapa de Harden en Houston le conduce casi de inmediato hacia el pleno foco individual, tocando cumbre en el curso 2014-15, en el que acaba segundo en la carrera por el MVP, después de llevar a los Rockets a ganar 56 partidos en la fase regular y liderarlos después a las Finales de Conferencia. Pero tal resultado se encontraba más ligado a la proeza que al rendimiento acorde a las expectativas. Aquello fue una cima bruta provocada (sobre todo) por la proeza de un hombre desatado. Porque si bien el sistema de Kevin McHale era óptimo en absoluto daba para aspiraciones de anillo.

El propio Morey reconocería más tarde que cuando firmó a Harden en 2012 en ningún momento esperaba que fuese a alcanzar tal nivel. Ellos sabían que era bueno y además que era adaptable al modelo, lo que desconocían era que podía resultar tan diferencial como macho alfa de un sistema tan atado a la productividad. Porque una vez Harden expandió sus alas lo que allí mostró era directamente el sueño húmedo del proyecto.

El deterioro de la relación con Dwight Howard acabaría destrozando la química del equipo al curso siguiente y de paso llevándose por delante la figura de McHale, la solución más sencilla e injusta para tal situación. Pero sería la posterior marcha del pívot, el pasado verano, lo que generaría el movimiento de piezas que de verdad buscaba la gerencia.

Se rodeó a Harden de especialistas ofensivos que, sanos, podrían generar el mayor espacio ofensivo con el que jamás habría contado. Eric Gordon y Ryan Anderson venían a hacer de la estructura de ataque algo casi idílico para el margen de maniobra de la estrella. Y al frente del proyecto se pondría en el banquillo a alguien que podía llevar ese sistema a la mesosfera. Su nombre era Mike D’Antoni.

D’Antoni conocía a Morey porque fue precisamente él quien le había abierto las puertas de la Sloan Conference años atrás. No tanto con el deseo de que hablase de estadística, ya que Mike no era ningún especialista en ello, como con el propósito de ahondar en el modelo ofensivo que creó en los Suns justo a Steve Nash, uno que marcaría la NBA desde entonces. Pero en esta ocasión lo que Morey le proponía era aún más sugerente.

Ofrecía un contexto para aspirar a repetirlo.

D’Antoni no había tenido éxito durante sus dos últimas experiencias como primer técnico, ambas en panoramas mediáticos realmente tóxicos (Nueva York y Los Angeles). Pero si de algo había demostrado ser capaz durante su carrera eso era idear y sacar brillo a un modelo de baloncesto vanguardista.

La primera vez que D’Antoni charló con Steve Nash sobre la aventura profesional que les uniría (2004) le hizo una pregunta que acabaría generando un equipo para la historia. El canadiense tenía entonces 30 años. “¿Steve, eres capaz de llevar un ataque de élite en menos de siete segundos?” La primera vez que el técnico coincidió con Harden, once años después de aquel episodio con Nash, le planteó otra cuestión que dejó perplejo al jugador. “¿James, te ves capaz de jugar de base?”

Foto: Bill Baptist/NBAE via Getty Images

Foto: Bill Baptist/NBAE via Getty Images

En ambos casos la cuestión tenía trampa. En la primera porque aquellos Suns nunca tuvieron como fin usar permanentemente posesiones de menos de siete segundos sino que lo esencial, el mandamiento sobre el que se levantaba su poder, era generar una tensión defensiva equivalente a hacerlo. Ahí radicaba la clave. Crear en el rival la sensación de que la transición podía suceder (y castigar) de inmediato y en cualquier momento, un contexto irrespirable para cualquier defensa a lo largo de todo un partido (Seven Seconds or Less; Jack McCallum, 2006).

En la segunda porque en realidad Harden ya ejercía como base. Desde su misma llegada a los Rockets su función primaria era exactamente generar ventajas para el resto. Y, más allá, su instinto natural como jugador siempre había estado ligado primero a la creación. Conviene entender que en la NBA actual la restricción clásica de funciones por posición ha desaparecido, todo se ha convertido en funciones de acuerdo a necesidades. Y la función de Harden en Houston siempre fue dirigir, esencialmente por la compañía que tenía a su lado (incapaz de ejecutar ese papel). ¿Cuál era el truco entonces? La forma de gestionar ese rol.

“Lo mejor cuando acepté el trabajo fue que James quería jugar del modo en el que yo quería entrenarle. Y eso conllevaba mucho triple, llegar al aro, atacar la zona y sacar faltas personales. Además es la misma filosofía que existe en la franquicia, desde el propietario hasta el General Manager y la estrella”, comentaba D’Antoni (USA Today, 2016).

Nada más llegar el técnico describía lo vertebral del modelo. Todas las piezas coexistiendo en el mismo ángulo de cara a maximizar lo disponible. Y si bien él no abrazaba directamente el sabermetrics, su instinto ofensivo le había convertido previamente en un gurú a la hora de explotar las condiciones de un talento creativo fuera de registro. Hace una década lo hizo con Nash.

Y ahora estaba listo para lograrlo con Harden.

“Estamos en contacto todo el tiempo. Es el entrenador con el que más cercano me he sentido en mi carrera. Hablamos no sólo de baloncesto, también de otras cosas de la vida”, contaba Harden al Chronicle sobre sus primeras semanas con el nuevo entrenador. La química se creaba y el plan iba a derivar un monstruo ofensivo.

Las entrañas del éxito

A estas alturas de curso Houston presenta un rendimiento ofensivo equivalente a uno de los cinco mejores registros de las últimas dos décadas, sólo en compañía de los Warriors de los dos últimos años y un par de muestras precisamente de los Suns de Nash (2005 y 2010). La franquicia defiende el cuarto mejor balance de la Liga y lo hace entregándose al don de Harden elevado a su máxima expresión.

En proyección de firmar la primera temporada con más de 28 puntos y 11 asistencias de promedio en más de cuatro décadas (Tiny Archibald, en 1973, fue el último en lograrlo), Harden encabeza un sistema de ataque basado en tres pilares, todos ellos asociados al ritmo (altísimo), espacio (amenaza exterior) y formatos perimetrales (con un solo interior): su gestión del pick&roll, el desequilibrio individual propio que genera ventajas colectivas y la ejecución de los roles concretos de sus compañeros. Viéndose, además, todo el cóctel potenciado por el uso de la transición, escenario en el que los Rockets lideran la NBA (el 18% de sus jugadas se desarrollan en ese contexto). Al igual que en el caso de Phoenix, D’Antoni expone un sistema en el que atemorizar a la defensa se convierte en el primer paso para castigarla.

El uso del bloqueo directo, decisivo a la hora de engrandecer la leyenda de John Stockton junto a Karl Malone y posteriormente clave en el impacto de los Suns de Nash, maestros del pick&spread, encuentra en Harden una mina de oro. Houston es el segundo equipo más productivo de la NBA tanto en acciones en las que finaliza el manejador de balón (0.93 puntos anotados por posesión) como en aquellas otras en las que resuelve el hombre que pone la pantalla (1.16). En todas ellas está por medio ‘The Beard’.

Al contrario que otros perfiles como Russell Westbrook, que afronta la acción en estampida física, o Chris Paul, que la controla desde un punto de vista posicional manejando los ángulos para crear ventajas, Harden somete al rival desde la parcela técnica. A la vista lo suyo resulta casi un ejercicio de hipnosis en el que un bajo despliegue de energía a nivel corporal se contrapone a un volumen exagerado de recursos con el bote y la finta. Harden es capaz de botar lento y alto, enseñando el balón al rival, apenas dos décimas antes de aumentar esa frecuencia de bote bajando su altura, cambiando la dirección o jugando con los amagos.

Su abuso técnico es equiparable a la acción de Kyrie Irving, seguramente el mayor virtuoso en manejo de balón de la NBA, sólo que destinado más a lo coral que a su propia ejecución. Si bien Irving arranca y para con el fin de generar su espacio, Harden desarrolla su juego de pies y bote preferentemente para acabar consiguiendo situación de pase. Y es de hecho su picado, por belleza y efectividad, uno de los pases más dominantes del baloncesto actual.

A partir del bloqueo los Rockets muestran un amplio abanico de pizarras entre las que destaca una variante que explicaron muy bien en ‘Basketball Breakdown’. Y que de hecho está ligada a sistemas usados por la selección española de baloncesto. El análisis no conoce fronteras.

La facilidad de Harden para conceder ventajas al resto se eleva aún más considerando su forma de superar rivales en escenarios de aclarado (uno contra uno). Nadie en la Liga lo hace más por partido (6.8 posesiones) pero lo realmente diferencial se esconde en lo que más valora el modelo de su franquicia: la productividad. Harden absorbe todo ese volumen mientras ofrece uno de los diez mejores datos al finalizar (0.92 puntos por cada posesión) de entre todos los jugadores que realizan esa acción al menos tres veces por partido. No es sólo hacerlo mucho sino lograrlo además sin que la efectividad se resienta.

El amo y señor de la ofensiva pasa el balón más que nadie en la Liga (67 veces por partido), genera hasta 27.5 puntos a partir de sus asistencias (también mejor registro NBA) y produce mayor cantidad de asistencias potenciales que ningún otro jugador en la NBA (21.6 por duelo). Para Harden el desequilibrio previo a encontrar a un hombre abierto y servirle el balón es pura rutina. El automatismo de un don.

Pero no juega solo.

Hace unos meses, en la CBS, el exjugador Raja Bell, en su momento parte de los Suns de D’Antoni, condensaba a la perfección de qué modo D’Antoni era capaz de convencer a los roles menores de su importancia. Porque son a menudo esos roles más limitados los que permiten sostener todo lo construido por los que absorben los flashes. No existen grandes equipos sin magistrales secundarios.

Lo bonito del sistema de Mike es cómo hace sentir bien a los jugadores participando en él. Mira, yo jugué en su equipo en Phoenix y una de las primeras cosas que me dijo cuando fiché fue: ‘El año pasado fallamos 450 triples entre Quentin Richardson y Joe Johnson, ¿te apetece tirarlos a ti?’ Simplemente eso ya me hizo sentir valioso. Es capaz de ofrecer confianza y libertad al jugador y eso es uno de los motivos por los que sus equipos son tan efectivos en ataque”.

Todos los caminos nacen de Harden. Pero no todos acaban en él. Houston despliega una serie de actores secundarios cuya efectividad es simplemente imprescindible para alcanzar el éxito. La influencia del espacio ofensivo alcanza cimas desconocidas (mayor volumen de tiros de tres intentados en la historia de la Liga) gracias a la amenaza que generan sus tiradores. El 75% de esos triples son abiertos (con el defensor a más de un metro del lanzador), con Houston en proyección de batir nuevamente la mejor marca histórica de triples anotados en una sola temporada (14 anotados de promedio esta campaña).

ZONAS TIRO HARDEN El diseño ofensivo de los Rockets crea tendencia (Fuente: NBA Stats)

Además de Harden, los Rockets tienen a Eric Gordon, Trevor Ariza y Ryan Anderson entre los once jugadores que más triples intentan por partido esta temporada. Ninguno de los secundarios baja del 36% de acierto en ellos. Esa productividad se traduce en un aumento de los pasillos interiores para Harden, que a su vez se encarga de retroalimentar la cadena. Pero no acaba ahí.

Hombres como Clint Capela y Nené Hilario sostienen otro de los pilares del ataque: el uso de las pantallas (tanto directas como indirectas), la presencia en poste bajo y la opción de continuar hacia el aro los bloqueos con Harden. Del mismo modo que la energía de Montrezl Harrell y Sam Dekker, perfiles ideales para el sistema, revitaliza la segunda unidad, la llegada de Louis Williams (otro hombre capaz de abrir la pista y crear desde el bote) la proyecta y la ambivalencia de Patrick Beverley, encargado del trabajo oscuro defensivo en el perímetro que alivia a Harden y al mismo tiempo de ocupar un doble papel ofensivo (tirador abierto con Harden al lado y ayudante en la dirección de juego sin él), fortalece toda la estructura.

Aunque a la vista resulte simple, incluso por momentos exageradamente predecible, lo que Houston ofrece es un modelo ligado a la eficiencia. Uno construido en base a herramientas estadísticas que facilitan la consecución de objetivos. Es pura explotación de recursos. “No es que el sabermetrics sea la respuesta correcta para todo pero seguramente sí es la mejor respuesta que hemos podido encontrar hasta ahora”, reseñaba Morey en ‘The Undoing Project’.

En el fondo es justamente contextualizar su uso lo que determina su valor. La estadística por sí misma no ofrece soluciones, pero sí es capaz de contribuir a la hora de poder crearlas. En ningún momento el juego, el núcleo del deporte, se puede ver maniatado por el número pero sí es preciso abrir la mente hasta reconocer de qué forma ese número puede llevar al juego a otra dimensión. No con el fin de destruirlo sino de hacerlo evolucionar.

El baloncesto, al final, siempre ha sido uno de los más firmes defensores de la evolución en el deporte.

Desde la llegada de Morey los Rockets no han conocido una sola temporada con balance negativo. Han pasado ya diez años. Así del mismo modo que el último paso del modelo se sigue con el interés de descifrar si será capaz de sobrevivir al entorno hostil que le plantean los playoffs a todo sistema anclado en el prodigio individual (en su caso Harden), resulta enriquecedor comprobar de qué modo el camino hasta ese punto presenta una experiencia apasionante.

Los Rockets descubrieron el baloncesto del futuro antes de que el propio futuro hiciese acto de presencia. Y si bien conocerlo no resulta garantía alguna de conquistarlo sí revela un fenómeno valioso: sólo estar permanentemente abierto a lo nuevo podrá llevarte a estar preparado para cuando llegue. De la coexistencia entre una idea, una estructura estudiada al milímetro, y un genio, algo irracional que explota un don, nace un modelo que trasciende a su propia época.

El imperio acaba de nacer. Y a su dominio no se le atisba horizonte.