Kobe Monje

[Un año de su retirada] Kobe, por Andrés Monje

abril 13, 2017

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Publicado originalmente el 13 de abril de 2016

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Sus pupilas hablan. Siempre fue así.

Profundas, casi violentas, rasgadas cual predador. Vistas detenidamente, sus pupilas agitan el alma. Intimidan, voraces, a todo aquel que titubee al observar. Transmiten lo visceral y acercan una adicción, en su caso al desafío, que sobrepasa todo límite. Una que destroza la barrera de lo enfermizo y se adentra en un universo en el que sólo sobrevive él.

Pocas veces cuatro letras revelaron tanto, ninguna unas pupilas proyectaron más.

Kobe se marcha. Lo hace tras veinte años como profesional -más de la mitad de su vida- dedicados a un solo equipo, los Lakers. Deja el baloncesto, su gran amor, mucho tiempo después de que su cuerpo le abandonase y mucho antes de que su mente lo pueda aceptar. Esto último, de hecho, quizás no vaya a suceder nunca.

Bryant ha sido siempre carne y hueso adherido a la pista, una parte más de un rectángulo que le insufló todo el aire que un mortal puede soportar sin morir extasiado. Ahora se aleja de él. Y lo hará sabiendo que el abuso que él mismo convirtió en rutina le perseguirá ya de por vida.

El mayor ejemplo de hipertrofia técnica que haya conocido el baloncesto no lo fue por un don. Sí porque su cuerpo se mantuvo fiel a lo que su mente dibujó, aunque esto fuese la barbarie. Kobe se ejercitó tanto y tan severamente, tanto durante todos y cada uno de sus días, que recordar todas sus locuras apenas tendría fin.

Son de dominio público sus llamadas a preparadores de madrugada, las animales sesiones físicas pre entreno o las secuencias de 800 tiros (anotados) tras ellos. Se conocen los compañeros a los que atormentaba -porque atormentar es la palabra- para que le defendiesen al límite durante horas y así poder perfeccionar sus movimientos, como también las reacciones de estupor de otros al ver que cuando ellos iban a ejercitarse Kobe ya llevaba allí un par de horas. Porque Kobe siempre estaba allí. Poco ha escapado a la luz sobre sus hábitos y sin embargo siguen sin entenderse por completo. Quizás, al final, porque sólo pueda hacerlo aquel que también los padezca.

Bryant ha sido un maníaco.

La competición se apoderó de él pronto y convirtió su vida en un permanente desfile de sacrificios que trataron de llevarle a la cima. Hasta que lo logró. Pero una vez allí, ya preso de su mente, prosiguió su aventura hacia otra dimensión. Buscaba mimetizar su perfil con la leyenda. También lo consiguió.

El discípulo más logrado de Michael Jordan, ése al que el mismo maestro reconoció como tal, irrumpió en el baloncesto directamente desde el instituto. Con un ego desmedido, una fe infinita en sus condiciones y un deseo que, a la postre, marcó todo lo demás. No sólo quería llegar sino que sabía que lo haría y además alardeaba de ello. “Nada más llegar a la Liga me decía que iba a hacer historia. En esos momentos yo pasaba de él, pero ya me lo decía”, confesaba Gary Payton.

Kobe, extremadamente inteligente, anheló de entre todos los retos el más complejo: ser Jordan. Y sin embargo por tramos lo logró. Fue su imagen especular, el heredero de una particular forma de aproximarse al baloncesto. Entendió su fondo –lo obsesivo del trabajo del detalle-, aplicando después su misma forma –tiranizar desde la ejecución-, casi hasta lo conmovedor.

Bryant se va como el tercer mayor anotador de todos los tiempos, con doce temporadas por encima de los 25 puntos por noche (nueve en Playoffs) y tres de ellas rebasando los 30 (cinco en la fase final). Anotar ha sido su firma, la melodía de su carrera. Y sin embargo no lo vertebral.

Kobe alcanzó la cumbre ofensiva de un modo revelador. Llegó a ser tan absurdamente alto su control técnico en cualquier situación que transformó aquello reconocible como ‘mal lanzamiento’ en un escenario común e incluso eficiente. Su perfección hizo inválida la teoría de la mala selección de tiro. Un mal lanzamiento para él era muchas veces más fiable que uno bueno para el resto. De aquella paradoja nació su desprecio innato a compartir salvo en extrema necesidad. Bryant se sabía con tal capacidad, y de hecho la tenía, que siempre que pudo optó por resolverlo todo por él mismo.

Fue una pieza de museo en un deporte de cinco.

Nadie en la historia ha logrado anotar tal cantidad de malas situaciones. En buena medida porque nadie se acercó tanto a convertirlas en algo terrenal. Kobe depuró al milímetro su toque final, sus manos, el movimiento de sus pies y la flexión de sus extremidades. Convirtió su cuerpo en una extensión de su instinto. Transformó su perfil en la mayor máquina imaginable, pero a la vista una insultantemente elegante y visual, casi armónica.

Además lo hizo siempre de un modo simétrico, guardando impoluto respeto hacia el orden técnico que le hizo alcanzar ese estatus. Porque él fue técnica a la enésima potencia. Kobe ha sido al fundamento del juego lo que Mozart a la música. Dos conceptos fusionados eternamente.

Fases y formas en Bryant

El viaje que ha llevado a Bryant a un lugar privilegiado en la historia de la canasta no ha sido, ni mucho menos, lineal. Se ha compuesto de numerosas y muy diferentes fases, habiendo dos especialmente representativas de su figura. Dos que, aisladas de todo contexto, explicarían más fielmente quién ha sido como jugador. Como qué se le recordará.

Una precede a la otra y en realidad ambas resultan indisolubles. Van unidas porque muestran las dos grandes aplicaciones prácticas de su trayectoria. Una es el apogeo del exceso y la otra el exceso integrado.

La primera hace referencia al período posterior a la marcha de Shaquille O’Neal de los Lakers (verano de 2004). Y se extiende hasta el traspaso que lleva a Pau Gasol a la franquicia angelina (febrero 2008). Es la etapa en la que Bryant alcanza su mayor dimensión individual, el punto de ebullición físico y técnico. Son los años en los que se entrega a una causa utópica que además se le concede: ser un superhéroe. Y nada, nunca, le motivó tanto.

Kobe (26 años) ya tenía entonces tres anillos. Y una consideración inamovible como uno de los más grandes de la Liga. Sin embargo la previa coexistencia con Shaq – en la praxis, Godzilla jugando al baloncesto- había nublado en parte su influencia global, al menos a su juicio. Que en ese sentido además era acertado, porque el pico de Shaq (2000-2002) representó una anomalía en la élite. Un sometimiento despiadado y en prime time al principio de igualdad. Shaq era un ejemplar único que, simple y llanamente, hizo añicos lo competitivo.

El threepeat (tres títulos consecutivos) de aquellos Lakers no tuvo un solo padre. Ningún éxito lo tiene. Al gigante había que unirle al propio Kobe, Phil Jackson y la suma de roles que éste construyó en aquel colectivo. Lo cual no era poco. Pero, a nivel práctico, la historia recordaría aquellos tres años como el período en el que Shaq se hizo con el juego y lo moldeó a su antojo. Y tal hecho en el fondo quemaba por dentro a Bryant, para el que el deseo de ganar debía llegar además lográndose a su forma. “Nunca verás a nadie tan competitivo, quería ganar en cada partido de entrenamiento, pero también quería ser el mejor en todos”, proclamaba Jason Kidd en referencia a las prácticas del ‘USA Team’ en 2008, previas al oro de Pekín, el primero de sus dos olímpicos.

La marcha de Shaq representó, por tanto, la perfecta autopista para que Kobe diese rienda suelta a sus instintos. Éstos se tradujeron en permanentes ejercicios inhumanos desde un prisma individual, como si él mismo quisiese probar de forma constante dónde residían sus propios límites, si es que existían. Como si la soledad le estimulase. Nada muestra mejor esa tendencia que el curso 2005-06, en el que Bryant (35.4 puntos por encuentro) desafió al baloncesto moderno.

La época en la que Steve Nash y Mike D’Antoni comienzan a deshacer cadenas (de ritmo e idealización de lo individual) y escribir las primeras páginas de la influencia del pace&space, del auge en el tiro de tres, es la misma en la que Bryant jugó a ser dios. Casi literalmente. Aquel curso Kobe absorbió el mayor volumen de uso ofensivo de todos los tiempos (porcentaje de jugadas, sobre el total, que un jugador resuelve con lanzamiento de campo, tiros libres o pérdida) y coronó varias veces el Everest.

Fuente: B. Reference

Fuente: B. Reference

El 20 de diciembre de 2005 le anotó 62 puntos en sólo tres cuartos a los Mavs, que en ese punto de partido llevaban 61. No jugó el último período de aquel duelo, ya resuelto. Un mes después (22 de enero de 2006) metió 81 puntos ante los Raptors, la segunda mayor anotación de la historia. Aquel enero Kobe superaría los 45 tantos en cuatro encuentros seguidos y acabaría promediando más de 43 puntos por noche. Fue la cumbre bruta de su exceso, una sobredosis individual.

Y sin embargo fue incompleta.

La plenitud personal no iba acompañada de la colectiva, en buena medida porque por entonces la primera sólo era posible sin la segunda. El experimento acabó hastiando a un Kobe insuficiente. Era un superhéroe pero con un matiz crucial. Era uno sin nada que salvar. Aquellos Lakers no podían competir.

La segunda etapa clave, la del exceso integrado, revirtió ese escenario. El traspaso de los Lakers que acabó con Gasol en Los Angeles (febrero de 2008) supuso un punto de inflexión para la franquicia, para la Liga y para el propio Bryant. Se había comprobado, por activa y por pasiva, la ineficacia del plan cuyo único argumento era él como solista. Incluso aunque éste desafiase todo lo visto.

Habría entonces que confiar en un nuevo programa.

La primera noche que Gasol pasa en el hotel con los Lakers, previa a su estreno en New Jersey, Kobe está con él. En su habitación, explicándole qué necesitan él y equipo de su figura. Mostrando las nociones principales del triángulo y comenzando a entrar en la mente del español. El fin era único: ganar. Y no había tiempo que perder.

Foto: Ronald Martinez/Getty

El ying y el yang (Foto: Ronald Martinez/Getty)

Kobe encontró en Gasol el escudero perfecto y el salto cualitativo ideal para un equipo que demandaba justamente ambas cosas. Pau no amenazaba su posición de macho alfa y además encontraba satisfacción en no hacerlo. La cultura baloncestística de Gasol, puro equilibrio, era perfecta para complementar la fiebre del líder. Sólo tres meses después del traspaso, con Pau aún haciéndose al cambio, los Lakers jugarían las Finales de la NBA. Las perdieron claramente -ante Boston– pero el ciclo ya había cambiado.

Kobe y Pau ganaron los dos siguientes campeonatos (2009 y 2010), en los que la versión de Bryant se moduló ligeramente hacia lo colectivo, encontrando el mayor punto de nivel aplicado de su carrera. Aquel Kobe unió físico, técnica y matiz de equipo como ninguna otra de sus muestras logró. Seguía existiendo un exceso natural, en muchos momentos muy evidente, pero la integración de éste en un contender real permitió que la fórmula tuviese éxito. Encontró en Pau, en aquel ecosistema que aún le permitía cazar, el mejor soporte posible.

Durante dos años y medio se reflejó el mejor ejemplo extrapolable de Bryant.

Cisne negro

En mayo de 2011 ese sueño llegó a su fin. Dallas aniquiló a los Lakers en la segunda ronda de los Playoffs (0-4), cerrando de un modo cruel aquella etapa celestial. Nada ya volvería a ser lo mismo. Tres meses antes de la debacle Bryant dejó un comentario que, lejos de ser anecdótico, resultaría impecable para identificar el permanente estado de ansiedad competitiva que siempre ha padecido.

La raíz de su carrera.

En un contexto cómodo de victorias, bajo la habitual calma que contagia la fase regular en febrero y con dos anillos más en el bolsillo (cinco en total), instó públicamente a Gasol a abandonar su perfil de ‘cisne blanco’, el de jugador abonado a la corrección y elegancia, o en otras palabras la falta de nervio, para abrir paso a su versión oscura, la que desconocía pudor y límites. Lo expresó con la urgencia del que no puede saciar su apetito.

En el fondo lo que en realidad hacía Bryant, más que tratar de motivar a su más fiel socio –que también-, era lanzar un mensaje imposible: ‘Quiero que seas como yo. Y, más allá, quiero que todos lo seais’. Aquel objetivo era por supuesto irreal. Pero no sólo para Gasol o para sus compañeros.

Era irreal para cualquiera.

El motivo es sencillo. El auténtico ‘cisne negro’ siempre fue él. La versión oscura, perversa y desafiante, que no conoce sino un solo objetivo y ofrece todo lo imaginable a cambio de lograrlo. No es sino Bryant el único capaz de adoptar ese papel durante toda una vida. Porque es su espíritu el de otra esfera. El suyo.

kobe monje

Foto: Getty. Edición: Aarón Morales.

El peligro de poseer un alter ego de tal dimensión es mayúsculo, porque se corre el riesgo de quedar atrapado en él. La dualidad de ese perfil ha representado siempre una fuente natural de amor/odio con respecto a Kobe. Porque en realidad es justamente ese el camino que él mismo decidió tomar. O se estaba con él o se le odiaba. A menudo incluso se le podía odiar estando de su parte. El camino de Kobe era ajeno a juicios pero paradójicamente los despertaba incesantemente.

Durante su carrera Bryant elevó a infinito su umbral de dolor, el mayor conocido en el baloncesto, disparó su sacrificio por un objetivo e hizo indestructible su fortaleza mental. A cambio alteró la estructura del juego hacia lo individual y sacó de la ecuación a todos aquellos elementos que no fuesen él. Su trabajo en soledad, demente para cualquiera, fue el germen de su éxito masivo. Pero por el camino convirtió ese éxito en uno que debía llegar a su forma.

El carácter predador tuvo en él y el indómito Garnett los iconos de toda una generación. Pero si bien KG lanzaba periódicos alaridos al viento y golpeaba su pecho de forma intimidatoria lo llamativo en Kobe siempre fue que logró trasladar todo ese canibalismo competitivo simplemente con el poder de sus ojos. Sus pupilas lo decían todo.

“Me amas. Me amas porque soy Kobe. Porque soy cinco veces campeón. Porque soy uno de los más grandes que pisaron la pista. Pero no deberías. Deberías odiarme. Odiarme porque te empujé cuando nadie más lo hacía. Odiarme porque yo exijí grandeza. Y la grandeza lo exige todo. Quiéreme cuando te conviertas en alguien más grande”

Toda neura en Bryant fue manejada internamente sin llegar a perder la conciencia, un ejercicio fascinante por sí mismo. Consiguió desnudar su esencia y ser un ‘cisne negro’ de un modo permanente pero sin alcanzar desenlace trágico, al final el lógico y expuesto en obras como la aquí utilizada ‘Black Swan’ (2011, Darren Aronofsky) -en la ficción- o ‘The Dark Knight’ (2008, Christopher Nolan) -con la desaparición real de Heath Ledger-. Porque es de hecho la aproximación de Ledger a la esquizofrenia de aquel Joker una impresionante muestra del equilibrismo emocional que oscila entre lo cuerdo (existe un fin justificado) y lo demente (sin reglas para lograrlo). Y lo asombrosamente complejo de gestionar para el que lo vive en primera persona.

Kobe, sin embargo, pareció convivir con su versión desatada de un modo plenamente natural e ininterrumpido.

“Honestamente, me cuesta dejarme perder cuando juego en casa con mis hijas”, reconoció el jugador en más de una ocasión. Y la broma que involucraba a Natalia y Gianna no lo era tanto porque escondía, al final, un fuego interno imposible de apaciguar. Una necesidad de competir ajena a cualquier contexto. Como si probarse y ganar fuese oxígeno que respirar.

En su caso así ha sido siempre.

El ilimitado deseo le hizo querer regresar, con 35 años, tras una lesión en el Aquiles, producida en otro ejercicio sobrehumano de carga (en minutos y responsabilidades) tratando de clasificar a los Lakers para los Playoffs en 2013. Algo que logró en vano. Pero lo salvaje se acrecentó más aún posteriormente, cuando seis partidos después de su regreso al curso siguiente la rodilla izquierda le negó continuar esa campaña (2013-14). Otra larguísima baja esperaba… pero la posterior temporada estaba de nuevo de vuelta.

Y con la misma fiebre. Su espíritu era inquebrantable.

Sin embargo, al mismo tiempo, esa fiebre tenía su lado turbio. Siempre lo tuvo, partiendo de su concepción como un ente particular en un sistema de cinco. Meses después de sufrir la lesión en el Aquiles, Bryant firmó (verano de 2013) una extensión de contrato por valor de 49 millones de dólares en dos años, acorde al jugador mejor pagado de la Liga. Una idea disparatada de la franquicia a la cual él no se negó. Con 35 años, lesionado en el Aquiles y ahogando toda flexibilidad salarial de su propio equipo durante ese período. La razón era simple: Bryant nunca dejaría de ser Bryant.

Durante toda una vida la balanza del exceso se ha cobrado desniveles a ambos lados pero reconociendo lo complejo de su carácter, al final el de un obseso de la competición con una fe máxima en sí mismo, el legado de Bryant distingue su perfil como una de las mayores influencias de la historia del baloncesto.

Deportivamente su carrera ha expuesto uno de los mejores ejecutores jamás vistos, una fábrica de recursos sin fecha de caducidad. Pero lo exhibido estas dos décadas no se puede resumir, en su caso, en anillos, reconocimientos o puntos. No hay nada tangible que pueda definirle de verdad. Kobe ha sido sobre todo lo que ha marcado su mente y es aquello lo que realmente no desaparecerá jamás. Ha sido un instinto caníbal, un competidor inhumano, un espíritu infatigable.

Así las cuatro letras que evocan su nombre debieran despertar el respeto de todo aquel que alguna vez haya amado de verdad este juego. Porque más allá de filias y fobias, de aciertos y errores, al final muestras de mortalidad, el ejemplo de Kobe responde a un deseo desmedido por el amor de su vida. A las consecuencias, de toda índole, de afrontar su pasión sin mesura.

Bryant encontró en el baloncesto un refugio para su instinto. Uno al que dedicó por completo su existencia. El baloncesto le ha recompensado con mil pedazos de gloria y ahora la memoria cuidará su legado del mejor modo imaginable. Uno acorde a su figura.

Será esa memoria, la de todos los que pudieron verle, justamente aquello que mejor tributo le rendirá.

Aquello que le hará eterno.

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Foto: Getty. Edición: Aarón Morales.