Molinos y gigantes, por Andrés Monje

Junio 14, 2017

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Contó Cervantes en su obra maestra que en plena neura Alonso Quijano confundió molinos con gigantes. Y que pese a la advertencia de Sancho no entró en razón. Aquí, sin embargo, no había duda posible. Lo que LeBron James tenía enfrente no podían ser más que monstruos.

Era de hecho un desfile que habría aturdido a cualquiera mínimamente cuerdo. Pese a asumirlo (“es el mayor arsenal al que me he medido nunca”), James embistió junto a su escudero y su pléyade de secundarios, a priori la más profunda y talentosa con la que jamás ha contado. Todo pareció inútil. Como Quijano, James cayó en el momento. Pero, también como Quijano, esa derrota representa sólo un matiz de la historia al completo.

James, el primer hombre en la historia que promedia un triple-doble durante las Finales NBA (33.6 puntos, 12 rebotes y 10 asistencias, con 56% de acierto en tiros de campo y 39% en triples), el jugador que define toda una era, no fue ni remotamente suficiente. Ni siquiera en la mejor de sus versiones. Cabe entonces preguntarse si algo o alguien, de este mundo o cualquier otro, habría podido serlo.

Los Golden State Warriors pudieron con los Cleveland Cavaliers (4-1) y confirmaron algo que ya muchos intuían. Y ni siquiera es proclamarse mejor equipo del mundo. Hablamos de lo que sus formas esconden, la constatación de su desafío contra los límites del propio juego. Porque en el momento en el que hace justamente un año LeBron culminaba la mayor remontada de la historia de las Finales, una vestida de incredulidad y épica, comenzó a gestarse un movimiento cuyas consecuencias son devastadoras. Pese a estar aún asomando.

La llegada de Kevin Durant, un prodigio individual atemporal, a los Warriors, una estructura donde talento, química y vanguardia sobresalen muy por encima de la media, ha generado un tsunami en el baloncesto. Un ejemplar insólito. El conjunto de Steve Kerr, brillante aprendiz de Jackson primero y de Popovich después, ha cedido un solo encuentro en toda la fase final y, más allá, ha ofrecido sensaciones tiránicas para rodear un buen puñado de récords.

Golden State junta cuatro jugadores de calibre All-NBA. Pero eso es sólo una visión superficial. Lo asombroso es su contexto. Ninguno llega a los 30 años. Dos de ellos son posiblemente dos de los cinco jugadores más desequilibrantes de la actualidad, tres están entre los mejores tiradores jamás vistos y el otro representa el tótem defensivo del juego moderno. Por si fuera poco guardan en su rotación un perfil capaz de ser MVP de las Finales sin casi pretenderlo y todos sus roles parecen vivir afinados.

Todos disfrutan coexistiendo en un sistema que nace del ritmo, el espacio y lo solidario. Todos disfrutan defendiendo, donde velocidad, versatilidad e inteligencia generan un cerrojo. Todos disfrutan atacando, donde el cóctel invita a pensar –más aún en la era del triple- en la mayor fuerza ofensiva de todos los tiempos. No son sólo monstruos. Lo son en un sistema monstruoso.

En el mismo momento en el que Durant aterriza en Oakland lo que allí nace no es simplemente un equipo de baloncesto. Es una oportunidad concreta de construir una máquina que destruya toda competitividad imaginable mientras aniquila barreras temporales. A la vez los Warriors representan un modelo de éxito prácticamente contracultural.

No es ya la concepción actual, en la que Harden, Westbrook o incluso Leonard condicionan estructuras completas, es la historia misma del juego. Cualquier dinastía de cierto impacto ha nacido del desequilibrio masivo de un hombre, generalmente muy bien rodeado. Porque los superequipos en absoluto son cosa de esta década, aunque ese sea otro tema.

Los Lakers nacieron de Magic, los Celtics de Russell primero y de Bird después, los Pistons de Thomas, los Bulls de Jordan, los Lakers de Shaq y más tarde de Bryant o los Heat de James. La historia no son sólo heróes… pero sin ellos no es historia. Con la única excepción notable de los Spurs, que pese a contar igualmente con ese mismo desequilibrio masivo (Duncan) edificaron por convicción un sistema que no nace de una única fuente. De ahí justamente su heroica resistencia al paso del tiempo mientras conservaron el binomio de este junto al maestro Popovich.

Los Warriors disponen también de esas armas para construir desde lo individual, al final establecer jerarquías marcadas que tradicionalmente han ayudado a alcanzar objetivos. Sin embargo su plan principal es establecer una conexión global  y permanente entre todos sus elementos. El flow que enaltece Kerr no es un concepto vacío sino una herramienta vertebral del éxito. Sus chicos son nietos de la revolución de Nash, que altera estructuralmente la Liga; e hijos del passing-game de la mejor versión conocida de los Spurs, que pone cima (2014) a una época. Son el producto perfeccionado de gigantes del pasado.

El juego como fin

Su obra alcanza plenitud en el formato pequeño que encabeza Draymond Green al cinco y que custodia Andre Iguodala en las alas. Uno que completan Stephen Curry, Klay Thompson y Kevin Durant. Reservada su muestra durante la fase regular, como aquel que esconde la pócima de la eterna juventud por temor a que la repliquen, en 33 minutos de pista en las Finales esos hombres se conjugaron para anotar 93 puntos en un baloncesto vertiginoso en el que perdieron únicamente dos veces el balón. Casi un absurdo estadístico.

Pero real.

El sistema, gráficamente apodado ‘Death Lineup 2.0’ [El quinteto de la muerte 2.0], ofrece cuatro jugadores intercambiables atrás, todos salvo Curry. Todos ellos versátiles, predispuestos, fiables y sólidos tanto en lo individual como en ayudas. Una telaraña que reduce el bloqueo rival (acción motriz del juego actual) a la mínima expresión (mejor equipo NBA defendiendo esas situaciones). Una telaraña de cambios de asignación, de cuerpos y manos en constante movimiento que acaban sometiendo al rival por asfixia. La presión es insoportable porque cualquier error es una transición y cualquier transición con ellos pueden ser tres puntos.

Ese mismo sistema se comporta en ataque como uno donde el cinco nominal (Green) es en la práctica el base y uno de los aleros (Iguodala) ejerce como generador secundario. Es la tradición puesta del revés. El resto de actores circulan sin balón generando el pánico. Lo explicó certeramente Kobe Bryant, un obseso del juego como ha habido pocos, mientras acuñaba su  dominio en un solo concepto. La ‘Golden Democracy’.

El éxito no es casual sino una consecuencia. No es sólo talento, es talento vertebrado y potenciado.

La primera vez que Ron Adams, veterano técnico asistente e íntimo de Tom Thibodeau, asistió a un entrenamiento de los Warriors (2014), le dijo a Steve Kerr, el hombre que le había reclamado allí, que aquello iba a ser insostenible. Adams, por entonces con 66 años, pudo ver a Kerr bromear con los jugadores, a todo el mundo hablando por la pista y un lenguaje corporal desenfadado que parecía chocar frontalmente con cualquier equipo serio. “Steve, esto es un puto circo. Jamás funcionará”, sentenció. Hoy es un entregado a la causa.

Con Mike Brown, que llegó el verano pasado para cubrir la vacante dejada por Luke Walton, la situación fue incluso más allá. Listo para la primera sesión de Liga de Verano, Brown pisó la pista y apenas pudo dar crédito. “Había un DJ, estaba como mezclando. No dejaba de sonar música, pero música también durante el entrenamiento…”. Jarron Collins, otro asistente, le explicó de qué se trataba. Brown, la rigidez hecha técnico, también ha sucumbido.

Los Warriors compiten. Pero entienden el baloncesto como un juego, en toda su expresión. Es compatible. Y son ellos mismos ahora los que desafían las propias reglas de ese juego. Su vanguardia en fondo y formas cuenta con una colección de talento sin precedentes. Así pasar 8 veces de 120 puntos en su primera fase final con Kevin Durant a bordo representa sólo la punta del iceberg. El margen de evolución existe.

Lo imposible como posibilidad

El molino nunca lo pareció. Los Warriors pisaron las Finales con un 12-0 de balance y la adición de Durant, como sumar un perfil generacional a un equipo ya de por sí generacional, potenció lo existente de forma salvaje. “Han dominado como no recuerdo. Es alucinante. No creo que vuelva a ver algo así. Estamos viendo algo especial, quizás no volvamos a ver nada igual”, reconocía Jerry West la pasada semana, mediadas las Finales, al Mercury News. Los Warriors se pusieron 3-0 en la serie y acariciaron el 16-0 en playoffs.

Enfrente había un demente tratando de impedirlo. Uno de los mejores jugadores de la historia, en el mejor momento de su carrera y con un reparto ideado para batallar. Pero la realidad fue dura con las expectativas, no habría mortal que soportase lo que había enfrente. “No son invencibles… pero tienes que estar jodidamente cerca de la perfección para vencerles”, confesaba a Lee Jenkins un miembro de los Cavs. Las Finales con mayor audiencia del siglo XXI, según reseñaba Nielsen, fueron desiguales por defecto.

LeBron James estuvo en pista 212 de los 240 minutos que tuvo la eliminatoria (42.4 de media). Y no fueron más porque tres de los encuentros se resolvieron de forma muy holgada. En esos 212 minutos el parcial fue favorable a Golden State únicamente por 7 puntos. En los 28 restantes, los Warriors aventajaron a su equipo en 27. Prácticamente uno por minuto.

Ni siquiera era una cuestión estructural, de formación de equipos o recursos. Los Warriors están diseñados de un modo diferente a los Cavs y en realidad de cualquier otro rival que puedan tener. Las jerarquías del sistema son distintas, funcionan de un modo mucho más horizontal, algo que reparte el peso entre los prodigios. Los Cavs necesitaban a James todos los minutos de todos los partidos. Y todos ellos en su mejor versión en ambos lados de la pista.

Los Cavs necesitaban, en otras palabras, que James no fuera humano. Como el año anterior.

Por tramos no lo fue. Conviviendo con Durant en defensa, un Durant motivado y liberado por el sistema con más amenazas ofensivas de la era moderna. Absorbiendo por completo el peso del ataque desde la creación para el resto (sólo así se podía aspirar a involucrar a los secundarios) pero también desde la anotación. Tuvo ayuda, por supuesto. Pero ni fue constante (Irving y Love) ni fue suficiente (los demás). Acabó tomando la responsabilidad de batir, por sí mismo, a un equipo que ni siquiera fue concebido para ser campeón. Fue construido para marcar una época y delimitar el juego del porvenir.

James no tuvo cordura y aceptó el desafío. La única forma de batir a los Warriors cuatro veces en dos semanas era imaginar que era posible hacerlo. Y aunque la realidad acabase desmintiéndolo, la acción de LeBron no queda en la derrota sino en la huella que deja intentando negarla. Por mucho que seduzca el extremo, hay ocasiones en las que en el juego no se define únicamente por vencedores y vencidos. Sino más bien por historias vividas e historias por contar.

Por gigantes de leyenda y héroes que procuran lo imposible con el deseo de poderlos derrotar.