Un año de… ‘Regreso al futuro’, por Andrés Monje

junio 17, 2017

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[Artículo publicado el 20 de junio de 2016]

A menudo se mira atrás para ver qué dice la historia. Cómo define la grandeza, a quiénes señala como héroes, buscando incluso trasladarlos a nuestros días. Se mira atrás por decreto. Se hace tanto y de forma tan innata que en cierto modo se asume como única vía posible para descifrar a qué sabe la cima.

Sin embargo en contadas ocasiones el deporte altera esa percepción, alcanza su máxima dimensión y pasa a ser mucho más directo, revelando tesoros a propósito. Y actúa así porque entiende que mirar al pasado carece de sentido cuando puede ofrecer algo aún más fascinante.

Paladear el futuro.

A LeBron James (Akron, 1984) sólo le salió llorar tras desafiar a la historia y vencerla este domingo en Oakland. Sólo pudo arrojarse al parqué -aquello que le eleva a divinidad- y ya liberado desnudar todo su sufrimiento previo, incapaz aún de digerir lo que había logrado. Porque todo éxito anterior, absolutamente todo, parecía no colmar su alma sin lo verdaderamente deseado, dar a los Cavaliers un título NBA, poner fin a 52 años de sequía para Cleveland en las grandes ligas del deporte americano. Acabar, en definitiva, con la maldición.

Aquellas lágrimas no eran por tanto por un triunfo en un partido. Porque aquello nunca fue sólo un partido. Aquellos 48 minutos simbolizaban el anhelo de toda una vida. Y qué no sentir cuando se pone en juego la ilusión de toda una vida.

LeBron tenía motivos para verse superado por la emoción, allí tendido, solo pero paradójicamente ante ojos de medio mundo, sobre un rectángulo que ya jamás olvidará. Sus Cavs acababan de ganar las Finales (3-4) en el Oracle Arena ante unos Golden State Warriors que levitaron durante meses, logrando el mejor balance de todos los tiempos en fase regular (73-9) e irrumpiendo como un equipo destinado a cambiar la estructura del juego. Algo que en parte ya ha conseguido.

Cleveland se encontró 3-1 abajo en la eliminatoria y conoció, como todos, el antecedente que parecía aniquilar toda esperanza. Ninguno de los 32 conjuntos que en la historia se habían visto en esa tesitura había logrado voltear la serie y llevarse el título. Ninguno. Cero. Sin embargo los Cavs encontraron en la más absoluta necesidad lo inquebrantable de su líder, que nunca dejó de marcar el camino.

Quizás porque él era ajeno a la historia. Porque venía realmente de otro sitio.

James completó entonces tres actuaciones para la leyenda del deporte colectivo. Tres consecutivas, a cada cual más asombrosa, para demostrar con hechos que lo imposible era posible. Que con él toda historia anterior no contaba, pues ya estaba escrita. Que lo verdaderamente esencial era el futuro, lo que estaba por contar. “Seguid mi ejemplo”, repetía incesantemente en los corros pre-partido. “Seguidlo”.

Y sus compañeros así hicieron.

Kyrie Irving se abrazó a su funámbulo y dibujó su mejor versión al compás que nadie como él maneja. El que exhibe bote y dribbling como exceso, casi como abuso. Nunca necesitó al colectivo más de lo que éste le necesita a él, pero se siente cómodo en ese registro, alterando todo orden. Irving anotó 90 puntos en los tres encuentros que restaron en la serie, incluyendo 41 en un quinto que abrió la herida rival, uno en el que tocó su cumbre personal e hizo del isolation cine para adultos.

Irving no se integra en estructuras, las detona. No contribuye a la circulación ofensiva, la detiene. Pero su dominio técnico en la triple amenaza (pase, bote y tiro) es tan absurdamente elevado que en plenitud destroza rivales sin aparente dificultad. Es el verso suelto del poema, pero uno que siempre esperas con especial interés. Suyo fue el triple que reventó el séptimo partido y acabó dando el título a los Cavs. Como justicia poética para aquel que más hizo por seguir a su líder. Como escudero necesario para asaltar los cielos.


También hubo justicia, y si cabe más poética aún, para un Kevin Love superado toda la eliminatoria, tibio e incapaz de dar un paso adelante en seis partidos ante –eso sí- el peor rival posible para su perfil. Love, apuntado hasta la sátira toda su trayectoria por su defensa, lanzó una voz en el séptimo encuentro, mucho antes de completar la mejor secuencia destructiva de toda su carrera en un aclarado ante Curry, posterior al triple de Irving, que confirmó que el título marcharía para Ohio.

Su abrazo inmediato con James, aquel que en la intimidad y en público siempre le depositó total confianza, nada más llegar a cero el crono cobró un significado especial. Aquel abrazo dijo gracias. Un gracias expuesto antes sobre la pista, con los segundos más valiosos de toda su carrera profesional.

Los Cavs no dejaron de ser soldados al servicio de un elegido y un escudero. Pero era justamente lo que tocaba, no se podía vencer a los Warriors con fuegos artificiales. Nadie se atrevería a vencer con fuegos artificiales al amo de la dinamita.

No hubo perfil que representase mejor esa actitud, ese lenguaje corporal de guerrilla, que Tristan Thompson, cuyo sudor y labores oscuras (en defensa y rebote) en momentos decisivos dan sentido a cada dólar de su gran contrato. Él, como la experiencia y colmillo en Richard Jefferson, como la versión más estable de la carrera de JR Smith, resultaron determinantes en una rotación que acabó desnuda por Tyronn Lue. Porque terminaron siendo pocos. Pero fueron suficientes.

Cleveland sobrevivió a los Warriors, porque sobrevivir es la palabra. Hizo suyo el rebote, castigando especialmente el ofensivo, y vivió de conceptos muy claros pero al final efectivos. Cortocircuitó el ritmo, reduciendo la transición ofensiva de Golden State, y obligó al hastío a Stephen Curry en ataque con batalla física en mil y un bloqueos indirectos, así como al desquicie defensivo atacándole con permanentes pantallas que le emparejasen con James e Irving, sacándole de ritmo y en ocasiones incluso de los encuentros por acumulación de faltas. Curry, un alien todo el año, se perdió y no supo regresar.

Mediada la serie Lue emparejó de verdad a James con Draymond Green, la vitamina del cuerpo de Golden State, y exigió acierto exterior a Andre Iguodala (2/10 en triples en los últimos tres partidos) y Harrison Barnes (5/32 en tiros durante el mismo tramo), a la vez que aprovechó toda fragilidad de los Warriors con formatos grandes en pista, usándolos para atropellar a los de Steve Kerr con transiciones. De ese modo el cazador -el contraataque más mortífero del planeta- fue cazado -superado en ese aspecto-.

En la ofensiva al hipnótico aclarado de Irving se unieron secuencias de más actividad sin balón, no tanto con fin de intervenir en la jugada como de castigar físicamente a cada hombre del rival. Eso, bien ejecutado, bastó. Porque además estaba James. Siempre James. Omnipresente, omnipotente, en defensa y en ataque, James en los buenos momentos y James convirtiendo los malos momentos en buenos. Siempre James.

El ‘23’ lideró las Finales en puntos (29.7), rebotes (11.3), asistencias (8.9), recuperaciones (2.6) y tapones (2.3). No existía precedente alguno para tal hito en toda la historia de la Liga y ya no en Finales, sino en cualquier otra ronda de eliminatorias. Pero la estadística no podría siquiera acercarse a contar la magnitud de su impacto.

Foto: Thearon W. Henderson/Getty

Foto: Thearon W. Henderson/Getty

Sólo verlo, sentir lo que transmite, podría hacerlo. Su ‘modo de urgencia’, el que activa únicamente cuando ve a su equipo al borde del abismo, es otra dimensión. Agresivo, incansable, certero en su lanzamiento, indestructible en la defensa. Sin kryptonita posible, sin escapatoria para el rival. James siempre ha sido –esencialmente- un generador de ventajas colectivas y a pesar de su dominio en todos los registros del juego (una vez incorporada amenaza en el tiro) nunca ha preferido ejecutar a compartir. Pero cuando la espalda está contra la pared y la cuchilla viene afilada exhibe su lado más resolutivo.

Y es uno que no guarda comparación. Con nada.

LeBron se encontró frente a un glitch del baloncesto, una pregunta sin respuesta, un equipo innovador en su formato (cinco pequeños) y con herramientas sin antecedentes (la mayor cantidad de espacio a defender, por amenaza exterior, de la historia de la Liga), uno que no perdía tres partidos consecutivos desde hacía tres años. Un bloque que, tras triturar a unos Thunder que les llevaron a la lona, ya no parecía poder derrumbarse jamás. Una estructura casi de otro mundo.

Y sin embargo James puso a ese equipo de rodillas. Los Warriors, un equipo del futuro, sólo pudieron ser derrotados cuando otra pieza del futuro llegó a su plenitud y persiguió lo imposible. Lo persiguió tanto que lo consiguió. Una obra semejante únicamente podía caer ante otro pedazo inmortal del juego. Y pese a las sombras que genera esa derrota en Golden State, no por ello ha de olvidarse su camino previo ni restar crédito a su bagaje. Gloria al ganador pero respeto al derrotado.

James sólo pudo alcanzar lo utópico porque al final bebía de dos pócimas diferentes al resto. Una, la racional, le señala como un pedazo de futuro en el presente. Como el reflejo de vanguardia que significan los mismos Warriors, aposicionales, dinámicos e hiperpolivalentes, sólo que en un mismo molde. James es un jugador de otra época. Pero no pasada sino futura, porque uno se imagina el juego dentro de varias décadas con más perfiles como el suyo.

La otra, la irracional, expone que nadie necesitaba más este título que él. Nadie podía imaginar qué significaba soportar la carga de toda una ciudad, de todo un estado, incluso de los prejuicios que le apuntan desde la juventud, a los hombros de un simple mortal. Y es que no bastaban dos anillos, ni seis Finales seguidas. No bastaba nada porque siempre habría peros con él. Como siempre los encontrarán aquellos que rechacen a los elegidos simplemente por la condición de serlo.

LeBron acostumbró tanto a la barbarie durante su carrera que hizo olvidar lo monstruoso que significa alcanzarla. Pero teniendo delante el mayor de los retos, el más complejo que el siglo XXI pudo mostrar en el baloncesto, decidió hacerlo una vez más -y con mayor estruendo que nunca antes- para desatar las cadenas de todo aquel que decide taparse los ojos ante su virtud. James es uno de los más dominantes jugadores que jamás haya pisado una pista de baloncesto. Y no ha de ser motivo de sonrojo reconocerlo, al contrario debe considerarse afortunado todo aquel que sea coetáneo de sus logros.

Foto: Sports Illustrated

Foto: Sports Illustrated

Hace dos años LeBron volvió a casa, a sus Cavs, con una misión. “Vine por una razón, darle un campeonato a la ciudad de Cleveland”. Lo que no confesó entonces fue de dónde venía. Porque no fue de Miami. Ni siquiera de esta época.

James vino del futuro del juego, el mismo que él simboliza sobre el rectángulo. El único capaz de someter a unos Warriors legendarios.

El único, en realidad, que en su momento concederá verdadera justicia a la abrumadora dimensión de su obra.

Foto: Ezra Shaw

Foto: Ezra Shaw/Getty