Russell Westbrook: El Renacimiento, por Andrés Monje

junio 27, 2017

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Publicado el 30 de septiembre de 2016

El verano cerró un sueño de cristal. Una ilusión que aguardaba el nacimiento de una dinastía que nunca llegó a ser tal, una que fue desnudándose por el camino hasta ver incluso como lo que parecía indisoluble, el binomio Westbrook-Durant, terminaba también por ceder. La marcha del segundo puso fin a una aventura que en una década ya sólo anidará en la mente de los románticos que creyeron en su potencial cima.

Eso sí, no fueron pocos.

Existían casi infinitos argumentos para la esperanza en junio de 2012, paradójicamente al mismo tiempo comienzo y plenitud de la obra. Aquellos días los Oklahoma City Thunder lograron clasificarse para las Finales de la NBA. Lo hicieron tras derribar previamente a Mavericks, Lakers y Spurs, cediendo únicamente tres encuentros en todas las eliminatorias del Oeste. El imberbe grupo llegaba radiante a su primer retrato con la historia.

En cierto modo aquello parecía incluso demasiado bello para ser cierto. Demasiado por el origen de la franquicia y la composición del éxito, a la vista perfecto y sin techo. Pero cabe recordar que, pese al desenlace, durante un efímero tiempo aquella plena belleza fue por completo real.

El frenético camino seguido por los Thunder, con el impoluto plan de Sam Presti en los despachos y la apuesta de Scott Brooks en el banquillo, mantenía en pista un núcleo de cuatro tipos que amenazaban, de mantenerse unidos, con dominar la Liga el siguiente lustro. Llegaron a aquellas Finales Kevin Durant y Russell Westbrook con 23 años, James Harden y Serge Ibaka con 22. Llegaron siendo niños, a decir verdad. Pero niños que olían a dominio.

Sin embargo la primera parada en la cima más que de reconocimiento resultó mortal, no sólo por la contundente derrota ante los Heat de LeBron James (4-1) sino sobre todo porque de allí quedó lastrado ya el proyecto para los restos, con la salida de James Harden como punto inicial de una descomposición que el pasado julio conoció su parada final. Del verano de 2012 al verano de 2016, por el camino cientos de sueños sobre la pista frustrados en un lugar común. La gelidez de un despacho.

Foto: J Pat Carter/Getty Images

Foto: J Pat Carter/Getty Images

Del vértigo inicial ya sólo quedan el ideólogo, Presti, y el corazón, Westbrook. Lo más elemental. Así cuando todos los flashes apuntaban el pasado julio hacia Durant, protagonista de un movimiento para la historia, de fondo el que había sido su fiel socio en la cancha durante años conservaba la compostura en silencio. Lo hacía en parte atónito y en otra expectante. Westbrook esperaría su momento para hablar, lo haría sobre el rectángulo.

Y ese momento ha llegado.

A punto de cumplir 28 años, cercano a la teórica plenitud de su carrera, Westbrook representa por sí mismo un imán irrenunciable el curso que se avecina. Y lo hace no sólo por materializar su primera aventura como macho alfa en solitario –al mando, además, de un bloque armado- sino sobre todo por descubrir cómo podrá resolver un escenario que parece invocarle en todo momento a la épica.

Westbrook, heredero natural del fuego interno y lo obsesivo en Bryant y Garnett, las dos mayores fuentes de energía competitiva que contempló el baloncesto en los últimos veinte años, afronta el reto como la evidente oportunidad de afianzar su condición. Demostrar, a plena luz, que no existen fronteras para su fiebre. Que el ‘why not’ que tomó como filosofía vital puede trasladarse por completo a su liderazgo único. Y que éste puede llegar a su forma, la única que conoce.

La estampida.

Acercarse a Westbrook resulta siempre un fenómeno complejo. Fascinante a la vez. Lo es ya no por la bipolaridad que despierta como icono -una en cierto modo creciente en un deporte actual que desecha los grises y parece fomentar la exclusiva existencia de dioses o demonios- sino esencialmente porque requiere del receptor dos esfuerzos previos que no siempre se cumplen.

Primero conocer su intrahistoria, entender de dónde nace esa fiebre y cómo resulta utópico aplacarla. Porque el Westbrook jugador es sólo una extensión de esa narrativa. Y segundo reducir a cero el contador de prejuicios con lo que se vea, porque su despliegue en pista es básicamente el ejemplo escénico del antihéroe. Westbrook invita a lo nuevo y desafía el orden; y tales circunstancias suelen despertar el recelo de lo añejo primero y la norma después.

– “¡Oye, espera! Eres mi héroe”.
– “No, no, no. No soy eso. No. Nunca lo seré”.

[Deadpool, 2016]

No hay que confundir, pese a todo, la figura del antihéroe con la del villano. La gran diferencia radica en el objetivo, el antihéroe desea el mismo fin que un héroe –contrario al de un villano-, sólo que aplicado de modo diferente. Políticamente incorrecto, en buena medida.

Por ello bien podría asociarse el caso concreto de Westbrook al significado del personaje de Marvel ‘Deadpool’ -también llevado al cine- alejado del rol de héroe clásico que antepone el bien común al individual. El citado personaje preserva el bien individual, dejando el común en segundo plano. Pero –y aquí la clave- no negándolo. Es un héroe alejado de la norma, abrazado al caos por convencimiento. Un héroe diferente, si se quiere ver así. Pero no hasta el punto de ser un villano.

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Montaje y edición: Aarón Morales.

Así reconocer a Westbrook en pista pasa inevitablemente por dos fases, la primera valorar su nivel bruto -al margen de poseer mayor o menor conexión con su estilo- y la segunda asimilar que sus formas exceden lo lícito por deseo propio, que representan prácticamente una ruptura con todo lo anterior. Asumir, de ese modo, que ni su ejemplo es común ni su éxito tampoco lo será.

La identificación de Westbrook como un hombre marcado por su niñez -en cierta manera anclado en un punto crucial de la misma- y con excéntricas formas de aplicar un potencial baloncestístico infinito es la que con mayor éxito aproxima a la persona que lo ve con la realidad de lo que el perfil representa. No es fácil lograrlo pero de hacerlo el resultado es disfrutar de un animal de pista absolutamente hipnótico. Con sus luces y sus sombras, pero hipnótico. Bien merece el esfuerzo.

A Westbrook no es preciso entenderle por completo. Quizás ni sea posible, su instinto es poco racional. Simplemente se requiere estar dispuesto a disfrutar de la experiencia completa que representa sobre una cancha de baloncesto. Y aceptar eso resulta vital para acercarse a la complejidad que presenta un perfil con unas condiciones sin precedentes para su posición.

Domar el caudal

El desafío más a la vista del público con Westbrook este curso expone la necesidad de liderar en solitario el proyecto de los Thunder. A efectos prácticos el chico de UCLA ya asumía hasta ahora el rol de líder en pista, sin embargo lo hacía manteniendo a su lado la interminable sombra de Durant, uno de los más prodigiosos ejecutores que haya parido el baloncesto. Un perfil que, dicho de otro modo, aglutinaba perenne atención del rival, en forma de un especialista defensivo a tiempo completo y secuencias preparadas de ayudas.

Su mera presencia exigía un plan destructivo y por tanto facilitaba la vida a los suyos.

El uso ofensivo absorbido por ambos (volumen de toma de decisiones, traducido en lanzamientos de campo, tiros libres o balones perdidos) vivió en la estratosfera como norma, coqueteando cuando no superando la barrera de los dos tercios del total del equipo y siempre liderando la NBA para una pareja. Es decir, gráficamente Westbrook y Durant finiquitaban cerca de dos de cada tres posesiones ofensivas de Oklahoma. La dependencia era por tanto absoluta, casi demencial.

Eso ha cambiado. Tal volumen pierde repentinamente una mitad, dejando libre un espacio que no llenará por completo la llegada de Oladipo, como tampoco un hipotético aumento de minutaje para Kanter o de relevancia para Adams. Para colmo la salida también de Ibaka, complemento ofensivo que representaba la cuarta opción más recurrente en ataque (18% de uso ofensivo el último curso), despeja otra porción del pastel. En suma una cifra cercana al 50% de ejecución ofensiva (la de Durant e Ibaka) queda vacante.

Y todas las miradas apuntan al caníbal.

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Datos del curso 2015/16 (Fuente: NBA Wowy)

Ya con Durant, Westbrook pasó a ser primera opción por defecto en el sistema, puesto que el uso de la transición y el peso del bloqueo directo frontal en línea de tres (sobre todo con Kanter y Adams) fueron siempre armas capitales de la estructura ofensiva de los Thunder. Y en ambas era (sobre todo) él quien controlaba el balón. Como resultado su influencia se agrandó, a costa de relegar algo la de un Durant que aprendió a coexistir cediendo parte del protagonismo, circunstancia que incluso le llevó a ganarse calificativos despectivos por su teórico conformismo y pasividad en el sistema. Cuando en realidad asumía una función marcada.

Ser solidario puede llegar a estar mal visto dentro del star system global, que parece exigir consumismo ofensivo sin límites ni contextos. Durant no fue el primero ni será el último en vivir esa experiencia.

Es en este punto en el que conviene detenerse en una de las características más esenciales de Westbrook, un concepto que define su forma de actuar en pista y marcará especialmente su nueva etapa en Oklahoma: el caudal que lleva asociado. De igual modo que se acuñó el término ‘gravedad ofensiva’ (cantidad de espacio que un atacante obliga al rival a defender con máxima atención) para determinar especialmente de qué forma Stephen Curry alteraba el comportamiento de toda una defensa, el caudal circula en un sentido similar pero afectando menos al rango y más al volumen.

Es necesario explicarlo.

En baloncesto se suelen diferenciar anotación y productividad, sobre todo porque ambos valores no siempre van unidos. Así existen por ejemplo los llamados anotadores de volumen, que cargan con un gran número de posesiones pero responden produciendo puntos que sirven como sustento principal de un ataque; y anotadores más selectivos, aquellos que absorben menos tiros (y en muchos casos producidos por otro compañero) pero tienen como función lograr una alta efectividad con ellos.

Por ello no pueden ser juzgados del mismo modo Damian Lillard en los Blazers, claro ejemplo de volumen, que JJ Redick en los Clippers. Porque, siendo ambos anotadores, su función es muy diferente. Uno es fuente principal, absorbe mucho peso ofensivo a costa de reducir su acierto; mientras el otro tiene un volumen muy inferior de lanzamientos pero se le exige un porcentaje mucho más consistente. Al final son diferentes roles que conforman una estructura ofensiva. Por eso no todos los anotadores con porcentajes discretos son nocivos para un sistema ni todos los jugadores con buenos porcentajes son decisivos, porque es necesario computar qué influencia tienen con respecto a su equipo, qué papel desempeñan y cómo condicionan al rival. El contexto, vaya.

En ese sentido hay una categoría superior al volumen que apunta directamente a aquellos jugadores capaces de condicionar por completo una estructura rival. El caudal es la cantidad de desequilibrios indirectos que un jugador ocasiona con su presencia y acción, considerando de qué forma su volumen ofensivo altera al adversario por inercia. Ese concepto, que ejemplificó como nadie Jordan y al que le siguió después cual imagen especular Bryant, va asociado a Westbrook como antes lo hizo también a Iverson o McGrady.

Es por ello que muchas situaciones ofensivas de Westbrook representan más tarde una oportunidad potencial para el resto. Cualquier defensa prestará máxima atención al base de los Thunder en una acción incluso en la que otro compañero disponga de mejor posición para lanzar. Por inercia, por la capacidad de producir que transmite. Y que de hecho tiene. Con el aditivo de que todo ese despliegue se ve acompañado de una desmedida y contagiosa muestra de energía, como una constante riada de lava por la pista. Es su estado natural.

El uso ofensivo no alcanza a definir por completo ese caudal, la forma en la que un jugador altera una estructura, en parte reduciendo el volumen de opciones del resto pero en otra aumentando notablemente el éxito de las que sí absorban. Es ahí donde Westbrook resulta sanguinario. Pero de igual modo es ahí donde mayor margen de progresión posee ahora, ya desnudo sin Durant.

Fuente: B. Reference

Fuente: B. Reference

Un solo espacio prolongado de Westbrook sin Durant al lado (de febrero a abril de 2015) bastó para contemplar el efecto simple de la respuesta: aumentar el uso ofensivo a niveles obscenos. Y sin embargo aquel despliegue, a todas luces inhumano, ni siquiera alcanzaba a reflejar el peso estructural que tenía el jugador en el sistema. Porque directamente el sistema era él. El foco por tanto no apunta ahora tanto al uso, que volverá a ser desorbitado, como al modo en el que progrese en la gestión de su caudal. Westbrook no va a ser únicamente un dato de uso, será una corriente permanente de situaciones.

El reto es hacer productiva esa monstruosa capacidad.

Uno de los modos directos para hacer eficiente ese caudal pasa por su capacidad de finalizar cerca del aro. Y es que al contrario de lo que parezca, en buena medida por su extraterrestre poder atlético, Westbrook no es un jugador especialmente efectivo atacando el aro. Las causas fueron explicadas de forma fantástica, pormenorizada y didáctica, en un trabajo de ‘Basketball Breakdown’, publicado en verano.

Existe una ventaja que Westbrook, por su forma de jugar –que desconoce que existen cinco marchas antes de la sexta-, va a seguir generando. Está vinculada al concepto de caudal. Su obsesión por percutir y hacerlo siempre de acuerdo a explosividad provoca una tensión elevadísima en la defensa, consciente de que en cualquier momento de la posesión puede suceder la combustión. Esa tensión no la determina una estadística pero es un aspecto real y perceptible. Y se traduce en una ventaja para su equipo.

La necesidad, sin embargo, es gestionar esa tensión. La conexión de Westbrook con cualquier elemento de su ataque es instantánea (con Kanter al lado, por ejemplo, la producción es casi irreflexiva) pero encontrar una mínima pausa para su forma de atacar el aro o sacar el balón fuera derivaría en un océano de ventajas para Oklahoma. Es misión de Billy Donovan ayudar a lograrlo. Ayudar a racionalizar en parte el desequilibrio bruto del jugador.

Ese control en la toma de decisiones aumentaría exponencialmente su valor en el ‘clutch’, es decir contextos de finales de partido igualados. No hay que remontarse en exceso para contemplar el efecto que tiene un Westbrook desbocado en esos instantes. El sexto encuentro de la última serie ante los Warriors desveló el peor escenario posible para el jugador, con cuatro pérdidas en los dos minutos finales que aceleraron al precipicio.

La muestra de Westbrook sin Durant hace año y medio dejó un 12% de volumen de pérdidas en el ‘clutch’ (vía NBA Stats), segunda cifra más alta de la NBA para un base con un uso ofensivo primario. Y el dato se volvió a repetir incluso con Durant en pista el curso pasado, del mismo modo entre los datos más nocivos para un ‘guard’. Es por tanto un problema real y grave. Uno a solucionar en una temporada en la que el contexto, Westbrook con el balón durante esos minutos, no va a cambiar.

De igual modo que su caudal arrastra al rival al caos, en el que es difícil sobrevivir ante aquel que más lo domina, el ‘clutch’ requiere de bajar revoluciones e hilar fino con las decisiones. Sabiendo que Westbrook representa aguas bravas a la enésima potencia, está por ver su paso adelante para saber desenvolverse en las tranquilas. Sobre todo porque a medida que el nivel bruto de su equipo desciende éstas, en el sentido de contextos de partido más ajustados, pasarán a ser más habituales.

¿Puede Donovan conseguir que Westbrook, el jugador más hormonal que existe, acceda a no ser siempre un bólido?

El anhelo de la cima de Rose

A pesar del gigantesco reto visual que supone poder acercarse a la frontera del triple-doble como promedio durante toda una temporada, no es ese el principal desafío que afrontará Westbrook este curso. Incluso habiendo sólo un precedente de jugador que lo haya logrado (Oscar Robertson lo consiguió en la campaña 1961-62 y lo acarició en otras cuatro) y reconociendo el potencial del jugador de los Thunder para ese cometido. No ha de ser ese el propósito.

Westbrook es una máquina de hacer triples-dobles, lo será más aún cuando su uso ofensivo se dispare (facilitará sus cifras en asistencias) y sus posibilidades en rebote defensivo se multipliquen con la baja de Durant e Ibaka. Durante el intervalo de tiempo en el que Durant estuvo lesionado hace dos campañas (2014-15), en total 27 partidos sin él, Westbrook promedió 22 puntos, 11.3 asistencias y 8.3 rebotes por partido. La muestra es muy pequeña pero viendo el grado de motivación que tendrá el jugador y el plan que le rodeará es posible al menos tentar la barbarie en la estadística simple.

Y sin embargo no es lo crucial.

Aquellos Thunder, aunque en un contexto diferente, ganaron sólo 15 de los 27 partidos en los que Westbrook estuvo solo en cancha sin Durant. Y si bien el récord es positivo no oculta la distancia entre ese rendimiento y la élite de la Liga. Es esperable que el líder de los Thunder pueda producir en cantidades industriales y hacer a su equipo ganador. Pero la cuestión apunta sobre todo al segundo punto. ¿Cómo de bueno puede llevar a ser a su equipo un volumen histórico en Westbrook?

Por ello el foco se dirige cinco años atrás, a un escenario muy particular. La temporada en la que Derrick Rose fue elegido MVP, pasando a ser el jugador más joven de la historia en recibir la distinción (23 años), el base de los Bulls encontró un ecosistema que su propia acción llevó a la siguiente dimensión: la superélite. Puede representar, por el perfil de aquel Rose y su similitud con el de Westbrook, un caso a estudiar.

Los ingredientes de aquellos Bulls estaban muy marcados. Contaban con la arquitectura defensiva de Tom Thibodeau, en ese arte la mayor influencia del baloncesto en la última década, pero su sistema ofensivo orbitaba casi por completo en torno a un solo perfil y su caudal. El de Rose.

Los Thunder de Donovan mostraron el curso pasado un rendimiento defensivo de 103 puntos recibidos por cada 100 posesiones, duodécima mejor marca de la Liga y a unos 2 puntos (por 100 posesiones) del top 5. Sin embargo los Bulls de 2011 permitieron sólo 97.4 puntos (siempre computados por 100 posesiones) de media a sus adversarios, mejor dato de aquel año y uno de los más dominantes de la década. Rose era un pilar pero lo defensivo era el otro.

Dicho de otro modo, es más que posible que la eficiencia de los nuevos Thunder pase no tanto por la barbarie ofensiva en Westbrook (siendo éste capaz de asumir ese papel) como por devolver el proyecto a los baremos defensivos vistos con Brooks. Es decir, a conseguir una de las cinco mejores defensas de la NBA como primera piedra para edificar lo demás. Esa situación es la que realmente podría permitir después a Westbrook convertir a su equipo en muy competitivo.

Ahora bien, ¿es sólo el nivel defensivo colectivo lo que separa a Westbrook de aquella cumbre de Rose?

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Fuente: NBA Stats

Realmente no. Westbrook necesita optimizar su productividad, sobre todo considerando que el volumen de uso ofensivo que aglutinará apunta a una de las cumbres de siempre. La tabla anterior reseña cómo en todas las zonas de tiro con mayor influencia para Rose y Westbrook -aquellas explotadas preferentemente tras penetrar- la versión del base de los Bulls era superior, haciéndose notable en el midrange y siempre ponderando de fondo dos factores clave.

Primero, Rose absorbía un volumen de ejecución bastante inferior pese a que el segundo jugador de más uso en aquel equipo era Carlos Boozer (27%), que siendo un complemento válido estaba muy lejos de lo ideal en productividad. Es decir, pese a que podía asumir más volumen. Y segundo, lo desarrollaba a un ritmo infinitamente más lento, que por tanto exigía muchas más situaciones a media pista, con más obstáculos defensivos y más alejadas de los beneficios que para perfiles así concede jugar a campo abierto.

Todo ello Rose lo asumía con sólo 23 años y en un equipo que acabó ganando 62 partidos de fase regular. Resulta necesario contextualizar periódicamente la dimensión de aquel Rose para entender qué tipo de jugador representaba y por qué llegó a reinar en la Liga. Por efímero que resultase su trono. Era un portento, la viva representación de cómo maximizar un caudal ofensivo.

¿Es capaz Westbrook de reproducir esa versión en la primera oportunidad real y sostenida que tendrá para desarrollarla, ya sin las ventajas asociadas que le producía jugar junto a Durant? Potencialmente lo es. No es una cuestión de estadística simple ni triples-dobles sino de encontrar el punto de máxima utilidad para su ebullición. Si los Thunder desean aspirar a un escenario de élite en el Oeste necesitarán desde luego ese giro parcial hacia lo defensivo, que bien podría sostenerse en torno a su tamaño y potencial interior, unido al mayor nivel real aplicado que haya conocido Westbrook.

Pasa en definitiva el renacimiento literal de la franquicia en buena parte por el Renacimiento artístico de Westbrook, por cómo sea capaz de hallar el equilibrio y la armonía al servicio de su insaciable instinto predador. De qué forma pueda asumir diferentes funciones, y no sólo la devastadora como solista, en un grupo que ha perdido eslabones clave de su éxito anterior. Lo multidisciplinar es un escenario que el nuevo Westbrook deberá afrontar para ejercer como una referencia eficiente y no sólo como un monstruo de volumen de producción.

La etapa más fascinante para Westbrook exigirá conjugar su máxima motivación con la cima práctica de sus posibilidades. Y del resultado de esa unión, indescifrable a día de hoy, nace el atractivo del proyecto que pasa a comandar. Westbrook apunta a capítulo imprescindible esta temporada.

Pero de aplicar ese Renacimiento podría protagonizar directamente uno para el recuerdo.