Retrato del apogeo en Goran Dragic

abril 30, 2014

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El masivo interés hacia la estrella, el acercamiento a una figura de la élite, responde a una necesidad casi instintiva. Enamora el que triunfa sobre todo por estar asociado a la cima, por servir como ejemplo y objeto de idealización. Así como de forma general seduce menos ese mismo perfil lejos de la cúspide, precisamente por perder ese atractivo del poder.

Más alejado del foco y cercano al fetichismo se encuentra ya el apetito por descubrir las fases clave de ese proceso de creación de la estrella. Por identificar cuándo, cómo y por qué se produce el salto, ese punto de inflexión que marca la carrera de un jugador. Se trata de un deseo menos primario pero, para aquellos que lo anhelan, igualmente febril.

Sugiere el caso de Goran Dragic una excelente oportunidad para presentar el vertiginoso camino de un semi-anónimo hacia la primera plana. Un viaje que nace a distancia del prime-time pero destinado a encontrarse con él. Como aquel que protagoniza la historia sin saberlo, hasta que son otros los que le alertan de que la historia en realidad es él.

Y lo sugiere Dragic no sólo por haber llamado ya a la puerta física de la élite sino por haber despertado un sentimiento mucho más poderoso. La capacidad de proyectar su figura a otro escenario, de trascender preguntando hacia dónde llegará. Porque disparar la imaginación sigue siendo un elemento diferencial.

–La gestación.

En 2008 Goran Dragic (22 años) se convirtió en el undécimo jugador procedente de fuera de Estados Unidos que los San Antonio Spurs seleccionaban en el Draft durante el siglo XXI. A un ritmo de más de uno por año. Sin embargo la milimétrica red de captación de talento foráneo de la franquicia tejana, una de las claves de la durabilidad de su éxito, no fue esta vez la causa de la elección.

Sí lo fue la figura de Steve Kerr, por entonces General Manager de los Phoenix Suns, que pudo intuir potencial en un joven esloveno al que internamente presentó en Arizona como uno de los tres mejores bases de aquella generación. Dubitativo sobre si Dragic llegaría intacto hasta el número 48 del sorteo, en propiedad de Phoenix, Kerr comprometió la elección de San Antonio (número 45) para realizar un traspaso (por los derechos de Malik Hairston, hoy jugando en el Galatasaray turco) y asegurarse al jugador.

Aparcado el trámite, la adaptación no fue sencilla. En términos baloncestísticos, el cambio de Ljubljana a Phoenix resultó descomunal. Dragic, preso del nerviosismo, no encontró acomodo como generador real y su punto destacable al llegar, el lanzamiento exterior, le acabó condenando demasiado a menudo a un rol sospechosamente habitual para jugadores procedentes de Europa, de raza blanca y apariencia frágil: esperar en la esquina para tirar.

La evolución, vestida de negro con ese escenario, halló sin embargo un colosal motivo para alimentar la esperanza. Y es que aunque la práctica exhibiese un papel de poco peso en la rotación, la teoría la explicaba un catedrático llamado Steve Nash. Así, la influencia del canadiense, un compañero además a la altura de su reputación como jugador, resultó crucial en el desarrollo del esloveno.

Goran Dragic y Steve Nash

Tutelado por el dos veces ‘MVP’, Dragic encaminó su perfil definitivamente hacia el puesto de uno en NBA, aprendiendo los secretos no sólo ya del arte del pick&roll, llevado al cénit por aquellos Suns, sino también de la lectura ofensiva estática o en transición e incluso del ‘proble dribble’, movimiento característico de Nash y consistente en ‘bailar’ botando por la zona buscando generar el desequilibrio en el pase o en el tiro a través de cambiar asignaciones defensivas del rival.

Los dos años y medio que Dragic compartió vestuario con Nash dejaron huella en la figura de un joven que crecía, a la sombra de un icono, esperando una oportunidad real. Un pedazo de carne con el que probar sus dientes. Pero que sin embargo la encontró, y a la fuerza, fuera de Phoenix. En Febrero de 2011 el esloveno fue traspasado a los Houston Rockets, donde permaneció año y medio.

Dragic no deseó nunca el traspaso a pesar de no disponer de un espacio adecuado en la rotación de los Suns. Entendía el valor de madurar su juego al lado de Nash y se encontraba cómodo en la ciudad, involucrado en el proyecto. Pero Houston, especialmente durante el único curso completo que militó allí (2011-2012), le brindó una oportunidad para competir por minutos y crecer. Ya de forma habitual en la práctica.

La pugna en el puesto de uno con Kyle Lowry acabó fortaleciendo mentalmente a Dragic, obligado a un rendimiento constante, sometido a la incesante luz del foco, para no perder relevancia en el equipo. Y si bien no resultó dominador de la misma, sí expuso argumentos suficientes como para presentar credenciales a una nueva oportunidad… de nuevo en Phoenix.

En verano de 2012 Dragic buscó a los Suns de la misma forma que los Suns buscaron a Dragic. Cuatro temporadas y 30 millones de dólares entendieron a ambas partes para ofrecer, ya sí, un mando significativo al aprendiz, justo el curso en el que se produjo la marcha del maestro (a los Lakers).

Colectivamente la campaña fue complicada para un equipo en plena reconstrucción, sin mimbres para competir. El esloveno no llegó a encontrarse plenamente a gusto ni bajo la tutela de Alvin Gentry primero ni bajo la de Lindsey Hunter después. Los minutos (más de treinta de promedio por primera vez en su carrera) resultaron útiles, pero amargos entre tanta derrota (25-57 de balance).

Pero tras ese primer año de aclimatación al rol de titular ya nada sería lo mismo. Todo cambiaría de una forma que nadie, ni él mismo, habría podido imaginar.

–La efervescencia.

Se juntaron dos factores claves en la aceleración de Dragic hacia la élite. Por un lado la disputa del Eurobasket en su país, en el que brilló hasta ocupar un puesto en el ‘Cinco Ideal’ y con su selección quinta, sólo siendo la campeona Francia capaz de truncar el sueño local. Ese torneo permitió al jugador darse cuenta realmente de qué tipo de rendimiento podía ya ofrecer, qué peso era capaz de asumir con éxito. Y por el otro la llegada de Jeff Hornacek al banquillo de los Suns. Potenciador, hasta el máximo, del punto anterior.

El propio técnico, que afrontaba su primera aventura al frente de un banquillo NBA, acudió personalmente a Eslovenia para charlar con Dragic, poder ver en directo su nivel y allanar el terreno en una relación que pronto generaría réditos. Para ambas partes.

Hornacek, de mente rápida y trato fácil, tardó muy poco en entender el factor emocional de Dragic, viéndolo elevado a la enésima potencia con su selección. Porque sentirse útil, saberse importante, resulta realmente básico para cualquier jugador. Pero para algunos especialmente sensibles a la consideración personal, como el propio Dragic o Ricky Rubio, ese factor pasa a ser directamente primordial. Imprescindible para exhibir su luz.

Goran Dragic  y Jeff Hornacek

El técnico construyó una confianza con su jugador a partir de la cuál generaría un rendimiento hasta ahora oculto. Fue el origen, la raíz, de la mejor versión de su carrera. “Lo más importante, especialmente para un equipo tan joven como el nuestro, es que él siempre está tranquilo. Es capaz de transmitir confianza a los jugadores, siempre tiene respuestas y nos hace sentirnos capaces de competir contra los mejores equipos” [Goran Dragic sobre Jeff Hornacek, ‘Desert News’, Febrero 2014].

El trampolín del torneo FIBA sirvió como antesala a un curso enigmático para Dragic. Primeramente por estar envuelto aún en un contexto de reconstrucción colectiva, esperando otro saco cargado de derrotas. Y en segundo lugar por descubrir cómo se desarrollaría el experimento que tenía en mente Hornacek, ya anticipado durante su visita a Eslovenia. El doble-base con Eric Bledsoe, que podía hacer peligrar su rol.

En realidad la baza del entrenador no era complicada, al contrario. En un equipo de limitados recursos interiores, incapaces de generar por sí mismos, la idea consistía en que todo desequilibrio naciese de tener la cancha muy abierta, con ocupación de las esquinas (espaciado ofensivo) y encontrar vías de penetración (sobre todo a partir de pick&roll frontal) para sus dos exponentes de perímetro, resolutivos en ese escenario.

Es decir, dividir la zona, producir desajustes defensivos y sacar beneficios. Maximizar lo disponible, poco importase que fuese mucho o poco, era el objetivo. Igualmente en defensa, dada la falta de argumentos en la ‘pintura’, el propósito era mostrar agresividad exterior para acelerar el ritmo y alimentar un juego físico.

Lo simple, a veces, resulta suficiente. Incluso, bien hecho, asciende a imparable. De cómo Phoenix ha sabido atacar este curso se podría escribir una tesis. De cómo ha encontrado el éxito en eliminar, casi a tiempo completo, referencias en la zona (jugando a menudo con cinco hombres abiertos) para favorecer sus limitados recursos, otra más. Y en la mayúscula obra de Hornacek, con Phoenix ganando entre dos y tres veces más partidos (48) de lo esperado a principios de curso en una salvaje Conferencia Oeste, Dragic ha sido capital.

Incluso decir capital posiblemente sea quedarse corto.

Considerando que Bledsoe, el otro elemento clave del sistema, se ha perdido prácticamente media temporada (39 partidos) por lesión, lo realizado por Dragic es directamente extraordinario. El base esloveno ha sido dinamita en el desequilibrio individual este curso, letal hasta tal punto que ha podido cubrir la ausencia de su socio durante medio curso sin resentimiento alguno para el bloque.

De entre los ‘guards’ con más de 200 tiros intentados esta temporada en la zona restringida (la más cercana al aro), únicamente Manu Ginóbili (70%) y Dwyane Wade (68%) han presentado mejor acierto que Goran Dragic (67%), siendo además el jugador de los Suns el segundo que mayor cantidad de lanzamientos ha anotado en esa zona durante todo el año, por delante de especialistas como John Wall, James Harden, Tony Parker o Kyrie Irving.

Ver a Dragic atacar la zona desde el lado izquierdo del ataque o circulando por el poste alto analizando qué agujero aprovechar ha sido toda la temporada sinónimo de problemas para el rival. Su capacidad de resolver situaciones en zona de interiores ha sido fuente inagotable de ventajas para los Suns. Su zurda, oro. Su mente, la mina.

Goran Dragic

Pero no sólo su productividad encarando el aro desde el perímetro ha sido superlativa (70% en bandejas tras penetración). Su amenaza en el tiro tras bote desde la media distancia ha resultado puro veneno, con un 43% desde esa zona, superior al de jugadores como Klay Thompson o Paul George y no muy lejano al paradigma de aniquilación desde zonas alejadas al aro, Stephen Curry (48%). Y su porcentaje en tiros de tres (41%), top 20 NBA, ha completado la detonación.

Goran Dragic se ha convertido, este curso, en el cuarto jugador de la historia en completar una temporada NBA promediando al menos 20 puntos por partido y 5 asistencias por partido, con porcentajes superiores al 50% en tiros de campo y 40% en triples. Una lista de élite que ya componían LeBron James, Larry Bird y Jeff Hornacek (hasta la llegada de Dragic, éste último se mantenía como único ‘Guard’ en lograrlo, en el curso 1991/92).

Es decir, la temporada de Dragic lanzando a canasta ha resultado simplemente fuera de lo común. Pero no menos brillante ha sido su gestión de los partidos, aspecto diferencial y faceta que ha desembocado en su mayor crecimiento real esta campaña: su conversión a un base de élite y a un líder colectivo en un equipo ganador.

Dragic ha sabido entender qué demandaba el sistema de Hornacek, aplicarlo en un contexto arduo y además solucionar problemas de grandes dimensiones (el principal, la ausencia de Bledsoe) sobre la marcha. Todo ello priorizando siempre el desarrollo de sus compañeros, sabiendo que de ellos dependía en buena medida el progreso del equipo. Un aspecto no siempre sencillo para un jugador de su perfil, al final base anotador.

Además, el grado de esfuerzo físico al que ha estado sometido, tras una pretemporada diferente y un desgaste previo mucho mayor (por la disputa del torneo FIBA más importante de su vida), encontró otro factor de excitación –susceptible de hacer perder la concentración- en el nacimiento el pasado mes de Noviembre de su primer hijo, Mateo.

En Enero, en Nueva York, Dragic reconocía a compañeros de prensa la dificultad de afrontar una exigencia tan desmedida, de soportar un peso tan gigantesco sobre sus hombros. En otras palabras, su necesidad de descansar. Lo hacía con un gesto exhausto, tanto incluso que dejaba en segundo plano su felicidad por cómo iba el curso, tanto en lo colectivo como en lo personal.

Ese agotamiento no evitó, sin embargo, que los siguientes meses, con menos fuerzas, más problemas y competencia desmedida en el Oeste, se viese la mejor versión de Dragic en todo el año. Al rescate de su equipo. La muestra de que el líder había nacido. Y ante la tempestad aparecía exuberante.

De ese modo, si bien su nivel defensivo se encuentra aún por debajo de la media, el despegue ofensivo del jugador, no sólo en niveles de acierto sino en adaptación a un rol de líder con un rendimiento formidable, invita a pensar en algo grande.
Más allá de un reconocimiento global como ‘Jugador Más Mejorado del Año’. Más allá, incluso, de un merecimiento (frustrado) por ser elegido para el ‘All-Star Game’ u otro (aún por desvelar) para alguno de los tres mejores quintetos NBA de la temporada. Porque el salto, en realidad, va más allá del significado de un curso. Se convierte en la trascendencia de un perfil que incita a salivar.

–La proyección.

Lo expuesto por Dragic esta temporada resulta llamativo esencialmente por dos motivos. El primero, el más obvio, su cambio de estatus a ojos del mundo. Su consideración como estrella de la Liga a corto y medio plazo, justo cuando pasa a cumplir 28 años y le aguarda una etapa de plenitud. Con galones en lo individual y esperanzas en lo colectivo. Es decir, habiendo encontrado su contexto en todo sentido posible.

El segundo, de otro cariz, lleva a pensar ante qué tipo de jugador podemos estar realmente. Porque pudiendo quedar la campaña en una anécdota, el crecimiento exhibido acude raudo a negar esa posibilidad. A la vez que plantea a Dragic como un caso a seguir. Como una joya capaz de devolver el brillo a una figura reacia al éxito a ese lado del Atlántico desde hace más de veinte años, un tabú.

El esloveno, admirador de Drazen Petrovic durante su juventud, posiblemente no se haya parado a pensar que él mismo es, desde la trágica desaparición del genio de Sibenik, el jugador que más ha representado con éxito ese papel en la NBA. Esto es, el de un ‘guard’ europeo de raza blanca, con perfil anotador, capaz de llegar a la élite para quedarse.

No existe ánimo alguno de comparación entre ambos jugadores, ni por nivel ni por perfil ni mucho menos por contexto histórico, únicamente el deseo de recordar que dos décadas después otro jugador del Viejo Continente, de raza blanca (detalle que excluye a Tony Parker, de ascendencia afroamericana) y cuyo radio de acción es el perímetro, pretende un lugar relevante entre los mejores. Porque desde entonces, desde el croata, no ha habido otro en esa dimensión.

Por ello, y habiendo considerado también al lituano Sarunas Marciulionis, el caso de Dragic despierta un interés especial. Diferente. Como único jugador, junto a Petrovic, del largo elenco (encabezado, talento bruto en mano, por Navarro y Spanoulis) capaz de superar los 20 puntos de promedio en una temporada NBA. Sugiriendo al final el reencuentro de la Europa del Este perimetral, del ‘guard’ talentoso y metódico, con la gloria NBA.

Goran Dragic

Dónde llegue Goran Dragic está por descubrir. Resulta, en cierto modo, impredecible. Y de esa duda se puede extraer una conclusión relevante con su caso. Su progresión, hasta llevarle al estado actual, reabre el caso de cómo se amolda ese perfil de europeo, de raza blanca y apología de lo vertical al contexto más competitivo del mundo.

El esloveno viene a ser, en otras palabras, la continuación –a su forma- de una obra destruida por el destino. Como una invitación de ese mismo destino a ese perfil, en concreto al instinto y talento que supone la Europa del Este –cuna de diamantes-, para demostrar su sitio.

No hay mayor fascinación con Dragic que proyectar su rendimiento. Desde la vertiginosa magia inhalada de Nash al trabajo de asimilación de conceptos, ya sea por repetición (lanzamiento) o entendimiento (lectura del juego). No existe mayor recompensa global que su esplendor.

Sobre todo si ese apogeo se entiende como punto de partida.