[Lo mejor de 2016] Aíto y la memoria, por Andrés Monje

Diciembre 22, 2016

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Ganar. En ocasiones todo, absolutamente todo, lo reducimos a eso. A ganar. Y existe el riesgo de olvidar otra parte esencial, a menudo sepultada, la que proyecta al deporte como vehículo transmisor de emociones.

Que no se malinterprete. Ganar es grandioso. Es siempre un objetivo, resulta además uno terriblemente adictivo. Ganar desprende ese orgullo que sólo da la cima, ese que graban después los libros. Esas cinco letras son pura endorfina.

Pero ganar no lo es todo. En ocasiones no es ni siquiera necesario.

No lo es. Deja de serlo cuando a cambio se recupera un sentimiento por el camino. Porque a veces una emoción vale más que cualquier victoria. A veces una emoción vale un sitio perenne en la memoria.

Hace treinta años Aíto García Reneses ya jugaba finales en la élite. Algunas estrellas de hoy llevaban chupete. Otras no habían nacido. Competir es para Aíto lo que respirar para otro mortal, lleva toda la vida haciéndolo y ya se asume como algo natural. Aíto alcanzó tal dimensión que él y su pizarra bien podrían servir de logo al baloncesto nacional.

Viejo zorro, se presentó en A Coruña bendiciendo a su primer rival, un Valencia Basket histórico, antes siquiera de pisar la pista. Pero en paralelo preparaba su plan, silencioso sacaba brillo a su idea. Una vez el balón se puso en juego, el Herbalife Gran Canaria consumó la sorpresa. Erizó la piel de una Copa que regaló un primer día majestuoso, de sabor añejo. Aíto sonreía. Pero lo hacía para dentro, aún quedaba trabajo.

Dos días después uno de sus discípulos más aventajados destrozaba a su equipo en dos cuartos y medio. Sito Alonso conoce perfectamente al maestro, conoce su manual, sus formas, incluso muchos de sus trucos. Sito es un técnico descomunal al que el propio Aíto enseñó y preparó durante años. Y sin embargo no pudo evitar ver cómo ese maestro le levantaba diecinueve puntos en menos de quince minutos. Cómo le birlaba un puesto en la final. Y es que en la manga de Aíto siempre parece haber espacio para otro as.

El veterano técnico se enganchó a Oliver, de mente lúcida, poco miedo y colmillo afilado, y a Báez, con un corazón del tamaño de la isla. Eran justo los ingredientes que necesitaba para su pócima. Y con ellos llevó a los canarios a la primera final copera de su historia. A la normalidad de otra proeza. Allí esperaba un Real Madrid de impresión. Campeón de todo. Un tsunami de baloncesto al que se tuteó, al que se le enseñaron los dientes, pero que dejó al Herbalife Gran Canaria sin título.

Pero no sin gloria.

La derrota, que existe, guarda una segunda lectura. Una que proyecta el valor de lo logrado. Porque Aíto ha impartido estos días dos lecciones más dentro de su cátedra en baloncesto. Dos que conviene recordar.

Primero ha devuelto la Copa a la vida. Y es que de aquella competición que se hizo rutina en forma de continuos duelos entre los dos trasatlánticos ha emergido una donde la sorpresa, la emoción, volvió a ser real. Se reencontró la magia del torneo a un partido, la máxima expresión del calendario nacional. Sentir que, al menos durante unos días, todo es posible.

Y, segundo, planteó una alternativa al valor del resultado. Y una tan potente como el propio resultado. Su equipo perdió pero en absoluto se sintió desdichado. Al contrario supo verse honrado al entender que perder, por mucho que duela, no es más que otra fase del aprendizaje. Y una que asimilada puede acabar derivando en el futuro en la última, la tan anhelada victoria.

El resultado es una tabla de dígitos con vía directa a la historia, pero el juego, y todo lo que le rodea, es un campo gigantesco que puede acceder a lo emocional de aquel que lo vive. Y el valor de esto último no tiene límites. Es justo lo vertebral del deporte, su infinita capacidad de generar sentimientos. Hay equipos, partidos, momentos, que se recuerdan toda una vida sin necesidad de abrazarlos a un triunfo.

Por eso en esta final nadie perdió. Porque el Real Madrid ganó la Copa y Aíto, con su equipo, ganó otra butaca en el recuerdo. Fue el enésimo detalle de Alejandro García Reneses. Su enésimo regalo al baloncesto, al que dedica toda una vida y por el que no desfallece su ilusión.

Aíto demostró cómo es posible, incluso sin lograr la victoria, llegar con el deporte directamente a la memoria.