Las tardes en Niamey en 2011 no eran nada prometedoras. Como casi siempre había sido, y como una década después sigue siendo. En 2019, el informe de Naciones Unidas que agrupa el índice de desarrollo humano, la esperanza de vida al nacer, la tasa de alfabetización y el PIB per cápita situó a Níger a la cabeza de una lista de dudoso éxito: la de países más pobres del mundo. No hay demasiadas esperanzas de labrar un futuro en un país asolado por el hambre, los problemas de salubridad y el desempleo en un contexto guerracivilista constante en plena lucha por el control de sus, sin embargo, prolijos recursos naturales. Hace ya casi una década, un joven de 15 años y enormes dimensiones jugaba con sus amigos casi cada tarde al fútbol. En cierto modo, también estigmatizado.

Me ponían de portero o defensa por el ser más grande”, sonríe.

Arranca ahí la gran historia de Seydou Aboubacar, pívot recientemente fichado por el Breogán de Lugo en su intento de regresar a la Liga Endesa, y que añade a su currículo el icono de defender la camiseta celeste como uno muy especial: el de volver a casa.

Había un vecino en el barrio que había jugado al baloncesto, y en una de esas tardes de fútbol, me dijo que yo podría hacerlo. Yo no sabía nada de ese deporte, así que me entregó un CD en el que había un partido de la final de la NBA de 2010 entre los Lakers y los Celtics. Me pidió que le echara un ojo, a ver si me gustaba, y que si era así, me pasara algún día por el pabellón”, explica Aboubacar. No tardaría mucho en saltar la evidencia: su potencial físico era inasumible para la infraestructura baloncestística en Níger, donde ni siquiera había un equipo nacional compitiendo oficialmente. “Así que me recomendaron irme a Costa de Marfil, donde podían ayudarme, y me marché a Abiyán”. Casi una década después, el nigerino, que llegó al país sin apenas un par de zapatillas decentes, es internacional habitual con ‘Los Elefantes’ –se perdió la Copa del Mundo en China por problemas de tobillo-, mientras en Níger todo sigue en pañales.

Fue en la capital costamarfileña donde, tras el primer salto, todo cogería velocidad de crucero. Allí se cruzó en su camino un técnico serbio, Vladimir Bosnjak, con buena relación con el agente español Igor Crespo y su socio, el exjugador Ricardo González. Semanas después, el chico ya estaba entrenando en Vitoria a las órdenes de Pepe Laso. A punto de cumplir los 16 años, lejísimos de todo lo que había conocido y en un escenario en el que no le servía de mucho su riqueza idiomática: “En mi país no hay tradición de hablar español y yo nunca pensé que acabaría en España, así que ‘solo’ hablaba inglés y francés”, rememora como avergonzado de añadir solo dos idiomas al nativo. La parada en Gasteiz fue breve y la siguiente etapa estaba a la vuelta de la esquina: la temporada 2011-12 la pasó, tutelado por Ricardo González, en el PAS Piélagos cántabro. “Iba al instituto y por la tarde, a entrenar. Lo hacía con los cadetes, los juniors y, a última hora de la noche, con el EBA. Dos o tres sesiones diarias”, explica. Tal fue su evolución que, sin acabar el ejercicio, el Joventut llamó a su puerta. Se avecinaba otro cambio más en la montaña rusa en que se había convertido la vida de quien no mucho antes vivía a un ritmo mucho más pausado en Niamey. “Simplemente les pedí que me dejaran acabar el curso, pero acabé yéndome a Badalona y jugando en LEB Plata, en el Prat”, cuenta.

Toca hacer un alto en el camino y entender cuál fue el gran punto de anclaje de Aboubacar en aquellas primeras frenéticas vivencias en España. Juega ahí un papel destacado una familia lucense: Eduardo Valín y Elena Villanueva, viejos conocidos de Ricardo González, se ofrecieron a adoptarle para facilitar su entrada en el país, aumentando un núcleo familiar que ya contaba con dos hijas. “Me acogieron como uno más desde el primer momento. Tenemos una relación muy intensa y los considero mi familia. He crecido con ellos, hemos crecido juntos”, asegura Seydou sobre quienes le dieron la mayor estabilidad posible, aún en la distancia.

Porque Aboubacar casi siempre estuvo lejos de los suyos. De su clan biológico en Níger y del adoptivo en España, aunque a veces toca volver a los orígenes para relanzarse: tras dos años en el Prat, uno en LEB Oro con Palencia y otro de nuevo en Plata en Zornotza, dio un paso atrás para coger impulso y en 2016 fichó por el Estudiantes de Lugo de Liga EBA, aunque entrenó con la primera plantilla del ‘Breo’ la mayor parte de la temporada. Fue su primera experiencia profesional en casa, si bien pasaba en la ciudad amurallada todos los veranos y periodos de descanso. “Llega un momento en tu carrera en que tienes que pensar la dirección de la misma. Había estado siempre en equipos de buen nivel, pero quizá no había tenido el tiempo de juego y las oportunidades que quería. En ese momento lo que necesitaba era jugar para coger experiencia y confianza”, explica.

Es a partir del paso por Lugo cuando la progresión del nigerino se ha hecho mucho más rápida, hasta convertirse en uno de los mejores pívots de la LEB Oro y estar llamando ya a las puertas de la Liga Endesa. Destellos luminosos en Plasencia durante su último curso en Plata, y crecimiento furibundo en los dos últimos años en Valladolid. De la vieja escuela, su presencia física y cada vez mayor movilidad le convierten en un referente en defensa y rebote con un repertorio ofensivo progresivamente mayor. Pese a sus 207 centímetros y enorme corpulencia, corre bien la pista y ha firmado casi 7 puntos y 7 rebotes para que los carmesí fueran el mejor equipo en la segunda categoría nacional. Ahí, al fin, se vio a las puertas de la ACB: “El club tenía la idea de que el núcleo fuerte del equipo siguiéramos si se lograba el ascenso: Sergio de la Fuente, Frank Bartley, Mike Torres… Ha sido una pena que no haya podido cuajarlo, pero desde luego tenía la esperanza de jugar en ACB con ellos”, reconoce.

No es un brindis al sol. Aboubacar apenas cuenta aún 26 años, y a buen seguro que estará en más de una quiniela ACB próximamente. “Para ello lucho cada día, y creo que estoy en el momento adecuado”, apunta esperanzado. “Este año pensaba que iba a tener opciones tras lo logrado a nivel colectivo e individual”, estima, mientras se marca como objetivo “seguir mejorando cada día” y seguir limando algún pecado de juventud que le hipotecó en sus inicios: “tenía muchos problemas en defensa y hacía muchas faltas, pero voy mejorando”, valora. Incluso, consciente de los tiempos que corren, apunta al tiro de tres como su próximo objetivo. “Creo que puedo meter y que tendré que empezar a utilizarlo puntualmente”. En el afán de la mejora constante, el nigerino ha pasado recientemente dos semanas en L´Alquería del Basket en Valencia, a las órdenes de Pepe Laso y Enrique Fernández junto a más representados por Igor Crespo, como Tyson Pérez, Leandro Bolmaro y Kristian Kullamae entre otros.

Tras la pequeña frustración de no poder palpar la elite española, y en un escenario tan complicado como el que ha generado la pandemia mundial, Seydou ha vuelto al calor del hogar. Un segundo advenimiento profesional a Lugo, ahora sí como pieza relevante en el

Breogán de Diego Epifanio, con indiscutibles miras a ACB. “Será especial. Cuando apareció la oferta inicialmente quería ver qué pasaba con Valladolid porque han sido dos años increíbles, pero una vez que supe que no y se abrió la puerta de Lugo, no lo pensé. Tener la oportunidad de jugar con mi gente es irrechazable”.

Aboubacar volverá al calor del hogar, el que le cambio la vida desde 2011. Con los Valín Villanueva se siente seguro. “Hacen que no me preocupe de nada, me cuidan muy bien”, presume desde su retiro vacacional en las islas griegas, tan impensable en las tardes de Niamey de 2011, mientras espera incorporarse el 1 de septiembre, si la pandemia lo permite, a los entrenamientos del ‘Breo’. El sueño es asaltar al fin con todas las de la ley la ACB.

En 2010, mientras a Seydou Aboubacar le ponían de portero sus amigos para que no estorbara demasiado en ataque, Sandra Bullock ganaba el Oscar de Hollywood a la mejor actriz por su actuación en ‘The blind side’ (‘Un sueño posible’). Encarnaba a Leigh Anne Tuohy, madre adoptiva de Michael Oher, quien desde una familia desestructurada de Memphis llegó a hacerse un nombre en la NFL. “Es mi peli favorita y me siento identificado. A veces, cuando necesito animarme un poco, la veo”, concluye Aboubacar entre risas.

No es para menos. El viaje de Seydou ha hecho que su sueño también sea posible.