Sergio de la Fuente Valdizán siempre apuntó alto en el baloncesto, aunque llegó un momento en el que ni él mismo imaginaría estar donde está ahora. Desde joven comenzó a destacar. Hijo de Félix de la Fuente, pívot bajito y rocoso de la vieja escuela que rindió con creces en clubes como Fórum, Baskonia o León, fue uno de los primeros en la cantera de la histórica entidad pucelana en subir de categoría, cuando un prometedor entrenador de minibasket le hizo jugar con los chavales de mayor edad, algo que no se estilaba demasiado en la entidad morada hasta ese momento.

Llevaba la canasta en la sangre. Tanto él como su hermana Alejandra, uno de los techos del baloncesto femenino español (mide 1’92, y aunque esta temporada no ha jugado para centrarse en su labor como periodista, no descarta volver a hacerlo), mamaron desde pronto en clave de pelota naranja. Sergio, eso sí, era tímido hasta el extremo fuera de la cancha, como si dejara que todo el trabajo comunicativo lo hiciera ella, un año mayor. Hasta le llevaron a un logopeda cuando con casi cuatro años empezaron a pensar que podía ser mudo. Una personalidad apocada que ocultaba la forja de un competidor descomunal. Al final, como su padre, del que heredó esa capacidad que no todos tienen de usar el trasero al poste bajo como los ángeles, se quedó algo corto de talla (2 metros ‘pelados’) para los requerimientos de un pívot en la elite, pero su meritorio camino en el baloncesto le tiene ahora a las puertas de cuadrar un círculo que parecía imposible no hace tanto: volver con Valladolid a la Liga Endesa.

En Castilla y León siempre fue un jugador destacado, pero el radar de las selecciones no se puso sobre él hasta tarde, casi hasta la mayoría. Aun así, llegó a tiempo de ser pieza importante en dos bronces europeos u20 consecutivos, allá por 2008 y 2009. Para entonces, ya había debutado en ACB con el equipo de sus amores, promediando 2’4 puntos y 1’3 rebotes en 12 partidos en una temporada, la 07/08, que acabó con los morados descendiendo. Sus siguientes pasos le llevaron al Breogán de Lugo y al Iraurgi de LEB Plata, en un proceso que, él mismo admite, no toleró bien. Se saturó y reconoce que dejó de disfrutar. No quería más baloncesto.

Así que con 22 años, Sergio de la Fuente era un ex jugador. Decidió dedicarse, con el beneplácito familiar, a la empresa de frutos secos que creó en su día su abuelo. Y en cierto modo hizo una especie de ‘mili’ social. Encontró en el trabajo la lanzadera con la que abandonar su timidez, y sacó en las ventas el mismo competidor voraz que ya conocía en la zona de la cancha de baloncesto. “La calle te espabila, había que ganarse el pan”, reconoce. Lo más naranja con lo que trataba entonces eran quicos o patatas con sabores, nada de balones. Los botes y los posteos eran parte del pasado. Pero por suerte, el destino cambió. Fue en septiembre de 2011 cuando un amigo que jugaba en el equipo de la Universidad de Valladolid de Liga EBA le propuso que se reenganchara para matar el gusanillo. Pese a las reticencias iniciales, De la Fuente aceptó jugar con un nivel de exigencia mucho menor al conocido. Menos entrenamientos, viajes más cortos. Recuperar el placer por jugar. Y así pasó tres años alejado del espectro profesional, volviendo a recuperar la pasión. “Al baloncesto lo he amado casi siempre pero hubo un momento en que lo odié”, admite. Buena parte de ese tiempo no tuvo ni agente. No quería saber nada del profesionalismo, solo ser feliz en una cancha.

Pero de pronto, todo volvió a acelerar. El verano de 2013, sin grandes pretensiones, acudió a un torneo de 1×1 organizado por Red Bull en Valladolid. De pronto estaba jugando la final nacional en Córdoba. Sin tener muy claro cómo, la ganó y acabó participando en el campeonato en mundial en la prisión de Alcatraz, perdiendo la final contra un tipo llamado Tarron ‘La Bestia’ Williams. La descripción que hace de lo sucedido permite entender la capacidad competitiva de De la Fuente: “Había visto vídeos y aquello era a ‘hostia’ limpia. Se trataba de meter el culo y a por todas. En los cuartos de final un tipo me dio un puñetazo en la barriga intentando quitarme un balón, pero no lo consiguió. Luego en la semifinal me dieron un golpe en el codo a partir del que dejé de sentir el brazo tanto en el resto de ese partido como en la final, de modo que tuve que jugar con la izquierda, que no es precisamente mi fuerte, contra un tío que me podía sacar 40 kilos de peso”. Aquello le abrió las puertas de la selección de 3×3 y seguramente le hizo pensar que había camino por hacer.

Pocos meses después, lideraba al Universidad de Valladolid a un sorprendente ascenso a la LEB Plata, promediando 20 puntos y 11 rebotes en la temporada. Con apenas 24 años, se hacía evidente que no se le había olvidado jugar al baloncesto. Mientras, siguió disfrutando de forma un poco masoquista de la dureza del 1×1, donde alcanzó de nuevo los campeonatos mundiales en Taiwán (2014) y Estambul (2015), llegando en esa última edición hasta la semifinal.

Pero de pronto, una llamada. “Sergio, te quiero”, escuchó. Era Porfirio Fisac quien estaba al otro lado, buscando añadirle como pieza para el último Club Baloncesto Valladolid. La entidad morada languidecía por entonces en la LEB Oro, pero fue capaz de, entre miserias económicas, alcanzar las semifinales de la competición. Tras quedarse a las puertas del ascenso a la ACB, el histórico club desapareció. A De la Fuente, que había firmado unos notables 12 puntos y 6 rebotes en su regreso al profesionalismo, no le faltaron ofertas. Y sin embargo, se echó a su ciudad a la espalda.

Coincide ese verano de 2015 con el nacimiento del Ciudad de Valladolid, el sentimiento generado por Mike Hansen para no dejar morir el baloncesto a orillas del Pisuerga apenas empezaba, con una plantilla más que humilde incluso para la LEB Plata. No era fácil tomar esa decisión, pero entre el trabajo y el amor por una ciudad, este vitoriano de nacimiento y pucelano de adopción, decidió ser la cara y ojos del club carmesí. Desde entonces, una foto del torero Morante de la Puebla (“es mi ídolo”, asegura el ala-pívot) preside su taquilla del polideportivo Pisuerga, mientras el club no deja de escalar y ahora se plantea incluso el gran salto a la ACB, tras concluir primer clasificado en la LEB Oro en el momento de la paralización de la competición por el coronavirus.

Este curso, De la Fuente ha firmado 13’4 puntos y 7 ‘1 rebotes en el milagro carmesí, volviendo a liderar al equipo a priori muy por encima de las expectativas iniciales, tal y como llevan unos años acostumbrados en Valladolid. Paradojas del destino, en el banquillo de las ardillas, como se conoce al equipo, se sienta ahora Hugo López, aquel entrenador que una vez le subió en minibasket rompiendo las normas establecidas en el Fórum. Del mismo modo que Sergio de la Fuente ha roto la normalidad y se ha puesto por taurina montera levantar al baloncesto en Valladolid. La ciudad de la que ha podido irse muchas veces en estos años y a la que su amor propio no le dejará abandonar hasta no dejarla donde se merece, mientras sigue vendiendo patatas fritas por los bares.