Pasada la jornada 10 en la LEB Oro, encontramos entre los nombres propios de la temporada a un georgiano. En el panorama nacional se dio a conocer cuando vestía la elástica del Baloncesto Sevilla o defendiendo los colores de su país, ya que a pesar de su temprana edad es un habitual con la absoluta. Él solamente tiene 21 años, estaba señalado como uno de los jugadores a seguir esta temporada en la división de plata del baloncesto español y sus promedios en los últimos cuatro partidos son de 26 puntos, 8.2 rebotes y 31 de valoración. Su nombre es Beqa Burjanadze y juega a los servicios del Leyma Basquet Coruña.

Ha sido el MVP esta semana en la competición tras sumar 31 puntos, 7 rebotes y 36 de valoración en la victoria del conjunto coruñés frente al Cocinas.com Clavijo. Las sensaciones que está transmitiendo con el conjunto gallego están siendo muy positivas. La LEB Oro está viendo su impacto, derivado del excelente trabajo que están realizando con él desde el cuerpo técnico del Leyma Basquet Coruña, capitaneado por el ex-jugador y experimentado entrenador ‘Tito’ Díaz.

Todo parece ir yendo según Beqa esperaba y deseaba. Está siendo su año. El año de su confirmación como jugador profesional de baloncesto. Su pasado es muy duro, fue un niño que no disfrutó de su infancia, que muy pronto -por la muerte de su padre- tuvo que comenzar a ser un hombre y que con 8 años casi se despide de sus sueños a consecuencia de una grave lesión por la que sus padres perdieron todo lo que tenían.

Burjanadze

‘Strongs never quit’. Es su lema de vida. ‘Los fuertes nunca se rinden’.

Él es un hombre fuerte. De hecho, es muy fuerte. Empezó a jugar al baloncesto con el deseo de seguir los pasos de su primo hermano Zaza Pachulia, jugador con amplia experiencia NBA que actualmente está en Dallas junto a Dirk Nowitzki y compañía. Beqa comenzó a jugar con apenas 6 años, lo hacía en su ciudad natal y en unas pistas que dejaban mucho que desear. Eran malas, el riesgo de lesión era muy elevado. Burjanadze era un niño con sobrepeso, le costaba mucho correr y no podía seguir el ritmo de sus compañeros. Quitando esto, era un niño con una vida normal. Iba al colegio, jugaba con sus amigos en su tiempo libre y sus padres tenían trabajo estable (ella trabajaba en la televisión nacional y él, su padre, era ingeniero).

No obstante, la vida comenzó a dejarle de sonreír demasiado pronto. Vinieron problemas impropios para un niño que acababa de cumplir los 8 años. Jugando a baloncesto se rompió el hueso del talón, lo que se convertía en la primera gran crisis para su familia. Los médicos georgianos fueron prudentes, y avisaron a Beqa y su familia que probablemente jamás podría andar con normalidad y que se fuera olvidando de practicar deportes. Su madre, desesperada por la situación, se buscó la vida. Y la encontró en Alemania… pero no fue fácil.

Su madre vendió su piso, el coche y todo lo que tenía… para curar a su hijo

Así fue. Ir allí y operar a Beqa no sería sencillo. Necesitaban dinero y no eran una familia que económicamente pudiese permitirse semejantes lujos. Su madre lo tenía claro, era consciente de que la salud de su niño pequeño era lo primordial… y por eso vendió todo lo que tenía. Todo. Vendió su coche, el piso, los muebles que tenía. Todo. Pidió dinero a su familia, amigos, conocidos y lo consiguió, logró que Burjanadze fuera atendido en el país germano y una vez allí le operaron de urgencia. No fue una operación sencilla pero, según los médicos, salió bien. Beqa podría volver a caminar en cuestión de meses.

Tocaba entonces regresar a Tbilisi, donde ya no tenían su piso porque lo vendieron para que Beqa pudiese ser operado. Ahí tenía 8 años… y hasta los 18 estuvo continuamente cambiando de piso en la capital georgiana, constantemente viviendo de alquiler. A pesar de esto, su madre estaba contenta por haber conseguido ‘salvar la vida’ a su hijo.

Pasaban los meses y el dolor del talón no se iba. Medio año había pasado ya de aquella lesión, del viaje a Alemania… y Beqa seguía sin poder andar. La situación era desesperante e impropia para un niño, que tenía que ver cómo eran sus amigos y los demás niños los que jugaban, mientras él permanecía sentado, y sin poder hacer absolutamente nada, en una silla. Una situación complicada. Su madre jamás dejó de luchar, sufrió mucho en silencio y sin nada que perder y siguiendo el consejo de una compañera de trabajo, cogió a su niño en brazos y se marchó a una lejana localidad georgiana, buscando un cambio de rumbo.

Su compañera le habló de un anciano que curaba a la gente y Beqa, desesperado y consciente de que ya no había nada que perder, viajó junto a su madre. No fue un viaje normal, ya que no existía un camino para llegar a esa localidad y tuvo que ir en brazos de su madre (recordemos que era un niño con sobrepeso) durante un largo recorrido para ver a ese señor del que le habían hablado. Su vida ahí era un calvario… pero hubo un milagro. El milagro lo fabricó ese anciano, llamado Shota Kratsashvili. «Fue increíble todo, a pesar de perderlo todo para ir a Alemania y ver que no pasaba nada, que no me recuperaba… ese señor me puso una crema y a los cinco días ya podía pisar, más tarde ya andaba correctamente y en un mes/mes y medio ya corría y saltaba con mis amigos«, explica Beqa, todavía emocionado cuando recuerda su infancia.

Ahí no queda todo.

Seguía cambiando de piso con frecuencia, porque había perdido todo el dinero en viajar a Alemania y operarse. Pero al menos ya era un niño sonriente, dormía con una pelota de baloncesto y se inventaba una canasta imaginaria para jugar en casa. Tenía el baloncesto como su sueño de futuro, le encantaba la canasta, el balón, pasar tiempo con sus amigos y divertirse. Él después de todo lo ocurrido ya no tenía tanto sobrepeso, perdió kilos y por lo tanto disfrutaba más. Jugaba en el Martve, equipo de Tbilisi y ahí volvía a disfrutar… pero no por mucho tiempo. La vida le volvió a dar un duro golpe que jamás olvidará.

Beqa padreAño 2004. Beqa cumple 10 años, está recuperado de aquel talón que le robó parte de su infancia y cuando vuelve a sonreír recibe otro duro varapalo. Su padre tiene un duro accidente de tráfico que (casi) acaba con su vida. Su madre nuevamente volvió a hacer de las suyas. Buscarse la vida por todos los medios para atender a su marido y no dejar huérfano a su hijo pequeño. Necesitaban dinero para la medicación, pidió a familiares-amigos y conocidos y ella se multiplicó. Jamás dejó de trabajar, no podía dejar de hacerlo. El tiempo pasaba y su padre no se recuperaba, sufría mucho… y cuatro años después de aquel accidente su cuerpo dijo basta. Murió. Con 14 años Beqa se quedó huérfano, le tocaba ser el hombre de la casa sin haber tenido la suerte de disfrutar de su infancia.

Cuando ocurre esto, Beqa ya era considerado uno de los mayores proyectos baloncentísticos de su país. Ese año, cuando apenas era infantil de segundo año, ya jugaba con la selección georgiana sub-16. Su vida no había sido fácil hasta ahí, acudió al Europeo ‘B’ y aquello cambió el rumbo de su vida. La situación, a pesar de seguir económicamente discreta, cambió radicalmente. Llamó la atención del Baloncesto Sevilla aquel chico descarado y con un talento innato. Le vieron algo especial, algo que podía mejorar el futuro del club. Y le ficharon, lo hicieron pensando en un gran proyecto de jugador profesional. El equipo hispalense no lo dudó dos veces y llamó a Burjanadze.

No fue fácil para el jugador venir a España, ya que aquello le suponía decir hasta pronto al punto clave de su vida. Su madre. Tenía que pasar ahora los días sin ella, a miles de kilómetros pero muy presente en cada lanzamiento a canasta y cada día. Ella lo perdió todo por la felicidad de su hijo. Y Beqa jamás lo olvidó, ni lo olvida, ni lo olvidará.

Y, con los pies en el suelo y la cabeza alta, se marchó del piso de alquiler donde se encontraba. Abandonaba Tbilisi para comenzar su sueño, el de ser algún día jugador profesional de baloncesto.

beka

«Tuve mucha suerte de encontrarme con los entrenadores que me encontré en Sevilla. Estoy eternamente agradecidos a ellos, fueron muy pacientes conmigo y me dedicaron muchísimo tiempo. El primer año madrugaba porque a las 08:30 horas tenía mi primer entrenamiento y después tenía clases para aprender español. Entrené mucho, quería llegar a ser jugador profesional de baloncesto y ellos me ayudaban a mejorar», reconoce un siempre agradecido Beqa Burjanadze. El georgiano, que actúa en la posición de ala-pívot con sus escasos 2.00 metros de altura, nunca ha olvidado su duro pasado y en su período de formación con el conjunto sevillano enviaba el 80% de su salario mensual a su madre. Él no necesitaba el dinero, en Sevilla tenía todo lo que necesitaba y quería que a su heroína, la persona que había hecho todo esto posible, jamás le faltase de nada.

Tenía un objetivo en la cabeza que pudo cumplir con 18 años, cuando firmó su primer contrato como profesional. Beqa ahí, en el año 2012, vio cumplido su sueño. El Baloncesto Sevilla confiaba con el georgiano, que junto al letón Kristaps Porzingis era el gran proyecto que por aquel entonces se forjaba en sus categorías inferiores. Burjanadze no lo dudó dos veces y con 18 años compró un piso junto a su madre, para tener un hogar fijo en la capital de Georgia y no ir cambiando de piso con tanta frecuencia. Jugó 62 partidos en la máxima categoría del baloncesto español, estaba creciendo de forma destacada pero entonces ocurrió lo inesperado. Otro varapalo, esta vez únicamente deportivo y no tan grave.

El Club Baloncesto Sevilla cambiaba de dueño y los norteamericanos, que se hacían con la propiedad del club, no tenían entre sus intenciones seguir contando con Beqa. Para él, fue un golpe. Pero sólo uno más. Cuando dejó el Baloncesto Sevilla, ya llevaba años siendo un hombre… con solamente 20 años.

«Me dijeron que no tendría minutos en septiembre, después de la pretemporada y la situación para mí era muy fea. Los equipos ya habían hecho sus cambios y habían confeccionado sus plantillas durante el período veraniego, entonces no sabía qué iba a pasar con mi futuro. Apareció la opción de venir a Coruña y aquí sigo, estoy muy feliz porque aquí he tenido muy buenos compañeros y el cuerpo técnico ha confiado en mí desde el primer día. Me han ayudado mucho a mejorar», confiesa Burjanadze.

De Tbilisi a Sevilla y de Sevilla a Coruña. Con un pasado duro siempre en su espalda y que le ha servido para hacerse fuerte ante los obstáculos que le ha puesto la vida. El mundo de la canasta no es sencillo, llegar es difícil y mantenerse lo es todavía más. Beqa tiene 21 años, su camino como profesional no ha hecho nada más que comenzar y él lo sabe, por eso sonríe y disfruta su día a día, es ambicioso y quiere más. Su madre, desde Georgia, se enorgullece del hijo que la vida le ha dado y él, desde Coruña, trabaja para una mejor camino en un futuro próximo.

‘Strongs never quit’. Burjanadze jamás se rendirá.