‘Inmortal’. Crónica del Argentina-España, final de la Copa del Mundo

«We could steal time just for one day.
We can be heroes for ever and ever»

«Podríamos robar el tiempo solo por un día.
Podemos ser héroes para siempre»

Trece años después de conquistar algo impensable, trece después de iniciar un ciclo inimaginable, España volvió a demostrar su condición de equipo eterno. Con un grupo humano más cercano a lo familiar que a lo profesional -y quizás por ello tan asombrosamente competitivo-, la selección que dirige Sergio Scariolo se proclamó campeona del mundo por segunda vez en su historia, después de resultar inaccesible para Argentina en la final (75-95).

España, que cierra el torneo sin derrotas, desplegó durante muchos tramos picos defensivos inhumanos. Secuencias atrás plagadas de inteligencia, colocación, anticipación, segundas ayudas e incluso terceras, para crear un acordeón infernal que le tocó padecer a Argentina. Desde ahí dominó el partido, desde ahí lo controló cuando los de Sergio Hernández apretaron los dientes -que lo hicieron-. Desde ahí lo cerró.

Scariolo, de una dirección pletórica todo el torneo, volvió a ser decisivo en la partida de ajedrez. Prescindió de Víctor Claver de inicio para dar cabida a Pierre Oriola, enfocando su apuesta esencialmente a dos movimientos: uno, conservador (trabajar defensivamente sobre Luis Scola con una figura más interior); el otro, ambicioso (atacar el rebote ofensivo sin piedad, para generar segundas oportunidades en ataque y limitar las opciones de transición argentinas).

Salió a la perfección.

Por un lado Scola, que llegaba tras un torneo magnífico, tardó más de 26 minutos en anotar sus primeros puntos (acabó con 1/10 en tiros de campo). Su conexión con Campazzo (2/11 en tiros) también se aniquiló Por el otro España acumulaba 6 rebotes de ataque en los primeros siete minutos y 10 al descanso, condicionando ritmo y haciendo torcer el gesto a su rival.

Argentina, una máquina de competir, encontró a su homólogo sobre el espejo. Un equipo carnívoro que lo mismo ataca líneas de pase (9 recuperaciones), que protege el aro (8 tapones) o hace irrespirable el ataque a media pista con defensores cuyo impacto trasciende los números. El clínic de Rudy Fernández (+23 con él en cancha) y Víctor Claver, encabezando una tela de araña impecable en lo colectivo, se dejó notar.

España arrancó el duelo 2-14 tras menos de cinco minutos de juego, como soltar un alarido al viento haciendo notar su presencia. Y cuando Argentina respondió (11-0 de parcial), los de Scariolo bordaron el baloncesto para lanzar un 1-17 de parcial que congeló la efervescencia americana (14-31, minuto 12). Al descanso el plan era español, tanto que a pesar de tener estrellas de primera línea… España se comportaba como un equipo sin caras.

Marc Gasol o Ricky Rubio (este último, elegido MVP del campeonato) parecían ser uno más dentro de una estructura en la que se volvió a demostrar lo vital de los roles secundarios: desde la valentía y talento de los Hernangómez, Juancho y Willy, al trabajo defensivo -oscuro pero esencial- de Ribas y Llull sobre los manejadores argentinos. O al citado de Claver, Rudy y Oriola atrás. España tenía a sus estrellas agazapadas en el bloque. Y sin embargo mandaba por 12 al descanso (31-43).

Porque no era solo un bloque. Era uno majestuoso.

Líderes de un muro de hormigón

Pero tras la reanudación España las llamó. A esas caras que tiene y que cuando aparecen marcar diferencias. Acudieron puntualmente para confirmar lo antes visto. Marc Gasol cuajó siete minutos escandalosos para abrir el tercer período, apareciendo en ataque para anotar, asistir, bloquear y todo cuanto se puede hacer en ese lado de la pista. Todo bien. Más dominante aún fue atrás, siempre certero en las ayudas, molestando tiros, impidiendo otros. España disparó su renta hasta los 22 puntos (33-55) en unos minutos primorosos.

Ricky Rubio anotaría 14 de sus 20 puntos en la segunda mitad. En el que ha sido el torneo de su vida, pleno de madurez y confianza, al base de El Masnou no solo no le asustó asumir responsabilidades (todo el campeonato) sino que lo hizo de forma natural y diferencial. El Rubio reflexivo fuera de pista se convertía en el Ricky desequilibrante en ella. En defensa y en ataque, en el orden y en el caos. Habrá, seguramente, un antes y un después en su carrera, a partir de lo ocurrido en China.

El ‘Oveja’ lo intentó. En la segunda parte volvió su quinteto más perimetral, más agresivo, con mayor velocidad y mordiente en sus hombres de fuera, planteando 2vs1 defensivos en múltiples lados de la cancha. Tratando de sacar a España de su ritmo triturador.

Solo lo lograría en el último cuarto, cuando por tramos su equipo llegó a colocarse a doce puntos (56-68 a siete minutos del final, 66-78 a menos de cinco), con Gaby Deck desatado (20 puntos) y Nico Laprovittola sumando (17 puntos) lo que España negó a Campazzo. El corazón de Argentina nunca dejó de latir, de empujar a una generación herencia de la ‘Dorada’ y que ha regalado un torneo también inolvidable.

Pero España no quería sustos y respondería a lo campeón: sin perder los nervios, ejecutando su plan sin torcer el gesto. Con la seguridad que ofrece dominar desde atrás (36% en tiros de campo Argentina) y el rebote (47-27 en capturas) un partido histórico que bajo su lenguaje corporal pareció, sin embargo, uno más. Fue el colmo de la virtud para un equipo que trasciende lo deportivo: jugar el partido que sueñas toda una vida como si fuera otro cualquiera.

Esta España, cuyo ciclo en plenitud parece no cerrarse nunca (once medallas en los últimos trece grandes torneos internacionales, incluyendo dos oros mundiales, tres oros europeos y dos platas olímpicas), es una de las mejores selecciones FIBA de la historia. Un equipo cuyo oficio y excelencia competitiva sobrepasa lo común. Un equipo que disfrutar y que recordar, capaz incluso de parar el tiempo para hacer que sus momentos sean eternos.

Un equipo de baloncesto por completo inmortal.