“¿Cuál es su raza?”

Esta pregunta, que aquí nos parecería extraña en cualquier situación, en Estados Unidos está a la orden del día. En el caso de Patty Mills, se la encontró en un test para solicitar el carnet de conducir.

“No has marcado negro”, dijo el administrativo con una ceja arqueada mientras miraba a Mills de arriba a abajo.

“No es tan fácil”, respondió él.

Cuando Patty Mills tenía dos años, su abuelo, Sam Mills, colocó una canasta en el exterior de su casa en Thursday Island, una isla del archipiélago de las Islas del Estrecho de Torres, ubicado aproximadamente a 39 kilómetros al norte de la Península del Cabo York en Queensland, Australia. Allí es donde vivía el jugador australiano con su familia.

Su padre, Benny Mills, había crecido ese archipiélago, un lugar donde los indígenas de Melanesia se habían mezclado tradicionalmente con japoneses, filipinos o malasios que navegaban y mercadeaban en esas aguas. Su madre, Yvonne Haynes, es fruto de una relación mal vista entre un hombre blanco y una mujer aborigen. Pertenece a la conocida como Generación Robada: miles de niños nacidos de relaciones similares, conocidos peyorativamente como niños “de media casta”, que fueron robados a sus madres y entregados en casas hogar y conventos durante los primeros 70 años del siglo pasado, respondiendo a un proyecto organizado entre el gobierno de Australia y varias iglesias.

Patty Mills considera que esta mezcla de genes es lo que le ha llevado a ser como es, y que no hay una etiqueta que defina lo que es él. Aunque quien le haya visto jugar sí que podría definirlo de una manera: Patty Mills es un gran jugador de baloncesto. Y probablemente uno de los mejores que hayamos visto en el baloncesto FIBA en los últimos años.

Con la selección de Australia clasificada para semifinales, y con su récord impoluto hasta el momento, los australianos sueñan con las medallas. Y tienen todo el derecho a hacerlo. No es solo el no haber perdido hasta ahora o haber ganado a Francia en la última jornada de la segunda fase, a eso se suman las grandes sensaciones generadas en la preparación, incluyendo una improbable victoria contra Estados Unidos.

Y si Australia sueña con el oro, Patty Mills es el gran culpable. El escolta está promediando 22.2 puntos y 4.5 asistencias por encuentro, con un 90.3% de acierto en tiros libres y un +/- de +11.3 cuando está en pista. Y parece que va cogiendo ritmo: en el último partido de la segunda fase fue el factor determinante anotando 30 puntos en la victoria contra Francia y 24 en cuartos de final contra República Checa.

Australia está a un paso de la final del Mundial. España será su rival, un equipo que ha cambiado la percepción que había en general sobre ella tras su gran victoria contra Serbia y haciendo los deberes con Polonia, pero no es descabellado precisamente ver a Australia como la favorita para llegar a la final por esta parte del cuadro.

En 2014, en su tercera temporada en San Antonio, el siempre directo (y gran interesado en la historia de Australia) Gregg Popovich le hizo una pregunta.

“Patty, ¿tú te consideras negro?”, le preguntó el entrenador. Cuando Mills llegó a casa y se lo contó a su novia, ambos rieron a carcajadas. Era el mismo día en el que no había marcado la casilla de “negro” en el formulario del carnet de conducir. 

“Él sabe quién es”, explicaba su pareja, Alyssa Levesque, a Sports Illustrated en 2015. “Él sabe cuál es su herencia. La cuestión está en educar al resto de gente sobre ello”.