Caprichoso es el destino. Hace trece años, también en Málaga, igualmente en una final FC Barcelona – Real Madrid, un joven de 20 años hizo detonar su talento ante los ojos del mundo. Fue el comienzo de su viaje hacia la luna, hacia un territorio desconocido que acabó conquistando y postrando a sus pies. Su nombre era (es) Pau Gasol.

Por eso cuando este domingo Nikola Mirotic (22 años) iba destapando de forma deliciosamente implacable el tarro de las esencias en el Martín Carpena, en ese mismo pabellón, sobre ese mismo parqué, ante ese mismo partido y también en la cita por excelencia del calendario nacional, el recuerdo fue imposible de evitar. Como si la historia se volviese a repetir, en otro cuerpo y con otro nombre. Pero con el mismo fin.

Mirotic domina jugando al baloncesto como cualquiera de nosotros respira. Es algo automático, por inercia. Sus 17 puntos, 11 rebotes y 3 tapones en la final (32 de valoración), ante un reloj como el Barça de Xavi Pascual, resultaron claves para el triunfo de su equipo. Un título que Sergio Llull vistió de épica con un tiro milagroso, para dar mayor empaque aún al encuentro.

No descubro nada si digo que no existe ya nada que Mirotic no pueda hacer sobre una cancha de baloncesto. Desde su perfil de cuatro se encarga de sumar en cualquier faceta imaginable porque su ambición así se lo impone. Porque no basta con ser bueno, muy bueno. La idea es ser el mejor.  Y no podrá el carácter colectivo que prima en su juego ocultar una cualidad imborrable, de jugador especial. Es capaz de sumar siempre y en silencio hasta que pase a reclamar su lugar. Que lo hace porque no se esconde.

Mirotic asumió el mando en el Carpena en un último cuarto agónico, con todo por decidir y todos los focos cargando peso a sus hombros. El motivo de esto último era simple, pues todos sabemos a estas alturas que es tan gigantesco su talento, sus condiciones para jugar, que todo esto se le queda corto y más pronto que tarde buscará su sitio en Estados Unidos, en la NBA, la meca del deporte de la canasta.

Él mismo se encargó de demostrar durante esos minutos el porqué de tantas miradas sobre él. Fue lo que debía ser, lo que había estado tanto tiempo esperando. Factor decisivo en el título de su equipo, el Real Madrid. Así verle en España, por Europa, sabe en cierto modo a regalo, tiene incluso aire melancólico mientras se disfruta. Porque el subconsciente nos invita a pensar resignadamente en cuánto tiempo le restará por aquí.

Por eso lo mejor es paladearlo. Cada bote, cada finta, cada tiro. Porque cuando Nikola Mirotic vuele y asombre también allá, al otro lado del Atlántico, ya sólo será posible añorar su baloncesto desde la distancia. De momento Málaga queda marcada con su firma, como quedó en el caso de Pau Gasol. Porque trece años después el destino quiso juntar dos talentos superlativos, dos jóvenes con aura, regalándonos uno de esos momentos que se recuerdan con el paso de los años.

“¿Os acordáis de la Copa de Mirotic?” Diremos. Pues fue ésta. Málaga 2014.

Y qué mejor legado tendrá el que ahora da sus primeros pasos, pero ya sabemos que al cielo llegará, que un lugar en la memoria colectiva.