El tiro de Sergio Llull, desde este domingo ya historia del Real Madrid y de la Copa del Rey, refleja en realidad, y a modo de paradoja, el mayor rasgo de su equipo, aunque a menudo quede relegado sin pudor por el segundo, mucho más llamativo. Muestra la capacidad de competir bajo presión de un equipo maduro y ambicioso, que no reniega de luchar en el barro cuando la ocasión lo requiere. La etapa adulta de un bloque mayúsculo.

Porque es cierto que el brillo y la fantasía, el ritmo frenético y el salvaje volumen anotador, asombran y resultan un flechazo para cualquier amante del baloncesto. Pero al final se corre el riesgo de pensar que el Real Madrid es ‘simplemente’ eso. Y no se llega a ganar tanto si no se atienden otros muchos detalles, que los blancos demuestran saber cuidar.

En la final de la Copa del Rey ante un FC Barcelona gigante, de rotación interminable y acorazado en un plan magistral, el equipo de Pablo Laso no pudo exhibir su primera opción, su baloncesto frenético. Simplemente no pudo porque la batalla táctica, la partida de ajedrez, llevó el partido a otro escenario. Al de la dureza mental, la resistencia. Pero ahí también supo reaccionar y, al final, imponerse.

Fue distinto el guión al de los cuartos de final, ante el Herbalife Gran Canaria, y al de las semifinales, ante el CAI Zaragoza. Fue un encuentro de máxima exigencia, de los que agota sólo imaginar, ante un viejo rival que sabe ya todo punto débil a estas alturas y trata de explotarlo a la mínima oportunidad. Uno de esos encuentros en los que la defensa, la intendencia y la cabeza marcan la diferencia.

Porque sigue siendo el Barça un conjunto temible, de recursos infinitos y capaz de vencer a cualquiera en cualquier escenario. Sirvan como ejemplo su doble victoria en Atenas, su triunfo en Estambul y esta misma versión en la Copa del Rey, que necesitó de la agonía para resolverse en su contra. Pero igualmente es de justicia destacar que el Real Madrid no es sólo ese tributo adolescente de mates y triples, de highlights y sonrisas, que suele ver la luz.

Y es que en escenarios áridos, donde no hay tiempo ni espacio para el lujo y sí para la supervivencia, el Real Madrid ha aprendido a moverse hábilmente. Porque Pablo Laso parece tener en su cabeza una indescifrable mezcla de diversión y competición, de liberación individual y compromiso colectivo, los dos puntos que unidos hacen de su equipo la, a día de hoy, mayor atracción del continente FIBA. Y su equipo es lo que es por la plenitud de ambos, no de uno solo.

Dos títulos esta temporada (Supercopa y Copa), en dos finales de perfil similar. No hay rasgo más visible en este Real Madrid que su capacidad de disfrutar jugando, no tiene mejor virtud que su capacidad de competir bajo cualquier circunstancia, disfrute o no. Esto último es lo que separa a los grandes equipos de aquellos que buscan algo más.

Los de Laso, que para colmo siempre buscan juntar ambos caminos, están en camino de serlo.