Un final para la historia en una final para el recuerdo. El FC Barcelona Lassa conquistó su segunda Copa del Rey consecutiva, venciendo de nuevo al Real Madrid (93-94), en un encuentro cuyo guión sobrepaso a cualquier ficción posible, resuelto de modo agónico en el tiempo extra y tras varias secuencias polémicas, que precedieron a un intentó de Llull desde su campo que a punto estuvo de convertirse en la canasta de toda una vida.

Madrid y Barça regalaron un encuentro salvaje, en lo baloncestístico y en lo emocional, con un carrusel de talento y rachas. Un encuentro impredecible que llevó la Copa a uno de sus máximos de siempre en cuanto a emoción. Porque si el baloncesto a menudo consiste en planes de juego bien ejecutados, en otra buena parte se expresa como la forma en la que los protagonistas sobreviven sobre la cancha a situaciones de máxima presión. Ambos equipos demostraron ser gigantes en un duelo a pecho descubierto.

El Barça supo reaccionar a un tercer cuarto apoteósico del equipo de Laso, que cambió su estrategia tras una primera mitad dominada por los de Pesic en su plan pero finiquitada con tablas (35-35). El Barça brilló atrás en los dos primeros períodos, con una soberbia defensa posicional que negó balones interiores y obligó al Real Madrid a huir al triple.

Solo unos excelentes minutos de Tavares, que lanzaron un magnífico tramo defensivo del Madrid en el segundo acto, equilibraron la balanza a la media parte. Pero la charla de Laso en el descanso tuvo efecto inmediato tras la reanudación. El Madrid encontró vías para llegar hasta Gustavo Ayón y comenzó a generar sus ataques a partir del mexicano. El mexicano respondió con un clínic en la toma de decisiones que desató la fiebre del cuadro madridista en ambos lados de la cancha (25-11 de parcial  en el tercer cuarto), rompiendo el partido.

Una resurrección legendaria

Con el Barça en la lona (60-46) sucedió lo inesperado. Un ejercicio de resistencia heroico, con el cuadro blaugrana lanzando un 0-17 de parcial y Thomas Heurtel asomando la cabeza. El francés es animal de momentos calientes y absorbió la responsabilidad cuando más le necesitó su equipo. Acabó siendo MVP tras un tramo final espectacular (22 puntos y 6 asistencias, para 22 de valoración), donde devoró lo que encontró a su paso.

El Madrid asistió atónito a una resurrección asombrosa. El Barça se colocó cuatro puntos arriba tras un triple de Heurtel (70-74) pero aún quedaba mucha historia por vivir. Primero con Fabien Causeur dando un paso al frente, con seis puntos consecutivos que llevaban a un final agónico. Y segundo con Llull dispuesto a tener su cita con la eternidad. Campazzo tuvo tres tiros libres, con su equipo tres abajo en el marcador (73-76) y a 5.3 segundos del final, falló el último pero Víctor Claver, posteriormente también desde la línea de libres, concedió una oportunidad al de Mahón con cuatro segundos por jugar (75-77).

Su tiro por elevación besó la red sobre la bocina, forzando la prórroga. Pero el Barça supo de nuevo reaccionar, incluso sin su referente defensivo Adam Hanga, eliminado por faltas en el tiempo extra. Cuando todo parecía encaminado nuevamente a su triunfo (87-92 a 21 segundos del final), la épica acudió puntual. Otra vez.

Final de película cargado de polémica

Un triple de Randolph y un posterior error de Singleton provocado por el propio Randolph, no exento de polémica (por falta no sancionada sobre el jugador del Barça en su camino hacia el aro), dieron vida al Madrid. Suficiente, porque Carroll encaró el aro a campo abierto, soltó la bomba y recibió la falta. En diecisiete segundos un parcial de 6-0 había puesto a los de Laso acariciando la Copa. Faltaba una jugada. Y también fue decisiva.

La pizarra de Pesic confió en el uno contra uno de Tomic, que resolvió girándose por línea de fondo y tratando de anotar a aro pasado. La acción de Randolph fue revisada por los colegiados y señalada como ilegal. Y a un segundo del final el Barça asumió de nuevo el mando del electrónico.

El Madrid se encomendó a Llull, esta vez en una petición casi imposible. Desde su campo el base madridista soltó un triple que tocó el cielo del Wizink Center, encogió el alma de los barcelonistas e hizo soñar a los madridistas. Fue un segundo que duró una vida. El balón cayó, rebotó en el aro y no entró. El Barça respiró y celebró, el Madrid se consumió y el Wizink disfrutó, más allá de polémicas, de una noche de baloncesto para la historia.