Cuando uno se acostumbra a acumular títulos corre el riesgo de perder la capacidad de saborear cada uno de ellos. Con la Copa del Rey de Málaga, desde la llegada de Pablo Laso en junio de 2011 al banquillo merengue, el Real Madrid ha levantado 19 trofeos, siendo precisamente hasta el momento el copero su torneo favorito, pues con la última ya lo ha ganado en seis ocasiones en la era del vitoriano. Obviamente, cuando el palmarés ya casi alcanza las dos decenas de entorchados, sería injusto elegir entre uno de ellos como el más inolvidable. No es buena idea decidir entre mamá y papá, más si se tienen diecinueve progenitores. Pero es una evidencia que esta Copa del Rey, estos cuatro días en la capital de la Costa del Sol, han estado repletos de emociones en el vestuario blanco. Y varios son los motivos para ello.

El primero seguramente ha sido el simple devenir de los acontecimientos. En la previa del torneo resultaba difícil imaginar el tremendo mazazo de autoridad que el Real Madrid iba a darle al baloncesto español en Málaga. En casi todas las apuestas emergía como favorita la figura del Fútbol Club Barcelona. No era una cuestión de prensa o aficionados, sino algo ratificado por los propios entrenadores de la Liga Endesa. Tanto fue así que hasta el mismo Pablo Laso tuvo que salir horas antes del torneo reclamando de forma pública que los suyos eran tan candidatos como el que más, una situación desde luego pocas veces vista en este mundillo. Parecía que, en cierto modo, el baloncesto nacional se había olvidado de quién era este Madrid contemporáneo y su enorme gen competitivo. Como había pasado también con Sergio Llull.

Negar que el de Mahón no pasa por su mejor momento de forma sería ponerse una venda en los ojos. Pero dudar de su mayúscula capacidad para asumir responsabilidades en cualquier situación es una temeridad. Llull llegaba a la Copa aún más bajo sospecha que su equipo, como necesitando demostrar. Y lo hizo según puso los pies en Málaga, determinante en el triunfo blanco ante el dignísimo RETAbet Bilbao, el único que a la hora de la verdad le alargó un poco el partido al finalmente campeón. Los de Mumbrú alcanzaron el ecuador del último periodo a tiro de dos triples, y fue ese el momento en el que el balear les dio la puntilla con uno de esos fogonazos eléctricos, poco asumibles para el común de los mortales. Un triple con adicional. Otra mandarina desde más allá del 6’75. Siete puntos en medio minuto de juego efectivo. El pase a semifinales resuelto y el depósito de confianza in crescendo para lo que está por llegar. Cierto es que el resto de su competición, obligado a jugar de base ante el desuso de Laprovittola, no fue el mejor. También que el Madrid, realmente, no le necesitó demasiado. Si hubiera sido así… Mejor no desconfíen de Llull. Al menos cuando se cuecen las habichuelas.

Por otro lado, no cabe duda que ha habido dos nombres por encima del resto estos días. Facundo Campazzo y Walter Tavares, en ese punto de dominar el baloncesto al que solo llegan algunos elegidos. De estar por encima del bien y del mal. De empequeñecer a los rivales, por alto que resulte su nivel antes del salto inicial. Ambos están en el momento más álgido de sus carreras y es algo que resulta más que evidente a los ojos de cualquiera. Pero probablemente esta Copa haya sido incluso más importante para otros dos nombres de la plantilla blanca: Felipe Reyes y Jaycee Carroll. Dos vértebras cruciales en este Real Madrid dominador de los tiempos modernos que por pura ley de vida habían sufrido algún altibajo en las últimas fechas. El primero está a un mes de cumplir 40 años. El segundo, a dos de hacer 37. Es una obviedad que sus carreras ya han entrado en la fase en la que a uno le toca luchar contra el reloj.

En la última ‘Final 4’ de la Euroliga en Vitoria, el pasado mes de mayo, el pívot cordobés se reveló contra su situación. “Uno no entiende ciertas cosas”, declaró desde lo más profundo de la rotación de Pablo Laso. Casi siete meses después, cerca de la cuarta década de la vida, su papel en esta Copa ha sido más que notable. Más de 17 minutos en la final, por encima de los 13 en la semifinal. Un rol indiscutiblemente relevante, hasta el punto de dejar el entrenador fuera de los dos últimos partidos a Mickey para que Reyes reemplazara al coloso Tavares. Sin minutos de la basura, entrando en la cancha en el minuto uno de la final, cuando Laso cambió el plan de la previa y sorprendió al sentar al caboverdiano con su primera falta personal. Por delante también de ese volcán en erupción que es Usman Garuba. De nuevo, la siempre tan elogiada gestión de plantilla de Laso vuelve a demostrar su capacidad para sacar partido de todos sus elementos. Para el internacional español ha sido un empujón anímico refrendado por los datos, al igualar ya con siete títulos coperos a Juan Carlos Navarro, y el ambiente, con el Carpena rendido a su historial. Para un tipo como Reyes, no demasiado acostumbrado al elogio cuando abandona el Wizink Center con la camiseta blanca, sin duda han sido días para recordar.

Y qué decir de Carroll. “¡Jaycee quédate, Jaycee quédate!”, coreaba con denuedo la grada blanca del Carpena minutos después de la final. Rendida a la enésima exhibición del tirador de Wyoming. 20 puntos marca de la casa, con cuatro triples y otros tantos de esos tiros flotantes tan suyos. Tan imparables cuando el americano está bien de piernas, con esa sorprendente exuberancia recuperada de nuevo después de una temporada de altibajos deportivos y personales. La realidad es que pese a que algunos se dejaran llevar por rumores de Instagram, él nunca ha confirmado al Real Madrid que no vaya a continuar el próximo curso. Otra cosa es que, en buena lid, existan dudas razonables al respecto, dada su situación familiar. Desde luego esta Copa del Rey no será la que decida definitivamente si continúa de blanco o no un año más, pero ha sumado a favor del sí en el corazón de Carroll, capaz de deslizar en la celebración eso de que “queda baloncesto para rato”.

Un título más, sí. El decimonoveno de una era camino de ser irrepetible en la capital. Pero uno seguramente especial. Por el zarpazo dado a las dudas externas, por entender que Llull seguirá siendo un jugador extremadamente especial cuando más queme el balón. Y por el cariño a dos piezas imprescindibles en este equipo que se han demostrado a sí mismos que pueden seguir siendo importantes aún un tiempo más, sea cual sea ese. Y por si fuera poco, el título con el que Pablo Laso adelanta a Aíto García Reneses en número de copas conquistadas.

No, el de Málaga no ha sido un trofeo más para el Real Madrid.

Foto: ACB Photo