Abraracúrcix Fisac y el síndrome de la aldea gala

Estamos en el año 2019 y todo el baloncesto actual está ocupado por una ola de conservadurismo… ¿Todo? ¡No! Al noreste de España, a orillas del Ebro, existe una aldea poblada por irreductibles maños que resiste al invasor…

A imagen y semejanza del famoso poblado galo de Astérix, el actual Casademont Zaragoza se niega a seguir el patrón que parece establecido. Su particular Abraracúrcix responde por Porfirio Fisac y su poción mágica es la llamada ‘Generación Z’.

Son tiempos en los que no anda precisamente sobrado nuestro baloncesto de entrenadores que apuesten de verdad por el talento joven. Quizá por ello Santi Aldama decidió este verano que lo mejor para su progresión tras su rutilante exhibición en el Eurobasket sub 18 era hacer las maletas y enrolarse en la Universidad de Loyola-Maryland, consciente de que, en caso de dar el salto a la Liga Endesa, su futuro pasaría mayoritariamente por el banquillo. Al entrenador medio, lógicamente preocupado por su puesto de trabajo y su nómina a final de mes, le cuesta dar minutos a chavales imberbes por más que en algún caso posean notable potencial. Quizá porque estos puedan aumentar en un momento el número de pérdidas de su equipo o porque sientan cierta presión cuando se cuezan las habichuelas en una recta final de un partido. Es una tendencia (muy) mayoritaria en el gremio y, en el fondo, créanme, no soy de los que lo reprochan. Probablemente yo en su lugar tampoco habría confiado en muchos de esos nombres que se nos van viniendo a todos a la cabeza. En este baloncesto español de 2019 es algo que parece casi norma y quizá haya que ser un poco inconsciente para romperla.

Dicho eso, en el banquillo maño hay un valiente que está recogiendo el premio a su apuesta. A Abraracúrcix Fisac también podríamos llamarle Panorámix, como el druida en la aldea gala, pues ya fue capaz de cocinar recetas mágicas en Valladolid o San Sebastián, por hablar solo de equipos ACB a los que hizo jugar muy por encima de las que a priori parecían sus expectativas, como si se hubieran caído en la marmita cual Obélix. Tras bordar el juego con Delteco GBC aterrizó en el verano de 2017 en un equipo sumido en una profunda depresión y una caída incesante de moral que parecía incapaz de levantarse del mazazo que supuso el fallecimiento de José Luis Abós. Desde la marcha de Willy Villar, el otro arquitecto del último gran CAI Zaragoza, todo había ido a peor en la capital aragonesa y nadie parecía demasiado optimista con que aquello fuera a cambiar.

Incluso el descenso había estado cerca.
Pero apenas 15 meses después, el Casademont ha jugado una semifinal de la Liga Endesa, ha vuelto a Europa y ahora mismo se encuentra segundo con sólo una derrota en seis jornadas, tras haber noqueado al poderoso Barcelona en un Príncipe Felipe tan abarrotado como entregado a los suyos. ¿Qué ha sucedido en este tiempo?

Ha pasado que Fisac ha conseguido formar un equipo al que da gusto ver jugar y en el que el producto joven es parte realmente importante. Nada de cara a la galería. Ha ocurrido que el técnico segoviano ha apostado decididamente por un Astérix llamado Carlos Alocén, tan sagaz y astuto en la cancha como el personaje del cómic. Con esa intuición para ir un segundo por delante de lo que pasa en el juego que sólo tienen los verdaderamente buenos, con unas piernas que permiten soñar a futuro y con una visión portentosa, panorámica, de lo que sucede en una cancha de 28×15. Ante el Barça, su segunda parte fue de poner patas arriba el pabellón. Nueve asistencias a toda pastilla ante el transatlántico azulgrana. Alocén, destilando una mezcla del poso de la madurez y el vértigo de la juventud, fue capaz de aprovechar las bajas visitantes para mostrar a Hanga que no es un base y de superar con creces a Bolmaro en el duelo de perlas.

Alocén probablemente no había empezado a su mejor nivel esta temporada, pero en el ‘día D’ que supone un duelo ante este Barça y con la baja de Rodrigo San Miguel firmó un partido magnífico. El mismo base al que Fisac dejó el año pasado casi 29 minutos en cancha ante el mismo rival en el segundo partido de la semifinal liguera. Un duelo que los aragoneses compitieron (76-70) y donde Alocén firmó alguna inoportuna pérdida en el momento decisivo que costó cara a los suyos. Pero si el base perdió aquellos balones era porque estaba jugando. Aprendiendo, madurando. En el proceso lógico que necesita un joven de su potencial por el que hace dos veranos apostaron muy fuerte algunas de las más prestigiosas universidades americanas, y que tiene como resultado su gran partido de este domingo, uno más en el camino a un futuro del que cuesta imaginar un techo. No son casualidad las palabras de Fisac al descanso ante el Barça, cuando los suyos acumulaban nueve balones extraviados: “Es una filosofía. Las pérdidas no son de los jugadores. Son mías, porque es lo que les obligo a hacer”

Pero lo de Alocén no es una raya en el agua. Frente a los catalanes tuvieron minutos de peso, aparte del futuro base del Real Madrid, otros dos miembros de la llamada ‘Generación Z’: Vit Krejci, un polivalente exterior checo del año 2000 (igual que Alocén) que lleva ya con esta tres temporadas en dinámica del primer equipo y Javi García, aún un año más joven, que suplió con honores la ausencia de San Miguel horas después del fallecimiento de su abuelo. Ambos rebosaron desparpajo y talento. Ritmo y velocidad. El fruto de la confianza que se les da desde el banquillo. El producto de no mirar al DNI y de no castigar el error. Las pérdidas, los errores, son de Fisac y su filosofía. No son del jugador.

Añadamos a ello a otro miembro de esta peculiar aldea gala en plena eclosión. Parece que a Jonathan Barreiro al fin le ha llegado la hora. El gallego sufrió como adolescente una presión que en España sólo han padecido Ricky Rubio y Doncic hasta el momento. Palabras muy mayores para el de Cerceda, que sufrió dos graves lesiones de rodilla en su paso por el Real Madrid, justo cuando estaba a las puertas del primer equipo. En el peor momento posible. Luego llegó una etapa en Ourense en LEB donde las dudas aumentaron, y un inicio en Zaragoza que tampoco disipó la incertidumbre. De eso no hace tanto, pero la realidad es que ahora mismo el gallego, que lleva la calidad de serie, ha encontrado la confianza. Alternando minutos de ‘3’ y ‘4’ está cuajando una notable temporada, con 6’2 puntos y casi 7 rebotes de promedio. Ante el Barça firmó un partido brillante. Diez tantos, cinco rechaces y una más que destacable defensa sobre Mirotic. Un rendimiento rubricado con un triple crucial en el único momento en que los maños sintieron miedo a ganar. Fue con 78-75, a dos minutos del final y con los visitantes apretando más que nunca antes. Ahí emergió el talento de Barreiro para sacarse un tiro determinante, repleto de técnica individual e hijo de nuevo de una confianza desbordante, con el que el gallego mató prácticamente el partido.

Y así es como Zaragoza, plaza fiel pero de enorme exigencia, vuelve a engancharse al baloncesto. A lomos de un equipo liderado por una cuadrilla de irreverentes chavales que, como en la aldea de Astérix, no tienen miedo al poder rival. Cuentan con esa poción mágica que da la juventud cuando tiene el respaldo de la confianza. Con Barreiro (1997), Alocén (2000), Vit Krejci (2000) y Javi García (2001) en la cancha cuando hay que estar, lo que será un valor incalculable en sus carreras y que hoy ya agradece el Príncipe Felipe. Mientras, Jaime Pradilla y Ander Urdiain se cuecen a fuego lento en la LEB Oro, en Palencia y Huesca.

La ‘Generacion Z’ sigue dando frutos, pues desde que en 2013 debutara Sergi García en el primer equipo, 13 canteranos lo han hecho ya. Pocos en la Liga Endesa pueden decir lo mismo. Y desde luego, nadie da hoy tanto peso a su talento joven en el primer equipo. Sólo Abraracúrcix Fisac. Mientras, los que estamos fuera, solo pedimos decir que bendita osadía. Y alegrarnos porque le dé resultados.
Se buscan valientes. ¡Premio al valiente!