“Esto es el deporte, a veces es cara y a veces cruz. En ocasiones pierdes una final por un detalle y nadie se acuerda de quién ha sido el segundo (…). No esperas nunca retirarte así, pero esto es la vida”. A las puertas del Bilbao Arena de Miribilla, Álex Mumbrú atendía a los medios de comunicación, ya vestido de calle, en un improvisado corrillo poco más de una hora después de la certificación del descenso del Bilbao Basket todavía a dos jornadas de la conclusión de la Liga Endesa. La derrota en el derbi vasco ante el Baskonia (74-78), mandaba definitivamente los Hombres de Negro a ese limbo de incertidumbre que es la LEB Oro para los equipos que caen de la ACB. Era el 13 de mayo de 2018.

No resultaba ese un fracaso cualquiera para el internacional español. En buena medida, la cara y ojos de aquella caída era precisamente la suya, convertido en santo y seña del club vasco durante una década. Por el banquillo habían pasado esa temporada Carles Durán, Veljko Mrsic y Jaka Lakovic, pero la primera imagen para cualquier aficionado que pensara en el equipo era la de Álex Mumbrú. Algo más que un capitán y referente en la cancha. Un tipo cuya opinión resultaba de enorme peso en todos los ámbitos del club, desde el parqué al vestuario e incluso a los despachos. Bilbao Basket era una entidad ahogada por la enorme deuda dejada por Gorka Arrinda, superior a 6 millones de euros, con hacienda apretando las tuercas y los jugadores con impagos de cuatro meses. Lidiando con esa permanente sensación del ‘déjà vu’ de quien cada cierto tiempo volvía a poner en juego su supervivencia con una nueva asamblea que amenazaba con bajar la persiana. Y en esa vorágine, siempre emergía la figura del alero catalán. No, desde luego no era el retiro soñado para él, que poco después ya dejaría caer su interés en hacer carrera como entrenador. Incluso declinó inicialmente el homenaje que quería hacerle el club por su trayectoria. No pensaba que fuera el momento, aunque finalmente no pudo evitar que se produjera.

El ascenso confirmado de Breogán y Manresa desde la LEB terminó por complicarlo todo. Se hizo justicia deportiva. Quizá a Bilbao le faltó la pizca de suerte que otros tuvieron antes y se marchó a la segunda categoría nacional, terreno hostil cuando uno llega cargado de cuentas pendientes en lo económico. Poco después, en una decisión que chirrió a más de uno, el consejo de administración del club puso su futuro deportivo en manos del que de facto era el hombre más fuerte del club. Más dudas: ¿Cuál era el nivel real de preparación de Álex Mumbrú ante un equipo con la imperiosa necesidad de ascender para mantener cierta viabilidad económica y en una categoría que no conocía en profundidad? No cabía duda del bagaje del canterano del Joventut en la cancha, con veinte temporadas a la espalda donde estuvo a las órdenes de Joan Plaza, Aíto García Reneses, Txus Vidorreta, Fotis Katsikaris, Pepu Hernández o Sergio Scariolo entre otros. Pero asumir ser primer entrenador en semanas parecían palabras mayores. Tras el tortazo de realidad que Pablo Prigioni había sufrido en Baskonia, la duda resultaba más que razonable.

Mas Mumbrú acepto el reto, bien escoltado, eso sí, por el veterano Jorge Elorduy en la banda y el regresado Rafa Pueyo en la dirección deportiva. Y los vizcaínos construyeron un equipo notable para la LEB. Lejos seguramente del plantillón del Real Betis, pero con el suficiente potencial como para ser considerado candidato al ascenso, aun un paso por detrás de los sevillanos. En el fondo, el resto de aspirantes a la ACB parecían tener en mente esa opción porque Bilbao resultaba vulnerable, pues todo el mundo entendía que los verdiblancos, como acabaría ocurriendo, eran el mejor equipo con diferencia. Y si el Retabet iba a hacer aguas a la hora de la verdad, lo era porque había alguien en el punto de mira. Llegados los ‘play offs’ y la decisiva ‘Final 4’, la esperanza era que a partido único a Mumbrú se le verían las costuras. Algo lógico para el novato, poco reprochable incluso, pero que era la opción a la que se agarraban los rivales. Con toda la presión encima de los bilbaínos, el alero recientemente retirado podía ser el rival más débil cuando los partidos se pusieran más tácticos.

El caso es que dieciocho meses después, Retabet Bilbao se ha clasificado para la Copa del Rey, siendo el primer ascendido a ACB que lo logra en su primera temporada desde 1999, cuando hizo lo propio el Fuenlabrada. Y al frente hay un entrenador valiente, de los que se atreven a hacer cosas. En la recta final del curso pasado, una improvisada defensa zonal en el último ataque, por primera vez en todo el partido, le costó a su equipo un triple y una derrota en Granada. “La habíamos preparado, pero no hemos entendido cómo hacer las ayudas”, aceptó entonces Mumbrú, consciente de que la decisión formaba parte de un proceso para alcanzar el momento realmente importante en el estado óptimo. Y no tardaría mucho en llegar el 3 de junio, cuando la pizarra del técnico y la maestría de Javi Salgado encontraron liberado a Thomas Schreiner para que un triple del austriaco valiera un nuevo billete para la ACB. Una canasta de valor deportivo, por el ascenso, económico, como la puerta al futuro del club, y social, con Miribilla a reventar, como casi siempre, pero definitivamente reconciliado con los suyos.

En el Álex Mumbrú entrenador se aprecia un gran trabajo detrás. Jugadores que creen en lo que hacen y con la necesaria confianza para ejecutarlo. Incluso por encima de sus posibilidades, no tanto en el estreno en la LEB sino en este segundo curso, ya en Liga Endesa, donde los bilbaínos han concluido quintos la primera vuelta con un descollante balance de diez triunfos y siete derrotas. Y sin necesidad de revolución alguna tras el regreso a la elite: el gran mérito del Retabet es lograr lo que está haciendo con hasta cinco integrantes del plantel del curso previo, más un sexto procedente igualmente de Oro como Sergio Rodríguez y otro curtido ahí también durante años como Emir Sulejmanovic.

Porque en el botxo están teniendo también mucho tino con los fichajes. Sacarse de la manga a Ben Lammers y Jaylon Brown en LEB es para nota, como ambos están demostrando en su estreno ACB. Adquirir a un meritorio sustituto de Salgado en Jonathan Rouselle y uno de los mejores ‘clutch players’ de la Liga en Axel Bouteille demuestra un prolijo conocimiento del mercado francés y una proyección internacional necesaria para asentarse de nuevo entre los mejores. Y poner la guinda a la plantilla con Rafa Martínez, al que viéndole jugar uno se pregunta si de verdad no podría tener en hueco en una plantilla de Valencia Basket con la exigencia de la Euroliga, rubrica un enorme trabajo de Pueyo en los despachos que Mumbrú ha puesto a rodar con creces en la cancha. Quizá el mejor ejemplo de ello sea el de Ondrej Balvin, que tras alguna temporada de capa caída posiblemente está jugando en Bilbao al mejor nivel de su carrera, alcanzando más de 9 puntos y 8 rebotes de promedio. Algo tendrá que ver Mumbrú.

Este RETAbet es un equipo muy trabajado, con las ideas muy claras y al que da gusto ver competir. Capaz de ganar en la primera vuelta de la competición a todos los equipos de Euroliga: Real Madrid, Baskonia y Valencia Basket cayeron en Miribilla y este mismo domingo los de negro asaltaron el Palau Blaugrana remontando catorce puntos para firmar una descomunal clasificación hacia la Copa del Rey. Palabras verdaderamente mayores.

Probablemente, seguro, la retirada de Álex Mumbrú de las canchas fue la más amarga posible. Pero, visto con perspectiva, su eclosión como técnico de élite debería compensarle más que de sobra aquel doloroso último curso sobre el parqué. Aquellas palabras a la puerta de Miribilla. Y es que, a este ritmo, quizá pronto sea el momento de volver a pensar la idea del homenaje. Al Álex Mumbrú entrenador. Que lo hay.

Foto: Paco Largo/ACB Photo