Con el cartel de interino, con el matiz de un “por el momento” consensuado, con un plazo finito dependiente del azar comenzó Xavi Pascual su etapa como entrenador del Barcelona. Se hizo cargo del equipo a mediados de febrero de 2008, después de la destitución de Dusko Ivanovic. Con etiqueta de provisión y anticipo de fugacidad dirigió su primer partido, y viendo que el rival se llamaba Grupo Capitol de Valladolid, parece que ha pasado aún más tiempo. Desde aquel día Xavi Pascual trabajó para eliminar la eventualidad y forjar poco a poco una marca, un sello, un proyecto de continuidad olvidado desde las diferentes etapas de Aíto García Reneses al frente del equipo azulgrana. La trayectoria vino acompañada de tres Ligas ACB, tres Copas del Rey, tres Supercopas y una Euroliga, la segunda del Barça, un título que Pascual logró con 37 años.

Los centros de pensamiento e influencia se dividían en aquella época entre un regreso de Maljkovic o el fichaje de Ettore Messina. Alguno propuso el nombre de Pini Gershon. Pascual se ganó el papel de protagonista con sólo una frase en el guión de la obra, volteando la tendencia de una temporada que parecía triturada. Metió al equipo en la final de la ACB y en los cuartos de final de la Euroliga. Era aquél un Barcelona huérfano de Navarro, entonces en la NBA, y parcheado con jugadores como Marconato, Acker o Kasun, ni mucho menos en la mejor temporada de sus carreras. Un equipo en el Xavi Pascual dejó ya algunas de sus preferencias: esfuerzos máximos en periodos cortos de tiempo, rotaciones constantes y su tendencia a usar la defensa en zona para salir de situaciones comprometidas. La llegada de Joan Creus a la dirección deportiva renovó todo lo descompuesto en la estructura pero descubrió la conveniencia de recorrer el camino junto al entrenador de la casa y los buenos detalles.

La figura de Xavi Pascual ha crecido con los años gracias al nutriente de los resultados pero muchos observadores de gran fidelidad a la crítica le han cuestionado el estilo y le han culpabilizado hasta de la escasa asistencia al Palau. El técnico de Gavá ha tenido que gestionar asuntos delicados (Ricky Rubio, Mickeal, Eidson…) y ahora lleva ya dos años lidiando con el pulso que debe sostenerle a un forzudo Real Madrid, uno de los mejores equipos conocidos en la historia del club blanco. Xavi Pascual y Pablo Laso se han convertido en una pareja necesaria, dos generadores de flujos variados de enganche, dos modelos de estilos dispares y caracteres que colisionan cada cierto tiempo. Una especie de rivalidad tipo la de Lendl-McEnroe, tenistas con una historia inconcebible sin el motor de la del otro. Pascual, por supuesto, interpreta al checo, con un slogan que perfectamente podría definir a ambos: “He decidido que no se me conozca”.

Para el ingeniero del Ayuntamiento de Viladecans compartir foto con alguno de los mejores tahúres del baloncesto europeo en esos clinics que organiza de vez en cuando la Euroliga le hizo caer en la cuenta de que la comodidad y el “buenismo” del entrenador de la casa tenían los días contados. Era momento de salir al ruedo y tomar partido a hierro por defender lo suyo y su causa:

Lo primero, su oficio, el de entrenador como parte importante del juego, que no sólo debe ser noticiable cuando airea ostentosamente sus enfados en un tiempo muerto. Pascual reivindica la figura de un director de grupo y acción, capaz de modificar la historia de un partido con una decisión en un momento determinado. Si hay resúmenes con las cinco mejores jugadas de la semana, ¿por qué no con las cinco mejores decisiones de un entrenador?

– Lo segundo, el juego y la competición. Xavi Pascual es un militante público de la necesidad de una renovación profunda en el baloncesto español, de que es imprescindible encontrar un modelo de competición que entierre los partidos intrascendentes. En este punto también da su cuota de responsabilidad a los protagonistas, considera al deportista como a los herederos de los que salían a la arena del circo romano para entretener a la plebe.

– Lo tercero, su estilo. En sus primeros años al frente del Barcelona soportó con diplomacia los reproches a su estilo de control de juego y defensa asfixiante, que le culparan de la desafección al Palau de aquellos que querían otra forma de jugar. Ahora con datos y papeles en la mano es capaz de demostrar que su equipo es uno de los que más contraataques hace a lo largo de la temporada y refuta los reproches de que su modo de entender el baloncesto sea aburrido. En este sentido, el asunto Ricky Rubio le puso el cartel de sospechoso de haber puesto un muro de hormigón delante de la vía de alta velocidad del base hacia la excelencia. Ante ello, ya no da la callada por respuesta y alude al alejamiento de la línea de tres puntos como principal causa de ese supuesto estancamiento de Ricky.

– Y por último, su gente. No dudo en ponerse de lado de Víctor Sada cuando la directiva le puso contra la espada y la pared en el asunto de su renovación. Y rindió honores a Pete Mickeal después de conocerse la recaída de su enfermedad y no mucho después de haber protagonizado con el jugador de Illinois una llamativa discusión en un partido contra Baskonia. Mickeal fue el gladiador referente de Pascual durante mucho tiempo, un guerrero de otro tiempo que merecía una despedida de ese estilo. Cuentan que el entrenador dejó una carta de despedida en el buzón del domicilio particular de su jugador antes de marcharse a Estados Unidos.

El sello de Pascual devuelve otra vez al Barcelona a la Final Four, la cuarta para él en seis años. Lo hace por un camino sin grandes tropiezos, gestionando de la mejor manera posible las velocidades diferentes de muchos de sus jugadores en cuanto a lesiones y estados de forma. Esperará al mejor Navarro en Milán pero por si acaso Pullen, Abrines y Hezonja ya han encontrado el hueco para asomarse a las soluciones puntuales de su entrenador, un entrenador del siglo XXI que aún así es capaz de respetar ética y principios, de mezclar convenientemente pragmatismo y justicia.