No son sólo cuatro días de baloncesto. Sería ingenuo concebir como tal a la Copa, cúspide mediática del torneo corto en el calendario. Porque si bien el peso de la cita lo acapara la acción, la sana invitación competitiva a ocho gigantes ubicados todos a (sólo) tres pasos de la gloria, como en la mayoría de situaciones vitales lo más sugerente, lo capital, se encuentra alejado de ese foco.

Por tanto no es la atención sobre Mario Hezonja lo relevante. No por lo que es y lo que representa. Sino especialmente por conocer cuál puede ser su respuesta, la forma en la que exponga, en un espacio y tiempo tan señalado, una especie de tráiler de su esencia. El mejor posible a ojos del mundo.

Que el croata no es uno más ya es sabido, no es crucial. Sí puede serlo el modo de demostrar que adora no serlo, la proyección de su capacidad. Y es eso lo que se espera.

Siempre al talento, entendido como una relación asimétrica entre don y trabajo, le separa un escalón del anhelado dominio. Y con diferencia ese último es el más complejo porque no se expone a luz pública sino que se encuentra oculto, casi encriptado, en las entrañas de cada protagonista.

Es lo indescifrable del instinto.

Ese gen emerge periódicamente para regalar flashes de historia. Pero no aquella que cuentan los libros sino la más pura, la que se agarra firme a la memoria. Así por ejemplo 2001 y 2008 perduran en el recuerdo como muestras de la explosión de dos prodigios, la detonación de cualidades de la mano de un afán predador, justamente ese fuego que diferencia al bueno del mejor.

La Copa de Pau y la Copa de Rudy permanecen, con esos nombres y así será siempre, en el altar de la memoria colectiva. Un espacio que rinde especial pleitesía a los imberbes, aquellos llamados a hacer de la cita el primero de sus romances. Uno a recordar diez años después como el inicio de todo. Porque esos talentos que brotan son, con diferencia, los más capaces de convertir lo que suceda en un fenómeno.

Hacer realmente que lo que viene no sean tres partidos ni cuatro días, tampoco un torneo. Sino un punto de inflexión.

Con Hezonja esto sucede. Es obvio que, a punto de cumplir los 20, sus oportunidades ni siquiera contemplan el fin en un horizonte plagado de experiencias por vivir. Pero lo resulta igualmente el hecho de que aquel destinado a ser especial es alérgico a la paciencia y todo lo que suponga mostrar perspectiva. Esquivo por naturaleza.

El deseo del precoz por inercia es ascender. Obsesivamente subir lo máximo y más rápido posible.

Con el croata, además, se encuentra un perfil potencialmente desconocido para el paladar europeo que aspira lo máximo. Es decir, al apogeo al otro lado del Atlántico. Y es que una vez destruida por completo la barrera de la plena atención (Bargnani en 2006), del total reconocimiento individual (Nowitzki en 2007), el poso colectivo (Gasol 2009 y 2010) e incluso el aprecio global (los hermanos Gasol este mismo año), sigue habiendo cimas por conquistar. Siempre las hay.

A pesar de haber avanzado siglos, casi milenios, en apenas dos décadas de tiempo real, los retos no acaban.

El perfil de origen europeo que ha brillado en Estados Unidos mantiene una espina clavada desde la desafortunada desaparición de Drazen Petrovic. Porque si bien tanto interiores (numerosos ejemplos con Sabonis, Nowitzki y los Gasol como techo) como directores (Parker obvia cima) han encontrado lucimiento, no sucede así con un papel tan común aquí como raquítico a la hora de exportarlo con éxito.

Todos los ejemplos de ‘asesino’ anotador, de líder ofensivo con margen para actuar como escolta, han quedado en el camino. Por unos u otros motivos, todos ellos. No ya el alero total (Kirilenko, Batum) o el especialista en el tiro (Stojakovic), sino el marcado perfil de ataque, sobrado en lo técnico y cómplice del lanzamiento.

El guard con pleno papel de mando.

La causa, en todos los casos, ha nacido especialmente de un factor: el físico.

El perímetro allí demanda un grado de potencial atlético muy diferente, tanto que llega a aplastar al talento, condenado muchas veces a roles menores y de impacto sólo puntual. Pero al final incapaz de sostener batalla a tiempo completo sin ser devastado de una u otra forma.

Con el jugador del FC Barcelona se expone un caso bien distinto. Con él la esperanza se dispara de verdad.

No es ya que las posibilidades técnicas sean brillantes, ni que el factor mental hiper competitivo incite a salivar, sino que los 202 centímetros que levanta del suelo, las piernas privilegiadas y un tren superior con mucho músculo por aglutinar sugieren un tanque exterior capaz, ya sí, de sostener duelo.

Y eso es novedoso.

Porque en baloncesto no sólo es relevante el tamaño sino la velocidad a la que se es capaz de mover ese volumen. Con Shaquille se encuentra el ejemplo más gráfico. Y en ese sentido las posibilidades del joven croata recuerdan qué tipo de formación se realiza en los Balcanes, una especialmente apropiada para desarrollar hasta el extremo la coordinación física y técnica del jugador, más allá de la altura final que alcance. Es decir, una formación ajena a la especialización en la base del desarrollo.

En otras palabras, Hezonja tiene cualidades físicas y técnicas de perímetro en un cuerpo de más de dos metros, pone el balón en el suelo con pasmosa facilidad y tiene una visión de pista fabulosa, es decir no es únicamente un tirador, un jugador al que le lleguen las ventajas y ejecute… sino uno capaz de generarlas por sí mismo. Pero a la vez posee un molde más que preparado para el contacto.

Una mezcla de recursos desconocida que alimentan la ambición con su caso.

Únicamente tres europeos que pudiéramos considerar jugadores de perímetro han sido seleccionados en el top 10 del sorteo para llegar a la mejor liga del planeta. Y de ellos dos (Gallinari, 6 en 2008; Vesely, 6 en 2011) lo hicieron bajo la etiqueta de potencial adaptación al comodín del ‘cuatro’ abierto. El otro (Rubio, 5 en 2009) directamente era base.

Por eso cuando a cuatro meses vista se apunta a la presencia de Hezonja en el top 10 del Draft lo que se muestra no es únicamente el enésimo talento europeo con ambición de una carrera en Estados Unidos. Se le reconoce como algo particularmente especial, sugiere algo diferente, desaparecido desde la –terriblemente- efímera gloria de Petrovic. Se imagina un dos de élite. Un proyecto capaz de asentarse en la burguesía, más de dos décadas después del único antecesor.

Hezonja está lejos, muy lejos, de su cima como jugador. Pero si algo es la Copa es sin duda escenario de mensajes, recados que revelen qué tipo de adn se esconde en aquel que los lanza.

Por eso éste no es un torneo más. Por eso nunca lo ha sido. Y por eso a Hezonja no habrá focos apuntándole.

La magia, lo ideal, es que puede suceder justo al contrario.