Por detrás de Vilnius y Kaunas, la capital y la que muchos piensan que lo es, Klaipeda y Siauliai son la tercera y cuarta ciudades más pobladas de Lituania. Allí nacieron en 1997 dos tipos cruciales en el excelente inicio de temporada del Monbus Obradoiro. Los Laurynas, Beliauskas y Birutis. Tipos ‘lituanos y mucho lituanos’, que diría un gallego ilustre. Ambos de carácter tímido hasta el extremo, según cuentan los que les tratan a diario, pero gozando de esa inteligencia suprema para moverse en una cancha de baloncesto que tanto se estila a orillas del Báltico. El baloncesto les fluye, y cuentan que Moncho Fernández se muestra sorprendido porque apenas tiene que corregirles para adaptarse a un complejo libreto para el que no vale cualquiera y que ha dejado alguna víctima por el camino. En el ‘Obra’, la enésima reinvención de José Luis Mateo y Moncho Fernández vuelve a estar, y esto ya no es sorpresa, bien tirada.

No sólo en su procedencia coincide la pareja del club santiagués. Talentos precoces, lideraron a su generación por las diferentes categorías de los equipos nacionales lituanos, adornando su palmarés con un bronce u18 en 2015 y una plata u20 en 2016. ¿Recuerdan aquel sorprendente oro de España en Finlandia con Orenga en el banquillo y Francis Alonso, Barreiro, Yusta o Marc García en la cancha? Allí estaban también Birutis y Beliauskas hincando la rodilla en la final, si bien el segundo se quedó sin jugar en el partido por el oro.

Hay más paralelismos. Cuentan en su país que pese a su indudable talento, no gozaron siempre de la confianza necesaria. Ese muro que afrontan tantos jóvenes cuando llega el momento del profesionalismo, y ante el que no pocos acaban por ceder. En Birutis se vio un jugador en potencia casi desde el primer momento. Con sus 2’13 metros, acabó dejando pequeño a su padre, Sigitas, nueve centímetros más bajo y profesional en los noventa. El tamaño era indiscutible, la capacidad de trabajo, también. Aprendía como una esponja, pero su carácter generaba dudas. “Es tan bueno como blando”, rezaban algún análisis local, que subrayaba al tiempo su estajanovismo. Ese era el clavo al que aferrarse, por encima de otras incertidumbres. Pronto le captarían los grandes de su país. Lietuvos primero, Zalgiris después. Quizá demasiado pronto. Beliauskas es un talento más natural. Muñeca privilegiada desde siempre –ganador del concurso de triple del Next Generation de la Euroliga en 2015, como invitado por el Zalgiris-, no fue profeta en su tierra. Hasta 2019 se mantuvo fiel al equipo de casa, el Neptunas Klaipeda, pero nunca tuvo el apoyo externo preciso para romper. Se proyectaba un jugador completo más allá de su muñeca, pero demasiadas veces sin ese punto de autoestima necesario para meter la cabeza en el profesionalismo.

Quizá la gran discrepancia entre ambos llegue en el punto de inflexión de sus carreras. Birutis volvió al hogar en 2017, para crecer en el Siauliai junto a Antanas Sireika. Mientras, Beliauskas hubo de volar del nido, uniéndose al Nevezis en 2019, consciente de que el ciclo en casa se había agotado. El pívot voló hasta el MVP de la liga lituana, con 14’9 puntos, 7’3 rebotes y 1’3 tapones con apenas veinte años, cuando las visitas de los ojos intrépidos desde Estados Unidos ya eran relativamente habituales para él. Pese a tener un físico con evidente capacidad de mejora y con un pobre atleticismo, su juego de poste bajo comenzaba a ser consistente, pero el empeño de Sireika era que se abriera al triple como arma para alcanzar una dimensión superior. De hecho, algunas fuentes cuentan que su espejo comenzó a ser Pau Gasol, por encima de una respuesta más previsible en Valanciunas. Destacó tanto en casa que el Zalgiris no tardó en volver a echar la red en lo que acabó siendo casi un año perdido por mor de una maltrecha rodilla que le obligó a pasar por el quirófano en abril de 2019. Los hay que piensan que debió aguantar un curso más en Siauliai, que el paso por Kaunas fue precipitado y que, de no mediar lesión, tampoco habría sido productivo. En todo caso, el trabajo con Jasikevicius y sus diecisiete partidos en la Euroliga –con apenas siete minutos de promedio, eso sí- ya los lleva en la mochila. Mientras, coincidiendo con la visita al quirófano de su compatriota, Beliauskas asumió que tocaba un cambio de rumbo que el tiempo demostraría como más que acertado. Encontró la ansiada confianza y firmar 15’3 puntos con un 42’4% en triples le valió para que, ante los problemas en la rotación exterior –lesión de Earl Calloway-, el Monbus Obradoiro decidiera reclutarle para la Liga Endesa antes de lo previsto, pues llevaba tiempo en la agenda de Mateo. Otro espaldarazo a sus posibilidades.

Un paso intermedio al salto a Galicia debió dar también Birutis. Tras debutar con la selección lituana ante Kosovo en la clasificación para la Copa del Mundo de China 2019, la rodilla había frenado en seco su progresión. Una vez atrás la rehabilitación, reapareció en el BC Prienai para volver a dominar la pintura en la liga local, acabando como el más valorado en la LKL merced a sus 15’2 puntos y 7 rebotes que casi calcaron los registros de Siauliai.

Y ahí llegaron Santiago, el Obradoiro y la pizarra de Moncho Fernández, a la que Beliauskas, sin apenas saber más que saludar en español, se subió en plena temporada, con la complejidad que ello implica, más con el descenso comenzando a apretar por detrás. Apenas tres partidos antes del parón por el coronavirus, jugando exclusivamente como base y sin demasiado tiempo en cancha. Tres derrotas y solo una canasta. Cifras que a cualquiera le harían dudar, pero con un contrato de tres años para respaldar la estima que tanto necesitan los Laurynas.

Solo unos meses más tarde, Beliauskas se incorporó a los entrenamientos del Monbus Obradoiro saludando a un sorprendido Pepe Pozas con un esclarecedor “¿Qué pasa, capitán?”. Sin alharacas, pues el carácter no deja de ser el que es, la adaptación era muy distinta, hasta para entender los complejos sistemas de Fernández. Cuatro partidos de liga más tarde,  y más cómodo jugando como escolta, promedia 13’3 puntos y un 37’5% desde el triple, demostrando estar preparado para un reto superior como la competición española, y ejerciendo además como cicerone de Birutis, la sensación del inicio liguero: MVP de septiembre con unos brillantes 19’3 puntos, 8 rebotes y 27’7 de valoración. Sencillamente, el mejor nivel de su carrera, auspiciado por el respaldo que siempre buscó. Eso sí, de momento lo de lanzar de tres sigue aparcado en un cajón, aunque su dominio en el poste bajo está haciendo a los más clásicos reconciliarse con el juego. Aunque parezca mentira, en 2020 se puede seguir jugando como los ángeles sin tener un gran físico ni amenaza exterior.

Así son Beliauskas y Birutis. Laurynas y Laurynas. Dos tipos del Báltico, ‘frikis’ del baloncesto, conocedores del mercado y de cualquier fichaje que se dé por Europa. Poco más que veinteañeros pero con una madurez anormal en la cancha y no muy amigos de la palabrería pero demuestran que la agenda de José Luis Mateo y la pizarra de Moncho Fernández, esa combinación de éxito, ha vuelto a pasarse el juego una vez más.

Son lituanos y mucho lituanos, pero los miembros de esta curiosa pareja del ‘Obra’ poco a poco empiezan a ser un poco gallegos también haciendo ruido en la Liga Endesa.

Foto: acb Photo / A. Arrizabalaga