Foto: María González / ACB Photo

El 19 de abril de 2013, Burgos tocaba al fin la gloria. Se había quedado dos veces a las puertas del ascenso a la ACB, en dos ‘playoffs’ agónicos, ante Menorca en 2010 y Obradoiro en 2009. Pero con ese primaveral triunfo ante el River Andorra (76-68), con el que el entonces Ford Burgos arrebataba en la última jornada el primer puesto a los del Principado, los castellanos, dirigidos por Andreu Casadevall, lograban lamerse sus heridas definitivamente. Una noche mágica en el histórico pabellón de El Plantío que abría definitivamente la puerta a otra época que, sin duda, sería mejor.

O no.

Pocos podrían imaginar entonces que, justo a partir del día más importante de su historia, el baloncesto burgalés pasaría por el trienio más paradójico posible. Una sucesión de ascensos deportivos no ratificados en los despachos que ruborizó al baloncesto nacional, hasta el punto de hacer intervenir a la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia años más tarde. Al salto de categoría en 2013 le sucedieron dos más, en 2014 y 2015, todos ellos con la puerta de la ACB cerrada a cal y canto. Por más estrategias llevadas a cabo, hasta cambiar de club, pasando del original CB Atapuerca al CB Tizona, a Burgos de nada le servía dominar la LEB Oro. La llegada de la elite del baloncesto se convirtió en un tema de enorme angustia y que ponía incluso en cuestión el futuro del deporte en la ciudad.

¿Con qué argumento se pedía al aficionado qué se abonara al Ford Burgos? ¿Cuál era la gracia de volver a triunfar en la LEB si no se producía un ascenso a la máxima categoría? En 2015, el Tizona decidió renunciar a inscribir a su equipo en LEB Oro. Ni la compra del canon ACB del CB León había surtido efecto, y la directiva presidida por Miguel Ángel Benavente desistió de intentar un cuarto ascenso tras tres frustraciones consecutivas, centrando sus esfuerzos en que los tribunales reconocieran su derecho deportivo al ascenso.

Es ahí cuando se produce la operación que iba a cambiar para siempre la historia. Herido de muerte como su vecino más ilustre, Rodrigo Díaz de Vivar, ‘El Cid’, el baloncesto burgalés volvió al campo de batalla. Un grupo de empresarios creó en tiempo récord el CB Miraflores. Un tercer club en menos de un lustro. Más de lo mismo, pensarían muchos. El reto era no perder la plaza en LEB Oro, pero en apenas dos temporadas, un nuevo ascenso se rubricó a orillas del Arlanzón. Al mismo tiempo, la denuncia del Tizona había conseguido abolir el canon y el Fondo de Regulación de ascensos y descensos, y finalmente se había logrado llegar a un acuerdo entre ACB, FEB y CSD para desbloquear una situación insostenible. La puerta de la Liga Endesa, al fin, estaba abierta de par en par para la ciudad que más había merecido cruzarla en años.

Y como era de esperar, se desató la fiebre por el baloncesto. Enormes colas para hacerse con un abono, traslado del viejo El Plantío al moderno Coliseum, y a partir de ahí un crecimiento imparable que permite decir sin mucho lugar a la duda que la llegada de Burgos a la Liga Endesa puede ser la mejor noticia que ha recibido la ACB en los últimos años. Una ciudad volcada que ya sueña con albergar a no demasiado largo plazo una Copa del Rey. Un club vanguardista en cuanto a la comunicación y el uso de redes sociales se refiere.

Para ejemplo, un botón:

Y un equipo que ya esta temporada juega competición europea, como debutante en la FIBA Champions League y al que sus instituciones y empresas privadas apoyan, orgullosas de él. Una progresión colosal que tiene ahora a los de Joan Peñarroya liderando la competición junto al Real Madrid, invictos ya en la cuarta jornada, tras tumbar a Montakit Fuenlabrada y Joventut a domicilio, y a Baxi Manresa y UCAM Murcia en esa fiesta que cada dos semanas es el Coliseum.

Y es que este San Pablo Burgos es un equipo que rebosa confianza, con esa sólida pareja de bases que forman Bruno Fitipaldo y un Ferrán Bassas en plena madurez, consolidadísimo en el nivel de Liga Endesa y con el punto de atrevimiento para hacer cosas diferentes que tanto agradece un espectador. El de Peñarroya es, además, un equipo muy adaptable también a ritmos más o menos altos. Este fin de semana UCAM Murcia, el segundo equipo que más triples tira de la competición, se encontró con la horma de su zapato. Los burgaleses aceptaron el duelo exterior y se lo llevaron con holgura, firmando un espectacular 18 de 37 (49%) desde el perímetro tras un endemoniado segundo cuarto de Thad McFadden con seis tiros desde más allá del arco. Con ese halo que dan el atrevimiento y los buenos resultados, el San Pablo empezó a toda pastilla ante los pimentoneros (9-0) y pese al despertar visitante siempre controló la situación hasta sumar un inmaculado cuatro de cuatro.

Nada es casualidad en este brillante arranque de los de Peñarroya, un técnico que lleva años bordando el baloncesto. Lo hizo en Andorra y Manresa y lo ratifica de momento en Burgos, con un equipo adaptado a las vicisitudes del baloncesto moderno. Es el quinto que más rebotea en la Liga Endesa y el segundo que más triples mete, muy cerca del Real Madrid, con 13 por partido y un reseñable 44’07% de acierto. Su gran laguna hasta el momento está en el tiro libre, donde los castellanos son el segundo peor de la ACB con un más que mejorable 63’8%. El sábado, un aún más pobre 10 de 22 ante UCAM (45%).

Pese a la laguna en el 4’60, este San Pablo Burgos tiene muchas armas. McFadden puede anotar compulsivamente, como Benite. Huskic es clase al poste bajo, donde Lima es fuerza física y movilidad. De exuberancia tampoco andan faltos, con los muelles de Tokoto y Salvó ya dejando entrever un enorme potencial aunque de momento hayan lucido poco en lo individual. Y por si faltaba algo, sumen a Earl Clark, MVP de la tercera jornada, con 20 puntos y 12 rebotes para ser el verdugo del Joventut en Badalona. Uno de esos equipos corales, con mucha gente capaz de hacer muchas cosas y aparecer cuando se hace necesario, huyendo de la dependencia de una o dos figuras.

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Con todo eso, a la afición burgalesa, que le quiten lo ‘bailao’. El Coliseum es, probablemente, uno de los pabellones de España donde más se disfruta actualmente. Nadie se ha ganado más que ellos el derecho a la fiesta que viven. Tres ascensos frustrados de forma consecutiva habrían sido una daga letal para el baloncesto en casi cualquier ciudad. Burgos insistió. Burgos creyó. Y ahora tiene su premio más justo. No cabe duda de que su coliderato en la Liga Endesa es la más poética de las justicias.