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La revista Gigantes de este mes publica un fantástico artículo en el que Quique Peinado relata cómo fueron los últimos días de Lamar Odom en Vitoria, el final de su etapa en el Kirolbet Baskonia. Un duro testimonio marcado por una secuencia que pudo ser clave en el devenir del estadounidense y su carrera como jugador. Este es el pasaje en el que lo narran.

El último día en el que Lamar Odom fue jugador de baloncesto llegó al Buesa Arena inquieto, deprimido, jadeante. Puede que la noche anterior se hubiera pasado más que otras veces, que hubiera dormido menos, que no hubiera dormido o que simplemente viera que su físico le estaba abandonando del todo, que ya no quedaba nada de la máquina perfecta que fue. Entró al vestuario y sudaba. En su cabeza, posiblemente, daba vueltas la idea que llevaba unos días atormentándolo: que aquellos compañeros y rivales eran inalcanzables. Que lo que él había planeado, bajar un escalón deportivo para rearmar su vida y volver a ser lo único que había sido siempre, jugador de baloncesto, estaba siendo un fracaso. Todos corrían más, todos saltaban más. Y ese día, quizá, vio que no podría ni dar dos carreras.

Así que abrió un Red Bull. Dos. Tres. Cuatro. Se los bebió todos antes de salir a entrenar. Era la sesión de mañana, entrenamiento de 5×0, en el que hay que correr de línea a línea. Su cuerpo de adicto reaccionó a la taurina. Se sentía pletórico. Quienes lo vieron, dicen que debió hacer 10 mates en 10 minutos, sobreexcitado, como sintiéndose vivo y viviendo de más. Él, que sabía que estaba al límite y no hacía ni un sobreesfuerzo físico, se tomó cuatro Red Bulls para envalentonarse, sentirse bien… y destruirse. Porque su cuerpo, una máquina perfecta arruinada por su propia espiral de excesos, adicciones y depresión, se rompió. Su espalda hizo crack y se acabó todo. Fundido en negro. Lamar Odom acababa de dejar de ser jugador de baloncesto.