Tenía 16 años y vivía con sus padres en una granja donde resultaba habitual tener más de medio metro de nieve en la puerta de casa. En cierto modo aislado de la civilización, lejos de casi todo. A más de una hora en coche de la mayoría de servicios más básico y, en un entorno donde contar con que las previsiones de tiempo de un viaje se cumplan solía resultar quimérico. Había cursado estudios en electricidad para conseguir que la casa se autoabasteciera de energía como método para ayudar a su padre. Pero Tryggvi Hlinason no era un ciudadano islandés cualquiera: medía bastante más de 210 centímetros, y eso, en un país con 350.000 habitantes, no se podía desaprovechar.

No en vano, Islandia es el país europeo con mayor porcentaje de personas que se ganan la vida gracias al deporte que practican, tal y como reflejan los datos de Eurostat. Concretamente, casi un 2% de los ciudadanos de la isla son deportistas asalariados. Y Hlinason, casi sin darse cuenta, entró en la rueda. Los coqueteos con el balonmano quedaron atrás por pura antropometría. Y no porque no hubiera dificultades. Para jugar su primer partido tuvo que hacer 15 kilómetros en una moto de nieve para llegar al lugar más cercano accesible donde un coche podía recogerle. Imagínense la imagen sobre el vehículo del larguísimo jugador. Todavía sabía bastante poco sobre qué hacer en una cancha de baloncesto, pero su presencia ya era obviamente impactante. Pues bien, solo tres años después fue la sensación de un Eurobasket u20 y fichó por Valencia Basket.

Cuentan de él que es un tipo muy tranquilo y enormemente educado, así como con interés por cultivar su mente. Ha invertido muchas horas en leer historias de vikingos, pero seguramente más en mejorar en el parqué. Habla bien de él su interés de comunicarse en español, con un nivel aún mejorable pero por encima del de otros que llegan al país y se refugian durante años en el confort del inglés. Hlinason llegó muy tarde al juego, pero tiene ese físico privilegiado que puede aprovechar para hacer camino, con suficiente tiempo por delante aún. Todavía con 22 años, aunque solo sean seis con la pelota naranja. Pero del islandés también se subraya su ética de trabajo y capacidad de aprendizaje. Eso sí, lo que antes eran estudios de electricidad, ahora lo son de movimientos al poste bajo, donde desde el primer momento el nórdico dejó píldoras llamativas, si bien quizá poco consistentes.

Probablemente con Valencia Basket le quedara una espina clavada, pues nunca ocultó su deseo de jugar la Euroliga de forma consistente como taronja (jugó once partidos en la temporada previa a salir cedido). Aquello tendrá que esperar, pero tras un año cedido en el Obradoiro, en Zaragoza ha vuelto a encontrar la confianza que terminó por esfumarse en Levante. Un contrato de tres temporadas, como guardaespaldas de Fran Vázquez y Javier Justiz, cocinando su evolución Porfirio Fisac dentro de ese soplo de aire fresco y juventud que es el irreverente Casademont. Recientemente, los problemas físicos del gallego y el cubano le han abierto una puerta aún mayor, que está sabiendo aprovechar. El pasado domingo ya cuajó ante el Herbalife Gran Canaria uno de sus mejores partidos ACB (13 puntos y 4 rebotes), quizá solo superado por el de esta misma campaña en el notable triunfo maño ante el Real Madrid (12 tantos, 9 rechaces), dominando en muchos momentos a Edy Tavares. Poca broma.

Ahora, los persistentes problemas de Justiz le mantendrán seguramente con muchos minutos de juego en las próximas semanas. Él reconoce que debe mejorar su lectura del juego y, especialmente, la confianza en sí mismo, esa que tanto suele llevar a sus equipos Fisac.

A Hlinason le vemos dar pasos firmes y tiene margen y recorrido aún por delante. Pero, subido a la buena ola de este Casademont y a su buen hacer en la pintura, quizá le ha llegado la oportunidad de dar un golpe sobre la mesa. Pero no lo olviden: hace seis años estaba en una granja de Islandia subido a una moto de nieve. Su evolución en el baloncesto ya es más que reseñable.

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