Nada atrapa tanto como el deseo de descubrir lo que aún no sabes.

Contaba Alfred Hitchcock, maestro de la ficción y especialista en implicar emocionalmente al espectador en sus obras, que siendo la lógica poderosa, más aún lo es la imaginación. El director británico revelaba, con conocimiento de causa, que nada existe más sugerente que el infinito abanico de respuestas que produce en el ser humano una pregunta abierta. Un contexto por resolver.

Ese escenario anónimo, aún por construir, es justamente lo que proyecta el caso de Luka Doncic (Ljubljana, 1999) a un nivel desconocido. Porque si bien observar su perfil competir en la élite FIBA (Liga Endesa y Euroliga) -y con un comportamiento plenamente natural- expone su capacidad actual, es entender cómo eso sucede siendo aún un jugador claramente en formación lo que expone unas posibilidades fascinantes.

Y, lo mejor, ocultas. Por destapar.

Doncic en pista resulta por completo ajeno a lo que su edad dice de él. Porque es el control, la sensación de que no es posible sacarle de escena, lo relevante con su caso. Y lograr que con apenas dieciséis años y en situaciones de élite -bajo máxima presión- nada parezca sorprenderle, no ya superarle, es una virtud inusual.

Claro que él es, a decir verdad, un perfil diferente.

El esloveno se convirtió, el pasado 30 de abril de 2015 (con 16 años y 2 meses), en el tercer jugador más joven de siempre en debutar en ACB y el mayor caso de precocidad en la historia de su equipo, el Real Madrid. Pero además el estreno, lejos de lo anecdótico, descubrió ya una pista sobre su dimensión.

Su primer contacto con la cumbre vino tras un pase de Sergio Rodríguez, que acostumbra a tener imán para encontrar talento a su lado. Ubicado detrás de la línea de tres, preso de un acto reflejo el chico armó la suspensión. Como si fuese impulso natural. Un segundo después el esférico fustigaba la red y la piel se erizaba, ambas cosas de la mano.

Doncic había nacido.

Meses más tarde el Real Madrid decidió apostar por él para su primer equipo. Llamado a ser tercer base en un conjunto en el que los dos anteriores representan referencias europeas de la posición. Una decisión meditada y justificada con la idea de integrar en el colectivo, dotar de minutos, a un joven ya capaz de contribuir en el esquema del mejor equipo del mundo FIBA. Un grupo que afronta el nuevo curso tras ganarlo todo el anterior.

Lo que el cuerpo técnico blanco ve en Doncic no es, por tanto, únicamente un proyecto de élite. Sino ya un pedazo de ella. El dilema de la conveniencia para un jugador en formación, al respecto de quemar etapas con demasiada celeridad, se aniquila con el punto vertebral del mismo: la evolución no la marca la edad sino el desarrollo real. La edad miente, el nivel no. Y para continuar progresando resulta imprescindible tener el desafío de competir.

Ante jugadores de una dimensión superior en categorías inferiores resulta esencial distinguir la influencia en el juego -la evolución real- del impacto estadístico -lo que marque una tabla de dígitos-. Porque no siempre ambos factores van juntos. Lo segundo no siempre supone lo primero. Y es lo primero lo realmente valioso. En formación el factor físico a menudo marca las suficientes diferencias como para desvirtualizar el progreso real de los jugadores. Por ello es conveniente darle a todo lo numérico un valor meramente complementario.

Doncic ha pasado por etapas de formación dominando, incluso contextos superiores a las que le correspondían, pero su gran valor no ha sido físico, ni siquiera técnico. Sino sobre todo a nivel de conocimiento. Lo ha hecho por ser asombrosamente inteligente en pista. Por exhibir otra velocidad mental diferente al resto: leer situaciones con gran facilidad, elegir siempre lo correcto, generar ventajas y responder de forma innata a conflictos que requieren pensar. Su entendimiento de lo que sucede a su alrededor es superlativo y lo diferencial en su caso.

Pese a levantar 198 centímetros del suelo su área de influencia es básicamente todo el perímetro. Por acción y convicción. De ese modo resulta inútil acotar en una posición a un jugador llamado a desempeñarlas todas, a asumir cualquier función posible en pista. Y justamente por ahí, en el deseo de alcanzar tal dimensión, se encamina su evolución.

¿Por qué base y por qué en este Real Madrid?

La etapa de formación, especialmente a edades tempranas, marca el desarrollo de los fundamentos en el jugador. No es que éstos no se puedan incorporar más tarde, pero el instinto de aprendizaje es menor a medida que el tiempo pasa y las rutinas se establecen. Existen diferentes formas de marcar el progreso para un jugador pero quizás la más sugerente con perfiles tan especiales sea el método tradicional balcánico. Tal sistema apuesta por una evolución total de los elementos vertebrales del juego (pase, bote y tiro), facetas que lleven a entenderlo más allá del tamaño del propio perfil.

Es decir, la especialización se muestra como un aspecto contrario a ese tipo de formación, que busca esencialmente crear el mejor jugador posible sin considerar su impacto físico -pasa a ser secundario-. En otras palabras, un chico alto trabajará los fundamentos tanto como uno que no lo es. Y sólo después se decidirá en qué medida se potencian más unos u otros. Pero lo clave es crearle una base de recursos muy alta para ser capaz de responder a muchas situaciones diferentes.

Así, la formación de Pau Gasol como jugador perimetral, desempeñando roles de escolta en categorías inferiores a pesar de su altura, tenía como fin fortalecer sus recursos aun sacrificando potencial presente. Porque, en esencia, es justamente eso de lo que se trata la fase formativa. De preparar y proyectar la mejor versión posible para el futuro.

El Pau Gasol que emerge después en ACB siendo capaz de ocupar el puesto de tres, soportando asignaciones de todo tipo, no es sólo un prodigio físico por su coordinación. Que también. Sino en buena medida uno a nivel técnico y de inteligencia. Y uno desde luego formado años antes a través de plenas exigencias fuera de su zona de confort. Si a Gasol no le hubiesen obligado durante su formación a botar, pasar y tirar, a jugar de fuera a dentro una y otra vez, no habría podido desempeñar esas funciones posteriormente. Unas virtudes que han marcado -para bien- el resto de su carrera.

Doncic tiene un molde físico muy potente para su edad (16 años). Pese a estar indudablemente por desarrollar. Su tren inferior es más robusto y explosivo de lo que parece, tiene una fantástica relación ojo-mano -velocidad de respuesta para ejecutar lo que ve- y es coordinado para su tamaño y envergadura considerando que será un jugador de acción exterior.

Sin embargo uno de los puntos más llamativos con él es la ausencia de un punto débil en su juego a nivel técnico, uno que pueda condicionar en exceso su progresión. Bota y pasa con ambas manos, su mecánica de tiro es fluida. No niega ningún apartado del juego. Y eso siempre sabiendo que esa faceta ha de relativizarse reconociendo el punto clave de su perfil: es un jugador en formación. Es decir, aún no domina totalmente ninguno de esos recursos o, dicho de otro modo, puede (y debe) mejorarlo todo. Un hecho que, viendo su nivel actual, intimida.

¿Cuál es la mejor forma de lograrlo? Llevar la dificultad al límite.

A nivel competitivo en la actualidad existe una función especialmente exigente con el jugador. Tanto a nivel NBA como FIBA. El salto a la élite del puesto de base es mucho más complejo que cualquier otro. Y por tanto requiere de un dominio superior del juego para poder afrontarlo. Pero, ¿por qué?

Actuar como uno ofrece una exigencia superior especialmente por tres motivos. Primero, lleva asociado un mayor volumen en la toma de decisiones en pista, mayor grado de participación directa. Segundo, a consecuencia de lo anterior y la importancia estructural en el esquema, cada error se penaliza mucho más en cualquier situación: el defensivo descubre el primer agujero, a tapar por el resto; y el ofensivo cortocircuita el sistema, le impide echar a andar. Y tercero, a nivel físico la explosividad es mucho más necesaria, lo que reduce el tiempo de reacción. Un uno de élite ordena, piensa y ejecuta muy rápido por necesidad.

Indudablemente trasladar a un perfil de 16 años y cercano a los dos metros a ese escenario en la élite, el más complejo desde un punto de vista adaptativo, es un desafío. Pero tiene un sentido formativo. Más allá de si en el futuro lo desempeña más o menos, el aprendizaje le permite crecer. Asi, exigir a Doncic dar respuesta a esos tres focos supone descubrirle una dimensión que puede marcar su trayectoria. Obligar a un progreso drástico en el uso de la mano izquierda, el tiro tras bote o la constancia defensiva, por citar sólo tres puntos clave, fortalece su progreso real futuro.

El esloveno es a todos los efectos un jugador sin posición. Un perfil moderno que no entiende de puestos sino de funciones. Pero llevar su progresión a la mayor exigencia posible, la que representa tener labores de gran peso como uno, supone invitarle a ser mucho mejor jugador, a alcanzar su plenitud.

En ese sentido, el Real Madrid podría haber optado por una opción secilla. Mantener al jugador en un nivel (incluso dos) inferior a nivel competitivo, dotarle de total mando en la ejecución (anotar), darle mucho balón y que se dedicase a exprimir sus ya notables cualidades. A producir y brillar en niveles donde le resultaría fácil hacerlo. Pero el reto actual, mucho más oscuro y sacrificado, resulta enormemente más enriquecedor para el esloveno. Parece por tanto el más adecuado para su evolución.

Contar con minutos es por supuesto básico para progresar. El equipo de Pablo Laso decidió poder tutelar directamente ese crecimiento y complementar su formación con una cuota de minutos a nivel de élite, con responsabilidad y en un sistema que acentuaba precisamente el camino elegido. Porque ser un base en el Real Madrid representa otra esfera aún superior.

El sistema madridista vive del ritmo –obliga a pensar y elegir antes con acierto-, además de nacer y morir en el perímetro, donde aglutina el mayor volumen de toma de decisiones y ejecución. El base es una pieza capital de la estructura como punto de partida y, además, en muchas ocasiones también como elemento final. Ser base en el Real Madrid es un reto mayúsculo para cualquier jugador, no sólo por la plena exigencia de ganar siempre sino por cómo está compuesto el sistema. Qué decir qué desafío supone eso mismo para un chico de 16 años.

De ahí que el comportamiento natural, sin aspavientos, de Doncic en pista, no presentando carencias endémicas en ningún lado de la pista a este nivel, y con esa edad, representa una rara avis. Un proyecto de exterior diferente a casi todo lo que se ha podido ver en la élite europea este siglo. Y sólo comparable, por IQ y precocidad, a la irrupción de Ricky Rubio en la Penya, aunque ambos casos tengan diferentes matices.

A medio plazo el objetivo es que Doncic sea capaz de ofrecer una alternativa real como uno, sin otro sostén al lado. Pero actualmente Laso opta siempre por meterle en pista con una función secundaria en lo creativo, es decir compartiendo pista siempre con Sergio Rodríguez o Sergio Llull. En otras palabras, trata de hacer la transición más sencilla y no darle tal responsabilidad desde el inicio, aprovechando que puede aprender esa función por vía directa de dos de los exteriores más determinantes de Europa.

Pero el futuro llega pronto si el presente lo procura.

El técnico madridista reconoció hace unos días que el esloveno le recuerda “a Dejan Bodiroga”, destacando especialmente su talento a la hora de interpretar situaciones del juego y resolverlas. Y es justamente el rol que antaño tuvo el serbio, de total control del juego partiendo de su inteligencia, el que vaticina la gama de recursos en evolución de Doncic.

Doncic

No obstante concebir al joven como una estrella al uso puede ser, además de precipitado, un error. Además de ser un embrión, Doncic no es un perfil ultra anotador ni uno que necesite atraer el foco masivo. Su actitud circula, de hecho, en una dirección opuesta a ello. Su carácter en pista es hiper colectivo y alejado de tics de egolatría, es decir su implicación parte siempre de qué necesita el equipo de él y no al revés. Eso es fantástico para un talento de sus condiciones. Además, ver cómo acepta roles oscuros sin ser un jugador pasivo es también un elemento muy importante para seguir su evolución. Es consciente de que, en su estado y pese a su nivel, necesita aprender. Y se involucra en hacerlo.

Al final Doncic es un jugador diferente pero que requiere de paciencia y trabajo para llegar a la plenitud de sus posibilidades. Saber canalizar la presión, soportar expectativas y no ralentizar su crecimiento son facetas decisivas para un jugador de ese potencial. Su instinto para jugar al baloncesto es desmedido pero lo que comúnmente se entiende por talento es en realidad una mezcla de lo innato con la capacidad de ejercitarlo. Por eso lo verdaderamente ilusionante con él es que, más allá de lo primero, lo obvio, parece poseer también un elevado grado de lo segundo, lo determinante.

Este verano trascendió su viaje a Estados Unidos para realizar un campus con Mike Penberthy, prestigioso entrenador personal de tiro, siendo apenas una muestra de que su ética de trabajo es el factor que más alimenta su progresión. En realidad el único camino para llegar a la gloria. Así el plan colectivo, que le incita a aprovechar roles secundarios por un lado mientras le prepara para un papel de uno a tiempo completo por el otro, se ve seguido por el deseo individual del jugador.

Doncic es un jugador física, mental e intelectualmente preparado para competir en la élite y que rinde como tal pero, al mismo tiempo, uno que se encuentra en una fase clave de su evolución. Por eso entre ver lo que es, un chico de 16 años capaz de ofrecer con sonrojante naturalidad un papel estable en la rotación más exigente del baloncesto FIBA, y esperar todo lo que puede llegar a ser media un abismo.

Y de ahí que viendo lo histórico del punto de partida ese abismo, aunque lejano, incite a salivar. Justamente el punto clave de Luka Doncic, el desconocimiento absoluto de qué nivel puede alcanzar y en qué forma, expone un secreto por revelar. Y si bien la perspectiva -paciencia y trabajo- resulta imprescindible, ese secreto es uno que bien podría marcar el baloncesto europeo la próxima década.

Porque con él lo verdaderamente esencial es, a día de hoy, por completo invisible a los ojos.