Frankie Ferrari, con sus hermanos

Debió ser en alguna emisión de Rocky en la infancia de Frankie Ferrari cuando el chaval pronunció aquellas palabras. “Mira, mamá, ahí está papá en la tele otra vez”. Realmente, quien aparecía en la televisión del domicilio de los Ferrari, una familia californiana de origen italiano íntimamente ligada al baloncesto, era Silvester Stallone en su papel del afamado boxeador. Pero para el hoy jugador del Baxi Manresa, aquel señor de la televisión era su padre, Paul, forjador de la férrea mentalidad de una de las sensaciones de la temporada en la Liga Endesa, y con un asombroso parecido con el oscarizado actor por su interpretación del púgil de Filadelfia en 1977.

Pese a que la genética no le acompañó en lo físico para facilitarle el camino, Frankie siempre quiso ser jugador de baloncesto. Aquel joven blanco y enjuto nunca destacó por la altura o el poderío corporal.

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Brotherly Love

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Pero siempre fue abnegado en el esfuerzo.

“The hardest working player in the country”, se autodefine. El jugador que más duro trabajó en los Estados Unidos. Resulta complicado medir si fue así. Y casi pretencioso considerarse eso a uno mismo. Pero el joven Ferrari creyó que ese elegido era él. Y le ha dado resultado.

Durante los años en que su padre entrenó en el instituto de Burlingame, su localidad natal cercana a San Francisco, el base manresano apenas era un chaval que asistía a ver cada sesión de enfrenamiento. Cuando cumplió los 12 años empezó a trabajar con el equipo, con jugadores tres y cuatro años mayores que él. Y a su padre le gusta recordar que lo hacía compitiendo sin ambages con ese clan de adolescentes hambrientos de crecer en el baloncesto. Luego, cuando acababa sus deberes, le pedía a Paul volver al pabellón a tirar. En no pocas ocasiones la cosa pasó ampliamente de la madrugada.

Paso a paso, el a priori enclenque Frankie fue abriéndose camino en el mundo de la canasta. Sin embargo, no iba a resultar sencillo. Dejó el High School de Burlingame para enrolarse en Riordan, ya en San Francisco, en lo que acabó siendo una mala decisión. En la cancha, se vio desplazado en un equipo que ya contaba con dos bases de nivel, obligándole a jugar de escolta. A salir de bloqueos y vivir del acierto exterior, olvidándose de su peculiar relación con el balón y la posición en la que se siente feliz, la de base. Peor aún fueron las cosas en lo familiar, con la separación de sus padres durante un curso en el que Frankie salía de casa cada día a las 6 de la mañana y volvía a las 9 de la noche para casi no avanzar nada en pos de sueño. En su último año de instituto necesitaba volver a la zona de confort, y de nuevo en Burlingame se reencontró a sí mismo. 46 puntos en un partido, récord de su equipo. 23 tantos, 8 rebotes, 9 asistencias y 5 robos de promedio. Y él, empecinado en ganarse algún día la vida con el baloncesto, seguía pasando veladas tirando a canasta con su padre. Daba igual el día de la semana, Frankie ponía el baloncesto por encima de todas las cosas y de cualquier tentación. Un rara avis de enfermiza obsesión por la mejora individual.

Sin embargo, su escaparte mediático no era el mejor. Le llegaron varias ofertas de becas en universidades de NCAA II, pero tan solo Iowa State y San Francisco del primer nivel en el país le tantearon. En ese escenario, no le costó elegir seguir en casa, enrolarse en San Francisco y trabajar con Rex Walters, aquel escolta blanco con dos breves etapas en ACB, en León y Gran Canaria. Pero tras un primer año decepcionante, pasó el siguiente en blanco tras pedir el traslado a Cañada College, antes de volver a USF tras insistir en ello el nuevo entrenador de los ‘Dons’, Kyle Smith. Entre tanta ida y venida se seguían añadiendo pisos al cementado carácter de Ferrari, elegido en el quinteto ideal de la All-West Coast Conference de la NCAA en 2018 y 2019.

Tras disputar con Utah Jazz la ‘Summer League’ de este verano, y apoyado en su pasaporte italiano, Ferrari se hacía al fin profesional en Manresa. Un logro cumplido pero con la incertidumbre de qué encontrarse en una competición como la Liga Endesa para un novato recién llegado desde la universidad. No tardaría en impresionar a sus compañeros por su adaptación y lectura del juego europeo. Tanto como para convencer a alguien como Pedro Martínez de darle las llaves del equipo a un ‘rookie’, ante la falta de fluidez ofensiva del equipo. Temerario, quizá. Pero de momento, sin duda acertado.

25 puntos y 10 asistencias en su debut ante Unicaja. 28 tantos y 7 pases de canasta el sábado pasado, en un ‘thriller’ con doble prórroga para vencer a Retabet Bilbao, poniéndose además la capa de superhéroe tras la expulsión de Ryan Toolson por faltas. Y entre medias, otra demostración más de su granítico carácter. 48 horas después de su debut en España ante los malagueños, pasó por quirófano para operarse de una fisura del escafoides izquierdo. Una lesión que puede llevar dos meses de baja en un caso incluso optimista. En un primer momento, aquello fue como si las varias decenas de coloridas zapatillas ‘Under Armour’ que guarda en su taquilla del Nou Congost le cayeran encima de golpe. Pero Frankie, el hijo del simbólico Stallone, jugaría con Manresa apenas 32 días después, en el Wizink Center ante el Real Madrid. Como si no permitiera que ningún Apollo Creed en forma de lesión se interpusiera en su camino. En la siguiente jornada ya estaba volviendo a poner patas arriba el Congost ante los de Álex Mumbrú.

Así es Frankie Ferrari, un torbellino de aire fresco para Manresa y la Liga Endesa. 185 centímetros de pura intuición baloncestística. Un tipo extrovertido que apenas necesita una décima de segundo para encañonar el aro rival. Y con la confianza por montera, como muestran sus 25 lanzamientos a canasta ante Bilbao, por la carta libre que le concede Pedro Martínez, consciente de su voracidad ofensiva. Aún más cómodo en el ‘1’, pero ahora, más maduro, igual de peligroso cuando le toca alternar en el ‘2’ junto a Dani Pérez, ese otro gran maestro del pick and roll que tiene Martínez a sus órdenes. Tan fuerte como Stallone, al menos en lo mental. El potro italiano, pasaporte incluido, del Baxi Manresa.

Foto: ACB Photo / J. Alberch