El padre de los hermanos Reyes, militar de carrera, entre otros destinos, sirvió al Ejercito en el acuartelamiento en el Servicio Geográfico, no parece por las referencias que fuera un padre que machacara a sus hijos (una patrulla de cuatro varones) con su trabajo y misión laboral. Pese a esto, el juego de Felipe Reyes ha contado desde sus inicios con una producción clásica de cartografía, conocimiento y valor en los terrenos más escarpados de la pintura, donde las cordilleras más inhóspitas le taparon la salida hacia un balón que siempre parece geolocalizado en el instinto del mejor reboteador español de la historia de nuestro deporte.

Si recuerdas ese pelo teñido de platino, nos cuesta asumir que hoy cumpla 40 años el pequeño de cuatro hermanos que nacían en Córdoba porque Lola, la madre, así quiso pero que han hecho de Madrid su sitio en el mundo. Siempre imprime carácter ser el pequeño en una familia numerosa, el contacto físico en inferioridad de estatura, de fuerza y de mañas. Su hermano Alfonso, ha sido la referencia baloncestística, ocho años y medio les separan, lo suficiente para que cuando Alfonso ya estaba en el profesionalismo, su hermano Felipe le mirara con admiración cercana a la devoción, esa que muchos expresan ante jugadores NBA de dibujos animados, pero los parámetros del baloncesto de esta familia se han desarrollado en términos de contacto, de uso de antebrazos y fuerza de tren inferior para no ceder espacio al rival.

Faltan elogios para los equipos “B” pues los libros de historia del deporte son escritos en letras de oro por las carreras precoces de talentos que muy jóvenes se saltaron etapas por la calidad que ya demostraban ante sus coetáneos. A Felipe Reyes en categoría cadete de primer año le “bajaron” al “B”, en la cantera de Estudiantes le dijeron que no iba a llegar donde llegaba su hermano Alfonso (no ha llegado ahí, ha llegado a otro punto, incluso más alto). Se tiende a desprestigiar al entrenador “que se equivoca” con la estrella en formación, al equipo “de los malos” cuando esa etapa es indispensable en la forja de una superación constante. Y se convierte en “invisible” la cantidad de elogios a jugadores alevines e infantiles estrellas de los equipos ”A”, ese limbo de los que nunca llegaron por un exceso de complacencia.

Tenacidad, perseverancia, inocencia, no son valores que den muchos likes, que arrastren a la audiencia voluble de la generación posmilénica, que protagonicen vídeos de tik-tok… Pero sí fueron los caminos de Felipe Reyes en la cancha, al que le salía la rabia cuando joven por los golpes recibidos en las sucesiones encadenadas de rebotes ofensivos no anotados, el odio deportivo de aficiones como la del Baskonia o la del Unicaja es gloria bendita para la motivación. Ya lo dijo Kobe Bryant, “gracias por tanto amor y por tanto odio” que se podría expresar como una gran muestra de respeto. Sí, la inocencia la ha demostrado más fuera de los pabellones, unida a la amistad, a la cercanía con sus compañeros de club y de Selección.

Claro que para coger tantos rebotes y anotar tantas segundas oportunidades con poco espacio, poca estatura y poco salto, nuestro protagonista ha dado golpes, faltaría más. El baloncesto es un gran deporte de contacto en el que los superdotados técnicos los evitan por motricidad más trabajo y los menos finos juegan con sus virtudes. Felipe Reyes en sus dos últimas temporadas en Estudiantes y las primeras en Real Madrid jugó un muy buen poste bajo, con giros y fintas, con la confianza de sus compañeros, con velocidad y capacidad de finalización. No será la gran faceta por la que se le recordará cuando se retire (aún no se ha retirado, aunque en este artículo lo parezca y no parece que él quiera dejarlo ya).

Felipe Reyes es el gran referente de los Juniors de Oro en la Liga ACB, el mejor de esa camada que fue siempre fiel a la liga española, el que no hizo ni el más mínimo coqueteo con la NBA o con equipos europeos. Felipe es una gran imagen de la Selección Española y del Real Madrid, salido del Ramiro para jugar con fuerza y con pasión al baloncesto. Tras la Final Four de Vitoria, en 2019, Felipe Reyes levantó la voz pidiendo una conversación con su Pablo Laso, para en el plazo de horas, pedir disculpas. El entrenador del Real Madrid respondió con una frase limpia y cauterizante: “lo que hace que siga jugando es esa ambición de querer seguir jugando”.

No era un juego de palabras, era una realidad, la primera emoción que todos los entrenadores podemos tener cuando un jugador pide más tiempo es enfado, para luego encontrar un camino que fracture la fisura abierta. Queremos que nuestros jugadores sean ambiciosos en la cancha en el entrenamiento y en el partido y también queremos que no tengan emociones cuando se sienten con pocos minutos. Felipe Reyes es pura ambición de espacio, de rebote, de victoria, de título. Y ese fuego, pese a que la naturaleza te lleva a reducirlo, ha sido muy potente, por eso a los 40 años que cumple hoy, a Felipe Reyes solo la cuarentena del Coronavirus le para de llegar con su coche al aparcamiento de Valdebebas. No quedan rescoldos, queda llama que quiere seguir calentando una temporada que él no quiere que termine así.

Al que le decían que le salía el “Hulk” con aquellos otros rebotes cuando era junior y senior recién llegado, hizo historia en Lisboa, año 99. Ha pisado pódiums en tres décadas, por eso no quiere que esta Liga y Euroliga se quede en un título administrativo o en un “desierto” concursal. Quiere ser Campeón en 4 decenios distintos. También guarda especial recuerdo de la Liga ACB de 2005, la primera que conseguía, la de 2007 (primera en la que nombraban MVP). La Euroliga de 2015, cuando además fue padre. Y todo lo conseguido con España, Saitama y el Eurobasket que levantó en memoria a su progenitor fallecido. Aquellos 10 puntos en Pekín en la mejor derrota de la historia, para ganar una plata contra Kobe, LeBron y Carmelo. Fue el máximo anotador que nunca pisó la NBA en uno de los partidos más memorables del baloncesto.

Las lesiones, menores, le hicieron perder más ritmo con la selección que con sus clubes. No saltar demasiado se convirtió en virtud, en menos desgaste para las articulaciones. No por eso los dolores remitirán, son intrínsecos a su profesión y a su salario. La fortaleza de manos, la anchura de hombros y el anclaje de sus piernas al suelo le han llevado a la gloria de ser un jugador eterno, a ser una leyenda en activo.

Y la década prodigiosa del Real Madrid, liderar un proyecto donde los líderes han sido de casa. Llull, Rudy Fernández, Sergio Rodríguez, Felipe Reyes. La manida identificación que cambió una forma de ver el baloncesto los jueves en la Calle Goya. Felipe Reyes ha sido parte de la transformación de esta sección del club blanco y el Real Madrid le ha convertido en lo que Felipe siempre quiso ser, la determinación por ganar todo el rato. Aunque no lo consiga siempre.

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