Hace unos días llegó a mis oídos la frase que un profesor de universidad pronunció el primer día que se presentó ante sus alumnos para comenzar el nuevo curso: “El hombre tardó diez años más en ponerle ruedas a las maletas que en llegar a la Luna”. A la ACB le ha ocurrido algo parecido al mensaje que sugiere la reflexión del catedrático. Comenzó su viaje casi por el final, llegando al destino; y se olvidó de que nada es para siempre, de que hacen falta ponerle ruedas a las maletas por si se diera el caso de que hubiera otros destinos más sugerentes más allá de la Luna. La Liga, su modelo, su gestión y su futuro plantean desde hace tiempo un debate que por unas cosas o por otras no termina de cerrarse. El sistema de competición, el marco de contratación de jugadores, las reglas de juego, las rotaciones para la despersonalización de la liga y hasta la explotación de los derechos televisivos, el sanedrín de la ACB va aplazando ciertas cuestiones peliagudas. El catedrático de Historia Contemporánea Javier Tusell definía en sus libros a una clase de dirigentes que tenían como una de sus principales virtudes la de dejar pasar los problemas con la esperanza que el antibiótico del tiempo los fuera resolviendo. No parece éste el remedio que pueda servir para arreglar los asuntos pendientes que tiene la bautizada como segunda mejor liga de baloncesto del mundo. La NBA de Europa, como dijo el jugador de Unicaja Vasileiadis en la presentación de la nueva temporada.

Puesto sobre el papel la reflexión sobre estos asuntos nucleares para el futuro de la ACB, es momento de atarse las zapatillas y hacerlas chirriar contra el parquet. No hay mejor banda sonora que ésa para empezar a dar una serie de pistas sobre lo que puede esperarnos a partir de este fin de semana. Parece, más o menos claro, que Real Madrid y el Barcelona coparán la máxima atención competitiva, por una rivalidad que se ha avivado por esa lucha de contrastes entre Pablo Laso y Xavi Pascual. Cada uno con su particular catecismo coinciden esta temporada en un concepto común: la enorme amplitud de sus plantillas. La dirección deportiva blanca ha tomado nota de la temporada pasada: el equipo se quedó sin carbón con que avivar el fuego de la caldera de un modelo de juego que requería toneladas de combustible. Ahora, trata de dominar también artes algo más rústicas, como dice Nocioni. El Barcelona, adoptando un modelo muy reconocible en gestiones pasadas de Zeljko Obradovic, fue pionero en España en hacer descartes para cada jornada. El concepto de lista de convocados, que hasta ahora asociábamos al fútbol, se ha exportado al baloncesto. Su aplicación, junto a la ya consabida filosofía de las rotaciones, empeora la percepción que el espectador extrae de los partidos. Mecaniza los biorritmos del encuentro como la alarma que nos despierta cada mañana para ir a trabajar. Ya casi de memoria es posible anticiparse a los movimientos de banquillo de un entrenador y le quita naturalidad y espontaneidad a lo que ocurre en la cancha. Los estados de ánimo, las sensaciones o las muñecas que se levantan calientes quedan subordinadas a un régimen estricto y cuadriculado que aparenta distribuir los minutos de juego de un jugador diferente como las monodosis de aceite de oliva que nos ponen en los desayunos. Los que tenían que ser los referentes de esta competición, las caras de esta liga, acumulan infinidad de partidos con menos de 20 minutos de juego disputados. Luego llegan los realizadores televisivos y no saben con quién hacer las promos.

El Real Madrid afronta el curso con la necesidad, la exigencia de lograr algo grande. Las dos últimas Euroligas perdidas al sprint han dejado una cicatriz demasiado perceptible y se necesita la cirugía estética de un triunfo sonado que podría ser el de la Final Four que se disputa en Madrid en 2015. El Barcelona, en ese sentido, anda con menos presión. Aunque su reputación como sección siempre exige alguna conquista de postín. Las salidas de Lorbek y Papanikolau han permitido incorporaciones sonadas, ambiciosas y aparentemente más rentables. Su nivel en cuanto a plantilla suena a excelente.

Valencia, Unicaja y Laboral Kutxa deben ser las alternativas. A día de hoy, parece que el proyecto levantino es el que mejor perspectivas presenta, con ese brote embrional resultón que conecta lo balcánico y lo levantino. Sus mejores etapas han estado vinculadas a técnicos de este punto geográfico: Vukovic, Pesic, Spahija y ahora Perasovic.

Joan Plaza consiguió en la semifinal del año pasado ante el Real Madrid reconciliar a la grada del Carpena con su equipo. El rendimiento fue sobresaliente y su capacidad de lucha y rebeldía puso en aprietos a los de Laso. La incógnita es saber si se podrá mantener ese espíritu con una plantilla, que un año más, sufre una revolución demasiado profunda, incompatible con las bondades propias de la continuidad. El último golpe de la marcha de Zoran Dragic deja el análisis más en suspense. En el caso de los vitorianos la apuesta vuelve a ser arriesgada con fichajes que otra vez parecen bien orientados pero que no suenan tanto para el gran público. En su último enlace Sergio Scariolo y Querejeta se separaron casi en la luna de miel y ahora será otro entrenador siempre con buena prensa, Marco Crespi, el que intente acomodar al club en su estatus tradicional con un modelo diferente.

Pero ese calor en la nuca que te lleva a dar vueltas en la cama sin permitirte el sueño es para mí lo de los descensos. ¿Qué pasará? ¿Cuántos bajarán? ¿Pero descenderán los dos últimos? Esa idea extendida entre parte de la opinión pública de que la mayoría de los partidos de la competición no tienen trascendencia alguna se ha avivado con que dé igual que un equipo quede el último que el noveno. No hay consecuencias, la percepción que se transmite es que la ACB es una sucesión de canastas sin repercusión alguna. El Barcelona fue campeón la temporada pasada con diez derrotas acumuladas entre liga regular y playoffs. El aficionado necesita sentir que lo que pasa cada domingo vale y deja poso porque si no la desafección podría alcanzar distancias sin retroceso.

¿Y la crisis? ¿Es desaceleración, hay brotes verdes o raíces vigorosas? Las vetas de ciudades que fueron importantes como León, Granada, Alicante, Girona, Menorca o Ferrol se han agotado y si es impensable el renacimiento en esas plazas es porque el modelo de negocio no es lo suficientemente rentable o atractivo. En este sentido el experimento de Sevilla, con la llegada de un fondo de inversión estadounidense, puede ser una buena prueba de laboratorio para explorar nuevas vías. ¿Le han puesto ruedas a las maletas en el Club Baloncesto Sevilla o será una nueva técnica de arrastre?