Sergio Llull y la canasta que abre la puerta del futuro, por José Manuel Puertas

Seguramente fue una jugada más dentro de un partido de cuarenta minutos con cientos, miles de detalles. Pero en el transcurso del último cuarto de la final de la Supercopa Endesa se produjo un momento especial por su relevancia no ya tanto en el marcador de ese partido sino en lo que significaba por su trascendencia a medio y largo plazo.

En el ecuador del cuarto período del duelo entre Real Madrid y Barça, con Cory Higgins y Malcolm Delaney apretando en pos de la remontada azulgrana y mientras Gabriel Deck se subía a las barbas de Nikola Mirotic, el marcador reflejaba un 74-67, después de varios malos ataques blancos. Con 6:09 hasta el final del partido, Sergio Llull recibió el balón en su propio triple tras un rebote defensivo de Rudy Fernández. Y cuando el de Mahón asió la bola, todos los jugadores azulgranas, Tomic, Hanga, Kuric, Mirotic y Delaney estaban situados por delante de él. Poco más de tres segundos después, el balón entraba en la canasta catalana, tras doce zancadas a toda velocidad del balear que desataron la locura en el Wizink Center.

Y no, esa no fue una canasta cualquiera, aunque valiera dos puntos como tantos otros. En aquella carrera endemoniada Sergio Llull quiso dejar atrás definitivamente sus famosos “dos años de mierda”. Pocas veces recientemente se ha visto al de Mahón atacar con esa determinación tan pretéritamente suya el aro rival, especialmente ante un enemigo de tanta enjundia como el azulgrana.

Poco más de tres segundos y escasamente doce apoyos que bien podrían representar la llegada de un nuevo Sergio Llull mucho más confiado en su físico, tras tanto problema muscular en la temporada pasada que no le permitió coger ese ritmo al que muy pocos pueden llegar y en el que él se siente tan cómodo.

Achaques que le evitaron acometer el aro de esa forma asesina y que le obligaron, quizá en demasiadas ocasiones, a recurrir a un tiro forzado. Y la mandarina lógicamente no es un lanzamiento de alto porcentaje, aunque en manos de Llull lo sea más que en las de cualquier otro, envuelta en ese halo místico que parece tener.

Cuando el 23 del Real Madrid dejó el punto 76 en el aro azulgrana, batiendo hacia el lado izquierdo, exuberante en la carrera, el único rival que tenía delante era un Delaney poco intimidador ante semejante bestia en movimiento. El resto de pupilos de Pesic iban claramente por detrás, tras verle pasar como una exhalación en tres segundos frenéticos.

En la grada, mientras se coreaba eso de “¡Llull, Llull, Llull!”, hasta Luka Doncic se puso en pie, quizá consciente de lo relevante del momento para su ex compañero. Y es que el primer paso inexorable para que el santo y seña del Madrid de la última década recupere su mejor nivel pasa indiscutiblemente por una mayor consistencia física de la que tuvo en el ejercicio previo. Es el punto previo a atreverse. Y a partir de ahí, a semejante animal competitivo le puede quedar mucho baloncesto de alto nivel por delante.

Otro movimiento en ese sentido lo ha dado el propio Real Madrid con su nueva estructura. En la Supercopa se vio una evidente declaración de intenciones por parte de Pablo Laso: Campazzo con Carroll de salida y Llull con Laprovittola desde el banquillo. Todo hace indicar que si el ex de la ‘Penya’ es capaz de adaptarse a la mayor velocidad del esquema blanco y cuaja, al balear le veremos muchos menos minutos de base esta temporada, liberado en cierta medida de una responsabilidad en la que si no está pletórico sufre más que en el ‘2’, como no resultó difícil ver en el ejercicio anterior.

Y cuando llegue la hora de la verdad, como ante el Barça, seguramente Llull y Campazzo serán los generadores en la cancha, en una fórmula que ya le sirvió a Laso para resolver el primer título del año, asistencia del español y triple del argentino mediantes.

Es pronto para asegurar que los problemas físicos de Sergio Llull se han ido para siempre. Sería pretencioso hacerlo, de hecho. Pero ya en verano con la selección se le ha visto más fino, y con la inercia del oro en la Copa del Mundo su prestación en la Supercopa resultó notable, mucho más por la sensación que deja su poderío físico que por la pura y fría estadística.

Seguro que recordar esa voraz penetración hacia el aro azulgrana hará a los aficionados blancos sonreír, como si fuera el aviso de que los mejores tiempos de su gran referente pudieran volver. En su día Jorge Valdano dijo que el fútbol es un estado de ánimo. Realmente, en cualquier deporte es así. Y de cumplirse esa máxima, el mejor Sergio Llull está amenazando con volver. Abróchense los cinturones, por si acaso.