«Vaya pérdida de talento. Él eligió el dinero en lugar del poder, un error que en este pueblo casi todos cometen. Dinero es la gran mansión en Sarasota que empieza a caerse a pedazos a los diez años. Poder es el viejo edificio de roca que resiste por siglos”. En un determinado momento de su carrera, Juan Carlos Navarro quiso saborear el poder a costa de sacrificar dinero, quiso quedarse con el corazón en terrenos ya explorados y no formar parte de esa mayoría a la que Frank Underwood (Kevin Spacey), el protagonista de la serie House of Cards, llegó a hacer ese reproche. Posteriormente nadie tampoco le pudo reprochar tibieza o falta de valor cuando en el 2007 se decidió a probar fortuna en la mejor liga del mundo contra viento, marea y cláusulas leoninas firmadas en su último contrato del Barcelona.

Si con el resto de jugadores españoles las hipótesis sobre sus prestaciones en la NBA producían cosquilleo con Navarro se provocaba una abundante liberación de histamina y su consiguiente picor incontenible. Un jugón en el reino de los jugones, talento puro puesto frente al espejo de los mejores del mundo en su mismo estilo de juego, sin conservantes ni colorantes. Eso sí, una anguila entre pilares de hormigón.

Navarro pidió la tarjeta verde de residencia varios años después de lo ideal, siendo ya un jugador de avanzada madurez, cinco años después de ser elegido por Washington Wizards, en los sótanos de la segunda ronda del draft de 2002. El mismo draft en el que Tskitishvili fue el número cinco o en el que Bostjan Nachbar, Jiri Welsch, Nenad Krstic o Milos Vujanic consiguieron equipo por delante de la Bomba. Una paradoja realmente molesta para alguien que diez años después aún era considerado al otro lado del charco el mejor jugador europeo que no jugaba en Estados Unidos.

Ernie Grundfeld, el manager general de los Wizards, tampoco puso las cosas fáciles. Su atracción por Navarro parecía menor que el celo con el que protegía y negociaba con sus derechos. Finalmente un lustro después, y con la labor de convicción hacia ambas partes de Pau Gasol, los Wizards traspasaron los derechos de Navarro a Memphis.

“No dejaré a uno de los míos sangrando en el campo”, “la generosidad es también una forma de poder” dice Underwood a la cámara durante un momento de la serie. La intervención de Pau colaboró en el desbloqueo de la aventura así que el novato de 27 años llegaba a la franquicia de Tennessee con la bendición del capo. El obstáculo económico resultó un muro alto y con concertinas desde antes de plantearse el viaje hasta una vez tomada la decisión de regresar. En aquellos tiempos se habló de una cláusula de salida a la NBA de 10 millones de euros y de que Joan Laporta accedió a una rebaja breve de primavera-verano hasta los 3,5 millones, y de esa manera facilitar su marcha. De esos 3,5 millones Memphis pagó 375.000 euros (el tope que le estaba permitido a una franquicia) y el resto lo pagaría Navarro a plazos y en años venideros en función de los contratos futuros de los que dispusiera, a porcentaje. Su sueldo de novato en un contrato garantizado de una temporada fue de 540.000 dólares brutos, menos de la mitad de lo que ganaba en el Barcelona, y el octavo peor salario de toda la NBA en aquella temporada.

Navarro sacó a su familia de su entorno habitual y la ubicó junto al río Mississippi, en Mud Island, al norte de Memphis. Allí tuvo que afrontar su mujer Vanessa horas interminables de reflexión a veces junto a su hermana y siempre junto a sus dos hijas pequeñas, Lucía y Elsa, entonces con tres años y 18 meses de edad respectivamente. Juan Carlos y Vanessa se habían casado días antes en Barcelona para facilitar los visados de residencia de ella y las niñas. El mundo exterior no mejoraba demasiado el panorama, con un salario de 270.000 euros netos para jugar en una franquicia que estrenaba entrenador (Iavaroni), venía de hacer una marca de 22 victorias y 60 derrotas en la temporada anterior y prometía de nuevo derrotas por doquier. Sólo el paraguas de Pau amainaba el aguacero, pero a mitad de temporada, el 1 de febrero del 2008, el paraguas se cerró o se voló, con el traspaso de Pau a los Lakers. Navarro en el vestuario de aquellos Grizzlies se quedó más solo que Vanessa en su casa de Greenbelt Park. “El poder es algo precioso, la soledad es su precio”, Underwood dixit. Las miradas de la familia Navarro que retrató el programa de Canal+ Informe Robinson en sus primeros días en Memphis son todavía una oda a la añoranza.

Navarro se ganó como rookie en 82 partidos una reputación suficiente para garantizarse un contrato lo suficientemente bueno que hiciera apetecible su permanencia en Estados Unidos. Casi 11 puntos por partido de media sin perderse ni un encuentro y dando muestras de su talento esperanto, sin pasaporte. Pero la hipoteca económica de su último contrato en el Barcelona era demasiado grande para las ofertas que podía recibir, y en ese caso tampoco había opción de dación en pago. Regresó a Barcelona y el club azulgrana no solo rompió cargas anteriores sino que le ofreció un gran contrato para su regreso. Cuando Juan Carlos se comprometió con el Barça decidió marcharse a Ibiza y huir del ruido mediático en el momento en el que se hiciera público su regreso al equipo azulgrana. Estaban haciendo las maletas para un breve salto mediterráneo y una de sus hijas exclamó: “A Memphis, no, eh, no nos vamos a Memphis.”

Así lo resumiría Frank Underwood: “El poder es mucho como los bienes raíces, todo es sobre ubicación, ubicación, ubicación. Mientras más cerca estés a la fuente, el valor de tu propiedad será más alto.”

1 Comentario

Comments are closed.