En mayo de 2019, Pablo Aguilar era un tipo feliz, convencido de que fichar por el Reggio Emilia, tras el mal trago del Cedevita Zagreb había sido una de las mejores decisiones de su carrera. Pese a bajar un peldaño en lo colectivo, volviendo a tener como objetivo la permanencia, algo que no le sucedía desde sus comienzos en la ACB en el CB Granada, el internacional español se encontró cómodo en la Lega. Firmó, de hecho, los mejores números de su carrera, con 11’2 puntos y 8’3 rebotes de promedio. Y, contrariamente a lo que muchos pensaban cuando hizo las maletas hacia Croacia, abrió de nuevo las puertas de la selección.

Hasta aquella inoportuna lesión en el radio de la muñeca izquierda. Por suerte, imaginó, cuanto menos no era la mano de tiro, su gran arma para abrir el campo en los últimos años. Eso ayudaba a ser optimista. El rápido paso por el quirófano para acortar plazos vino sucedido de una noticia que aumentó exponencialmente sus opciones de entrar en la lista de Sergio Scariolo para China. Ni Pau Gasol ni Nikola Mirotic ni Serge Ibaka estarían en la Copa del Mundo. Para Aguilar, con experiencia en los Eurobasket de 2013 y 2015 pero nunca en una cita mundial, era la oportunidad de su vida. Quizá la última, pues el próximo evento global ya le cogerá con 34 años.

Volvió el ala-pívot a su tierra, a las faldas de la Alhambra, buscando acelerar su recuperación lo más posible junto a su equipo de trabajo de confianza. Muchas horas de fisioterapia y reacondicionamiento físico. Mucho sudor en el gimnasio y, poco a poco, también en la cancha. Incluso el ‘fisio’ del Reggio Emilia pasó unos días con él en Granada. Nada se dejaba al azar. All-in por la selección, donde apareció en la primera lista de 16. La mano evolucionaba lentamente, pero avanzaba, y los primeros objetivos se cumplían: el 25 de julio estaba en el Triángulo de Oro para comenzar el trabajo con España. Se había colado en una rendija de la selección que se convertiría en puerta abierta si Scariolo apostaba porque Claver y Juancho Hernangómez jugaran mayoritariamente como aleros. Y ocho días antes, el Iberostar Tenerife le había repatriado para la Liga Endesa. Cómo no ser feliz en ese escenario.

Pero algo no terminaba de ir. Que Aguilar se perdiera el primer amistoso de la preparación española, en Pamplona ante Lituania, no era signo de preocupación. Sí que la mano seguía doliendo. Y los plazos acuciaban. Scariolo dejó claro que hasta el torneo de Málaga, el 9 y 10 de agosto, no haría cortes. Esa era la gran final del granadino.

Pero tan cerca de su casa se hizo de nuevo patente la realidad: su mano no estaba para competir. Pese a que jugó once minutos ante Costa de Marfil, los primeros desde la lesión, fue poco menos que a modo de despedida. Tenía dolor al recibir o al lanzar a canasta. Ni que decir en los contactos. No había ninguna garantía, más bien lo contrario, de estar al 100% tres semanas después en China. Y junto a Joan Sastre fue el primer corte del equipo nacional. Un palo, obvio. Pero era imposible negar la evidencia. En todo caso, el tiempo de juego ante la selección africana le había permitido dejar atrás lo que en redes sociales llamó los «tres peores meses de mi carrera». Seguramente, no sabía lo que se avecinaba.

¿Podía haber más castigo que el de bajarse del tren que acabaría trayendo un inolvidable Oro de China? Lo había. Cuando Aguilar viajó a Tenerife para unirse al Canarias, por el que había firmado dos temporadas, no era fácil pensar que el maldito radio le iba a hipotecar incluso uno de los últimos grandes contratos de su vida. Pero así fue. El granadino encajaba como anillo al dedo en los aurinegros, como el complemento perfecto con su amenaza desde el perímetro para el dominio de Shermadini en la pintura. Pero la mano seguía sin avanzar hasta la exigencia de la alta competición. Club y jugador se habían dado dos meses para la puesta a punto y a primeros de octubre se confirmó lo peor: no estaba en condiciones de jugar a nivel profesional. La reintervención quirúrgica se vislumbraba como la única salida, mientras que los canarios han echado en falta a su ‘4’ abierto durante meses. Hasta la llegada de Aaron White, sin ir más lejos. Todos salían perdiendo.

Este segundo guantazo emocional fue aún más duro para el andaluz. Con la selección sabía que iba al límite, pero lo ocurrido en Tenerife no entraba en los cálculos. Muchas vueltas a la cabeza en días complicados. Demasiada incertidumbre y una decisión por tomar: volver a operarse o apostar por una nueva rehabilitación. Y la primera parecía la decisión casi unánime de las voces que escuchaba.

Pero el internacional español apostó por lo segundo, siguiendo a aquellos en quienes más confía. Y ha vuelto a machacarse físicamente durante casi cinco larguísimos meses a caballo entre Granada y Zaragoza, sus zonas de confort. La camilla del fisioterapeuta y las salas del gimnasio se convirtieron en su segundo hogar en la recta final de 2019. Con la llegada de 2020, descartó la cirugía finalmente y añadió un tercer domicilio frecuente: la cancha de baloncesto, con el parón de la Copa del Rey y las ventanas FIBA entre ceja y ceja como el momento perfecto para volver. Pronto hubo también cinco contra cinco: primero entrenó con el CB La Zubia de Liga EBA. Luego, con el Covirán Granada de LEB Oro.

Las últimas han sido semanas frenéticas para el que fuera canterano del Real Madrid. El teléfono no ha dejado de sonar. Al otro lado han estado equipos de Liga Endesa y europeos preguntando por su situación. También alguno muy potente del continente americano. Incluso Sergio Scariolo, cuestionándole por su posible disponibilidad para jugar ante Rumanía y Polonia en el camino hacia el Eurobasket de 2021, inviable de momento por la falta de ritmo competitivo y la ausencia de un contrato profesional. La última, la del mensajero que llevó a casa una réplica de la medalla de oro de España en China, como parte fundamental en el camino. Cuando tuvo la presea en sus manos, presintió que su suerte había empezado a cambiar.

El sábado 22 de febrero, Pablo Aguilar firmó con el Kawasaki Brave Thunders, uno de los grandes de la liga japonesa. El equipo de Nick Fazekas, el gran icono de baloncesto nipón. La elección del país del Sol Naciente no es casualidad. Va mucho más allá de un buen contrato económico, que tampoco debe obviarse. El granadino es un enamorado de Japón, país que visitó en su luna de miel, y siempre deslizó que le haría una gran ilusión poder jugar en algún momento allí. Ahora le ha llegado el momento. Firma hasta final de temporada, como perfecta lanzadera para volver a su mejor nivel y quién sabe si tener que regresar a Tokio en verano para defender a España en unos Juegos Olímpicos en los que tampoco ha participado nunca. Atrás deja lo que empezó en tres y acabó en nueve meses muy difíciles, repletos de dolor físico y espiritual, más de una incertidumbre y dos de las peores experiencias de su prolija carrera. Le ha llegado el momento de recuperar la sonrisa y para ello busca el antídoto a los malos tragos en un país que le fascina.