Pablo Laso ha salvado una nueva combinación de jabs, rectos y ganchos del aparente resto del mundo sobre su cabeza. En realidad, aunque Laso ha estado discutido por una parte importante del madridismo desde el mismo momento de su nombramiento, podemos concluir en que nunca ha estado arrinconado en el ring, con vista desenfocada buscando la toalla. Ya en varias ocasiones sus detractores, que le creían con el cuello apoyado en la chapa de la guillotina, han acabado atragantados por la frustración, con complejo de coyote porque Laso acaba escapándose como el Correcaminos, como se le fuga una liebre a un cazador resacoso. Como un personaje de Chuck Jones en Looney Tunes o Merry Melodies, un dibujo animado con problemas de adaptación pero que sale habitualmente de situaciones comprometidas por su capacidad mimética o por su convencimiento absoluto de que la viñeta tiene que continuar, y de que precisamente esa viñeta no puede seguir sin él.

Las etiquetas de entrenador ofensivo, guardiolista, o ausente de recursos en momentos decisivos no han logrado doblegarlo. El entrenador de ataque, de juego ligero y preciosista, está tradicionalmente mal visto entre el grueso de la afición y entre los colegas de profesión, téoricos y pensadores de clinics. Se le suele relacionar, de manera injustificada, con menor capacidad de trabajo o preparación, una contradicción con mayúsculas en el caso concreto de Laso. A los entrenadores de este corte a veces los consideran traidores a los intereses de la profesión de técnico, por propiciar con ese estilo mayor protagonismo e intervención al jugador y sus talentos. La encuesta entre los general managers de la Euroliga es otro botón de muestra de lo políticamente incorrecto de Laso y su estilo entre sus iguales y los rectores del baloncesto: No lo incluyen entre los siete mejores entrenadores de la competición, pese a su condición de finalista en las dos últimas ediciones. ¿Será que Laso, muy al estilo de las fuerzas políticas de nueva irrupción, es más del pueblo baloncestístico que de la casta?

Laso no es Alí ni Sugar Ray Leonard en el banquillo pero no se descarta que esconda el juego de pies de Meldrick Taylor o el cabeceo de Nicolino Locche para esquivar golpes. Es rompedor por inesperado y desconcertante. Cuanto más extendidos están los comentarios sobre la tensión y los intercambios verbales que mantiene con sus jugadores son precisamente éstos, los concretamente señalados, los que sacan las castañas del fuego para que el equipo gane en Belgrado, en Andorra y en casa contra el Galatasaray. Los que le querrían más apuesto y elegante transigen si se les recuerdan nombres de entrenadores anteriores más preocupados por la estética personal. Otros que encontraron en los tiempos muertos una cantera de azote contra Laso han recogido anclas con su última reprimenda a Bourousis y con el impoluto nivel de inglés que exhibe en las entrevistas en directo de la Euroliga. Muchos de sus más fieles defensores, que en el momento hubieran firmado el finiquito laboral por el sonrojo de su salida de pista en silla de ruedas tras ser expulsado en Barcelona, anecdotizan aquel suceso por la herencia del modelo, el estilo y el efecto llamada logrado en el Palacio durante las dos últimas temporadas.

Ahora bien, aunque todas las fuerzas opositoras no hayan conseguido escarbar alrededor de los pilares que aún lo mantienen erguido no hay que descartar que en uno de estos próximos capítulos el coyote acabe agarrando del gaznate al correcaminos. Este año, tras las derrotas en las finales de Liga y Euroliga del 2014, los cinco cambios en la plantilla, la sustitución de sus ayudantes y la disputa de la Final Four continental en Madrid, las circunstancias atribulan a un equipo que siempre tiene la exigencia a la altura de un ocho mil nepalí, y dotan al manejo del grupo y a la gestión competitiva de la plantilla de un asa incandescente.

Los designios hacia la victoria son inescrutables. Muy pocos habrían adivinado que el excelso equipo del pasado invierno sólo llevase hasta sus vitrinas la Copa del Rey, y gracias a un tiro milagroso de Llull, como para ahora aventurarse a concluir que el conjunto madridista acabará el año de vacío a pesar de haber comenzado aparentemente con zapatos de otra talla y cambiados de pie. Si el boceto no apunta a excelente seguro tiene que ver con la caprichosa impresión de que los cambios de la plantilla no hayan venido avalados al completo por el entrenador. A cierta distancia da la impresión de que después de la derrota ante Macabbi en Euroliga y en el playoff final ACB ante el Barcelona sus superiores le pusieron a Laso el semáforo en ámbar. Pero más de tres meses después el técnico vitoriano sigue pasando por ese cruce sin frenar. Haya habido o no pulso sobre el caso Slaughter el caso es que el jugador parecía tener pie y medio fuera del club cuando Laso nos sorprendió en una declaración televisiva diciendo que ojalá siguiera en el equipo toda la temporada.

El planteamiento nuclear de esta nueva “mini-crisis” salvada con el año nuevo es el de la confianza que Laso pueda transmitir a las altas esferas del club a cuatro meses de la Final Four de Madrid. El entrenador es el que resuelve los problemas, pero la primera parte de la cura pasa porque el enfermo y sus allegados confíen en el criterio médico. Que muchos jugadores no hablen bien de su entrenador, uno por uno, en foros privados, no es ninguna pista ni novedad, pasa en todos los deportes, grupos y niveles de competición. Pero, ¿creen los jugadores que bajo su batuta se puede acabar una temporada mejor de lo que se empezó?

A día de hoy hay quien duda de que el Madrid gane la Final a cuatro, pero es que ya hay quien sostiene que no llegará a esa cita. Laso ha generado descreídos a la misma velocidad que reclutó apóstoles. Como su baloncesto, todo ocurre a mucha velocidad. Aguardemos acontecimientos. Da la sensación de que aunque haya gente con voz y otros con voto, el puesto de Laso depende de no más de cuatro o cinco personas, y la mayor parte son jugadores. Veremos si prevalece el dicho de “amores reñidos, los más queridos”. Siempre se dice que dos no riñen si uno no quiere pero vuelve a pasar una vez tras otra. Y en matrimonios que cumplen bodas de oro, que construyen de la tensión su principal alimento y combustible. Los estudiosos de Chuck Jones piensan que el Coyote es una epopeya, una historia más propia de John Houston, un personaje trajinado entre caminos, máquinas, inventos y precipicios, pero solo, solo con su hambre y su insistencia nunca colmada. Y Laso siempre se va de rositas.