Trato de hacer un recorrido sobre la carrera de Felipe Reyes con la pretensión de redactar una epopeya (su carrera no merece nada inferior) sin necesidad de referirme a si tenía que haber jugado el fatídico día del partido contra Francia, en el pasado Mundial.

Febrero de 2000, Copa del Rey en Vitoria. Un joven Felipe Reyes sale a calentar al pabellón Buesa Arena antes que ninguno de sus compañeros de la plantilla del Estudiantes. A solas los tres, el balón, la canasta y él, el entonces joven pívot insiste machaconamente en practicar los tiros libres. Un bote, otro, pausa, flexión de rodillas y lanzamiento; la mayoría se estrellan contra el aro. Una cámara de Canal Plus se acerca a él y le pregunta acerca del ejercicio: “Es una de las cosas que tengo que mejorar de mi juego. Mucha gente me da consejos sobre cómo ser mejor en los tiros libres. Hoy me han dicho que fije la mirada en un punto del soporte de la canasta, donde está la publicidad, antes de tirar”. Por entonces, su porcentaje apenas si llegaba al 50%, y en el último año y medio supera el 78% en Liga Endesa.

Así era Felipe Reyes hace casi quince años, sólo unos meses después de proclamarse campeón del mundo junior en Lisboa. Un jugador que trabajaba como si disfrutara de la consciencia de la tercera edad a la hora de calificar a un aprendiz cuya evolución solo puede depender de su tenacidad y capacidad de sacrificio en pos de mejorar ciertos apartados del juego. Porque más allá de la altura, el pívot que se dio a conocer en el Mundial de Lisboa de 1999 no contaba con ninguna habilidad sobresaliente. Apuntaba por supuesto ese arte e instinto de la colocación previa al rebote, esa habilidad que no se encuentra en escaparates ni en textos farragosos de libros de entrenamiento. Mientras los representantes más destacados de su generación en aquel tiempo (Navarro, Raúl López) asomaban ya sus mejores virtudes, Felipe era uno de los que más difíciles de definir, un baloncestista de scouting confuso. En mayúsculas se podía afirmar que su extremada timidez la disolvía en cuanto entraba en la pista.

Costó más sacarle el entrecomillado del párrafo anterior que verlo en aquella Copa del Rey fajarse con jugadores como Tanoka Beard o Richard Scott. Década y media ya es el octavo jugador en la historia de la ACB con más partidos disputados gracias a su incalculable y sorprendente capacidad para descubrir continuamente una versión actualizada de su juego temporada tras temporada. Todo ello sin variar su punto de partida, su estatura ni su capacidad de salto, mientras aumentaban progresivamente las de los rivales que se iba encontrando. Eso sí, lo que también varió, se incrementó, fue su espacio de amenaza. Su campo de influencia en sus primeros años se limitaba a un par de metros del aro. El radio de acción ha ido creciendo progresivamente hasta convertirse en un jugador al que hay que ponerle la mano delante cuando se dispone a lanzar un triple.

Durante un tiempo se designó a Alfonso Reyes como el continuador de la línea que dibujó Fernando Martín durante su carrera. De Fernando a Alfonso y ahora a Felipe; todos nombres de reyes. El actual pívot del Real Madrid maneja el testigo de esa línea dinástica creada por el pívot fallecido ahora hace 25 años, eso sí, con niveles finales y talentos de partida diferentes y quizás una característica compartida, la de entender y priorizar la necesidad de evolución y mejora.

Toda esta carrera se sucedía mientras aparecían en el guión de sus equipos actores principales o de reparto con cartel y código de barras de estrella. A comienzos del año 2011, Felipe Reyes vivió uno de sus momentos más complicados en el Real Madrid. Una lesión de tobillo, la marcha de Jorge Garbajosa, la irrupción de Mirotic y la falta de confianza de Ettore Messina le colocaron en una situación delicada, hasta el punto de que no se garantizaba su continuidad en el club. No era tanto una cuestión de minutos, porque cada año se los ha tenido que pelear, sino que durante el tiempo que permanecía en pista su aportación no parecía significativa. De 2011 hasta la fecha, su vuelta de tuerca y la constante reivindicación ha sido otra vez sorprendente, para un jugador que ya supera los 30 años. Felipe posee cierta capacidad para la imitación baloncestística, ha conseguido acabar desarrollando y dominando aquello que en un principio su entrenador demandaba a otros jugadores y que en un principio a él le empujaba más minutos al banquillo. Un devenir de acontecimientos que desemboca en un Real Madrid 2014-15 con seis pívots donde Felipe, en este primer trimestre, vuelve a demostrarse imprescindible.

El pívot cordobés abandera, también, cierto espíritu que entronca con la tradición, el gusto y la marca madridista. Tras el reciente partido ante el CB Sevilla, un ex jugador del Real Madrid comentó que en un momento del tercer cuarto vio al equipo de Laso cerca de ceder, de sucumbir a las circunstancias, tras el viaje desde Kaunas, a punto de dejarse llevar en el momento en que los locales se pusieran por delante. “He jugado en ese equipo y sé que hubo un momento en que el equipo casi baja los brazos, pero Felipe no entiende de esas cosas, sabe que es el capitán y que el Madrid no permite relajación”. Reyes fue el mejor jugador del encuentro y aplastó las esperanzas de los locales con 8 puntos casi consecutivos.

Felipe es jugador revulsivo, contagia su entusiasmo. Y no, no puedo resistirme. Bajo esa perspectiva y en tal coyuntura y planteamiento de partido como el de los cuartos de final del Mundial contra Francia, su aportación podría haber cambiado la tendencia, por supuesto. Aún en forma de chispa breve. La herramienta de los galos, el ahogo y el bloqueo del equipo de Orenga parecían indicar un remedio por las bravas, el gong de salida a la arena de un gladiador como Felipe Reyes. Pero, en mi modesta opinión, y ya muy en frío, no se puede establecer una teoría irrefutable sobre un suponer, teniendo en cuenta de que la medicina conllevaba una larga lista de contraindicaciones, se trataba de un antiséptico de probables efectos secundarios. Se planteaba que Felipe Reyes sacara de la pista a uno de los Gasol o a Ibaka, por encima del partido que estuvieran realizando Marc o Serge. No creo que haya ninguna pista en un libro editado hace dos años que se titula “Y Steve Jobs, ¿qué hubiera hecho?” Como cantaban Polansky y el ardor “se ha averiado mi respuesta flexible… ¿Qué harías tú, en un ataque preventivo de la URSS?”