Con este texto contábamos hace un año que Raül López seguiría jugando una temporada más. Hoy se nos acaba el año de Raül

Seguirá otro año Raül López por nuestras pistas. Al menos uno más en Dominion Bilbao Basket. Y quizás ahora, en plena fase abstemia competitiva, no lleguemos a comprender por completo la magnitud de lo que significa. Pero el de Vic nos ha concedido otra oportunidad.

Es otra oportunidad para no aprender a olvidar. Para no alejarnos del todo de lo que representa un jugador abrazado a un talento especial, uno que logra que el juego sea siempre algo más que una sucesión de dígitos, uno que despierta la mejor sensación posible, agudizar los sentidos sin motivo previo. Sólo por adrenalina.

Su continuidad es un regalo. Algún día lo entenderemos.

Raül es a estas alturas mucho menos envoltorio que nunca. Con 35 años su cuerpo, ya muy castigado, va muy por detrás de su cabeza. Y si bien con él lo físico nunca fue lo crucial sigue asombrando cómo maneja la frustración de tener un bólido en el cerebro mientras las piernas van perdiendo marchas. A la vista hoy sobrevive en un juego cada vez más exigente y que por norma general antepone prevenir a proponer. Desde la pizarra a la pista.

Sin embargo él mantiene intacto su rasgo esencial. Es, a su modo, una especie protegida. Un reclamo por sí mismo. Preserva el toque genial que le convierte en diferente, hipnótico y casi pieza de culto. No hay jugadores como él, que condensen tanto con tal naturalidad y personalidad, limitando el impacto físico a la mínima expresión y levantando la inteligencia, el virtuosismo técnico, a nivel de dominio. Aunque ya sólo sea puntual.

Su baloncesto conserva la virtud definitiva, la que une todo orden táctico y pulcritud individual con el factor intuitivo, en realidad creativo, que hace del juego algo indescifrable. Y es eso lo que atrae de verdad. Hacer parecer sencillo lo complejo resultó siempre irresistible pero con Raül esa circunstancia se proyectó tanto, se hizo tan rutinaria, que quizás perdimos la perspectiva. Hemos visto tanto su talento, tanto y durante tantos años, que pasamos a considerarlo algo normal.

Y no lo es.

Por suerte sigue guardando una mística especial cuando se le ve en acción. En realidad sucede en todas las disciplinas y en todas las épocas. Hay tipos que transmiten algo más, en esencia inexplicable, que generan una empatía diferente. Así como ver a Andrea Pirlo golpear un balón a cuarenta metros desplaza al fútbol hasta convertirlo en fetichismo, del mismo modo lo hace contemplar la figura de Roger Federer en la red o incluso el juego de amagos de Ivano Balic entre mastodontes.

Esa sensación, casi adictiva y un deporte por sí misma, no se puede explicar. Esa sensación es Raül López.

A Raül no se le ve jugar, se le paladea. Se observa su bote, su mecánica, su forma de interpretar las ventajas y jugar al ajedrez sobre el rectángulo, a la espera de que puntualmente desabroche la genialidad, el talento innato, para regalar una gotita de éxtasis al aficionado. Y con el tiempo ese paladeo se convierte en un placer innegociable. Un capricho necesario.

Así hay dos partidos cuando juega. Del mismo modo que ocurre con todo prodigio que apunta al ocaso pero se niega a llegar hasta él. Está el encuentro normal y el paralelo del genio. Pasan los años y quizás por temor a la pérdida nos agarramos mucho más al segundo, a mirar sólo al diferente. Y tiene sentido porque en realidad es justamente eso lo que aumenta nuestra felicidad.

Por eso un año de Raül da para mucho. Porque una vez en pista, sea mucho o poco y en un rol u otro, el tiempo circula más lento, el parqué brilla más y la edad del que observa decrece. Y qué valor tiene un jugador capaz de alcanzar esa dimensión. Qué necesario es aprender a no renegar del baloncesto feliz.

No me acuerdo de olvidarte, se escuchaba en ‘Memento’ (2000, Christopher Nolan). Y qué aplicable es a Raül. No nos acordaremos de olvidarle cuando ya no esté. Pero por fortuna tenemos otra oportunidad para entender verdaderamente qué significa que siga estando.

Son días felices. Igual todavía no lo sabemos, pero son días felices.

Tenemos por delante otro año de Raül.