Viene el Barça de Sarunas Jasikevicius de vivir una semana fantástica. Así podría catalogarse, a modo de eslogan de grandes almacenes. Dos triunfos en Euroliga por un diferencial total de 78 puntos, igualando un complejo récord de la competición en manos del Maccabi desde 2011. Otros dos en Liga Endesa, con la misma sensación de pasar por debajo del futbolín al rival. 67-103 en Berlín, 78-92 en la visita a Movistar Estudiantes (eso sí, 27-48 al descanso), 97-55 ante el pujante Fenerbahce de Kokoskov y 82-53 frente el Coosur Betis. Desde octubre de 2016, con Bartzokas en el banquillo, los culés no encajaban tan pocos puntos en un partido ACB. Algo está pasando en el Palau Blaugrana, donde, de pronto, a la mirada se le ha inyectada veneno.

Ya el curso pasado el Barça tuvo momentos de brillantez defensiva. La estructura gigante y móvil con Hanga, Higgins, Claver, Mirotic y Davies era un dolor de muelas para casi cualquiera. Pero la consistencia estaba lejos de ser la mostrada en estos días, con un despliegue colectivo excelente repleto de solidaridad y que hace pensar a los empequeñecidos rivales que enfrente tienen a los Monstar de Space Jam. Estamos en noviembre, sí, y los rendimientos en el tercer mes de competición nunca han asegurado nada con vistas a mayo o junio. Pero el proceso de construir una defensa que domine Europa empieza a dar resultados en clave blaugrana. Este Barça asusta y es algo que no se puede negar.

Especialmente los dos últimos duelos ante Fenerbahce y Betis han enseñado un intimidante ciclón defensivo. Pero no hay nada de ciencia ficción ni dibujos animados en ello. Se trata de un grupo con las ideas muy claras, en el que nadie ceja en el empeño y que estudia al rival: el Barça casi siempre está yendo por delante de los sistemas ofensivos del otro equipo, mostrando un excelente ‘scouting’ individual y colectivo. Todos parecen saber, o al menos así lo muestran, a quién atacar en esos infernales ‘traps’ que están exhibiendo los catalanes. A quién negar una recepción y contra quién ayudar o evitar hacerlo. Mucho mérito ese en un calendario tan voraz como el presente, sin apenas tiempo al estudio. Y si por esas surge la duda, la consigna es clara: cambio defensivo y, de nuevo, la toxina en los ojos. El que defiende al que lleva el balón le atosiga, asume riesgos, le encima, mientras el enemigo que intenta recibir al poste se encuentra con un defensor dinámico que trata por todos los medios de tapar, por delante preferiblemente, la línea de pase. Movilidad extrema y agobio supremo para el oponente, que ve cómo el reloj de posesión vuela sin remisión. Con ese plan, se entiende por qué quizá no era tan necesario Tomic, sino mucho más Oriola o Davies de ‘5’ y el recuperado Smits en el ‘4’.

Salta a la vista cómo este nuevo Barça disfruta en la pista trasera. No se trata de vilipendiar a Pesic, pero sí de loar lo que ya ha logrado Jasikevicius, líder supremo al que los jugadores, de momento, siguen con fe ciega. Probablemente, la mayoría se tirarían por un puente si el lituano se lo pidiera. Incluso cuando los comienzos fueron complejos y bajo la obra aún no había agua: Supercopa perdida ante el Madrid, 86 puntos encajados ante San Pablo Burgos, 82 con TD Systems Baskonia, 89 frente a Panathinaikos. No tardaron en llegar las primeras críticas, pero una red tan trabajada requería un proceso y algo de paciencia. La puesta en escena que ahora parece fácil acarrea un enorme trabajo en el día a día hasta conseguir semejante sinergia. El camino que se dirige hacia la concentración máxima y la huída de los despistes es cualquier cosa menos fácil. Precisa tiempo, el que casi nunca sobra en Can Barça y al que Jasikevicius está retando contrarreloj.

Pero no todo es actitud, por mucho que los culés valoren cada defensa como si de la última se tratase. Da igual que enfrente esté un aspirante continental que un ACB de la zona baja. Nada da igual en la ruta hacia el éxito y el Barça ya ha empezado a dejar entrever su enorme ambición. Conducta sí, claro. Mucha. Trabajo y conceptos definidos e integrados, también. El río que pasa bajo el puente empieza a tener un buen caudal.

La malla defensiva del Barça se teje con enorme intensidad y dureza desde el salto inicial. ¿Recuerdan las famosas palabras de Jasikevicius tras la derrota en Murcia, hablando de un rival al límite del reglamento? No era una queja a los árbitros, sino una demanda a los suyos, pues eso es exactamente lo que él quiere: cinco tipos aportando intangibles, ‘deflections’, siempre al límite de la falta, sin ni una duda en las ayudas y con una agresividad descollante, trabajando en la línea de pase y el rebote defensivo, sin un solo tiro que se quede sin puntear.

Solidaridad y esfuerzo, el “nosotros” por encima de “yo”. Y aunque todo parte desde la responsabilidad individual, del evitar ser desbordado por el atacante, las ayudas están siempre preparadas. La primera, la segunda y la tercera si hay que llegar a ella. Puro dinamismo azulgrana. No hay más que ver a Heurtel, que no es precisamente un valladar atrás, hacer esfuerzos nunca antes vistos en el galo. La consigna, clara: “el que no defiende, al banquillo”. El reto, más: hacerle la vida imposible al enemigo. Si lo consiguen, pueden rendir a Europa a sus pies.

La exigencia siempre es mejor aceptada cuando llegan los resultados, y de momento nadie duda: la plantilla disfruta defendiendo, y parece encantada con Jasikevicius y su hoja de ruta. Ya no se hace tan necesario poner a Hanga de base a costa de perder brillantez ofensiva. Y emerge ahí el vaso comunicante, pues es evidente que el ataque culé es mucho más brillante cuando están en cancha Calathes y Heurtel que cuando lo hace el magiar. Miel sobre hojuelas si estos dos dan el nivel atrás.

A mitad de noviembre de 2020 no se vislumbra un potencial en Europa como el de este Barça, aunque esta película ya la hemos visto alguna vez y no siempre con final feliz, por ejemplo en clave blanca. Hace siete años de aquel Madrid que enamoraba a Europa (cómo olvidar aquel 103-57 al Efes en el Wizink Center) y que tuvo que acabar recurriendo a la “rusticidad” de Nocioni para lograr al fin dominar el continente dos décadas después. Ganar la Euroliga es un reto mayúsculo, lleno de trampas hasta mayo, y con el epílogo en forma de una caprichosa ‘Final Four’ en la que casi nunca vence el favorito. Mientras, Jasikevicius, que sabe del enorme esfuerzo físico que exige su plan, debe ir rotando cada vez que puede. Ante el Betis le tocó a Higgins y Abrines, pero el secreto de este Barça de ojos tóxicos y piernas voraces seguirá siendo el desempeño colectivo y conseguir que, esté en cancha un quinteto u otro, la sensación para el rival sea que está de visita en el país de los Monstars.