En el sitio del que yo vengo, Cáceres, cada 10 de mayo, se celebra algo raro. No hay peregrinación, no hay estatua, no hay una calle, no se ponen flores, no hay procesión. Desde hace 28 años se recuerda a un equipo hecho a base de retales, fichajes a última hora para una categoría que no era la que en principio iban a disputar. No era un grupo de jugadores que llevaran años compartiendo vestuario con algún retoque, solo estuvieron juntos una temporada deportiva, 91-92. Pero ganaron tantos partidos inesperados que pareció una época. Tejieron amistades hechas de emociones muy potentes.

La temporada anterior el club, Cáceres C.B. había participado en 2ª División, no había ascendido por poco y la cercanía llevó a los directivos a comprar una plaza que se vendía, la del Bosco La Coruña. Debían haber luchado por no descender pero ese grupo de jugadores nacidos en pequeñas poblaciones, en lugares periféricos al gran baloncesto se vieron propulsados por la ausencia de presión, por la ilusión y por la veteranía y calidad de Jiří Okáč, Juan Méndez y Jordi Freixanet. Okáč, un Checoslovaco de 2,17 que nació en Brno y que a sus 28 años por primera vez vivía en este lado de un telón de acero recién desparecido.  Méndez, “El Rana”, un escolta que fue capitán según llegó, por simpatía y humanidad, solo jugó ese año lejos de Canarias, uno de los pocos que traía experiencia para lo que venía. Y “SAN JORDI” Freixanet, el hombre que metió la canastas del ascenso, la pieza que llegó con la temporada iniciada, un jugador que fue internacional, formado en el “Coto” de Aíto y con muchos años ACB en escuadras catalanas fundamentalmente. Gaby Abrines, el primer Abrines, era otro de los que a priori tenía capacidad para lo que venía. Un alero de 2.03, buena planta y buena mano.

La decisión de traer a un checoslovaco de más de siete pies la tomaron en una churrería, el resto de la plantilla llegaron nacidos en Jaca, Bembibre, Garachico, Melilla, Badajoz o Logroño. Poco glamour para una gesta que tiró de conexión con la gente.

La gente, ese concepto difuso. Allí, en ese Cáceres había gente con ganas de marcha, nocturna y deportiva. Sin decepciones baloncestísticas anteriores, todo había sido vivir en la oscuridad de las categorías sin prensa nacional. Equipos seniors construidos por los juniors que salían del Colegio San Antonio (los que no se iban a estudiar fuera). Ninguna tradición, siempre mirando a Badajoz con un punto de envidia, allí tenían equipo, tenían americanos, tenían mates. Nosotros teníamos la parte antigua y el botellón…

Y aquello fue un botellón continuo, de Septiembre hasta el 10 de Mayo. Desde que Sabonis agachó la cabeza para entrar en el Pabellón de la Ciudad Deportiva de Cáceres, para jugar un amistoso donde el Cáceres y el Forum jugaron de tú a tú, Okac contra Arvydas. Empezamos a flipar…

Las puertas se abrían tres horas antes y las gradas se llenaban 2 horas y 55 minutos antes de empezar cada partido. No lo he soñado, no lo he oído, yo era de los que hacía botellón en los aledaños (siempre quise escribir aledaños). Las colas eran festivas en una época donde nadie quería hacer cola, eran colas de verdad, sin distancias corporales, eran colas llenas de nervios alegres por ver al equipo de tu sitio, el equipo que iba a ganar esa noche. Daba igual quién viniera. Pasaron por allí el “Matraco” Margall, el “Lagarto” De la Cruz y otros tantos nombres insignes de nuestro baloncesto. En una época donde a los 27 años ya podía la grada gritarte el mítico ¡Pensionista, pensionista! Y además era ofensivo, no lo de ahora, que es casi un halago. Pues esos gritos y esa carga verbal ofensiva contra los rivales empezaba cuando estos entraban en la pista una hora y media antes de empezar el partido. Recuerden que nosotros llevábamos cargando el ambiente y los vasos de plástico otra hora y pico más.

Todos los partidos fueron el último, todos los partidos tuvieron las gradas abarrotadas, en todos los partidos se colgó el cartel de no hay billetes y en todos los partidos se colgaron por los ventanucos de los cuartos de baño pandillas de muchachos que no tenían ni entrada ni mucho menos billetes. No sé a cuantos le gustaba el baloncesto, no creo que a muchos, al menos pocos meses antes era sí. Pero a todos les gustaba ver ganar al equipo de verde y negro. Pelos cardados, hombreras, mecheros que se perdían en las invasiones de campo tras cada victoria, una peña nueva cada semana, trompetas, clarines, una porra de policía en el cuello de nuestro héroe con ese corte de pelo llamado “mullet”, abrazos, sudor, risas. Pareció cualquier cosa menos una temporada deportiva.

Los bases fueron Ángel de Pablos y Toni Romero. Uno actualmente es visitador médico y el otro concejal en su pueblo, Canet de Mar. El baloncesto fue una etapa en su vida, una bonita. Ahora hacen otras cosas. Ellos llevaron con oficio la tarea de trasladar el balón a las manos adecuadas en un ambiente que no tenía ningún sentido. Su entrenador, Martín Fariñas alimentaba el barullo con una dirección de partido muy impulsiva, 3×1 en la banda (el coach era el tercer defensor), arengas gestuales a la grada, caídas de rodillas haciendo el cristo. Esa pasión se demostró que fue fundamental para que todos creyéramos que lo imposible no era para tanto. A su lado Ñete Bohigas leía el juego y mostraba cierta serenidad, un segundo entrenador que se acababa de retirar como jugador, el enlace con la ciudad.

Todo lo que pasó no debería haber sucedido. Todo lo que pasó cambió el camino de mucha gente que por allí anduvimos. Creímos que esa felicidad podía ser un hábito y decidimos que el baloncesto era lo nuestro. Sin saber nada, nada más que gritar y alegrarnos porque ganábamos lo que nunca creímos que íbamos a ganar.

Desde 1991 en aquel momento en el que entró Sabonis hasta los triples que Xavi Crespo anotó para matar la ventaja que tuvimos contra la Penya en la final de Copa de 1997, en Cáceres pasaron un montón de cosas que no fueron normales, regadas por dinero de la Caja Extremadura, obviamente, aquella fiesta se iba haciendo más cara y alguien tenía que rascarse el bolsillo.

Dicen que Roberto Gómez, el mejor tirador que tenía el equipo se quitó el balón de encima en la última jugada, dicen que quedaban 3 segundos pero que los aficionados nos echamos a la pista y Jerome Mincy, el pívot del Prohaci Mallorca no pudo sacar, dicen que en aquella instalación no se cumplía ninguna medida de seguridad. Estábamos exultantes sin protocolos.

Quiero pensar que el Presidente, el Secretario Técnico (Jesús Blanco) y el entrenador siguen quedando en la Churrería “El Castillo” y vuelven a hablar de cómo ficharon a aquellos jugadores que fueron amigos para siempre. Quiero pensar que en mitad de la conversación hacen un silencio, piden un vaso de agua y se maravillan de cómo pudo suceder aquello.

Sigo paseando por Cáceres buscando la estatua de Jordi Freixanet, en mi memoria lanzó con 4 hombres encima, en el vídeo no le defiende nadie, pero había que meterla.

Sigo buscando cómo hacer el documental de ese ascenso, del ascenso de una ciudad.