La vimos tantas veces que en realidad dejamos de prestarle atención. La cancha, ese pedazo imprescindible en nuestras vidas, alimento de sueños y origen de pesadillas, nos ha acompañado siempre pero pocas veces ha sido observada con pausa. Quizás es momento de dedicarle unos minutos, por pocos que sean, y pensar cómo afecta realmente al juego, si sigue tan sugerente como siempre o si necesita adaptarse a lo que viene. Porque todo cambia, salvo la esencia del deporte, del baloncesto.

En realidad lo único que ha de mantenerse intacto.

Pero el juego sí ha cambiado. Para bien o para mal, a gusto particular. Señalar el actual como uno mejor o peor que el anterior se adentra sobre todo en el terreno de lo personal, un espacio sagrado sobre el que cada uno edifica sus gustos de acuerdo a sus experiencias. Pero, pese a que nos apasione comparar mezclando épocas y jugadores, lo único que podemos sacar en conclusión es que es el propio baloncesto el que se ha convertido en otro juego. Resulta inevitable.

Porque puede darse el caso, hay que diferenciar. El baloncesto es el mismo, el juego no. El deporte, como algo superior, permanece. Pero la forma de desarrollarlo es indiscutiblemente otra. Sólo es necesario asomarse y mirar. Y lo es prácticamente en cuanto a todo. Comenzando por la normativa, continuando por la profesionalización en cualquier ámbito, con lo que ello representa, y terminando por lo más representativo del juego. Que al final no son otros que los jugadores.

El jugador medio ahora es más rápido, más alto y más fuerte (el conocido ‘Citius, Altius, Fortius’ que representa el lema olímpico). Y la lógica marca que el que venga después lo será aún más. La evolución física es un aspecto capital en el baloncesto, un deporte en el que el espacio es un elemento diferencial, por encontrarse acotado. El jugador medio es capaz hoy de influenciar mucho más espacio de una cancha sencillamente porque su respuesta física es mayor. Tanto en términos de explosividad como de resistencia.

Asimismo el progreso físico ha enlazado con otro desarrollo, el táctico, derivando en un fenómeno que ha hecho mutar el juego. Las opciones defensivas se han multiplicado. El jugador, más poderoso físicamente, abarca más espacio. Y la defensa, llevada hasta límites extremos de análisis, ilustra mejor la posición adecuada. Es decir, si el jugador se mueve más rápido y está inmerso en un sistema más complejo, la conclusión será un uso más eficiente del espacio.

O, en otras palabras, el ahogamiento de ese espacio para el que ataca.

Hay una diferencia principal de esa apreciación con respecto a otras épocas. Si retrocedemos en el tiempo (más se percibirá a medida que más se retroceda), el espacio ofensivo venía marcado por una zona virgen, casi intocable. Que nunca se acababa. Más allá del área restringida, la más cercana al aro, aparecía un espacio en el que toda acción era posible. Jugador y balón tenían cabida. La media distancia era una opción. Incluso posteriormente a la oficialización del triple en la NBA (1979/80) lo era.

Sin embargo la tendencia actual no es otra que la defunción de esa media distancia. Queda como un espacio en desuso, como un hueco en la memoria para honrar cada cierto tiempo a jugadores como Alex English o Richard Hamilton. Pero llevado a la práctica, como recurso, su peso tiende a cero. ¿Pero por qué?

Por una sencilla razón. Es obvio que la llegada del triple cambió el juego. Pero es el paso de los años el que hace que esa modificación sea determinante en todo lo demás. Si antes citaba que el jugador abarca más espacio defensivamente, el contrapunto ofensivo a esto es que el tirador medio ahora posee un rango cada vez mayor. Es decir, supone una amenaza clara a mayor distancia del aro.

Esto en realidad no guarda misterio, es pura supervivencia. Darwin asentiría orgulloso. Si cada vez hay menos espacio dentro de la zona, habrá que buscarlo fuera. Y si para colmo el premio por ese lanzamiento desde fuera es notablemente más valioso, con mayor motivo aún. El triple, que nació extraño y sugerente, se ha transformado en el elemento vertebral del juego.

Tomando únicamente los cinco últimos años, se aprecia que el equipo medio NBA (15º) lanza cuatro triples más por partido. Y que, al mismo tiempo, intenta casi tres tiros de media distancia menos. La tendencia es clara y no intuye fin en el horizonte. Al contrario, sólo imagina radicalizarse.

Por media distancia, por definir su concepto, se entienden aquellos lanzamientos laterales entre los 2.4 metros de distancia y el triple, así como aquellos otros frontales desde los 5 metros hasta el tiro de tres (es decir, se excluyen los frontales inferiores a 5 metros por considerarse tiros desde la zona).

Triples intentados por encuentro por el equipo medio NBA:

2013/14: 21.7 (Thunder)
2012/13: 19.7 (Pacers)
2011/12: 19.6 (Suns)
2010/11: 18 (Heat)
2009/10: 17.7 (Hawks)

Tiros de media distancia intentados por encuentro por el equipo medio NBA:

2013/14: 23 (Pelicans)
2012/13: 24.7 (Bobcats)
2011/12: 25 (Hawks)
2010/11: 25.5 (Jazz)
2009/10: 25.6 (Kings)

Hoy día un sistema defensivo que cuide las ayudas interiores no es ya que sea capaz de acabar con toda efectividad posible desde la media distancia, que por supuesto lo hace. Es que es incluso factible que imposibilite en buena medida que lleguen balones útiles a los interiores del rival. Obstruye toda posibilidad en la zona. No hay espacio ni tiempo ahí dentro para el que ataca.

Cómo entonces no va a extinguirse la media distancia si cada vez es más complicado incluso hacer llegar un pase a un pívot. Si cada vez se aprecia más claramente que en parejas de dos interiores (Kevin Love-Nikola Pekovic, Zach Randolph-Marc Gasol, Blake Griffin-DeAndre Jordan) al menos uno debe ser amenaza en el tiro desde posiciones lejanas al aro. De ahí al final que tiendan a ser menos, porque cada vez es más complicado que sean realmente resolutivas. El juego de cara al aro gana peso en el jugador interior a medida que cada vez es más complicado que tenga tiempo y espacio (no ya ambas, a menudo una utopía) para desarrollarlo de espaldas. Pura adaptación.

San Antonio Spurs spacing
El diseño espacial ofensivo de los Spurs, modelo a seguir. El uso de las esquinas, factor clave.

La fiebre por la estadística avanzada ha descubierto de forma progresiva, y especialmente durante los últimos cinco años, que la media distancia es algo suicida para un sistema ofensivo que pretenda ser eficiente a medio-largo plazo. Y lo es porque la dificultad de encontrar buenos lanzamientos desde ella no compensa el valor de esa canasta. Primero porque vale lo mismo que una debajo del aro (siendo zona de mucho menor acierto) y segundo porque vale un punto menos que otra desde sólo algo más atrás, considerando que ésta última va a ser además más factible de conseguir.

Esto es, la media distancia es actualmente el patito feo del baloncesto. El tiro a evitar.

El entendimiento de este concepto por parte de prácticamente cualquier equipo profesional al más alto nivel tiene un efecto previsible. En realidad el único posible: se lanzan muchos más triples. Se abusa del tiro de tres sin pudor. Pero no tanto porque valga un punto más (lo lleva valiendo desde su nacimiento) como por conseguir otro tipo de beneficios. El principal: el espacio en la zona. ¿Cómo? Si un equipo tiene tres tiradores excepcionales desde 8 metros, la defensa deberá llegar hasta ahí… y por tanto dejará más huecos en la pintura. La manta que no puede taparlo todo, ya saben. Conseguir el espacio ofensivo es, efectivamente, El Dorado del baloncesto moderno.

El único resquicio posible que encuentra un sistema ofensivo común a este fenómeno es el uso de las esquinas. El lanzamiento desde la esquina es un recurso básico en la actualidad por un motivo espacial. Puede considerarse un punto estratégico. ¿Por qué? Obliga a tener al defensor lo más alejado posible (a lo ancho) de su aro. Es decir, permite espaciar lo máximo posible el campo de ataque. No ya sólo a lo largo sino también a lo ancho. Nuevamente, el propósito es hacer la cancha grande.

El ya reseñado auge del análisis avanzado en el baloncesto, esencialmente en Estados Unidos, está provocando casos de equipos cuyos sistemas ofensivos nacen robotizados. Es decir, buscan que su ataque evite al máximo posible el lanzamiento de media distancia, como se explicó antes el (con mucha diferencia) menos útil de todos. El paradigma perfecto de este escenario lo representan los Houston Rockets.

Los Rockets sólo intentan 9 lanzamientos de media distancia por partido. El siguiente equipo que menos tiros intenta en esa zona ‘muerta’ son los Sixers con 16 y el inmediatamente anterior es Atlanta con 18, ya la mitad que Houston. Al mismo tiempo, los Rockets son el equipo que más triples lanza (26 por partido) y que mayor porcentaje tiene de tiros de tres sobre su total (casi un tercio de sus lanzamientos son triples).

Es decir, es el equipo que mejor entiende qué está pasando. Y que actúa en consecuencia diseñando un sistema ofensivo lo más productivo posible. Esto se reduce a buscar el mate o lanzamiento desde la zona restringida (el tiro más fiable) y, si no es posible, pasar a tirar de tres (porque vale un punto más). ¿Y el resto de la zona ofensiva? En dos palabras: no existe.

A su vez, el saber hacia dónde discurre el baloncesto moderno lleva a Houston a experimentos aún más salvajes en contextos donde puede hacerlo. Su equipo afiliado en la Liga de Desarrollo (NBA D-League), Rio Grande Valley Vippers, representa el ejemplo de los Rockets pero llevado al extremo. Como una prueba absolutamente frankesteniana.

Un magistral artículo en Grantland explica el caso, el propósito de la idea. Los Vippers intentan 45 triples por partido (diecinueve más que Houston, número uno NBA) y juegan a un ritmo medio de 109 posesiones por encuentro (siete más que Philadelphia, tope NBA). Sus lanzamientos desde la zona de media distancia suponen únicamente un 12% del total. Los triples, un 47%. Su sistema, aunque caricaturizado por tender al extremo, representa fielmente lo que viene. El baloncesto de los mates, triples… y nada más. Porque nada más será viable.

Otra muestra más de los cambios que vienen afectan precisamente al ritmo de juego, otro factor llevado al límite por los Vippers. Hace dos años, en la NBA sólo un equipo (Sacramento Kings) superaba un ritmo medio de 97 posesiones por 48 minutos. En la actualidad, sólo dos cursos después, hasta doce se mueven por encima de ese registro. Casi la mitad de la NBA. Es la necesidad. Si no hay espacio, se juega más rápido y se lanza más de fuera.

Porque esos dos aspectos son los únicos que, a día de hoy, son capaces de generarlo. Lo que los Miami Heat exponen como ‘pace & space offense’ [ataque de ritmo y espacio] y que otros técnicos como Tom Thibodeau, menos gustosos del juego en transición, prefieren definir (Chicago Tribune, Febrero de 2012) como ‘timing & spacing offense’, haciendo referencia a que la falta de velocidad puede suplirse sabiendo el momento exacto de movimiento para balón y jugador.

Houston Rockets carta de tiro
Carta de tiro de Houston Rockets. Volumen de lanzamientos por zona. ¿Media distancia? No, gracias.

¿Y el tiro de cuatro puntos? Mejor abramos la cancha.

Por otra parte, esta asfixia del espacio ofensivo, que marca el cambio en el juego (aún más sangrante en el baloncesto europeo, de normativa menos fluida en la zona, que ahoga todavía más el espacio y en el que el abuso del triple es superior), ha desencadenado una corriente de pensamiento sobre la viabilidad de implantar una línea de cuatro puntos en la NBA. Como forma de alimentar el espacio ‘muerto’ que actualmente existe entre la línea de tres puntos y las inmediaciones del aro.

‘ESPN’ llegó a hacerse eco de un posible interés de la competición por marcar pautas de modificación en cuanto a puntuación se refiere. Un rumor desmentido de inmediato, por otra parte, por Tim Frank, portavoz de la propia NBA. “Nadie en la NBA ha tenido una conversación seria sobre ampliar las dimensiones de la cancha o añadir una línea de cuatro puntos”.

Sin embargo, en realidad este tiro de cuatro puntos, que cuenta igualmente con escepticismo en contra (también fue una revolución la llegada del tiro de tres), supone un paso posterior a algo más básico y prioritario para el baloncesto actual. El significado de este ahogo no es tanto ubicar más líneas y premiar más el rango a lo largo, experimentar en definitiva, como comenzar por recuperar lo perdido. Hacer útil el ancho de la pista.

Porque, al igual que el baloncesto, realmente la cancha siempre ha sido la misma. Pero el que ha cambiado ha sido el juego. La pista ha pasado de parecer grande, a ser idónea y, más tarde, a quedarse pequeña, como ridícula ante el potencial atlético y táctico que se expone en la actualidad. Como un juguete que limita el margen de acción de atletas y sistemas. Aumentar el ancho del rectángulo (15.24 metros en la actualidad) ayudaría a incrementar el espacio a defender y, por tanto, la posibilidad de jugar en la pintura y recuperar la media distancia.

No es tanto problema el largo como el ancho porque éste último es el que más agiganta la sensación de embudo. El juego a media pista se construye sobre todo a partir del espacio a lo ancho, de los ángulos que se pueden generar para esquivar sistemas defensivos de élite, ya asentados. El tiro de cuatro puntos es llegar al siglo XXII sin haber pasado por el XXI.

Al final el propósito es evolucionar, adaptarse al cambio. Puede que antes la cancha resultase suficiente. De hecho no se apreciaba urgencia en sus dimensiones. Pero el paso del tiempo, la sucesión de acontecimientos y progresión a todos los niveles, revela que el espacio de juego, algo básico, ha pasado a ser más una jaula que un cauce de expresión.

Y eso no debe ser permisible. Asumir a tiempo que el espacio no permite canalizar todo el potencial posible sería la mayor victoria imaginable. Aferrarse orgulloso al pasado y renunciar a ver el presente, comenzar a perder.

La cancha de baloncesto se ha quedado pequeña. No pasa nada por reconocerlo. Reconocerlo sería, de hecho, comenzar a construir el baloncesto del futuro.

4 Comentarios

  1. […] El baloncesto nacional ha sido, por supuesto, otro pilar de contenidos. A todos los niveles y de todas las formas posibles. De la Liga Endesa hacia abajo, de actualidad y seguimiento hasta historias personales que merecen ser rescatadas. De cómo Rudy Fernández era analizado por un técnico de prestigio continental a la forma en la que Victor Belinchón os contó la fantástica historia del jugador más bajito de la Liga Endesa, pasando por la sorpresa de conocer a qué se dedica realmente el hombre récord del baloncesto español. Incluso teniendo un espacio para pensar en el futuro, valorando si la cancha de baloncesto ha podido quedarse pequeña. […]

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