El tiempo se congeló por un instante. El marcador lucía un brillante 83-83 a falta de escasos segundos para el final, una buena prueba de la tensión presente en el ambiente. Tanto Brasil (15ª en el ranking FIBA) como Puerto Rico (23ª) sabían que su pase a los Juegos Olímpicos dependía de esta victoria, pero era evidente que las sudamericanas partían como principales favoritas. Es más, no había pasado ni medio año desde su victoria por 29 puntos ante las boricuas. Sin embargo, el tiro se quedó corto y el reloj siguió corriendo. Prórroga. Ante la incredulidad de muchos por lo que estaba aconteciendo, Puerto Rico siguió soñando 5 minutos más… hasta hacerlo realidad.

Pamela Rosado nos cogió el teléfono con un tono por el que se intuía una gran alegría. No por la situación actual, sino por el tema que sabía que íbamos a tratar. No nos sorprendió, ya que nosotros mismos antes de la llamada habíamos pasado varios minutos apreciando cada detalle de las fotografías del duelo ante Brasil. Incluso algo tan abstracto como la felicidad se podía percibir con todos los sentidos gracias a las sonrisas, puños en alto y lágrimas de las jugadoras. Pamela confirma que no fuimos los únicos en experimentar esa sensación sin ser de Puerto Rico: «La primera que me escribió fue Paola Ferrari. Me dijo que dábamos esperanza a países pequeños como el suyo, Paraguay. Que hicimos ver a selecciones que no han conseguido estas gestas que sí es posible».

La base de 33 años es la capitana de Puerto Rico y una de las grandes figuras del baloncesto latinoamericano. Aquel partido fue, posiblemente, el más grande de su trayectoria. Una que tuvo sus inicios en Quebradilla a principios de los 90, etapa en la que se formaba jugando entre niños y en la que tuvo que trabajar duro para poder competir al máximo nivel, principalmente por su estatura (no llega al 1,65m).

Dejando los tópicos a un lado, Pamela habla con claridad: «Teníamos muchas ganas de ganar, pero lo veíamos bien lejos. Por estatura, por físico, por dinero. Ellas habían tenido mucho más tiempo que nosotras para preparar el Preolímpico. Pero aquel día ganamos gracias al corazón de nuestro equipo». Es la primera vez que la capitana menciona la pasión de Puerto Rico, una constante que acompaña al resto de la conversación y que, minutos más tarde, Jazmon Gwathmey repetiría hasta la saciedad.

Gwathmey es una de las estrellas puertorriqueñas nacidas en Estados Unidos, situación muy repetida dentro de la selección boricua. En su caso, toda la rama familiar materna es de Puerto Rico y, de hecho, reduce lo de haber nacido varios miles de kilómetros al norte a una mera anécdota. Tiene sangre y familia puertorriqueñas. ‘Jaz’ solo habla inglés, lleva su piel bañada en tinta y jamás soñó con jugar los Juegos Olímpicos. Al hablar con ella, uno puede percibir su sinceridad en cada frase, lo que lleva a pensar que va en el ADN de la selección. A Jazmon nunca se le pasó por la mente aquella locura de los 5 anillos porque los límites dibujados en su cabeza estaban situados en «ser jugadora profesional de baloncesto y llegar a su máximo nivel».

«A mí me descubrieron en 2017, en mi segundo año en la WNBA. Ellos no sabían hasta entonces que yo tenía sangre puertorriqueña», nos comenta Gwathmey. Un hecho que gana relevancia si observamos que tiene 27 años y que Puerto Rico no reluce por ser un país en el que desborde el talento. Su inclusión en la selección, al igual que la de Jennifer O’Neill, fue un paso más dentro del crecimiento vivido por Puerto Rico en la última década. Pamela lo vivió todo en primera persona: «Jennifer llegó antes, hace unos años, y ya marcó muchas diferencias. Y la adquisición de Jazmon… wow. Puede jugar desde la posición de 1 hasta la de 4, defiende, mete balones dentro… Son las dos muy dominantes, difíciles de defender. Han elevado el nivel de Puerto Rico, sin dudas».

Jazmon no pasa desapercibida dentro de la cancha, pero tampoco fuera. Al preguntarle por cuántos tatuajes tiene, dice que ha perdido la cuenta: «Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis… siete». Lo cierto es que conocer a Gwathmey sin hacer lo propio con sus tatuajes no tiene sentido. Son parte de su personalidad, de su historia vital. «Los dos más importantes son el de mi hermano, que falleció en 2007 y al cual tengo en mi hombro, y uno de Kobe», recalca la puertorriqueña.

Este último se lo hizo mientras jugaba en Italia tras la muerte de la Mamba y, según explica, Kobe lo ha sido todo para ella: «Crecí con él, tomé sus movimientos y su mentalidad para mi juego. Para él era natural, pero yo lo sigo aprendiendo. Estuve llorando tres o cuatro días tras su muerte y ahí decidí que me tatuaría algo. No tengo tatuajes sin significado. Cada vez que estoy jugando, sé que me observa».

Esa referencia a Kobe, un monstruo del trabajo diario y del poner empeño a lo que hacía, de uno de los pilares del vestuario de Puerto Rico… no es casualidad. Antes de poder hacerlo nosotros, Jazmon hila el tema de Kobe con el de la pasión de su país: «Es gracioso, porque al disputar el Mundial, el escenario más grande que había alcanzado Puerto Rico hasta ahora, no jugamos bien. Nos golpearon, nos ganaron. Pero nos lo tomamos como una bendición y ahora estamos como ‘okey, eso no va a pasar nunca más’. Pamela tiene razón cuando habla del corazón de esta selección. Tenemos esa mentalidad de ‘underdog’ (de tapadas). Si somos más pequeñas, te vamos a golpear y a ganar la posición. Usamos nuestra velocidad, usamos nuestro corazón… y la mentalidad de Kobe, la de nunca rendirse».

A pesar de haber pisado varias de las mejores competiciones del planeta (Estados Unidos, España, Italia, Australia…), para Gwathmey «no existe una liga tan competitiva como la de Puerto Rico. No te puedes relajar ni un solo día, porque todas juegan duro, con corazón. Es la liga más agresiva, en el buen sentido, en la que he jugado». Lo cierto es que la competición nacional crece poco a poco, al igual que la selección. Pamela, en medio de la conversación, se presta a hacer una breve radiografía: «Es una liga corta, dura desde agosto a octubre y el tope salarial es de 10.000 dólares. Comparado con las ligas de nuestro alrededor, es una de las mejores. Vienen refuerzos de Estados Unidos y aumentan el nivel. Comparado con las ligas europeas, está por debajo».

Sin embargo, el baloncesto femenino puertorriqueño sigue necesitando dinero, difusión y aficionados. Un llamamiento que no se cansa de repetir Pamela: «Somos mayoría las que tenemos un trabajo y jugamos a la vez. Ha mejorado gracias a los logros que hemos obtenido, aunque hace falta más. Necesitamos más apoyo de las empresas privadas, de los aficionados. Vienen a vernos jugar, pero hace falta más gente que crea en nosotras. Y también hay que seguir buscando que vengan estadounidenses… al igual que otras de fuera como Pao Ferarri, que se atrevan a venir a Puerto Rico».

Sin duda, con gestas de tal calibre, más pronto que tarde las palabras de la gran capitana se irán haciendo realidad. Poco a poco, como acostumbra Puerto Rico desde hace una década, pero con una pasión que no entiende de fronteras. Mientras tanto, Tokio les espera finalmente en 2021, un contratiempo que no cambia ninguno de sus planes. Disfrutarán los Juegos Olímpicos desde el corazón y los grabarán y bañarán en un mar de tinta y esperanza. El único modo en el que esta selección entiende su existencia.